Un Viaje a Través del Espejo

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Prólogo 1.0

            Geles dejó los apuntes sobre la mesa, echó un vistazo a su desordenada habitación y su mirada se quedó en el móvil. Pensó en llamar a María y preguntarle si salían un rato de cervezas antes de acostarse. Eran las nueve y no tenía ganas de preparar la cena. Tampoco ver una aburrida película en la tele le satisfacía. Ni leer, ya había leído bastante por hoy. No pensaba emborracharse, sino tomar un poco el fresco y aliviar el embotellamiento que tenía en la cabeza. Todas sus autopistas cerebrales sufrían un atasco por la lenta conducción de unos grandes camiones que ocupaban toda la calzada: El quinto curso de Biología era difícil de transportar hacia la memoria. Geles suspiró, dejó caer sus brazos y se levantó de la silla como si la arrastraran. Comería un bocadillo y se acostaría temprano.

            Llegó a la cocina y esperó unos segundos a oscuras sin moverse hasta que los fluorescentes dejaron de parpadear. Sobre la encimera una pata de jamón más o menos por la mitad le daba la bienvenida. Desde hacía cinco días cenaba lo mismo: un bocadillo de jamón con tomate y aceite. A veces con el pan tostado, a veces no. Miró su costoso alimento y sonrió acordándose de cuánto le había costado y los meses que había ahorrado para poder comprárselo. Le chiflaba el jamón y al fin se había dado un buen homenaje. Asió el cuchillo de veinte centímetros y se dispuso a cortar unas lonchas. En el segundo tajo, un pellizco en su dedo gordo de la mano izquierda la sacó de sus pensamientos para tirarla a la realidad. Cuando levantó la mano, ésta ya estaba llena de sangre. Sintió un gran mareo viendo cómo todo su alrededor se movía y sacudió la cabeza tambaleándose. Logró recuperar el equilibrio y corrió al cuarto de baño. Ahora le dolía. Le daban punzadas en el dedo cada vez que su corazón palpitaba. Y no iba lento.

            Puso el dedo bajo un fuerte chorro de agua fría y pudo comprobar que el corte no era muy grande; desde la mitad de la punta del dedo hasta un poco más abajo del comienzo de la uña. Un gran chorro de sangre manchó el lavabo al apretarse para ver la profundidad de la herida. Era profunda, por eso salía tanta sangre. Se lo vendó barajando la posibilidad que necesitara puntos. Si le seguía sangrando y no se pegaba la piel, iría al médico. Volvió a la cocina y limpió el suelo y el cuchillo antes que se secara la sangre.

            -Maldita sea.

            Al decir eso oyó un débil crujido alargado, suave pero sin interrupción. Sonaba como a papeles de caramelos pisados. Fue hasta el ruido y se paró asombrada en la puerta del cuarto de baño. Dos brazos que surgían del espejo estaban apoyados en el lavabo y comenzaba a salir una cabeza. Su reflejo salía del espejo. Ella salía del espejo. Su otro yo tomaba parte en la misma realidad al cruzar la frontera. Aquella cosa abrió los ojos y le sonrió con medio cuerpo desnudo.

            -Seleg- escupió.

            Geles gritó y sus músculos encontraron la conexión. Corrió al salón. Llamó a la policía. Espere unos segundos.

            -Venga. Venga. Venga. Vamos hombre.

            Colgó. Llamó a Víctor. Llamada. Llamada. Llamada.

            -¿Sí? ¿Diga?- chasqueó alguien.

            -¡Víctor! Ven, está entrando en mi casa. ¡Víctor! ¡No sé que es! ¡pero está entrando! Soy yo, Víctor. Me veo a mí misma.

            -¿Qué estás diciendo? ¿Quién está entrando en tu casa? ¿Qué pasa? ¿Te están robando?

            Geles pensó que no podría estar liada con un tío más lento que Víctor.

            -¡Noooo! ¡Del espejo, Víctor! ¡Del espejo! ¡Me he cortado y…

            -¿Geles? ¿Geles? ¿Estás ahí? Geles, ¿me escuchas?

            Víctor oyó unos cuantos golpes sordos y un grito ahogado. Dejó el móvil sin colgar. Simplemente lo soltó y corrió hacia sus llaves de casa y las del coche. Abrió la puerta de su habitación y a gritos llamó a Adrián. Estaba en el salón viendo la tele y no paraba de hacerle preguntas de por qué gritaba.

            -Ven conmigo- le gritó levantándolo del sofá.

            -Pero…

            -Geles tiene problemas. Me ha llamado muy nerviosa y luego no hablaba.

            -¿Quéee?

            -Decía algo de que alguien estaba en su casa. O de que estaba en su casa. No sé. ¡Vamos! ¡Ven! Puede haberle pasado algo.

            -Que no le baja la regla, verás- musitó cerrando la puerta tras de sí.

            Víctor le daba verdaderos golpes al ascensor.

            -¡Tranquilízate, ¿quieres?! Así no va a ir más rápido- le gritó Adrián.

            -Tú no has hablado con ella- lo fulminó con la mirada. El ascensor llegó, lo abrió y entró como un suspiro. Cuando Adrián entró ya estaba dándole golpes al botón.- ¡Venga coño! ¡Entra ya!

            -Vale. Vale- levantó los brazos para que le registraran.

            El ascensor bajaba.

            -A lo mejor no es nada.

            -No, tío. Ha sido muy raro. Era todo muy raro. Nunca la había escuchado tan rara, como alterada ¿sabes?

            Adrián asintió. Lo que le pasara a Geles se la sudaba bien gorda, pero su amigo estaba muy nervioso. Fuera lo que fuera lo que pasara, a Víctor le afectaba. Frunció el ceño e intentó comportarse con seriedad.

            Antes de coger el coche le dijo que como se matara no iba a saber qué le había pasado a su novia. Aún así, Víctor condujo bastante rápido por las calles. Se saltó dos semáforos y casi atropella a alguien en un paso de peatones. Llegó hasta donde vivía Geles y dejó el coche en doble fila frente al portal.

            En la puerta había ya algunos vecinos que se habían acercado a llamar alertados por los gritos que salían de la casa.

            -¿Señorita? ¿Señorita? ¿Está ahí? ¡Abra, por favor! Hemos escuchado algo raro,… y gritos- decía una persona mayor de edad apoyado en la puerta con el oído pegado a la madera.

            -¡Apártense!- gritó Víctor empujando allí a todo el que se interponía entre la puerta y él.- ¡Geles! ¡Geles! ¡Abre Geles! ¡Niña!- golpeó la puerta tan fuerte que los goznes temblaron.

            -¡Mierda!- y le soltó una patada a la cerradura que astilló la madera abriendo la puerta.