La reflexión teológica sobre el hombre

La reflexión teológica sobre el hombre [1]

 

 

Punto de partida de la antropología teológica

 

Al escuchar la Palabra de Dios descubre el hombre su profundo misterio y cercanía salvadora, y al mismo tiempo se le hace más patente el sentido de su propio ser y de su vida.  Por eso la fe cristiana no sólo reflexiona sobre Dios, sino que también, desde la misma fe, se interroga sobre el hombre.  La Antropología pertenece al quehacer teológico, puesto que el hombre lleva en su corazón unas preguntas radicales, cuya solución sólo la teología puede aportar: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿a dónde me dirijo?  ... La afirmación de Pascal de que el hombre supera infinitamente al hombre implica que el desentrañar su propia realidad no es tarea única de una reflexión a nivel filosófico, porque, acudiendo ahora al existencialista Marcel, el hombre no es un problema sino un misterio, sólo íntimamente penetrable a la luz de Dios.

 

El objeto de la antropología teológica

 

Dirigimos ahora nuestra atención al objeto central de la «antropología teológica». «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder?» (Sal 8,5).  Ya el salmista se interroga sobre la grandeza humana en su fragilidad, el misterio y la paradoja que han impresionado a los pensadores de todos los tiempos; basta con mencionar a san Agustín y a Pascal.

 

 El concilio Vaticano II recuerda que todo hombre es una cuestión no resuelta, a la que nadie puede escapar, sobre todo en los momentos más importantes de la vida:

Todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, percibido con cierta oscuridad. Nadie en ciertos momentos, sobre todo en los acontecimientos más importantes de la vida, puede huir del todo el interrogante referido. A este problema sólo Dios da respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que llama al hombre a pensamientos más altos y a una búsqueda más humilde de la verdad”[2].. 

 

Y esta cuestión sobre el hombre no es sólo un problema o un enigma, sino que constituye en términos estrictos un misterio, reflejo del misterio de Dios:

 

“En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona. El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual”[3]. GS 22

 

El concilio Vaticano II  al tratar de las opiniones diversas que el hombre ha dado y sigue dando todavía acerca de sí mismo, tan diversas e incluso contradictorias entre sí, ha iniciado su respuesta indicando la enseñanza bíblica de la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios:

 

¿Qué es el hombre? Muchas son las opiniones que el hombre se ha dado y se da sobre sí mismo. Diversas e incluso contradictorias. Exaltándose a sí mismo como regla absoluta o hundiéndose hasta la desesperación. La duda y la ansiedad se siguen en consecuencia.

La Iglesia siente profundamente estas dificultades, y, aleccionada por la Revelación divina, puede darles la respuesta que perfile la verdadera situación del hombre, dé explicación a sus enfermedades y permita conocer simultáneamente y con acierto la dignidad y la vocación propias del hombre.

La Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado "a imagen de Dios", con capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a Dios.

Dios, pues, nos dice también la Biblia, miró cuanto había hecho, y lo juzgó muy bueno (Gen 1,31)”[4].

 

El método de la antropología teológica[5]

 

La teología, tiene una manera particular de considerar todas las cosas: las ve en referencia a Dios, las contempla a la luz de Dios. La Antropología Teológica realiza un discurso razonado sobre el hombre, pero viéndolo en relación con Dios creador y redentor, revelado en Jesucristo. Por eso su método es muy diverso del método filosófico y del científico.

 

 La fuente primera de conocimiento no es la razón, sino la Palabra de Dios, contenida en la Biblia. Nos interesa oír esa Palabra que nos revela la situación existencial del hombre con relación a Dios.

 

Y Dios se ha revelado actuando, es decir, realizando su Proyecto eterno acerca del hombre y del mundo, en la historia de un pueblo, historia que culmina en el "Acontecimiento-Cristo".

