LA CRITICA DE LA PSICOLOGIA SOCIAL

 

La Crítica en la Psicología Social Latinoamericana y su Impacto en los Diferentes Campos de la Psicología.

 

Fernando Luis González Rey1 2

 

Pontifícia Universidad Católica de Campinas

Centro Universitário de Brasília, Brasil

 

Compendio

Se presenta un análisis de los diferentes aspectos que se combinaron en la emergencia de la una psicología social crítica en América Latina, a partir de los años 70; las tendencias que aparecieron dentro de aquella orientación y sus consecuencias para el desarrollo posterior de la psicología latinoamericana. Esta tendencia crítica fue prolífica en la producción de trabajos, así como en la organización de foros de debate, entre los cuales está el actual Congreso de Psicología Social de la Liberación, que se celebra periódicamente en diferentes países de América Latina. Este movimiento crítico de la psicología social, no ha sido analizado desde una perspectiva histórica por ninguno de sus protagonistas, lo cual es uno de los objetivos centrales de esta presentación. Entre los aspectos particulares en que el autor centra su exposición están los siguientes: 1) La implicación de este movimiento con la realidad social de los países de la región; 2) La diversidad de posiciones teórico-metodológicas de las personas implicadas en este movimiento y su evolución hacia reflexiones congruentes con sus objetivos de transformación social; y, 3) Las formas actuales de expresión de la crítica en la psicología social latinoamericana.

 

En este trabajo presentaré una de las posibles versiones del desarrollo de la crítica dentro de la psicología social latinoamericana, intentando generar visibilidad sobre un conjunto de procesos e influencias que caracterizaron y facilitaron su desarrollo. También explicitaré la forma en que estos trabajos han marcado otros campos de producción dentro de la psicología latinoamericana.

 

Es muy interesante como se fue produciendo y profundizando un proceso de crítica que comenzó con las mismas herramientas de la psicología tradicional, dentro de un marco positivista - descriptivo, pero que gracias a la agudeza y creatividad de quienes trabajaron desde esta perspectiva, se visualizaron problemas propios de la región que fueron conduciendo de forma gradual a la crítica del modelo teórico y metodológico dominante en la psicología social norteamericana en los años cincuenta y sesenta, y que era reproducido de forma mimética en los países de nuestro continente, donde ese mimetismo todavía está presente hasta hoy. En el desarrollo de la crítica en el campo de la psicología social pienso que el impacto del marxismo tuvo un importante papel, que primero se manifestó en Argentina, en los brillantes trabajos de autores como Bleger y Pichon Riviere, y que después, de una forma u otra, y desde perspectivas diferentes, influyó el desarrollo de la psicología social crítica en latinoamericana de una forma general.

 

La recuperación de esta memoria histórica tiene por objetivo no solo desarrollar una representación sobre lo que ocurrió, sino analizar la forma en que esta crítica se desarrollo, y hacer de este análisis un momento de revitalización de la crítica en la psicología social latinoamericana, la que también se ha debilitado con el tiempo. Los aspectos sociales y económicos que definen la institucionalización de la ciencia desafortunadamente no favorecen la institucionalización y el desarrollo de teorías producidas en América Latina, lo que sin dudas debilita nuestras producciones y también afecta a sus protagonistas, muchos de los cuales buscan los criterios para la legitimación de lo que hacen en los modelos ya establecidos.

 

Las Diferentes Posiciones del Pensamiento Crítico en la Psicología Social Latinoamericana: La Confrontación con el Modelo Aséptico e Individualista de la Psicología Social dominante.

 

Desafortunadamente todos los modelos de pensamiento que se institucionalizan y se expresan desde una perspectiva hegemónica, pierden el carácter creativo y revolucionario que en algún momento pudieron tener, se dogmatizan y generan un culto a patrones universales que se transforman en camisas de fuerza constrictoras a la producción del pensamiento. Esto ocurrió con el positivismo y también con el psicoanálisis, y se hizo particularmente fuerte en América Latina por su adopción mimética de estas posiciones por grupos e instituciones, fenómeno propio de un pensamiento colonizado, en el que el orgullo se asocia más a ser un fiel seguidor de una tendencia establecida, que a la construcción de un pensamiento propio, fenómeno todavía presente en muchos de los sectores de la psicología de nuestra región.

 

Dentro de este contexto de hegemonía que ha caracterizado el desarrollo de la psicología de forma general, y de forma particular su desarrollo en nuestros países, una primera ruptura muy importante con las instituciones dominantes fue la que hicieron Bleger y Pichon Riviere, tanto con relación al psicoanálisis dogmático, como al marxsimo dogmático. Ellos fueron capaces de enfatizar el carácter social de la formación del inconsciente y su relación con la condición social compleja del sujeto, crítica que desarrollaron a partir de una apropiación creativa del marxismo, evitando los dogmas de la objetivación de la psique que caracterizaba al marxismo institucionalizado de la época, al cual también se enfrentaron al destacar la importancia de la subjetividad y de los aspectos no conscientes de esta, desarrollados por ellos a partir de su apropiación del psicoanálisis.

 

Así, Pichon Riviere (1987) expresa: “La psicología social que postulamos tiene como objeto el estudio y transformación de una realidad dialéctica entre formación y estructura social y la fantasía inconsciente del sujeto, asentada sobre sus relaciones de necesidad. Dicho de otra manera, la relación entre estructura social y configuración del mundo interno del sujeto, relación que es abordada a través de la noción de vínculo... El sujeto no es solo un sujeto relacionado, es un sujeto producido.

 

No hay nada en él que no sea la resultante de la interacción entre individuos, grupos y clases.” (p.107) Aparece, tanto en Pichon (1987) como en Bleger (1987), el desafío de integrar el mundo psíquico del sujeto a través de la complejidad de los espacios sociales en los que este sujeto se produce, presentando la psique y lo social dentro de una visión dialéctica que, de forma semejante, aparecerá más tarde en autores como Castoriadis, Guattari, Deleuze y Elliot dentro de una perspectiva psicoanalítica crítica. Tanto Bleger como Pichon, el primero desde sus trabajos teóricos sobre una psicología general estrechamente asociada a la psicología social, y el segundo en el intento explícito de una psicología social diferente, de hecho integraron en su perspectiva de la psicología social el desarrollo de una teoría general sobre el sujeto, integrando así el tema del sujeto y su organización psíquica con las condiciones sociales en que este se desarrolla, cuestiones que hasta hoy constituyen un problema para la psicología.

