INFELIZ A MI MANERA: LA IMPORTANCIA DE UN BUEN CONVENIO  REGULADOR

“Todas las familias felices se parecen, cada familia infeliz lo es a su manera”
Leon Tolstoi en Anna Karenina.


Nos alivia vernos reflejados en otros, comprender que más personas, muchas más personas, han pasado (y superado) procesos de angustia y desesperanza como el nuestro; indecisiones y tensiones como las nuestras; miedos como los nuestros. Es cierto que hay cosas que se repiten en la mayoría de las rupturas, que las etapas de ese doloroso proceso pueden ser identificadas y nombradas, pero esto no significa, que podamos buscar en un manual la correspondencia con nuestra demanda o queja; nuestra pretensión o nuestro fantasma particular.





No existe un “lo que marca la ley” que determine cuánto tiempo es normal sentirse desolado o culpable; desesperadamente triste o enfadado. No lo hay para nosotros, ni tampoco para nuestros hijos. Tampoco existe una sola manera buena de reaccionar o de tomar una decisión que determinará cómo va a ser nuestra vida en adelante. Y, por supuesto, no hay una sola decisión correcta. Hay muchas decisiones posibles y debemos tener la posibilidad de valorarlas todas y de intentar la que nos parezca mejor: Es nuestra vida. Y la vida de nuestros hijos. Por supuesto nuestra vida es diferente a todas las demás; nuestros hijos son diferentes a todos los demás y, aunque nuestra relación de pareja o familia no haya sido lo que esperábamos, esto no significa que debamos renunciar a todo lo que había de bueno en ella o de especial, para adaptarnos al modelo que “todo el mundo dice que es lo normal”. Es posible, por supuesto, que nuestra idea sea adaptarnos a un convenio clásico de fines de semana alternos y que este modelo sea el que más se acomoda a nuestras necesidades, pero puede ser que no sea así: Hay padres que son bomberos o cirujanos, madres policías o gerentes de discotecas cuya vida no encaja en un ritmo de estancias de fin de semana alternos de los hijos, por razones laborales, por poner un ejemplo fácil de comprender. También hay niños que no ven a sus padres o madres durante semanas, aunque estos estén conviviendo en la teoría.

Los que sabemos esto y lo valoramos así, dedicamos muchas horas a escuchar, muchas a pensar; muchas a hablar y escribir…mucho tiempo elaborar un convenio que se adapte lo mejor posible a las circunstancias de unos y otros y -sobre todo- que se pueda y se quiera cumplir. Sabemos que el problema no está en firmar “el convenio” porque “es mejor llegar a un acuerdo” sino en que aquél refleje realmente un acuerdo. En que ese acuerdo sea real, por decirlo así.

Es fácil entender que esto no se puede conseguir enviando a una pareja un convenio tipo con espacios para rellenar con sus datos personales y que hacer las cosas bien equivale a trabajar más y a trabajar de otra manera. Creo que a nadie se le escapa que eso no se puede hacer al precio que se ofrece en algunos despachos o páginas web de servicios jurídicos y que tampoco será difícil entender que la atención personal y constante que ese tipo de negociación precisa, no se puede ofrecer cobrando esas cantidades. Está claro que el coste es un factor importante a la hora de contratar un servicio, el jurídico o cualquier otro, sobre todo en momentos de restricciones tan graves como las actuales, pero también lo es que el coste de un determinado producto o servicio no se establece sólo por lo que pagamos por él en el momento en que se presta, sino que ha de ser medido a medio plazo y tener en cuenta otros “costes asociados” a él: Un mal acuerdo o un acuerdo apresurado ( O la falta de acuerdo) no sólo puede tener un coste emocional alto para una persona, sino que el coste económico del mismo puede convertir en carísimo el bajo precio pagado por el asesoramiento profesional en el momento de la ruptura. Pensemos que ese convenio que hoy firmamos, urgidos por terminar con la tensión, va a regir
nuestra vida durante muchísimos años, sobre todo si tenemos hijos pequeños y que los acuerdos en él adoptados pueden ser muy difíciles (y caros) de cambiar en el momento en que seamos conscientes de su desacierto o de la imposibilidad de su cumplimiento. No hay ninguna inversión mejor que la que se hace en el futuro de nuestra familia y en organizar lo mejor posible nuestras obligaciones económicas y la gestión de nuestro patrimonio.