He vuelto a ver los álamos dorados, álamos del camino en la ribera del Duero, entre San Polo y San Saturio: tras las murallas viejas de Soria —barbacana hacia Aragón, en castellana tierra—.
El poeta que escribió los célebres versos hizo este camino del Duero muchas veces, un camino evocador, a veces nostálgico e incluso un tanto tenebroso —sobre todo en días lluviosos o nublados— como también tuvo ocasión de hacerlo el otro día este cronista. Comienza el paseo en las afueras de Soria, al pie de la carretera que conduce a Zaragoza y Pamplona. Al otro lado de la carretera, el monte de las Ánimas, cuya leyenda de espectros templarios y nobles sorianos que se levantan todas las noches de Difuntos para continuar la sangrienta batalla ocurrida en esa fecha describiera el gran Gustavo Adolfo Bécquer. Nada más tomar la senda, el viajero contempla la ermita de San Polo, de origen templario y, por tanto, misterioso, con su arco ojival en el centro por donde transcurre el camino. Desde allí, en poco más de kilómetro y medio de ligera ascensión entre el camino bordeado de álamos se alcanza la ermita de San Saturio, ubicada en una peña inmensa, desde las que se observan unas magnificas vistas del río y de las alturas de Soria, muerta ciudad de señores, soldados o cazadores —en palabras del poeta— y de portales con escudos de cien linajes hidalgos que reflejan su pasado esplendor. Quede pues aquí, una impronta fotográfica de este paseo con San Polo y sus alrededores y un paisaje difuminado de álamos al fondo del cual puede verse la ermita de San Saturio. |