AL "SILLÓN" DE MARÍA DE HUERVA Y BARRANCO DE LOS ROQUEDOS.

El punto de encuentro para la salida en el autobús con destino a María de Huerva era la marquesina de comienzo de trayecto de la Plaza del Emperador Carlos V. A las 8:00 acudieron Raquel y Antonia, Ricardo y Carmen, Pili, Chusa, Ester y Elena, José Mª y Pascal. En la parada de Casablanca subieron Tomás y Pilar. Y en el punto de partida para la caminata en María se nos añadió Leandro. Los trece que componían el grupo se pusieron en marcha a las 8:30 hacia el promontorio donde se yerguen los restos de la Atalaya que dio su topónimo al actual núcleo de población. Este reducto que guarecía las huestes de Abderramán III en 986 ofreció dura resistencia a Alfonso el Batallador en 1118.

Un entorno inusualmente verde encontramos a las afueras de la población. La vega cubierta de arbolado que bordea el río reunía un coro ingente de ruiseñores acotando territorio y compañera con su alarde de aves canoras. La risueña mañana debía buena parte de su atractivo a las recientes lluvias que tradujeron la gris paramera en un tapiz bordado de tomillos, romeros, aliagas y jaras en flor.

La comitiva disfrutó de las vistas que desde el espolón arqueológico, muy erosionado por los once siglos de desgaste. El acceso y abandono de este enclave con grutas extramuros requería cierta habilidad para entrar y salir por la horadada roca a modo de estrecho conducto vertical. Atravesado ese pequeño túnel del tiempo rodamos ganando altura sobre lomas sucesivas hacia el "Sillón" que corona con sus 610 metros la zona explorada. El grado de dificultad media con que se defiende de los visitantes, este mirador natural que marca la divisoria de aguas costó a algunos participantes de esta marcha ciertas gotas de sudor que perlaban sus sienes por el esfuerzo invertido a la hora de ponerlo a sus pies. Claro que la recompensa en forma de sugestiva panorámica habría de gratificar a todos.

Las fotos y el bocadillo ilustrarían el resultado de la proeza. El túmulo de piedras y lajas calcáreas que marca esta cúspide a manera de asiento nos traslada a latitudes lejanas y culturas remotas, aquellas que emergen en el oriente asiático de India, Nepal y Tibet. "Caballos de viento" o banderas de oración que los fieles instalan en los lugares sagrados y collados, pasos de altura, templos y santuarios elevando sus preces a los planos superiores, vestían aquí, cual guirnaldas de fe budista, estos desnudos guijarros algunos de los cuales mostraban la sílaba mágica "Aum".

Había que bajar ahora, cresteando una irregular cornisa, a la física realidad para seguir la ruta hacia la Plana. El cambio de vertiente que bordeábamos teniendo en frente Botorrita y dejando atrás María, ponía a nuestros pies el tentador paraíso del vergel de coníferas que manchaban de esmeraldas tonos toda la extensa cubeta. El milagro de un ecosistema por el que nadie hubiera apostado un ardite en vistas de la aridez reinante.

Llegados a la altiplanicie hubo que buscar el camino que atajaba el acceso al barranco hundiendo nuestros pies en la mullida huebra. Pudo ser un tramo cansino si no fuera porque no debimos caminar más de 400 metros por tan blanda labor del agro. La entrada en el camino que desciende de bruces debió acometerse con extrema prudencia por tan deslizante como resultaba su superficie. Ahora quedaban en los hondos flancos que sorteábamos por el estrecho sendero, quebradas torturadas por la erosión y brechas de profundas gargantas de vértigo.

Cerramos el circuito llegando al ansiado lecho del barranco por el que discurre un modesto arroyuelo en las proximidades de María. Llegamos a nuestro punto final de etapa a la una y quince minutos del mediodía habiendo empleado un total cuatro horas netas de andar. Ahora sólo nos faltaba para llegar a casa esperar al bus de las 14:10 que nos devolvería a la ciudad de origen.