 

Bleger fue un autor erudito que integro dentro de una definición general de la psique temas diversos que abarcaron hasta el ámbito institucional. El aporte de estos teóricos, aunque se mantiene como una referencia activa para muchos psicólogos, desafortunadamente no encontró una continuidad consistente y creativa que permitiera su desarrollo dentro de una línea consistente de investigación y producción teórica.

 

El psicoanálisis lacaniano terminó apropiándose del espacio del psicoanálisis argentino, y la producción propia cedió a los imperativos de una fuerte institucionalización del pensamiento. El impacto de Pichon (1987) y Bleger (1987) tampoco fue el esperado fuera de la Argentina, donde Bleger ha sido usado para cursos de psicología general, más por sus definiciones con relación a categorías clásicas de la psicología, que por los aspectos cosmovisivos revolucionarios de su obra.

 

De la misma forma, Pichon Riviere ha sido asumido más en la tendencia instrumentalista del desarrollo de los grupos operativos, que en las consecuencias de su pensamiento para el desarrollo de una psicología social diferente. La producción de Bleger y de Pichon se caracterizó por la marca creativa de ambos como sujetos, como autores, y su forma de asumir el marxismo y el psicoanálisis no se presentó como una suma ecléctica entre ambos marcos de referencia, sino como la producción de una psicología cualitativamente diferente, a partir de principios cosmovisivos incorporados desde ambos referentes en una noción de hombre y de psique.

Este esfuerzo crítico desarrollado en Argentina, que rompía con las formas dominantes de la institución psicoanalítica de la época, tampoco tuvo impacto en el campo de la psicología social en el resto del continente, donde la crítica tomó otras formas, y comenzó a integrarse en nivel continental en la década de los setenta, y muy especialmente en los años ochenta. Una de las tendencias fuertes en el rumbo de esta psicología social crítica, aparece dentro de los marcos metodológicos de la psicología social dominante y se expresa a través de sus propias categorías, pero con una orientación hacía temas que muy pronto comienzan a revelar diferencias con la forma en que aparecían en aquella psicología.

 

Un pionero y fundador de esta dirección que inspiró un camino muy fecundo en la psicología social latinoamericana fue José Miguel Salazar, quien desde su posición social crítica y comprometida, comenzó a desarrollar desde finales de los cincuenta trabajos sobre las actitudes políticas en estudiantes venezolanos. En 1960, José Miguel publica “La psicología política y la posibilidad de investigación acerca del carácter nacional venezolano”. Este es el primer artículo que yo conozco sobre la integración de lo político en la psicología social latinoamericana, que años más tarde proliferó en los trabajos sobre psicología política, tema que toma mucha trascendencia en los setenta y ochenta, y que después pierde energía, a pesar de los esfuerzos que en este sentido se han mantenido a través de la organización sistemática de los Congresos sobre psicología de la liberación, termino acuñado por Martín Baró.

 

Los trabajos sobre el nacionalismo iniciados por José Miguel, como expresa M. Montero (1987), alcanzan un

carácter trasnacional en las investigaciones conjuntas que este autor desarrolla con G. Marín (1975, 1976, 1977, 1981) en que se estudian poblaciones venezolanas y colombianas, llegándose a conclusiones muy parecidas en algunos aspectos. Ambos grupos se evaluaban como flojos, siendo la pereza un rasgo recurrente en las autopercepciones de los latinoamericanos en las investigaciones hechas en la época. (Montero 1987). El tema del nacionalismo se fue relacionando de forma progresiva con la cuestión de la ideología y con la identidad.

 

La cuestión del carácter nacional fue iniciada en latinoamerica con los trabajos de Díaz Guerrero sobre la psicología del mexicano, los que le llevaron a la conclusión de que la sociedad mexicana tendía a reforzar patrones de adaptación de carácter pasivo y conformista (Díaz Guerrero, 1973, 1975). Estos trabajos fueron evolucionando al estudio de los aspectos sociales e históricos que estaban implicados en estos atributos, lo que estimuló la inclusión de nuevos temas como el de la dependencia, la cultura de la pobreza, el fatalismo y otros, a través de los cuales las preocupaciones teóricas en relación con el desarrollo de modelos explicativos o comprensivos fue ganando espacio.

 

Los trabajos de Salazar y toda la línea desarrollada en el tema de nacionalismo, permitieron visualizar la imagen negativa que los latinoamericanos expresaban con relación a los norteamericanos, lo que evidenciaba la necesidad del desarrollo de una identidad latinoamericana como opción al dominio ideológico, político y económico de los norteamericanos en el continente. José Miguel acuña él termino IDUSA para expresar la ideología dependiente de los Estados Unidos.

 

El desarrollo de las categorías y los modelos que permitieran una mejor comprensión de las cuestiones descritas en la investigación, de forma general se tomó de modelos teóricos desarrollados en diferentes áreas de las ciencias sociales, así, la identidad se trabajo dentro de este contexto en una perspectiva esencialmente cognitiva, el modelo de la dependencia fue importado para la elaboración de los resultados obtenidos, el concepto de cultura de la pobreza se asumió de la obra de Oscar Lewis, pero por detrás de esta ampliación de horizontes y de temas se iba gestando la necesidad de una producción teórica que diera cuenta de los desafíos de nuestra psicología. La necesidad de transformaciones teóricas y metodológicas profundas a partir de los resultados que se comenzaban a integrar en esta línea crítica de investigación, comenzaba a aparecer en las posiciones de los psicólogos, así por ejemplo, M. Montero expresa (1987): “Las acusaciones arrojadas sobre las teorías psicológicas clásicas, de fragmentar y atomizar el objeto de estudio, presentan aquí un ejemplo de esos inconvenientes: estudiar un fragmento de conducta, un comportamiento específico, no explicar la totalidad de un fenómeno complejo. Más aún diversas explicaciones parciales, lejos de conjugarse en una global, muchas veces llevan a concepciones erróneas y a ocultar causas más profundas.” (p. 40) De forma semejante a Montero, Salazar expresa (1987): Los tipos descritos son sin duda alguna también identificables en otras culturas (se está refiriendo a los “tipos mexicanos” definidos por Díaz Guerrero); podría mantenerse la argumentación sostenida por la orientación del carácter nacional basándose en las diferencias de frecuencia de ocurrencia de los tipos; o argumentando sobre la base de la existencia de las subculturas, pero el elemento diferenciador totalizante cualitativo se ha perdido.”(p. 205) En la posición asumida por Montero y Salazar ya se evidencia una conciencia teórica crítica en relación al marco teórico- metodológico, así como también algo que ha caracterizado la posición crítica de la psicología social latinoamericana: Un compromiso con la realidad compleja que está asociada a los procesos psíquicos que caracterizan a la población y a los latinoamericanos. La emergencia de una visión socio-histórica de la psique comienza a aparecer desde diferentes perspectivas.

