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Mi Cicatriz

posted Jul 12, 2017, 8:07 AM by Eli Roberts   [ updated Sep 26, 2017, 1:18 PM ]
Por

Patricia Gutiérrez-Castro

-¡Todos a bordo!

Los barcos aguardaban impacientes, listos para zarpar. La tripulación, formada por mis hermanos y yo, esperaba la voz de la capitana, mi hermana mayor, para empezar a navegar a mar abierto. Martha recibía siempre el título de la líder de la camada y era la que siempre dirigía nuestros juegos. Así es que solamente esperábamos su voz de mando para que ese pasto, dorado por el sol de verano, se transformara ante nuestros ojos en un océano de agua cristalina. Cuando por fin escuchamos el tan esperado,

-¡todos preparados para partir!

Nos llenamos de júbilo y empezamos a jugar.

Eran tal vez cuatro, las cajas de cartón que nos llevarían a través del mar en busca de una isla lejana. Nuestra imaginación nos permitía dar forma y vida a temibles tiburones que furiosos se aprestaban a atacarnos. Así pasamos largo tiempo navegando, viendo sirenas, ballenas, delfines y toda criatura marítima ficticia o real, que conocíamos sólo a través de los libros ya que nunca habíamos ido al mar. Recuerdo que remábamos contentos, libres de toda preocupación, simulando hablar en inglés, disfrutando de nuestra niñez y de esa camaradería que nos unía en aquel entonces, cuando las peleas se arreglaban en un santiamén.

Tratando de navegar en ese mar imaginario, tomaba mi barco con las manos al mismo tiempo que me levantaba y caminaba para hacerlo avanzar. ¡Quería permanecer en la delantera y vencer a mis hermanos! En mi prisa por ganar perdí el equilibrio, mi barco viró y se volteó. De pronto, un grueso vidrio se convirtió en un feroz y hambriento tiburón que clavó sus dientes en mi cara, exactamente junto a mi ojo izquierdo.

No recuerdo si lloré, no recuerdo a mis padres y sólo me imagino que lo primero que hicieron mis hermanos fue llamar a Rosota. Rosa era nuestra querida y espigada nana. En nuestra corta estatura la veíamos tan alta, que de cariño la llamábamos Rosota. Rosa estaba ahí conmigo, consolándome mientras abrochaba mis zapatos para llevarme al centro de salud.

-Si te hubieran cosido bien, no te habría quedado cicatriz.

Diría Silveria, una enfermera amiga de la familia, cuando días más tarde retiraba cuidadosamente las gasas de mi cara.

-Ojalá te hubiera cosido yo…

Continuó diciendo mientras dejaba al descubierto mi flamante y nueva cicatriz.

Con el tiempo, mi cicatriz se ha desvanecido y ahora es poco notoria. Sin embargo, siempre estará ahí para recordarme el cariño y las atenciones de Rosota. Pero sobre todo, estará ahí para que yo pueda evocar, cada vez que lo deseé, esos tiempos felices cuando mis hermanos y yo éramos hermanos de verdad, y cuando las peleas se arreglaban en un santiamén.