Cielo y mar.
En la noche el cielo se une a la mar, la tapizan filas de blancas olas como bordados de espuma que rugen gritando a la par: ¡qué vengan del cielo como palomas los luceros y la luna!, ¡qué nos vengan a acompañar!. Rimas. Tú eres el cielo y yo el mar que siempre intenta alcanzarte y nunca consigue llegar. Silencio y susurros, susurros de las olas y de las parejas que frecuentan aquel lugar. La noche clara, aún sin luna, clara de estrellas que dejan caer su luz entre las nubes y de una acogedora hilera de lucecillas que configuran la bahía de Málaga. En la noche clara silencio. En la noche clara susurros. En la noche clara recuerdos de aquella chica en la que no puedo dejar de pensar. Dos golondrinas abrazadas cruzan volando el cielo como si fueran mis sueños y esperanzas que nunca en la tierra murieron. Una tarde en la playa. En la playa al pasear, en la tarde, en la tarde, aunque parezca insólito, en la tarde. En el espigón pescaban y grupos de chicas paseaban, niños juegan al deporte nacional, sólo cuatro palos, la arena y el balón y todos saltan felices gritando: ¡gol!, ¡gol!. El sol se oculta de mí tras una palmera. Una niña con su madre pasea y le pregunta: mamá, ¿quién es Dios?. Y ella dice: no te preocupes ahora y cree que es el salvador, pues ya pensarás y sufrirás, mi niña, cuando seas mayor. Miré al horizonte y la niebla el cocodrilo inundaba, barquitos de pesca en la playa me recordaban que soy español. Y así dejé mis preocupaciones y como un niño pasee por la arena, en mi Málaga, bajo el sol. Aquella tarde. Aquella tarde teñida naranja rosa y añil, aquella tarde levantó amarga tristeza en mí. Pero se hizo noche de aquella tarde, aquel cielo luna árabe, aquella tristeza brisa marina, viento poeta que la esperanza aviva y en sueños de amar culmina. Noche de silencio. Ya no recordaba la grandeza de la noche... Aquellos barquitos a la orilla del mar, aquel frío, aquella soledad. Este silencio total, música divina. Este penoso andar por un camino de espinas. Este andar solitario entre tantas ruinas, en busca de un santuario donde el espíritu viva. Víctor Biehler |