 

Martín Baró, importante representante de esta generación de psicólogos, y en quien se evidenció siempre una tendencia a la búsqueda de alternativas teóricas y metodológicas facilitadoras de esta psicología crítica, que se abría espacios a través de la producción de problemas muy asociados con la vida y las condiciones dominantes en nuestros países, expresó (1982): “Una forma más sutil de atribuir el fatalismo al carácter o a la personalidad de los individuos se encuentra en quienes lo vinculan con una baja motivación de logro. Decir, por ejemplo, que el obrero o el campesino latinoamericanos, a diferencia de los norteamericanos, no progresan porque carecen de esa ambición y empuje, es una forma aparentemente más “técnica”, pero no por ello menos psicologista, de cargar a la victima con la culpa de la situación.” (p.145) El compromiso ideológico y una forma alternativa de producir psicología que diera cuenta de las evidencias que las investigaciones comenzaban a aportar en relación con los latinoamericanos, fueron llevando a una conciencia teórica y metodológica crítica que, en lo metodológico, se separaba del positivismo, y en lo teórico enfatizaba el origen histórico y cultural de la psique, rompiendo con la naturalización de la psique en la psicología social dominante. El estudio de los procesos sociales y de sus formas de organización e institucionalización pasó a tener un lugar central para la crítica que se desarrollaba, crítica que iba tomando un cuerpo propio, y que comenzaba a delimitar un espacio sólido de producción e intercambio en el continente.

 

Una tercera tendencia en el desarrollo de una posición crítica dentro de la psicología social latinoamericana aparece a través de la asunción explícita y directa del marxismo como referente, y de la incorporación de autores marxistas del campo de la psicología. En esta perspectiva se presenta la psicología social desarrollada en la Pontificia Universidad Católica de São Paulo (PUC), encabezada por S. Lane en los años setenta.

 

Partiendo de forma explícita del marxismo, Lane y sus colaboradores estudian las cuestiones de la alienación en el trabajo, tema que desarrollan de forma muy creativa en el campo de la investigación psicológica. Este grupo, constituido en núcleo de investigación de la PUC de San Pablo, donde Lane comienza a dar aulas en 1965, asume la teoría de la actividad de Leontiev en su esfuerzo de explicar la psique en la acción humana y en las condiciones sociales e históricas de esta acción. Algo muy importante de este grupo es que se mantiene

hasta hoy con una producción crítica dentro de una perspectiva socio - histórica de la psicología social (Sawaia, Junqueira, Ciampa, Bock, Furtado, Gonçalves, Ozella entre otros).

 

Actualmente la psicología social en Brasil tiene importantes espacios y grupos de producción crítica, entre los que se destacan P. Guareschi, L. Camino, M. F. del Quintal, D. Camargo, F. Bonim, R. Guzzo, Ana Jaco, entre otros. En Cuba, como analizamos en trabajo anterior, que también será presentado en este congreso (Gonzalez Rey, 2003), la psicología social define un importante espacio de acción y práctica con el triunfo de la Revolución Cubana, sin embargo, los recursos teóricos con los que se enfrenta esta práctica en los años sesenta, fueron los de la psicología social tradicional, a pesar de que el carácter participativo de aquellas primeras experiencias trascendió, sin conciencia teórica de ello, el metodologismo dominante en la psicología norteamericana.

 

Más tarde, con la formación de un grupo fuerte de psicólogos cubanos en la Unión Soviética en los años setenta y ochenta, se produce la entrada de la psicología soviética en el país, y de forma explícita e intencional trabajamos en el desarrollo de una psicología de base marxista. Lo peculiar que esta situación tuvo fue que muchos de los psicólogos cubanos llegamos a la psicología social a través de la psicología general, que fue el

área que más se fortaleció en Cuba como resultado de los estudios en la Unión Soviética, pues era el área más fuerte en aquella psicología. La psicología general se definía como el campo de investigación básica, dentro del cual se producía la construcción teórica de los problemas centrales de la psicología.

 

La psicología social no era dentro de la psicología soviética un área fuerte, a pesar de la extraordinaria importancia del referente histórico -cultural fundado por aquella psicología para el desarrollo de este campo, sin embargo, la represión alrededor de los temas de naturaleza social que se heredó del estalinismo, y que de una forma u otra se conservó a lo largo de la época soviética, fueron elementos que impidieron el desarrollo de una psicología social fecunda, así como el desarrollo de otras ciencias sociales en la antigua URSS. En Cuba tampoco fue el campo de la psicología social el que más se beneficio del contacto con la psicología soviética, sin embargo, la visión histórica-cultural de la psique, muy influida por el marxismo, facilitó el tránsito de temas básicos a la psicología social. En el campo de la psicología social cubana se destacaron los trabajos de M. Sorín y M. Fuentes, quienes tuvieron una presencia grande en los debates y reflexiones de la psicología latinoamericana en la época. En mi caso las investigaciones sobre la personalidad me fueron llevando a la psicología social y, de forma similar que los autores argentinos, me condujeron a una psicología social que no perdía al sujeto y que no diluía lo social en lo simbólico. Desde la perspectiva de la psicología general se hicieron importantes investigaciones en el campo de la psicología social cubana entre las que se destacan las realizadas en el Programa Nacional de Estudios de la Juventud (Mitjans, de la Torre, y Calviño) así como las relacionadas al tema de la identidad (de la Torre).

Algunos otros psicólogos latinoamericanos muy implicados en este desarrollo histórico y que hoy han tenido

un papel protagónico en el desarrollo de la psicología de la liberación, son Bernardo Jiménez, una de las figuras presentes en el núcleo de la psicología social de orientación crítica en todos los momentos, e Ignacio Dobles. Tampoco podemos dejar de mencionar a la psicóloga puertorriqueña Alba Nidia Rivera y sus trabajos sobre la mentalidad del colonizado.

