I
Lejanía, exactamente. Contemplaba a Selene recostada en las montañas desde el último suspiro de una torre redonda. Exactamente, lejanía. Y había perdido el miedo a todo tipo una vez mudadas mis dotes de Pigmalión. Lepidóptero marmóreo, aquella tarde, llevado por el cauce seco de un río.
II
Tú que vienes en broncíneo seno desde las montañas de Wicklow hasta las cúpulas que orillan el Ha Penny. Lif, dios de la vida. Lif, diosa de la vida. Liffey... Escucha, en la morada de los dioses celtas, los cantos trasnochados que llegan desde el cercano barrio de Temple. Son tus hijos que te celebran empapándose de existencia, libando del mismo rocío que te da vida. Lif, live, Liffey, Vida, Lif, y una copa de espumoso licor para completar el ritual mágico que dejaste grabado en las runas.
III
Estaba dormido en aquel banco, en el jardín de la catedral. Estaba esperando... Cinco siglos habían transcurrido en aquella fresca pradera de trébol. Aire frío, bruma densa, cielo que amenaza desprenderse. ¿Dónde estaba?. Venían del sur, y del norte, y del oeste, uno a uno, gota a gota, Irlanda pasaba junto a un pozo de piedra. Era allí. Aguardé mi turno escuchando cantos y pude sentir el agua sagrada, y la proximidad del pastor de Armagh.
IV
Nadie creía a Niketes. Pensaban que en su infancia había sido amamantado por los senos de Locura. Estudió a los filósofos, decía hablar con el mundo oculto de los dioses y los espíritus. Niketes rara avis era entre sus tutores y amigos. Huérfano en su isla, embarcó y recorrió todo el mar desde Egipto hasta Tartessos. Nadie creía a Niketes cuando decía aquello. Vela oblicua, remos enhiestos, mar y aire surcando el occidente, había llegado a las tierras últimas, más allá, hacia el norte, de las columnas de Hércules. Y había visto el silencio verde de los llanos de Smaragdos, la tiniebla líquida y los hombres rojos, el denso cielo gris. Fue y volvió algunas veces, hasta que fue adoptado como hijo de Smaragdos. Nadie creyó a Niketes, pero él vivía, ciertamente, más allá del abismo, en el principio de un nuevo mundo, con otros dioses, otras gentes, otras almas.
V
Un estanque negro y sólido reflejaba en azabache las casas colindantes. Pared contra pared la vida fluye por aquellas riberas frías donde habitan los hombres rojos. Olía a asfalto de soledad, a humo de familias desconocidas abandonando las chimeneas. Yo, el estanque, las casas adosadas, las avenidas vacías... Nubes como algodón usado que llegan casi a la tierra y el último suspiro de un sol adormecido. Tal vez fuese el único ser vivo, el único ente aislado, de todas las calles y cielos a mi vista. Pero puedo asegurar, sin dudas, que en aquel atardecer de ladrillo, no temía la lejanía.
VI
En los acantilados de la madre, en el profundo vértigo, en su abismo, hay perdida una leyenda de Connaught. Los acantilados cantan secretos, se escucha en el rumor violento y pétreo, entre ecos salinos, un mensaje de Lung. Trae el viento un mensaje claro que habla vertical, aéreo, duro, amarillento, de un hombre quebrantador de inocencias. Dice que el silencio animalizado de sus pensamientos, la nulidad voluble en su existencia, y su belleza, condujeron al siervo de Morrigan a la crueldad de las bestias sin alma. Había diseminado hijos como tréboles por Hibernia; roto el cándido juego juvenil de sus madres con la vida. Escuchaba como una joven madre conoció de los cuervos la verdad y se sintió deshojada por dentro, privada de su sagrada inocencia. Sintió el frío de la zarza y el suelo, el frío agudo de algunas certezas. No habló, no gritó, dejó a sus hijos, despidió oscuramente a su familia. Como la hierba joven que se eleva suavemente por la colina falsa y ve, sin esperarlo, el fin, la muerte de las verdes aves de su infancia; se fue aquella madre, tajantemente. Necesitaba volver y volvió al seno de los dioses protectores. Saltó al mundo de sus antepasados, dejó el abismo de su último paso.
Víctor Biehler
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