La tecnificación de la ética

Clotilde Leguil

 

Artículo aparecido en LNÂ – Le Nouvel Âne nº8, febrero 2008.

Lo publicamos con la amable autorización de la autora para la Web del CEPmedicina

 

            ¿La palabra ética  conserva su sentido si se la utiliza para designar una simple evaluación de riesgos, bajo el ángulo de pérdidas y ganancias, a propósito de una decisión política, de la puesta en práctica de un dispositivo tecnológico, de la realización de un tratamiento que apunta a corregir los disfuncionamientos psíquicos?

¿Cómo se ha llegado a rebajar el pensamiento ético al rango de un simple cálculo de interés? ¿Se puede todavía tener esperanza de salvar el sentido moral de la ética si se hace de ella el simple producto de una razón instrumental, como la llamó Max Weber, es decir de una razón que no es más que una herramienta al servicio del mundo de la técnica?

Las neurociencias, las nanotecnologías, el cognitivo-comportamentalismo, se han adueñado de la palabra “ética” para presentarse como animadas por un deseo humanista de justicia y equidad que oculta en realidad una tentativa de someter lo humano a cálculos desubjetivantes. La nueva “neuroética”, ética aplicada a las neurociencias, sería humanista puesto que se preocuparía no sólo de tratar los disfuncionamientos si no de mejorar lo humano mismo a fin de hacerlo progresar y hacerlo más competitivo. ¿La “neuroética” tiene alguna filiación  con la ética  que los filósofos han definido o ser trata más bien de una confiscación de la ética que tiene por finalidad instrumentalizarla para legitimar procesos de dominación?

El nuevo imperativo de mejora del psiquismo humano se basa en una voluntad de hacer desaparecer los disfuncionamientos, de abolir el sufrimiento, de erradicar los rastros de fracaso. ¿Pero en relación a que norma se definen los disfuncionamientos? El modelo de una máquina que no se equivocaría nunca, que podría efectuar el máximo de operaciones en tiempo mínimo, que se ejecutaría automáticamente, sin saber qué hace, es propuesto de forma insidiosa como ideal. En el universo de la productividad y la mecanización de las tareas, el ser humano es conminado a adaptarse.

Para estar en sintonía con el universo de la productividad, es preciso intentar olvidar todo lo que pueda recordar la presencia de un sujeto, eventualmente contestatario, rebelde o fuera de norma. El ser humano es aquello que todavía no es una máquina pero que debería serlo para no desbaratar la lógica de la razón instrumental. En cierta concepción nacida del mundo industrial, el ser humano es un factor entre otros con el que hay que contar, pero que se debe domesticar a toda costa. Y este “factor humano”[1] no afirma su presencia sino haciendo fracasar los procesos programados para triunfar. En un mundo donde todo debe triunfar, donde todo rastro de fracaso debe ser borrado, donde todo arrepentimiento, toda duda, todo cuestionamiento son descifrados como un fracaso potencial, el humano no es mas que un factor del que se debe intentar minimizar el peso para acceder a resultados satisfactorios.

El cuestionamiento de la ética clásica puede formularse bajo la forma de un enunciado simple: ¿Qué debo hacer? Esta cuestión moral no tiene nada que ver con la utilidad y el interés. No tiene nada de práctico en el sentido corriente. Nos permite precisamente alejarnos un momento de comodidades inmediatas, nos permite interrogarnos sobre nuestros actos y  nos permite actuar a partir de una elección que se pueda justificar en nombre de la propia humanidad. La “razón práctica”, aquella que Kant también nombró en referencia a la praxis, “razón del acto”, es una razón que no calcula, pero que orienta la actuación humana hacia fines morales. No depende del grado de conocimiento, ni del medio social, la cultura. Se basa en una elección a favor de lo humano, y esta elección da cuenta de un sujeto libre que no tiene nada que ver con un rendimiento cualquiera. O en todo caso, se trata de un rendimiento del orden de la fuerza moral que es lo que permite a un sujeto no tener miedo de lo que va a perder comprometiéndose.

            Se puede decir que hoy vivimos una nueva revolución, la de la tecnificación de la ética que podría conducir a su desaparición. La razón instrumental ha hecho callar la otra razón, aquella que ha permitido el advenimiento de la idea política y moral de libertad y la ha llevado al punto en que toda actividad de pensamiento, toda investigación, debería ponerse al servicio de esta razón instrumental. Como si  no tuviéramos el derecho de pensar y hacer avanzar la investigación más que para hacer progresar los poderes de esta razón instrumental. Como afirma Jean-Pierre Dupuy, “Quien dice “ética”, “conciencia”, voluntad”, dice triunfo del sujeto. Pero ¿qué significa este triunfo en una concepción del mundo que trata la naturaleza, incluyendo al hombre como una máquina computacional?”[2] En efecto, desde que se ha definido el funcionamiento psíquico como una serie de operaciones sin sujeto, se vuelve imposible todo juicio ético verdadero.

