OLÍA A TRAICIÓN Y SOLEDAD
Mis besos, el único billete
para el viaje que te puedo dar;
la única medicina posible.
Olía a traición y soledad en el huerto,
bajo las antorchas encendidas y la noche.
Y no me llaméis Judas,
que lo mío es la impotencia.
"¿Acaso ella no se marcha sola?", te pregunto.
La cabeza, caída sobre el hombro izquierdo.
El envés de las manos, mirando a lo alto,
más allá del techo, el cielo, las estrellas;
rodeada de esta luz excesiva del estío,
envuelta en ese blanco hiriente de las sábanas
que ocultan la verdad.
Estás ya muy deforme.
La hemorragia sube
y toca y te encharca un poquito
los pulmones.
Del poemario Olía a traición y soledad (1988)
FIEBRE
Para cuando regrese, tenme lleno
el vaso del recuerdo. Cuando vuelva,
yo abriré el carcón de los espectros.
Tú ten tan sólo el vaso a rebosar
de sopa de nieve, con su umbría
y su nostalgia.
La lágrima oscura
vendrá conmigo. No temas, que yo
le diré que abrillante el dolor
de los rincones. Tú, de amor el vaso
lleno, de aquel dulce imposible
que los días se llevaron al otro
lado del cielo.
Yo te iré
dibujando en el cuaderno las alas,
el pelo y los ojos tronco de árbol
y de plegarias, muy apoyados
los codos sobre la tabla redonda
de la mesa. Tú, el brasero abajo,
bajo la falda, y arriba, por cielo,
el techo blanco y la curva del arco
que hiciera el abuelo.
Para cuando
vuelva, casa, casita del pueblo,
tenme lleno el vaso del recuerdo.
Yo te llevaré el viento enfurecido
del presente, y ese dolor oculto
de mieles y anocheceres perdidos….
Y la fiebre de no saber si
al volver, realmente se vuelve.
Del poemario La sombra de la casa (2002)
VIOLETA
Aquí la raya del horizonte es línea
fina difuminada por la amplitud.
Aquí la niebla y la escarcha blanquean
los surcos recientemente abiertos.
Aquí el frío corta y tiñe de violeta
la piel, y todo está como dormido.
Aquí la helada que tomas de las plantas
se te derrite prontamente en la mano.
Aquí se advierte fácilmente que hielo
somos al calor del paso del tiempo,
y que nos vamos licuando y cayendo.
Aquí la verdad está escrita en la cuneta
de los caminos con palabras sencillas
y todo es natural y nada da miedo.
Del poemario La sombra de la casa (2002)
EN
En las calles de Santa Cruz, en aquellas mismas calles
que te vieron crecer y olieron tus perfumes, hay ahora un desierto;
quizás únicamente sea el frío de Diciembre
bajo este sol indolente que no cumple, que olvida
el sagrado deber, que deja de calentar la sangre
de los pocos viejos que se marchitan en el claustro
de sus casas destartaladas, que asoman las narices y el miedo
por la rendija de la puerta, que regresan al brasero,
y callan, y acaso derraman una lágrima verdadera
de ausencias, o de tristeza, o de nostalgia.
.
Santa Cruz de la Sierra duerme, como tú;
espera los meses del verano y las risas que la vuelta
de los emigrados trae, aguarda emboscada en la sombra
de la sierra. Atrás quedan los cantos de los monjes; encerradas
en algún libro destruido están las historias y los mitos
de la vieja laguna, la tumba de Viriato.
Y la ilusión del nuevo renacimiento es un sueño
que se pierde en el horizonte lejano, verde oliva, blanco, negro.
Corno tú, que vienes y te escondes en estas palabras
y nos haces creer que es posible volver.
.
En Santa Cruz de la Sierra, las raíces de las gentes
que pueblan las ciudades, que llenan las fábricas,
están esparcidas por las veredas, a la intemperie, pudriéndose,
secándose, impregnando el aire de otros aires,
contando historias de otro tiempo.
Es fácil ver un carro cargado de trigo que arrastra un viejo asno
cansado. Es fácil sentir el cantar pausado del que ara,
del que siembra, del que suda, del que sueña con vivir.
Es fácil, finalmente, acceder al corazón del ayer
e imaginar lo que no se fue, lo que pudo ser.
Del poemario Olía a traición y soledad (1988)