Trastornos Generalizados del Desarrollo

Dr. Víctor H. Loo A.
Esp. Psiquiatría Infantil y de la Adolescencia
Consultorio: Calle Buen Tono 348, Col. Industrial
Deleg. Gustavo A Madero, México, D. F.
Previa cita al Tel:  5748 2301
5754 2828

    Actualmente se ha propuesto el término de trastorno del espectro autista (TEA) como categoría que engloba todos los trastornos catalogados como desórdenes generalizados del desarrollo. Los criterios diagnósticos del especialista en psiquiatría infantil y de la adolescencia utilizados del DSM-5, agrupa desde el autismo clásico de Kanner, el síndrome de Asperger, el trastorno desintegrativo infantil, el trastorno generalizado del desarrollo no especificado y el trastorno de Rett. De esta manera, las categorías diagnósticas pretenden diseñar modelos de tratamiento individualizados, y que el tratamiento sea un traje hecho a la medida de cada paciente, por lo que ahora encontramos abordajes específicos para cada individuo que manifiesta cierto tipo de autismo.

    Con sus características independientes y únicos de los padecimientos de psiquiatría infantil, los trastornos generalizados del desarrollo no pertenecen a un cuadro clínico uniforme; el concepto de TEA permite facilitar la comprensión patológica, familiar y social de las personas afectadas. Desde el primer año de edad es posible que los padres o cuidadores primarios observen en esta etapa infantil ciertas anomalías del comportamiento, alteraciones en el lenguaje, problemas del contacto visual interpersonal y déficit en el desarrollo del juego simbólico. 

    Como en otros padecimientos que atiende la psiquiatría infantil se han detectado diferentes factores de riesgo para el TEA como son: antecedentes familiares de autismo, factores desfavorables en la etapa prenatal, amenazas de aborto, sufrimiento fetal, bajo peso al nacer. El TEA es tres a cuatro veces más frecuente en hombres que en mujeres, en el síndrome de Asperger, la relación es de 8 a 1 hombre-mujer. El síndrome de Rett afecta a mujeres.

    Los diferentes grados de TEA van desde un cuadro profundo de autismo con discapacidad intelectual y comorbilidad neurológica grave (como epilepsias), hasta el síndrome de Asperger, que son considerados los extremos del espectro autista claramente identificados. Existen diferentes subtipos y niveles de gravedad del TEA; la dificultad tiene que ver con la comunicación y el comportamiento, pudiendo diagnosticar un paciente con TEA pero sin déficit intelectual, con deterioro en la comunicación grado I en el comportamiento restringido grado III, esto habla de lo que era un síndrome de Asperger, logrando de esta manera, atender las necesidades de cada caso.

    El diagnóstico del TEA es como en otros trastornos de la psiquiatría infantil y de la adolescencia, clínico tridimensional; es decir, a través de la historia clínica y la entrevista, y apoyándose en la observación del paciente por parte del especialista, familiares y educadores. No existen pruebas específicas que confirmen el diagnóstico de TEA, aunque se utilizan diferentes herramientas clinimétricas.

    Existe un consenso internacional que indica que la educación y el apoyo social son vitales para el tratamiento, complementarios de la medicación para disminuir síntomas que causen o problemas o de las comorbilidades (déficit de atención e hiperactividad, ansiedad, o insomnio), y además se disponen de programas terapéuticos como los desarrollados para los problemas específicos de conducta o terapia cognitivo conductual para los trastornos psicológicos.

    Lo que las Guías Clínicas de los trastornos generalizados del desarrollo, y en especial del TEA han recomendado, es realizar entrenamiento psicosocial a los padres para cualquier de los casos. Explicarles claramente a los educadores y responsables del menor, qué es el autismo, cómo se manifiesta, qué es lo que van a esperar, siempre tomando en cuenta la gravedad del problema del niño. Mientras la atención al paciente consiste en preparar en lo que respecta a las diferentes actividades sociales y terapia conductual con el fin de disminuir comportamientos que lo pongan en riesgo, o que causen problemas en su forma de relacionarse con otros. La educación debe ser intensiva para lograr que el menor aprenda nuevas competencias sociales y de juego, al tiempo en que se disminuyen, en la medida de lo posible, los síntomas de autismo.
    

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Dr. Víctor H. Loo A.
Esp. Psiquiatría Infantil y de la Adolescencia.
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