Décimo tercera Salida Senderista del Año 2026
DE PANTICOSA AL IBON CATIERAS
Realizada el domingo 21 de Junio - 24 Km y 1.450 m de Desnivel de Dificultad Moderada
Cinco senderistas acudieron a la llamada de esta salida. Se presentaron en la puerta de la Estación Central de Autobuses a las 7:00, Mª Luz, Song Shen, F. Javier, Fefi (conductora) y Pascal. Salieron sin demora hacia la Autovía de Huesca y después a la de los Pirineos, y por Sabiñánigo, Biescas y Panticosa, a donde llegaron a las 9:15, empezaron la marcha por el sendero que asciende entre bojes, el muro pétreo de la montaña a la izquierda y el profundísimo cañón del río Bolática a la derecha. Observaron ya en los primeros compases la honda poza de aguas cristalinas que se abre a la derecha del primer puente sobre el río, lo que motivó el aserto de bañarse al regreso en esa subyugante hondonada fluvial.
Hubo, obviamente, que bregar sin tregua. Partieron de la localidad de Panticosa a las 9:15, como queda dicho, por un sendero precioso, flanqueado por el muro de la propia montaña a un lado y por el río de aguas bravas bramando al otro, pero a enorme profundidad. Pronto un puente para cambiar de vertiente, y en la badina excavada por la corriente, una honda balsa donde nadar al regreso. El camino se internaba por una sugerente pradera sobre la que pivotaban bojes, de cuya madera antaño los pastores manufacturaban cubiertos y útiles caseros, principalmente cucharas.
El paraje francamente bucólico a la luz y las vibraciones matinales, pronto quedaba atrás, pero otros entornos no menos atractivos aparecían y se multiplicaban. En los confines del valle verdaderos farallones rocosos se alzaban limitando espacios sobrehumanos, siempre a la medida orogénica de los dioses. El río a la vez que los caminantes, remontaba desniveles cada vez más desproporcionados. Es la ley geológica en conformidad con la física de los fluidos que corren por la pendiente abajo, y saltan por el caos de rocas si se interponen.
Ya quedó en retaguardia Saplana (Selva Plana) y ahora La Ripera, mientras que el Rincón del Verde se desvía a la derecha bajo centinelas de piedra que frisan los 3.000 m-. Hace dos años osamos aceptar el reto que nos brindaba el Pico Tendeñera que no culminamos, pues habiendo llegado al cuello, la prudencia aconsejaba una retirada a tiempo.
La llamada al orden la pone una señal de madera en el camino, cuya punta nos orienta hacia el FDedo de Yenefrito y el ibón Catieras. La nostalgia se asienta en el Rincón de Esmeralda. Es el momento del compromiso, la decisión está tomada y ahora hay que afrontar las condiciones. El sendero balizado de verde hasta el Dedo de la Justicia Divina (Yenefrito) que se digna materializarse en forma de espolón rocoso. Su inclinación de 45º apunta a lo Inmutable. Y las criaturas que hoyan su estilizado nudillo y alcanzan su falangeta aun asumiendo su carácter contingente se sienten personalmente recrecidos, diríamos que significativamente autoestimados.
La tropa de marras, la nuestra, llamada "Andalanda" desoye los cantos de sirena habida cuenta que no tienen puestas sus miras en ese accidente geográfico de mayor predicamento turístico que geotectónico. Sin afán despectivo le damos la espalda pues el sentido de la marcha lo supera. La llamada de alerta de las marmotas se traduce en penetrantes y agudos silbidos que permiten poner en guardia a sus congéneres. El espectáculo de la Gran Obra Divina ahora cobra carta de naturaleza, los mustélidos erguidos sobre sus dos patas traseras tienden una red de señales acústicas que apenas mitiga el sonido del agua cristalina que corre en las profundidades del valle. Es el momento de oír y callar, observar y grabar lo que la vida en toda su amplitud reserva a los intrusos visitantes.
