I
Tránsito de acacias espinosas, no en la playa aquella de mi juventud sombría, tránsito distinto es éste, pausado y amarillo y frío, pero verdadero. Es otro el levante y el poniente. Silencio de osos muertos. Más de un día, sí, es silencio.
II
Y era, en su perfil marino, como un enigma alado, como aquéllos de otros tiempos, mediterráneos, lejanos, que causaban la perdición sonora con sus cuerpos y melodías. Ojalá lo fuese siempre, como hoy, destello perpetuo y no una sombra que pasó, sólo soledad, poliédrica sólo, la inesperada paradoja, de levedad oscura, de caña dulce. Si fuesen las tardes siempre como esta tarde marina, si fuesen así de frescas y claras, qué inesperado oleaje de Fortuna para un hijo de navegantes, olvidar el rumbo, pederme en el azul de la sierra de Madrid.
III
Entonces una sirena alada me hizo creer en la cercanía de la costa. Fue ya hace siglo y medio de carestía, despreocupación, mar revuelto, que pensé en la posible solidez de un reflejo, ilusión de calma, esperanza al menos, acacias a lo lejos espinando luz solar intensa. Fue hace siglo y medio y ahora pensaba <<tal vez vea tierra>>.
IV
Oteo silíceos horizontes fragua y hogar, melancolía. Quién dará gracia vestal a los vientos, a los mares, al sueño inquieto. Linde bermejo, ojos oscuros y el vacío abstracto y el vacío siempre, esencia de alameda. Oteo sin fuerzas el quejumbroso discurrir azul.
V
En el silencio de los gabanes hay un equilibrio extraño. Un poco mortecino, distante, paralelamente oprimido de lejanía. Fuera en cambio no existe, aunque se busque, la armonía fecunda, la felicidad amarillenta, sino un discurrir de sombras que se ondulan en el tiempo, lomos en el aire de la esperanza enredándose pesadamente en una maraña de emociones acuáticas.
VI
Tierra para mis manos y tierra que se deshace, el silencio es una etapa que algún día termina. Fue frío despertar del escalón del sueño, parecía infinitamente helado el aire y el tiempo. Levantarse y levantarse hasta el tejado, respirar. Está allí, a 3 kilómetros de visión suroeste o a tres páginas web y veinte correos.
Víctor Biehler
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