ISABEL PALOMEQUE


HISTORIES REALS

 

Me llamo Isabel y tengo 29 años de edad. A comienzos del año 2004 ejercía como enfermera en el Centro Cardiovascular Sant Jordi de Barcelona. A tres años de haber obtenido el título, trabajaba en planta y, tras haber realizado estudios de postgrado de electrocardiografía y UVI en el Hospital de Sant Pau, estaba llena de ilusiones y proyectos y comenzaba a realizar mis primeros servicios en la UVI del centrocardiovascular.

A finales de febrero y en una cena con compañeros de trabajo me sucedió lo que jamás pensé que pudiera sucederme. Un dolor de cabeza súbito me asaltó, perdí el habla, no podía decir qué me pasaba, el brazo y la pierna derecha se  bloquearon, caí al suelo entre convulsiones y perdí el conocimiento.

Desperté 13 días más tarde. Realmente no llegaba a despertar del todo. Una total deslocalización en el espacio y el tiempo me impedía saber dónde estaba ni qué me había ocurrido. No podía ligar la secuencia de las caras de las personas que comencé a ver con lo que me podía estar ocurriendo. De lo que realmente pude tomar conciencia fue de la sequedad de mi boca (estaba entubada y conectada a un respirador) y del frío glacial de las sábanas de una habitación llena de pantallas electrónicas.

Salía de un coma. No lo sabía pero había tocado de cerca la muerte. Supe después de las angustias de quienes me rodeaban, Mi familia, mis amigos, las carreras hasta el hospital, la desorientación de los facultativos en las primeras horas, las angustiantes autorizaciones para ser operada de urgencia a vida o muerte. Una cadena de horrores en la que fui primera actriz pero en la que no participé conscientemente. Todavía hoy me estremezco y casi se me hace imposible guardar la compostura al redactar este texto.

No tengo muchos recuerdos de mi estancia en la UVI. Estaba algo semiinconsciente como consecuencia de los restos del coma inducido. Mis recuerdos, y no buenos, arrancan de mi traslado a planta  Cuando años más tarde escucho atentamente en las celebraciones del Día del Ictus los nuevos protocolos de esta enfermedad, los mecanismos de  actuación urgente, las ayudas sicológicas a enfermos y familia etc, no puedo menos que celebrarlo  y alegrarme, dentro de lo que cabe, por las personas que recientemente han sufrido esta experiencia o por las que, desgraciadamente para ellas, estarán destinadas a sufrirla. Yo no los experimenté y mi estancia durante un mes en una planta de neurología fue algo muy parecido a un infierno. Afectada de una infección contraída en la UVI y ante la imposibilidad de poder pronunciar más de dos palabras coherentes, sufrí las consecuencias del peor diagnóstico precoz de los facultativos y personal que me rodeaba y que se resume en cuatro palabras “no atiende a órdenes”.

Mi despertar a la vida fue trágico. Hemipléjica, totalmente dependiente, incapaz de controlar mi necesidades e  imposibilitada de comunicación verbal, toda mi vida, mi futuro y mis relaciones personales se evaporaban día a día. Sólo me quedaba la familia, mis padres, mis hermanos y esos amigos, pocos, que parecen estar por encima de todas las inclemencias pero que también lentamente se van retirando de tu vida, difuminándose sin saber cómo ni cuándo.

Lamento decir que la atención facultativa, de indiscutible eficacia en lo técnico, no estuvo a la misma altura en lo que al factor humano se refiere. No podía evitar la sensación de que los equipos médicos, extraordinariamente motivados por salvar vidas, una vez logrado el objetivo, se habían perdido en la inmensidad del hospital completamente ajenos al hecho de que la persona salvada había sido igualmente condenada a una cadena perpetua de enorme repercusiones sicológicas. Las visitas médicas, la constatación de mis carencias, los informes de evolución casi suplicados por mi familia, la desorientación  y la ignorancia sobre cómo afrontar el futuro inmediato convirtieron este periodo en algo muy próximo a la desesperación.

Fue un momento oscuro de mi vida del que salí gracias al tesón de mi familia que siempre estuvo junto a mí y que logró mi ingreso en uno de los centros de rehabilitación más importantes de Catalunya. Llegué a él en una silla de ruedas y, tras un año de tratamiento multifuncional, logré mis primeros avances en logopedia, empecé a decir frases más o menos coherentes y mejoré mi motricidad hasta el punto que logré desplazarme de forma autónoma aunque con secuelas muy marcadas pero sin ayudas ortopédicas.  Los movimientos más elementales de mi brazo y mano derechos no ha sido posible recuperarlos a fecha de hoy. También puedo decir con satisfacción que las crisis comiciales que sufrí como consecuencia de la delicada intervención quirúrgica han quedado superadas tras de conseguir la medicación apropiada.

Acabado este periodo de recuperación me encontré con la dura realidad que hoy por hoy me rodea y para la que no acabo de ver solución. Soy una persona joven, con lesiones graves posiblemente irrecuperables, incapacitada para trabajar pero que no quiere vivir aislada del entorno social inmersa en su problema y asediada por fantasmas  que le recuerden permanentemente qué pudo ser y no fue.

Afortunadamente en mi caso, que no es el de otros pacientes más jóvenes que yo, mi afiliación a la Seguridad Social me ha permitido la asignación de una pensión no contributiva que me permite vivir a pesar de mi incapacidad laboral total. Sin embargo, el hecho de que el Ictus es una enfermedad que golpea preferentemente a personas de edad mediana y avanzada, hace que quizás el colectivo en el que me encuentro no haya sido objeto de la atención necesaria que contemple la inserción de personas como yo en la sociedad. Necesitamos recuperar la sensación de que, admitiendo nuestras carencias, aún podemos ser de utilidad y que, dentro de nuestras limitaciones, podemos volcar nuestra energía reprimida en actividades que redunden en beneficio de otras personas.

Comprendo que el reconocimiento de la incapacidad laboral total es un hecho que manifiesta con toda su crudeza la realidad existente. No puedo fijar mi atención de forma continuada durante un periodo razonable de trabajo, me cuesta expresarme, aunque cada vez lo hago mejor y he podido expresar mis sentimientos en esta carta. Quiero dedicar una parte de mi vida, la que aún es de utilidad, a hacer algo por los demás sin pedir remuneración alguna diferente a la de ser aceptada como un miembro activo más de la sociedad a la que pertenezco. Creo que es lo máximo a que puedo aspirar en mi condición actual y, quien no está en mi lugar no puede imaginar lo que significa peregrinar por las instituciones existentes, recibir algún duro revés por parte de las personas a quien deseas ayudar y sentir la imposibilidad de lograr este deseo que parece casi imposible de encuadrar en los actuales esquemas organizativos de las actividades de voluntariado.

Es por eso que me asomo a la ventana abierta por la Fundación Ictus, organización de la que tuve noticia durante la celebración del día del Ictus pensando que la presentación de mi historia pudiera ayudar a poner de relieve esta problemática poco común dentro del colectivo de afectados por esta enfermedad al tiempo que, en la medida de lo posible, poderme incorporar como voluntaria en cualquier actividad no remunerada en la que pueda manifestar mis conocimientos en la medida que mis limitaciones me permitan y sean útiles para ayudar a otras personas que puedan estar necesitadas de ellos.

Agradeciendo su paciencia en la lectura de estas líneas, un saludo de

Isabel Palomeque
Diciembre 2008.





Subpàgines (1): Carta afectat d'Ictus