Los jabalíes, menos perceptibles, han labrado la tierra con sus hocicos en busca de raíces. El laborioso desaguisado no podemos achacarlo malevosamente a las cautelosas dormidoras del letargo invernal, que la primavera en su deshielo las moviliza hacia un despertar cíclico, pues ellas se limitan a excavar un impecable cado sin estridencias terrosas, al contrario, los muestran a los viandantes como acicaladas perforaciones y habitables madrigueras.
Un "abanico cuaternario" o cono de deyección, que denominaría Miguel Manjón el gran geólogo de la Ruta de la Seda de la ciudad de Oviedo, invade parte de la cuenca fluvial, y no obstante el río ha re-labrado el cauce para salir del paso. Un puentecillo metálico, apenas imple plancha, tendida en la orilla invita a cambiar de margen. Ha llegado el momento de la verdad. Los argonautas de vía estrecha se deben a la misión encomendada y pueden quemar sus naves, pues no hay marcha atrás. La ladera sin fin se muestra altiva, su acusada pendiente hace pensar. Primero en línea recta asciende decidida, después a un cuarto de remontada, zigzaguea, para hacer menos cruento el empeño. Las señales verdes yacen en el Yenefrito. Son las de color púrpura las que ahora toman el relevo. Un anillo de color lila en el extremos superior de las estacas de escaso grosor se alinean en el camino, lo que lo hace más fácil de seguir y más despreocupado el caminar.
Este era el penúltimo, más largo y más penoso de los trayectos consumidos. En una de las participantes se produjo una "pájara" o pérdida de tonicidad. Su respiración no le daba de sí y se sintió desabastecida. Después de ese desfallecimiento físico tuvo lugar la decepción moral. Una última protuberancia rocosa podía muy bien marcar la llegada al punto de observación lacustre. Al llegar a la picota el desencanto se adueñó del grupo. Ante ellos se abría un circo circunvalado por un sendero inapreciable que circundaba por su interior en altura la depresión. Se deliberó de seguir o no; la más afectada asumía la, tal vez, última parte del reto, calculando que la llegada al hipotético lago de montaña podría demandar media hora añadida.
En efecto, un postrero espolón al otro lado de la "cubeta glaciar" constituía el último hito de la "Anábasis" en la que se enrolaron los cinco exploradores. Desde el puentecillo metálico, el mayor vacío demográfico se mantuvo hasta el final, pues ni un alma pudo surgir de la nada más absoluta, un reino mineral sin presencia humana. Y todavía no se avistaba el ibón Catieras, pero sí el riachuelo - emergido de un infernal lecho rocoso de enormes fragmentos por los que alambicada y ruidosamente se devanaba para abrirse camino -, que de él, rebosante de agua, excedía.
El primero en llegar a la orilla ideal se zambulló en el agua primordial en traje de Adán. Los demás, más atildados, se introducirán en el seno acuoso por orden de aparición. Después llegó el buen yantar. Y de postre remontaron una estribación para alcanzar la poza abierta por una cascada de brillante trenzado. La revitalizadora estela ionizaba una atmósfera de antemano energetizada que pondría alas en los pies de los senderistas para un regreso más llevadero pero no por la acumulación de Km y de horas, sino por circular por vía descendente. Aún se permitirían desviarse de la ruta para localizar una fuente de aguas de la vida. Y después como epílogo, el baño fluvial en gélidas aguas, pero altamente tonificantes. Llegarían a las 20:30 a Panticosa, después de 11 horas de trabajada expedición.
Los senderistas comentan: Mª Luz García Oliván --> "Magnífica excursión con un total disfrute de la espléndida naturaleza a nuestro alcance. Muchas gracias por estas oportunidades únicas"
Francisco Javier Sanz --> "Estupendo día en el ibón Catieras. Subida algo larga y exigente en algunos tramos. El tiempo acompañaba. Comida en el Ibón y chapuzón en una pequeña cascada y en el río. Vuelta a casa sin percances"