 

De forma individual, aunque no fueran parte de este movimiento de la psicología social que comenzaba a construir un espacio común de prácticas y reflexiones, durante los años ochenta aparece en el continente una tendencia a la crítica de las posiciones tradicionales que dominaban los escenarios académicos de la enseñanza de la psicología. Así, autores como Jorge Molina y German Gómez de México, hacían una crítica a la ideología dominante en la psicología mexicana. Las Jornadas de psicología Cuba-México, celebradas en México y en la Habana en los años setenta, cuando conocimos a Bernardo Jiménez, fueron un foro de reflexión crítica sobre la psicología dominante y de búsquedas de alternativas a ella.

 

Todos los autores y tendencias mencionados convergían en un conjunto de aspectos, como fueron:

- La necesidad de desarrollar una psicología con posiciones propias frente a los problemas específicos de nuestro continente, y el reconocimiento de una realidad social que definía los aspectos psicológicos de los diferentes grupos y clases de América Latina.

 

- La necesidad de intervenir en la realidad estudiada y facilitar procesos libertadores que contribuyeran al cambio social en la región, o sea, de hecho la implicación política y ciudadana en los procesos sociales que eran objeto de estudio. El carácter participativo de muchos de los estudios desarrollados en los diferentes países de la región llevó a una implicación del investigador con la realidad que, de hecho, facilitó estrechos vínculos con la población, los que se tradujeron en la producción de conocimiento 

 

- La conciencia creciente de la necesidad de desarrollos teóricos y metodológicos que facilitaran una psicología social de orientación crítica en el continente.

 

Una tendencia que no podemos dejar de mencionar, que se inscribe en la construcción crítica de la psicología, y que actúa en un tema social de profundo impacto en nuestra región, es la psicología orientada al estudio de las consecuencias psicológicas de la tortura, la represión política y las catástrofes sociales (Kovalskys, Lira, Slucki, Bleichmar y muchos otros autores) Desde este campo se han confrontado algunas de las interpretaciones tradicionales de la psicopatología y del propio psicoanálisis. Esta área representa uno de los momentos de nuestra historia en que la crudeza de una realidad ha trascendido el hermetismo de algunas posiciones teóricas, convirtiéndose en un espacio importante del desarrollo de la psicología latinoamericana.

 

La crítica en la psicología social latinoamericana se comienza a articular a través de las relaciones entre los investigadores, y en la organización de foros y congresos en que la mayoría de los psicólogos antes referidos eran convidados. De acuerdo con S. Lane (1986), la crisis de la psicología social ya había sido denunciada en el Congreso Interamericano de Miami en 1976, pero sin ninguna contribución concreta a la superación de los problemas denunciados. Según la misma autora, en el Congreso interamericano de Lima, Perú, en 1978, la situación fue diferente, pues las críticas condujeron a nuevas propuestas orientadas a una redefinición de la psicología social. El Congreso Interamericano de Perú tuvo fuerte repercusión en algunos sectores de la psicología social latinoamericana. Lane nos describe que después de este Congreso se organizaron en el Brasil una serie de encuentros y seminarios entre los psicólogos sociales que condujeron a la formación de la  Asociación Brasilera de Psicología Social (ABRAPSO), que hasta hoy representa uno de los escenarios más fructíferos de reflexión crítica en la psicología social de América Latina.

 

En Venezuela, tanto José Miguel Salazar, como Maritza Montero, quienes fueron directores del Instituto de Psicología de la Universidad Central de Venezuela en periodos diferentes, fueron organizadores entusiastas y activos de diferentes encuentros y cursos en Caracas, en los que nos conocimos muchos de los psicólogos comprometidos con la crítica de la psicología.

 

Un momento muy importante en la consolidación de este movimiento fue el Congreso Interamericano celebrado en Caracas en 1985. Fue en aquel momento que conocí a Silvia Lane y a Ignacio Martín Baró, a quien le toco hacer la presentación de mi conferencia magistral en aquel congreso.

En aquel momento histórico, principios de los años ochenta, J. M. Salazar apoyó con mucha fuerza el intercambio entre Venezuela y Cuba, el cual también encontró un apoyo decidido en diferentes momentos en M. Montero, J. M. Cadenas e I. Colina, quienes desde sus correspondientes cargos institucionales en la Universidad Central de Venezuela, apoyaron el intercambio con Cuba, lo que favoreció la activa participación

de psicólogos sociales cubanos en este camino de reflexión crítica de la psicología social.

 

A partir del Congreso Interamericano de Quito en 1983, la dirección de la Sociedad Interamericana comienza a integrar personas que apoyan el movimiento crítico de la psicología social latinoamericana, como lo fueron en diferentes periodos, J. M. Salazar, M. Fishbein, G. Bernal, A. I. Alvarez, G. Marín y J.Villegas, entre otros. Esa virada en la dirección y en los grupos de influencia de la Sociedad Interamericana de Psicología, se confirma con la aprobación de Cuba como sede del Congreso Interamericano de Psicología en 1987, que representó otro momento de encuentro y reflexión conjunta de los psicólogos comprometidos con la crítica desde la psicología social.

 

A partir de los Congresos y encuentros entre psicólogos que compartimos este espacio de reflexión, se organizan varias publicaciones conjuntas, dos de ellas organizadas por Maritza Montero, que fueron Psicología Política Latinoamericana, editado por la Editorial Panapo de Caracas en 1987 y Construcción y crítica de la psicología social, editado por Anthropos de Barcelona en 1994, y la otra organizada por Bernardo Jiménez, titulada Aportes críticos a la psicología en América Latina, editado por la Universidad de Guadalajara en 1990. Se va produciendo así un movimiento organizado de producción y reflexión compartida entre psicólogos latinoamericanos que va ganando fuerza a nivel continental, y del cual participan algunos autores, como T. Sloan, A. Blanco, T Ibañez y F. Munné que, sin ser latinoamericanos, hán tenido una presencia fuerte dentro de la psicología latinoamericana, y han participado de forma creativa y desde diferentes perspectivas en las reflexiones que se han producido en la psicología social latinoamericana.

