I
La fragancia de la lejanía, el imposible destello que me alumbra apenas diluido el último susurro... permanecerán a mi lado más allá de cualquier futuro de violetas, más allá de mañana o el próximo año, más allá del mar, sin duda, de los versos, de los laberintos del tiempo. La claridad dulce de tus recuerdos volverá, repetidamente, para inundarme de deseos de vivir, para inundar cada hora gris, cada resquicio helado de monotonía, cada silencio inhóspito, cada angustia, con la esencia encantada de tu eco. Y sé que ando perdido, retirando a cada paso los misterios que flotan arbitrariamente, se ocultan, vuelven a lanzar al destino mariposas de vesania. Y sé que no habitamos en la misma esfera, que estamos en dos dimensiones irreconciliables, que el tiempo es otro en tus ojos libres y radiantes. Pero esta amistad cándida que nos envuelve es lo suficientemente azulada para no hacerme añorar otras orillas.
II
Iluminando el horizonte pasaste, Luz mía. Y comencé a seguirte, como un explorador de sombras de la Arcadia. Sabiendo que jugar con los vacíos en busca de huellas de tibieza puede desorientar a cualquiera, incluso al más intuitivo de los exploradores luminosos. Te sigo no sé a donde y sólo pienso en el siguiente paso sobre la arena fresca, en la siguiente noche de luciérnagas, en los bucles tiernos en que me enredo a veces, en las confidencias, el silencio, las risas deslumbrantes que traspasaron mi alma. En eso sólo. Y nada más.
III
Desde aquella fogata de San Juan que eran tus ojos felices deseando un baile llegaron las llamas del desconcierto, derribando laberintos helados, derritiendo el silencio culpable del Iceberg. “Aquí viene el sol. Ha sido un largo, frío y solitario invierno”. Siglos de engaños, creyéndome sumergido en las aguas de la Náyade Salmacis. Escondido en la estabilidad mentirosa del frío que un día debe desmoronarse. Frío de ausencias lares, de inocencias perdidas. Recio como un bloque de hielo me sustentaba en una verdad taimada por mi propia censura. Creía que sería inmune a todo dolor, a todo miedo, pasado o presente, dando la soberanía absoluta de mis cielos a la razón. Hasta que aquella devastadora tormenta celeste puso fin a la era de las glaciaciones y me dejo absolutamente perdido, en mitad de la primera primavera de la Historia.
IV
Temo con vehemencia que me golpees y me dejes perdido en las sombras, vagando recuerdos de plomo en límites umbríos, tan llenos de vanidad que no desearía levantar la vista. No podría ver si no me concedieses seguir tu reflejo claro en la noche, tu silueta glauca entre las montañas frescas y escarpadas, tu horizonte, tú, sujeta a palabras imposibles. Es demasiado temprano y demasiado áspero y demasiado funeral de aves helarme una vez más para evitar los cortes de la monotonía. Demasiado... perder la locura, la inocencia, la ternura perfecta que alumbró mi amanecer, la ternura única que he conocido. Ahora que respiro en cierta consonancia con tu lejana esencia fascinante y veo el destello de almas que llega de Venus, sería amargo, demasiado amargo, perderme una vez más en las sombras.
V
Si tú no me miras, de año en año, ya sea con candidez o de soslayo, jugueteando en tu discurrir alígero, fugaz o eternamente apacible; si tú no me miras es como si no estuviera, como encerrarme tras los montes quebradizos que seccionan nuestra distancia. ¿No importa la distancia si te presiento?, ¿ni las olas que sacudieron mi soledad marítima?. Una vez lo dijiste y fui feliz creyéndolo. Y lo recuerdo cada amanecer cuando aún levito en mundos perfectos en los que encaja el eco de tu sonrisa y veo, como un milagro engendrado por mi locura, un mágico escudo que nunca vislumbré ni diáfano ni cercano, sólo intangible. No importa la distancia si tu claridad me sostiene, como sostiene Atenea desde el Olimpo, con sus brazos maternales, a los desamparados atenienses. No importa tu distancia cada mañana, cada mañana te presiento entre la niebla, gracia y refugio de mis días caóticos. Nada importa a esas horas disueltas de la noche, pero qué trágico destino despertar.
VI
En las noches de Fausto van, llegan, como palomas de cristal que sobrevuelan mares de ron, tus ojos, los negativos de tus sensaciones en mi vanidoso espíritu de Peter Pan. Ambos somos pérfidos entes volubles, “cual pluma al viento”. Tan sólo por una casualidad, un arcano que cruzó nuestras almas nunca dispuestas a fosilizar. Pero todo lo cambiaría, los méritos, las bagatelas de papel, hasta los recuerdos, porque estuviésemos tan sólo un poco más cerca, en alguna cabaña del bronce final o en el interior de un planeta lejano con forma de botella y soles similares a helados de vainilla. Oh, Luz mía, tan clara y lejana, tu distancia hace tremolar las raíces del silencio, me despierta cada mañana temeroso de mí mismo, deseando volver a los páramos de Morfeo, o amanecer para siempre a tu piel de nieve. Qué extraño querer dejar la anestesia de este discurrir inconstante para observarte, pasar tan sólo, como un barco del acero de aquellas cordilleras generosas. Qué extraño saber que no eres de este mundo, que no eres mortal ni hueles a azucena y sólo puedo verte entre mensajes instantáneos; pero desear, a pesar de todo, que en el desenlace de algún cuento imposible fueses la luminosa causa de mi perdición.
Víctor Biehler
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