Oída la Sagrada Escritura, se investiga  la tradición y el magisterio, es decir, cómo esos temas bíblicos fueron desarrollados por los Padres de los primeros siglos, cuyo testimonio tiene gran valor por el contacto que tuvieron con los primeros testigos de Cristo; y luego se estudia cómo fueron reflexionados por la comunidad eclesial a lo largo de la historia y propuestos por el Magisterio de la Iglesia.

 

En nuestro tiempo hay que tener en cuenta, especialmente, los Documentos del Concilio Vaticano II, en cuya constitución "Gaudium et spes" hallamos el esbozo más completo de Antropología Teológica que haya aparecido en el Magisterio. Lo anuncia desde un principio: "Es, por consiguiente, el hombre, pero el hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad, quien centrará las explicaciones que van a seguir"[6] .

 

La reflexión teológica

 

Pero no basta reconstruir el pensamiento que un determinado autor (Isaías, San Agustín, etc.) quiso comunicar en un determinado momento. El teólogo añade la penetración racional del dato revelado. Trata de ahondar aquellos datos positivos con las "herramientas intelectuales" que le proporcionan las conquistas de la antropología actual. Para eso introduce categorías filosóficas para interrogar la fe y para desarrollar la respuesta de la fe a nuestras preguntas acerca del hombre.

Los conceptos y los términos elaborados por el pensamiento contemporáneo, nos permitirán formular para hoy la enseñanza cristiana, entablar un diálogo con las ideologías no-cristianas y proclamar el Evangelio en forma eficaz a los hombres de nuestra generación, que tienen el mismo derecho que los de ayer de entender ese mensaje.

 

No se trata de repetir literalmente las palabras de ayer. Cristo, haciéndose hombre, se introdujo en la historia humana: perteneció a un determinado pueblo, a un determinado momento cultural. Y, como su persona, también su mensaje lleva el sello de su época. Por eso el Evangelio, predicado por Jesús, transmitido por la Iglesia a través de los libros inspirados, es una doctrina "humanizada", es decir, concebida y expresada por hombres en un lenguaje humano[7].

 

Pero no se trata solamente en teología de averiguar con exactitud qué dijo Dios en el pasado, respondiendo a los problemas existenciales del hombre de ayer. Es necesario también: interpretar, sistematizar y coordinar los datos de la fe, conservando inalterado el "depósito de la fe", y traducirlos en términos de hoy.

 

La teología actual, en general, en lugar de partir solo del dato de la revelación y la tradición, parte de hechos y preguntas recibidos del mundo y de la historia y reflexiona sobre ellos a la luz del Evangelio, a la luz de Cristo, a la luz de la fe. Trata de reinterpretar la Palabra de Dios a través de las cuestiones planteadas por estos hechos .

Algunos hechos que hoy animan la reflexión de la antropología teológica:

 

  Los grandes descubrimientos geográficos produjeron la profundización de la doctrina sobre la salvación de los no-evangelizados.

  La industrialización y las tensiones sociales del último siglo, hicieron desarrollar la "doctrina social" de la Iglesia.

  El progreso de la crítica histórica modificó profundamente el conocimiento de la Biblia y de la Tradición.

  El cambio acelerado del mundo ha hecho que se reflexionara sobre la historicidad del hombre y ha provocado la elaboración de una teología del progreso, del desarrollo.

●  El ascenso de la conciencia democrática, la toma de conciencia de la dignidad de la mujer, el fenómeno de la socialización interpelan al teólogo actual y aguardan una respuesta de fe.

 



[1][1] En este tema seguimos a Ponce Cuellar M., “El misterio del hombre” Herder 1997 y a Ladaria L.F. o.c.

[2][2] Concilio Vaticano II , G. S. 21

[3][3] Concilio Vaticano II , G. S. 22

[4][4] Concilio Vaticano II , G. S. 12

[5][5] Gastaldi I O.C. Pag. 11 ss

[6][6] Concilio Vaticano II , G. S. 3

[7][7] Constitución Dei Verbum 13

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