 

Muchos de los autores que formamos parte de este momento crítico participamos de diferentes actividades organizadas en foros regionales en diferentes países de América Latina, entre ellos un simposio organizado por Aroldo Rodrigues en la Universidad de Gama Filho en Rio de Janeiro después del Congreso Interamericano de Buenos Aires, en el que participamos Amalio Blanco, Ignacio Martín Baró, José Miguel Salazar, y yo. Es significativo que Aroldo Rodrigues, quien históricamente había representado la psicología social más tradicional, organizó y abrió un debate sobre las nuevas tendencias que se expresaban en la psicología social latinoamericana. Encuentros semejantes fueron organizados en Puerto Rico, Costa Rica y México, en la que participaban unos u otros psicólogos de esta generación.

 

Como parte de este movimiento crítico de corte latinoamericano, también están los encuentros que se organizaron en la Habana entre psicoanalistas y psicólogos marxistas, que se inscribían en el esfuerzo de abrir nuevos espacios de discusión y reflexión superando cualquier tendencia al dogma. En estos encuentros participaron también José Miguel Salazar, Ignacio Martín Baró, Alba Nidia Rivera, Maritza Montero, Jorge Molina y otros psicólogos latinoamericanos implicados en la psicología social crítica, por que los encuentros se fueron convirtiendo en un espacio más de reflexión e integración de un pensamiento crítico latinoamericano.

 

La articulación del movimiento crítico de la psicología social que se producía en el espacio geográfico de Centroamerica y el Caribe, integró a autores argentinos y chilenos, como se refleja en el libro de Psicología Política Latinoamericana coordinado por M. Montero (1987), sin embargo muchos de los aportes de psicólogos chilenos, argentinos, uruguayos y paraguayos resultaban desconocidos, entre los cuales quiero destacar, los trabajos críticos de Domingo Asún, M. Krause, G. Rosas y J. Villegas entre otros) En todos los foros referidos, las conversaciones informales y las reflexiones conjuntas influyeron sobre todos nosotros, y fuimos estableciendo lazos personales que se perpetuaron a través del tiempo, al mismo tiempo que se fue delimitando un espacio de producción teórica del cual nunca tuvimos una plena conciencia, y dentro del cual actuamos sin una intencionalidad dirigida a la formación de una tendencia institucionalizada de pensamiento, lo cual puede haber sido uno de los elementos, junto a muchos otros, que contribuyeron para que este espacio no se perpetuara.

 

Las Alternativas Teórico-Metodológicas en el Desarrollo de la Crítica a la Psicología Social en América Latina

Como afirmamos en los epígrafes anteriores, el desarrollo de las posiciones críticas en la psicología social latinoamericana se alimentó de marcos de referencia muy diferentes, mostrándose la importancia del sujeto en el ejercicio de la crítica, toda vez que los diferentes marcos empleados sirvieron para complementar un cuerpo de conocimientos responsable por nuevas representaciones que permitieron un desarrollo crítico alternativo y productivo. Las convergencias en las reflexiones críticas, y el consenso con relación a muchos aspectos generales de proyección de la psicología latinoamericana, no nos han permitido hasta hoy, sin embargo, el desarrollo de una alternativa teórica en relación con la cual interactuar y producir. En nivel metodológico, aunque con los matices de las propias aproximaciones que caracterizan este campo hoy, existe un consenso mayor entre nosotros, que se define por una opción cualitativa de investigación.

 

En la psicología social latinoamericana el ejercicio de la crítica se ha producido desde diferentes posiciones, sin embargo, también ha existido la tendencia a acompañar las teorías de turno, las que se han constituido como la última moda, sin madurar un pensamiento propio con relación a sus límites y a la forma particular de adoptarlas. Una de las características del pensamiento de Martín Baró que más valoro en el legado que nos dejó, fue su capacidad para ir evolucionando dentro de posiciones teóricas propias a través de su desarrollo personal. Ignacio, como le decíamos todos, fue evolucionando de su formación dentro de una psicología social tradicional, e incorporando en este camino todo lo que le resultaba interesante y que reportaba utilidad para sus encuentros con la realidad social compleja que le tocó vivir.

 

Los diferentes modelos que estuvieron presentes en las reflexiones críticas de los psicólogos latinoamericanos en los setenta y los ochenta, se van enriqueciendo con la crítica al paradigma tradicional que se presenta desde la psicología social sociológica en América Latina, de forma muy particular a través de los trabajos de Fernández Christlieb, a través de los cuales la cuestión del lenguaje y la producción de significados gana fuerza en el espacio crítico de la psicología latinoamericana en los años ochenta, lo que se refuerza en los noventa, como se expresa en varios de los trabajos del libro organizado por Maritza Montero, Construcción y Crítica de la Psicología Social.

 

En uno de los trabajos del libro anteriormente mencionado, Maritza nos presenta una interesante síntesis de lo que ella denomina como paradigma emergente en la psicología social, donde además de destacar que la realidad es una construcción cotidiana, lo que marca los primeros trabajos de los autores costruccionistas en la psicología social, destaca el carácter complejo de los sujetos que se relacionan en la realidad social, así como el propio carácter complejo de la realidad social, donde, de acuerdo con la autora” La psicología debe reflejar los problemas de la realidad social en que se hace; tomar en cuenta la estructura económica y social y sus efectos en la formación del ser social; ubicar la conducta en su contexto social, sin por ello reducirla a particularidades.” (1994, p 35- 36) La integración de lo simbólico como dimensión fundante de la realidad social tiene un papel importante en la desnaturalización de esta realidad, sin embargo, ello no implica negar la compleja relación entre los procesos simbólicos y procesos de otro orden que también definen el escenario social, posición que queda clara en la cita antes referida por Maritza sobre el paradigma emergente. Inclusive la noción de paradigma emergente abre el espacio de la diversidad en la construcción de nuevas alternativas. Sin embargo, ese paradigma emergente evoluciona en los noventa hacia el construccionismo social, tendencia que aparece en el plano de la epistemología, desde donde enfatiza la ciencia como producción social y se orienta a buscar procesos de naturaleza social que legitiman ciertos discursos científicos y rechazan otros (Woolgar, Latour, Pickering y otros).

