La leyenda del rey Midas

El rey Midas era muy rico y muy codicioso. Deseaba tener más y más bienes materiales. Su mayor ambición era ser el Rey más rico del mundo.
 
Un día, Midas se encontró al dios Sileno, que estaba perdido en un bosque. El Rey ayudó a Sileno a encontrar el camino de regreso a sus dominios. Sileno, muy agradecido, le dijo a Midas:
 
- Pídeme el deseo que quieras y te será concedido al instante.
- Deseo que todo lo que toque se convierta en oro – respondió rápidamente el Rey.
- Pues si ese es tu deseo, se cumplirá desde ahora – dijo el dios, y se marchó.

El Rey enseguida quiso comprobar su nuevo poder y empezó a tocar las ramas de los árboles y las piedras del camino, y al momento se convirtieron en oro. Muy feliz, mandó a sus sirvientes que transportaran todo el oro a su gran palacio. Cuando se cansó, montó en su caballo, pero este se convirtió en una pesada estatua de oro. El Rey no tuvo más remedio que caminar hasta su palacio, seguido de lejos por sus criados, que temían que los tocara.

Por la noche, mandó que le prepararan una gran cena. Al tocar la comida, el plato, el vaso, la mesa..., todo se fue convirtiendo en oro. No pudo cenar, pero estaba contento pensando en el oro que tenía y en el que lograría al día siguiente. Así que se acostó.

Por la mañana, se despertó con el cuerpo dolorido porque la cama también se había convertido en una dura pieza de oro. Al soberano sintió mucha hambre y pidió un gran desayuno. Sus sirvientes se lo dejaron sobre la mesa y salieron corriendo. Desesperado, comenzó a comer un trozo de pan, pero en cuanto lo rozó con sus labios, cayó sobre la mesa convertido en oro, e igual le pasó con el agua. Angustiado y hambriento, llamó a sus criados, pero nadie acudió. Todos habían huido del palacio. Solo su gato favorito se acurrucó entre sus brazos y quedó convertido en estatua de oro.

Sin saber qué hacer, se refugió en su jardín, en el que el agradable aroma de las flores le llenaba de paz. Pero en cuanto acercó su nariz a un rosal, se

convirtió en oro y desapareció todo el olor. Desesperado, empezó a llorar y, por primera vez en su vida, maldijo el oro y el poder que le había sido concedido.

Mientras seguía sollozando, llegaron sus hijos de un largo viaje. Al verlo en ese estado, le abrazaron con todas sus fuerzas. Y al instante, se convirtieron en estatuas de oro. Entonces empezó a gritar:

- ¡Maldito oro! ¡Déjame vivir en paz! ¡Ten compasión de mí, Sileno, y quítame este poder! Por mi ambición me he convertido en el ser humano más solo y más desgraciado del mundo.

Apareció el dios y se apiadó de la desgracia del Rey. Le quitó el don que le había concedido y le dijo:

- Ahora, rey Midas, quiero que esto sirva de lección y comprendas que el oro no es lo más importante para ser feliz. La avaricia trae muchas desdichas. El querer poseer solo riquezas materiales, sea como sea, lleva a la propia deshumanización y a convertir a las personas más queridas en objetos.

El Rey reconoció su equivocación. Desde ese día, dejó de ser codicioso y empezó a compartir sus bienes con los más pobres. Y se convirtió en un Rey querido y respetado por otros.

 

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Casado Torres Maria Mar,
5 may. 2011 12:42
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