            En el mundo antiguo y en la sociedad medieval, el mundo de la existencia es totalmente distinto del mundo de la ciencia. Como nos enseñó Alexandre Koyré, el mundo cotidiano, el mundo vivido es visto poco a poco recubierto por el universo del instrumento, salido no de las mejoras artesanales, si no del pensamiento científico que necesitaba instrumentos de medida precisos para demostrar sus experiencias. Los Griegos, los Romanos, los hombres de la sociedad medieval, se servían muy poco de las cifras en su vida cotidiana. Nadie sabe exactamente que edad tiene, no se intenta medir el tiempo, y el día es escandido por las  variaciones de intensidad de la luz del sol, por la oscuridad de la noche estrellada, por la calma del alba y el cansancio del fin del día. Pero no se mide el tiempo, se vive sin calcular, no hay sometimiento a la precisión de la cifra. No obstante, conocían las matemáticas, que aplicaban al mundo celeste. Pero habría sido un contrasentido total intentar aplicar las matemáticas al mundo de la vida cotidiana, mundo sublunar donde cada elemento evoluciona en el sentido de cierta contingencia. En el mundo humano “hay por todas partes un margen de imprecisión, de “apuesta”, de “más o menos” y de aproximadamente”[3] Este margen de imprecisión deja lugar al cuestionamiento del hombre sobre lo que es bueno, sobre lo que debe hacer. Deja un lugar para la experiencia humano, lo que no se calcula, lo que se arriesga.

            Pero algo bascula en la civilización cuando los sabios racionalizan la actitud técnica inventando instrumentos de medida que modificarán la relación del ser humano con el tiempo vivido. La substitución del tiempo medido, tiempo cronometrado, al tiempo vivido, a la “duración”, esta substitución marca de algún modo, el advenimiento de un nuevo mundo, nuevo mundo en el que la imprecisión, el “aproximadamente”, la “apuesta”, van siendo invitados a desaparecer poco a poco.

            La revolución que nos hacer pasar del “mundo del aproximadamente” al “mundo de la precisión” prosigue en el siglo XXI bajo una nueva forma. El universo de la precisión ha descendido del cielo a la tierra, ha ganado terreno a la naturaleza, al mismo tiempo que el ser humano ha comenzado a experimentar nostalgia frente a esta naturaleza que está desapareciendo,  domesticada poco a poco por la lógica industrial. El universo de la precisión se incrusta ahora como un huésped extranjero en el corazón de nuestro psiquismo  para hacernos creer que, si no sabemos quien somos, los cálculos nos lo dirán. La tentativa de medir con escalas de depresión el grado de tristeza, la cantidad de ideas tristes, la tentación suicidaria, el dolor moral mismo, dan cuenta de esta pasión por el ciframiento, la medida y la precisión que prometen convertirnos “en amos y poseedores de la naturaleza” haciéndonos olvidar nuestro destino secreto. Como si midiendo, fuésemos al fin a saber cómo resolver, cómo domesticar, cómo aniquilar, lo que se nos escapa.

            La cuantificación no es interrogada desde un punto de vista ético, pues parece necesariamente legítimo matematizar lo real, hacer estadísticas, poner en ecuación, todo lo que ocurre. La medida y el cálculo serían las nuevas normas de lo Verdadero y del Bien. ¿A qué precio? ¿Se ha tomado  verdaderamente conciencia de las pérdidas y ganancias? ¿Se pueden medir los riesgos? ¿Cómo mejorar nuestros actos? La ética misma es prisionera de esta aproximación instrumental puesto que es requerida a responder en el mismo modo para ser creíble. La interrogación ética es invitada a presentarse como un cálculo para ser reconocida como legítima.

De este modo proponemos, siguiendo a Kant, siguiendo a Lacan, siguiendo a Jonas, reformular una vez más el imperativo moral en este contexto de infiltración generalizada del ciframiento en todos los ámbitos de la existencia: “Actúa de tal modo que el sentido de tu acción no pueda nunca ser reducido a un puro cálculo por ti mismo o por otro”. La ética, para no desaparecer, debe intentar salvar al “mundo del aproximadamente” que es el mundo real y vivido por los sujetos. La orientación ética en el seno del mundo de la técnica debería consistir en hacer valer el punto de vista de la no-cuantificación, el punto de vista de la experiencia humana como irreductible a toda puesta en forma matemática. El pensamiento ético debería tener hoy por  misión poner barreras a la evaluación de lo humano. Somos alguna otra cosa que la edad que tenemos, el salario que ganamos, el alquiler que pagamos, el número de productos que consumimos y el número de ideas tristes que tenemos. Si los investigadores han rebajado la ética hasta el punto de hacer de ella un simple cálculo pusilánime, los cineastas nos hacen dar cuenta de que la ética que nos concierne no tiene nada que ver con las evaluaciones mezquinas. Es precisamente renunciando a la lógica de pérdidas y ganancias que podemos asumir el riesgo de una aventura humana que quizá nos conducirá a descubrir el nudo de nuestro ser, pequeña chispa fugitiva, que ninguna máquina computacional puede atrapar. Como los personajes de James Gray, en su última película, La noche es nuestra, podemos descubrirnos a nosotros mismos, no porque nos sometamos a escalas intentando evaluar nuestros logros y fracasos, sino porque somos capaces de afrontar la dimensión trágica de nuestra existencia de la que ningún cálculo puede dar cuenta. La noche que es nuestra, es en efecto la de nuestras propias pesadillas, de nuestros propios sufrimientos, y no dejaremos a la lógica evaluacionista apropiarse de ellos para hacernos creer que nuestro ser debe someterse al universo de la precisión.

En tanto que sujetos, la ética nos pertenece.

 

Traducción: Araceli Teixidó



[1] Cristophe Dejours, Le facteur humain, Que sais-je, PUF, 1995.

[2] Jean-Pierre Dupuy “Le problème théologico-scientifique et la responsabilité de la science” in Le débat, mars-avril, 2004.

[3] Alexandre Koyré, Du monde del’”à-peu-pres” à l’univers de la précisión” p.342, in Etudes d’histoire de la pensée philosophique, Tel gallimard, 1971

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