 

El construccionismo social y su significación epistemológica es indiscutible, sin embargo, la forma en que esta tendencia se reafirma en la psicología a principios de los noventa, negando al sujeto, a la realidad como referente diferente del discurso, a la epistemología y, por tanto, a todo aquello que no sea una producción discursiva, desconecta a la psicología social de las realidades diferenciadas desde las que ejerce su crítica, y contribuye a una retórica nihilista que pierde su poder crítico sobre la realidad social. El construccionismo social, sin dudas atractivo en su crítica a la psicología tradicional, en sus reflexiones creativas sobre la construcción del conocimiento y con relación a las diferentes prácticas de la psicología que se apoyan en la naturalización de la psique a través de su representación estática en entidades individuales y universales, va, en la psicología social, en particular en algunos autores de esta área (Gergen, Shotter y otros) a extremos que, de hecho, crean una nueva ideologización sobre los límites absolutos de la producción del conocimiento: los criterios legitimadores de las prácticas discursivas.

 

Este es una aspecto esencial y legitimo que es parte de toda construcción, entre ellas de la ciencia, solo que no es el único referente de las construcciones sobre los procesos humanos. En América Latina el construccionismo en la década del noventa tuvo un papel importante en la crítica a la psicología tradicional, y contribuciones importantes de tipo metodológico, como son los trabajos de M.J. Spink en Brasil, D.Schnitman yS Fuks en Argentina y E.Sanchez y Wiesenfeld en Venezuela, auque Schnitamn, en mi interpretación, a diferencia de los otros autores mencionados, no se integra a la negación de la subjetividad y del sujeto que domina esta corriente, sino que coloca estos temas en una perspectiva compleja.

 

Como nos dice I. Stengers (2002): “Que otra definición se puede dar de realidad a no ser esta, de tener el poder de mantener junta una multiplicidad heterogénea de prácticas que, todas y cada una, testimonian de un modo diferente aquello que las mantiene unidas? Prácticas humanas, pero también ”prácticas biológicas”: quien dudase de la existencia del sol tendría contra si no solo el testimonio de los astrónomos y el de nuestra experiencia cotidiana, sino también el de nuestras retinas, creadas para detectar la luz, y de la clorofila de los vegetales, inventada para captarles la energía.” (p. 119) Los aspectos que indican referentes diferentes al del propio discurso que se produce en el proceso de conocimiento, legitiman definir esos referentes como realidad, sin ninguna pretensión de que esta realidad tenga una forma única y organizada que es asequible en los términos del conocimiento de forma isomórfica. Queda claro que todo conocimiento representa la producción de una inteligibilidad histórica sobre una delimitación de esa realidad producida por el hombre, y que las categorías y construcciones producidas integran procesos ideológicos, discursivos, etc., que son esenciales en la legitimación de lo producido.

 

Sin embargo, el conocimiento producido siempre se confronta y se extiende en un referente externo, en relación al cual produce representaciones que están en la base de las prácticas humanas, y que, por tanto, adquieren estatus provisorios de”verdades”como sentidos compartidos en relación a esas prácticas. Es en este sentido que el propio construccionismo en psicología se ha tornado una”verdad”que devalúa con cierta autosuficiencia intelectual otras opciones en la producción de conocimiento.

 

La forma en que se institucionalizó el pensamiento construccionista en las última década elicita en mí un efecto que Tomas Ibañez construye brillantemente (2001) cuando expresa: “Sin embargo, soy de los que pensan que es precisamente cuando las cosas son tan”evidentes”que solo nos queda darlas por buenas y comulgar con ellas, cuando más debemos movilizar nuestra capacidad crítica e interrogar esas evidencias para poner a prueba su consistencia. Aunque esto suponga articular un discurso que se aparte, por un momento, del discurso mayoritariamente compartido por los disidentes.” (p. 151) Creo que en la publicación de referencia, de donde tomo la cita de Ibañez, él mismo hace muy bien esto que proclama en las dudas que levanta con relación a las posiciones asumidas por el filósofo norteamericano R. Rorty.  Es precisamente en esta capacidad humana de ruptura que señala Ibañez que veo al sujeto, a un sujeto que tiene esta capacidad por ser capaz de procesos de subjetivación que tienen una historia, y que no se diluyen en el momento actual. Me refiero a esta historia como configuración de sentidos subjetivos, y no como acumulación de hechos, y tampoco como evolución teleológica hacia un final que tiene leyes inherentes. En este punto retomo el marco de referencia que ha marcado mi evolución histórica dentro de esta ruta de producción crítica, y que tiene importantes puntos de coincidencia con autores con los que hemos compartido la trayectoria de esta crítica en la psicología social, me refiero a las categorías de sujeto y subjetividad, las que desde mis primeros trabajos en la psicología social he presentado como temas inseparables en la construcción de una psicología social crítica.

 

Martín Baró escribió con relación al tema de la cultura de la pobreza (1987): “La cultura de la pobreza es algo más que la pobreza; es un estilo de vida que florece en un determinado contexto social (...) Representa un esfuerzo para manejar los sentimientos de impotencia y desesperación que se desarrollan ante la comprobación de que es improbable tener éxito siguiendo los valores y fines de la sociedad más amplia”(p. 147) En la cita anterior Martín Baró (1987) nos está conduciendo por el camino de los efectos de la pobreza en nivel subjetivo que, en este caso, el ejemplifica a través de uno de esos posibles efectos, pero que en nivel de la subjetividad social e individual de los protagonistas de la pobreza, toma formas múltiples e impredictibles, donde la producción simbólica se expresa en una unidad inseparable con la emocionalidad producida, sin que una sea causa de la otra, aunque dentro de esta unidad psicológica una siempre evoque la otra. Esta compleja producción subjetiva es lo que hemos definido en nuestro trabajo como sentido subjetivo, concepto que tiene su antecedente en la categoría de sentido presentada por Vygotsky en el momento final de su obra y que, en nuestra opinión, representa un concepto clave para el desarrollo de una concepción histórico-cultural de la subjetividad.

 

La producción de sentido subjetivo se organiza de forma simultánea, aunque no convergente, en nivel individual y social. Los sentidos subjetivos en nivel individual son constituidos en la relación permanente de la historia del sujeto y los contextos sociales dentro de los que expresa sus acciones sociales. En nivel social, esta producción de sentidos se da dentro de los espacios en que los individuos comparten historias socialmente institucionalizadas, espacios que tienen memorias, códigos y cargas emocionales, que aparecen en la producción de sentido diferenciada de los individuos que comparten estos espacios, institucionalizándose estos procesos en los sistemas de relaciones que caracterizan esos espacios y que, a su vez, están constituidos por elementos de sentido de otros espacios sociales. Este complejo sistema de producción subjetivosocial es lo que hemos denominado en nuestros trabajos como subjetividad social. Esta diferencia de escenarios de la producción de sentidos subjetivos está en la base de los conceptos de subjetividad individual y social, a través de los cuales hemos intentado superar una de las dicotomías más arraigadas de la psicología; la dicotomía de lo individual y lo social.

