DE EL VEDADO DE PEÑAFLOR A PERDIGUERA.

Travesía de el VEDADO de PEÑAFLOR a PERDIGUERA

Salimos a las 7:45 en el autobús urbano a Peñaflor nueve participantes (Antonia y Raquel, Tomás y Pilar, Carmen y Marta, Esther, Vita y Pascal). Llegamos a las 8:15 y empezamos a andar por el Camino de la Ermita de San Cristóbal, desde donde nos dirigimos a la ruta principal cruzando el bosque de pinos que acusaba una gran sequía. De esta manera nos internamos en la zona protegida de el Vedado, propiedad del Ayuntamiento de Zaragoza.

Este reducto ecológico presenta dos secciones bien diferenciadas: la masa forestal de coníferas a mitad del proceso de crecimiento creada por plantación, y la zona natural generada de forma espontánea por las fuerzas vivas del entorno, de modo que pasado el bosque artificial, el camino surca un medio continuado a lo largo de no pocos kilómetros que se ve poblado por monte bajo y por ejemplares corpulentos, aunque predomina un boscaje en fase inicial que no ha alcanzado aún cierta madurez.

Estas formaciones vegetales integran especies como los mencionados pinos embolsando muérdago, coscojas y, en menor número, sabinas, así como abundantes enebros de escaso desarrollo, a tenor del ecosistema. En sentido irregular hemos encontrado retamas, tamarices añejos y arborescentes, y variedades arbustivas .

Al pie de la atalaya "rascanubes" que marca la divisoria o cambio de vertiente desde donde podía apreciarse una buena vista del valle del bajo Gállego pudimos solazarnos tomando nuestro segundo desayuno, lo que cada uno había previsto como necesario para andar nuestros dieciséis kilómetros. Habíamos ya rebasado el primer tercio de nuestra marcha. El segundo recorrería un tramo de abundante vegetación con algunos humedales salados, pozos y aljibes de importantes dimensiones, alguna balsa de agua para el ganado, y apriscos.

No encontramos a nadie por el camino en estos dos primeros tercios de la andada. El último tramo constituido por tierras de labor muy pedregosas puso la nota de ininterrumpida y monótona soledad con un aún lejano Pirineo al Norte del que, afinando nuestro cristalino, se distinguían cimas nevadas, y una más cercana barrera de montes que nos ofrecía la Sierra de Alcubierre a modo de gris pantalla que cerraba el horizonte por el Este.

A las 12:30 alcanzábamos el núcleo de Perdiguera en la puerta de Los Monegros, y media hora después, una vez recreados con la presencia de la imponente iglesia mudéjar, regresábamos a la ciudad en los coches que Leandro y José Luis pusieron muy gentilmente a nuestra disposición. Gracias a estos especiales amigos y a los nueve infatigables trotasenderos que hicieron posible el desarrollo de la actividad y el traslado a casa.