 

Martín Baró se orientó de forma especial al rescate de laintegración de estos dos momentos, el individual y el social para la psicología social, y con relación a esto expresó (1986): “Sin embargo, la psicología ha estado por lo general muy poco clara acerca de la íntima relación entre desalienación personal y desalienación social, entre control individual y poder colectivo, entre la liberación de cada persona y la liberación de todo un pueblo. Más aún, con frecuencia la psicología ha contribuido a oscurecer la relación entre la enajenación personal y la opresión social, como si la patología y las personas fueran algo ajeno a la historia y a la sociedad, o como si el sentido de los trastornos individuales se agotara en el plano individual”. (p. 297) La categoría de sentido subjetivo nos permite explicar una configuración subjetiva individual, cualquiera que esta sea, la profesión, el padre, la sexualidad, u otras delimitaciones simbólicas que toman forma en la historia de la vida cultural y social del sujeto, a partir de elementos de sentidos socialmente producidos en tiempos y espacios diferentes de una historia individual.

 

El sujeto no se define como sujeto social por la inmediatez de alguna influencia actual sobre su comportamiento, todo comportamiento se expresa en la organización compleja entre sentido subjetivos actuales e históricos, por tanto, el sentido subjetivo es una categoría que nos permite integrar en su real complejidad lo social y lo individual, que son momentos que permanentemente se constituyen y reconstituyen entre sí dentro de una perspectiva histórica e inmediata. Los sentidos subjetivos no son el efecto de una influencia objetiva lineal de lo social sobre el sujeto, sino que representan una organización subjetiva que se define en el proceso de su propia historia.

 

Precisamente en su interés por la integración de lo social y lo individual Martín Baró asume el carácter histórico y mediato de las influencias sociales, con relación a lo cual expresa (1989): “El poder puede influir en el comportamiento de las personas y grupos de dos maneras: a) una inmediata, imponiendo una dirección concreta a la acción; b) otra mediata, configurando el mundo de las personas y determinando los elementos constitutivos de esa propia acción. Estas dos formas no son excluyentes, sino inclusivas. Es más, la acción inmediata del poder con frecuencia se articula sobre la base de los determinismos mediatos.” (p.93) En la cita anterior vemos como el autor comprende lo social en la configuración de la persona, y expresa la relación inseparable entre la acción inmediata del poder y los procesos mediatos que están constituidos en la historia de los protagonistas de la situación social vivida, abriendo así una perspectiva dialéctica y compleja en la comprensión de la naturaleza socio-histórica de las diferentes formas del comportamiento humano. La subjetividad representa un macroconcepto que nos permite articular esta compleja relación de lo individual, lo histórico y lo social, a través decategorías que, como el sentido subjetivo, tienen la flexibilidad suficiente para acompañar la procesualidad de estos momentos de subjetivación, integrando sus dimensiones simbólicas emocionales.

 

La función de un macroconcepto no es la de dar explicaciones universales de todo, por el contrario, el macroconcepto nos permite significar categorías particulares diversas que son susceptibles a integrarse de forma dinámica en la representación de un espacio complejo, imposible de ser conocido a través de las categorías tomadas por separado. Como expresa E. Roger (1999): “El espacio intelectual del macroconcepto es el espacio de la conceptualización compleja.

Un modo de conceptuar necesario para una comprensión de la realidad que no valoriza apena lo inmutable y  lo estático delante de la tradición metafísica clásica, sino también lo dinámico, lo que muda, lo que fluye. Una realidad que no es más definida por el pensamiento de”objeto”, sino por la concepción sistema – organización.” (p. 92) Las construcciones teóricas que Ignacio nos presenta en sus trabajos finales, apuntan a la necesidad de producción de un referente teórico que supere el marco de las taxonomías de categorías fragmentadas a través de las cuales la propia crítica a la psicología social asumía sus posiciones. Martín Baró, a través de la construcción teórica de problemas todavía puntuales, comienza a atribuirles dimensiones a estos que escapan al repertorio y a las categorías disponibles por la psicología social en ese momento, sobre lo cual, al igual que algunos de nosotros, el tenía plena conciencia. En esta búsqueda Martín Baró va a revaluar la perspectiva de las categorías para la construcción de la psicología social, y escribe (1987): “Ahora bien, a desde mi propia experiencia, siento la necesidad de elaborar una buena cantidad de conceptos, empezando por

el propio de ideología que define el objeto específico de la psicología social. Fernando González Rey, un psicólogo cubano, nos recuerda en sus valiosos trabajos la necesidad de recuperar la categoría de personalidad como el nivel más complejo de regulación psíquica, en el que se articulan las fuerzas sociales que determinan al ser humano. En el fondo me resulta difícil pensar en alguna categoría significativa de la psicología que no deba ser replanteada para sacarla de su sesgo hedonista y homeostático.” (pp. 72 -73) En la cita anterior pueden observarse varias tendencias del pensamiento de Ignacio que expresan su plena conciencia sobre la necesidad de una profunda reformulación teórica que le permita a la psicología social enfrentar los desafíos que tenía por delante en América Latina, y también se expresa su interés por la significación de lo individual para la construcción de la psicología social, aspecto que de hecho reconocíamos todos los psicólogos implicados en esa posición crítica, cuya aceptación y discusión de mis trabajos fueron uno de los elementos importantes en mi tránsito dentro de la psicología social. Este interés por la integración de lo social y lo individual como momentos simultáneos de un sistema complejo, en el que ambos mantienen una relación recursiva que toma diferentes formas y que, al mismo, cada uno de estos sistemas, el social y el individual, mantienen formas propias de organización en desarrollo que enfatizan su especificidad histórica, y que impiden, aunque cada uno esta constituido por el otro y es constituyente del otro, que uno de diluya en otro, como ha ocurrido en las tendencias reduccionistas, tanto de corte individualista y psicologista, como de corte sociologista y simbólica. Frente a este desafió es que presentamos una perspectiva de la subjetividad dentro de un marco históricocultural y que apoyada en la categoría de sentido subjetivo como unidad constitutiva de su especificidad ontológica, nos permita articular la subjetividad social, individual y el sujeto concreto, en lo que pensamos que representa una alternativa legítima en la construcción de referentes teóricos capaces de acompañar los desafíos críticos de la psicología social.

 

La categoría de sentido subjetivo nos permite conocer las formas singulares que adquieren sentidos socialmente producidos en la historia de los sujetos singulares concretos, lo que permite usar a categoría de personalidad, comprendida como sistema de configuraciones subjetivas, en la construcción de la psicología social. El sujeto individual, a través de su producción de sentidos subjetivos nos permite visualizar y significar espacios de lo social que no son visibles en nuestro contacto con esos espacios sociales desde la condición objetiva y de externalidad en la que nos aproximamos a ellos como investigadores, y que solo adquieren una significación cuando los visualizamos de forma indirecta como producción de sentidos.

 

La realidad representa una compleja organización subjetiva que Castoriadis nos presenta de forma muy sugerente con el concepto de imaginario social, y que yo conceptualizo como subjetividad social, en un intento de representarme no solo los aspectos subjetivos que mantienen en funcionamiento del complejo sistema de la sociedad, objetivo principal del concepto de Castoriadis, sino también de que constituya un recurso para la construcción teórica de escenarios sociales parciales, y de sus complejas relaciones dentro del sistema de la sociedad como un todo, como pueden ser la familia, la escuela y otros escenarios que de forma tradicional han quedado fuera de la psicología social.

 

La categoría de sujeto se ha venido integrando de forma progresiva en la psicología social, no solamente a través de mis trabajos, sino también de Ricardo Zuñiga, y ha sido un término que, aunque no se ha desarrollado a fondo, ha representado un referente en la crítica a la psicología social en América Latina. En la sociología el tema ha adquirido mucha fuerza en los trabajos de A.Touraine. La subjetividad dentro de esta perspectiva no subjetivista, también se ha incorporado de forma progresiva en trabajos de psicólogos sociales latinoamericanos, entre los que podemos citar a W. Junqueira, B. Sawaia, A. Bock, D. Camargo, O. Furtado, entre otros, dentro de la psicología social socio-histórica no Brasil y de M. A.

Tovar en la psicología comunitaria en Cuba. Un campo que no podemos dejar de mencionar dentro de la  construcción de la perspectiva crítica de la psicología social latinoamericana, es el de las representaciones sociales, que aunque ha sido compartido en algunos momentos de esta trayectoria crítica por otros colegas en América Latina, ha tenido como su principal exponente a M. A. Banchs, cuyos trabajos han estado implicados dentro de esta historia de reflexión crítica de la psicología social latinoamericana. Las representaciones sociales en América Latina también se han expresado en una lógica empírico-descriptiva que no ha tenido nada que ver con la perspectiva del trabajo de Banchs, ni de otros autores que han enriquecido esta área en el continente como, C del Prado, B. Gatti, V. Placco, A Arruda, y A. Guerrero, L. Fermat, S. Unda, entre otros, quienes han desarrollado trabajos que trascienden la relación mimético - adaptativa con la teoría.

 

Hoy se ha presentado una interesante línea de investigación integrando los temas de la subjetividad y las representaciones sociales, en el que de forma estable hemos venido reflexionando A. Guerrero, Banch y yo. Por razones de espacio no hemos incluido en el presente artículo el campo la psicología comunitaria, que se ha integrado de forma muy importante en la construcción de una psicología social crítica en A. Latina, donde se destacan I. Serrano, E. Rivera Medina (Puerto Rico) M. A. Tovar (Cuba) M. F. Quintal, P. Guareschi (Brasil) E. Sanchez e E. Wisenfeld (Venezuela), Fuks en Argentina, G. Rosas (Chile), entre muchos otros. En los trabajos de Tovar, ella presenta de forma muy creativa una representación sobre la comunidad a través de la subjetividad social.

 

De forma general concluiría este artículo con un conjunto de reflexiones que el proceso de escribirlo me han permitido: - La psicología social latinoamericana está comprometida de forma simultánea en el desarrollo de un camino crítico, con la producción de modelos teóricos y metodológicos que acompañen sus prácticas y diversidad, lo que no excluye la actual policromía de posiciones que, desde un ejercicio crítico han enriquecido este curso histórico. De la misma forma, la psicología social latinoamericana se tiene que integrar en los diferentes espacios y conflictos de nuestros países. Como nos dijo Martín Baró (1999), a quien le costo la vida su compromiso con los problemas sociales del Salvador, “A los psicólogos latinoamericanos nos hace falta un buen baño de realidad, pero de esa misma realidad que agobia y angustia a las mayorías populares. Por eso, a los estudiantes que me piden una bibliografía cada vez que tienen que analizar un problema les recomiendo que primero se dejen impactar por el problema mismo, que se embeban en la angustiosa realidad cotidiana que viven las mayorías salvadoreñas” (p. 314) - Intentar retomar publicaciones conjuntas como las que caracterizaron los años ochenta y principios de los noventa y renovar espacios de discusión y reflexión.

 

- Elaborar esta historia que hoy comenzamos a discutir, y que ha estado presente en algunos esfuerzos individuales importantes de colegas del continente, en un libro completo y complejo de trayectorias temáticas de nuestra psicología, y esforzarnos por su publicación en diferentes idiomas.

 

- Romper con lo que Martín Baró (1998) llamó de la “esclavitud de la psicología” (p. 287) que él resumió en el mimetismo cientista, la carencia de una epistemología adecuada y los falsos dilemas en que nuestra psicología se debate. Estos aspectos merecen una divulgación y una discusión en América Latina. Considero que ellos han sido enfrentados por la psicología latinoamericana aunque los espacios de institucionalización que los favorezcan han estado ausentes.

 

Fernando Luis González Rey. Sus intereses principales están relacionados al tema de la subjetividad en una perspectiva

histórica-cultural y a las cuestiones epistemológicas y metodológicas derivadas del mismo. Sus investigaciones se desarrollan en la psicología social, de la salud y del desenvolvimiento. Su interés principal es relacionado al tema da subjetividad en una perspectiva histórico-cultural e as cuestiones epistemológicas e metodológicas que del se derivan. Sus pesquisas son en el campo da Psicología social, da salud e del desenvolvimiento.

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