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Miguel de Loyola ( Miguel E. Loyola L.) nació en San Javier, región del Maule, Chile (1957). Realizó sus estudios universitarios en la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde se tituló de profesor de Estado con mención en Castellano en 1981.
En esa misma casa de estudios, obtuvo sus primeros premios literarios como cuentista joven (1978,1980 y 1981).
1978 Participó el Taller Literario de Roque Esteban Scarpa.
1982 obtiene primer lugar en el concurso literario de la revista La Bicicleta. 1984 a 1986, forma parte del taller del Premio Nacional de literatura José Donoso. 1992 publica su primer libro de cuentos, titulado Bienvenido sea el día. Ed. Mar del Plata. 1992 obtiene el grado Magister en Letras con mención Literatura en la misma universidad que lo acogiera en su juventud. 1999, Lom Ediciones publica la novela Despedida de Soltero. 2005, Bravo y Allende publica su novela breve: El desenredo. Ha publicado cuentos en diversos medios escritos y digitales.Desde 2001 mantiene una tribuna permanente como crítico literario en la revista Proa. Ha publicado un centenar de artículos de crítica literaria en revista de Internet. 2007 , Bravo y Allende publica el libro Cuentos del Maule. En la actualidad, es miembro del Círculo de Críticos de Arte de Chile. Director de la corporación cultural Letras de Chile. Editor de Crítica y Ensayo de la página web Letrasdechile cl. Secretario de redacción de la revista literaria: Proa.
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Miguel de LoyolaCuentos de Miguel de LoyolaE-MAIL
EL GRINGO
Humberto Miller llegó con la cuadrilla que vino a instalar las cañerías para el agua potable. Después, echó raíces en el pueblo. Se enamoró de Aurora, la hija mayor del viejo Aníbal, dueño del único almacén existente en diez kilómetros a la redonda. La muchacha tenía unos ojos negros penetrantes, clavaban igual que las espinas de los nardos. En el pequeño poblado era la estrella, como lo son algunas mujeres en el cine. Cada vez que salía de su casa cargando los baldes de aluminio en busca de agua al pozo, no le faltaba el ayudante. Los hombres corrían a socorrerla, cualquiera fuera el requerimiento. A los dieciséis años, ya había aprendido a sacarle algún partido a las miradas masculinas. Esa mañana la cuadrilla de trabajadores se encontraba arriba del camión con sus cachivaches amontonados junto a la baranda, cuando Aurora apareció gritando a viva voz, y en medio de las risotadas de los trabajadores, que el Gringo -porque así lo llamaban sus amigos de faena en directa alusión al color de su pelo- no podía irse con ellos. Que no podía largarse así no más, gritaba, porque un hijo suyo esperaba ella. Cuando los hombres oyeron eso, dejaron de reír. Entonces el silencio se apoderó del camino, como suele hacerlo también la noche, antes que la luna vuelva a alumbrar los campos con su luz de alerta. Al poco rato después, uno de los tipos gritó con voz irónica que se bajara luego el papi, y las risotadas destempladas de los trabajadores volvieron a invadir la atmósfera, aventadas por el comentario. Sin embargo, el Gringo no se bajó, permaneció inmovilizado en una esquina junto a la baranda, con los ojos semicerrados. Acaso pensando acerca del futuro de su existencia, en tanto resbalaban de su frente algunos goterones de sudor espeso, escurriéndose poco a poco por entre los pelos de su barba colorina. El sol había amanecido picando esa mañana, y a ratos, restañaba con mayor fuerza su látigo amarillo sobre los cuerpos robustos de los hombres de overol, apiñados en la tolva junto a la cabina. Algunos de sus compañeros miraron al Gringo con cierta complicidad picarona, dibujada en sus rostros toscos y sudorosos. Los más, en tanto, volvieron sus pupilas inquisitivas directamente a la mujer, hacia el cuerpo de la morena, a sus piernas barnizadas con el tono propio de la juventud, a sus pechos maduros, como bien los podían observar desde arriba del camión. Miller esperó a que el vehículo estuviera en marcha para dar el salto definitivo a tierra, arrastrando sus bártulos. Un morral donde no cabían más cosas que una muda de ropa, un tenedor, una cuchara, un tazón de lata para el café, un plato hondo también de lata, machacado por los golpes de la vida, además del cortaplumas que llevaba siempre al cinto, enfundado en una pequeña cartuchera de cuero, constituían el grueso de su equipaje. Las frazadas y el jergón donde había dormido, durante el tiempo que tardaron las faenas para dotar de agua potable al pueblo, pertenecían a la empresa, y por lo tanto se fueron en el camión rumbo a otros pueblos semejantes a ese, perdidos entre los cerros de la cordillera de la costa. La mujer se tiró a sus brazos apenas el Gringo pisó tierra firme con sus bototos gruesos, mientras sus compañeros se alejaban en el camión aplaudiendo, entre risotadas y gritos de alegría, hasta que la nube de polvo levantada por el pesado vehículo al rodar por el camino de tierra suelta, terminó de bajar el telón de un mundo que se cerraba, en tanto comenzaba a abrirse otro. Miller la tomó del brazo, y se encaminó con ella hacia la sombra frondosa de los olmos a un costado del camino. Se habían conocido una tarde en que Aurora bajaba por la ladera del cerro en busca de agua. El Gringo, en ese momento, se hallaba al otro lado de la quebrada, instalando los tubos de plástico que traerían después el agua limpia a las casas del poblado. La observó como un viejo animal de caza durante su largo recorrido hasta el pozo, y cuando Aurora se encontraba abajo de la quebrada, llenando los baldes con agua, se le apareció sonriendo, por detrás de unos matorrales. Le ofreció ayudarla con los baldes, pero Aurora mirándolo con sus ojos negros encendidos, le dijo que para eso había venido con Manuel, un muchachón de unos diecisiete años que se encontraba con ella, a quien Miller deliberadamente hasta ese momento había ignorado. Desde ese día, sus pupilas azules seguían cada uno de los pasos de Aurora durante el recorrido en busca del agua, la cual manaba a borbotones desde el fondo de la quebrada. Parapetado como un cóndor sobre la colina, conectando allí la distintas cañerías del agua para las casas, el Gringo disfrutaba al verla bajar, y luego subir cimbrando su cuerpo de hembra joven por la ladera del cerro. Aurora también comenzó a requerir agua con mayor frecuencia, y bajaba con los baldes ya no dos veces al día, sino cuatro y cinco también, mirando siempre de reojo hacia el otro extremo de la quebrada. La muchacha bajaba sabiéndose observada por esas pupilas del color del cielo. Cada día bajaba con más cuidado, midiendo sus movimientos, mostrándose poco a poco de perfil, o de frente a esa cámara que sabía la seguía lentamente desde el lado opuesto de la ladera. Hasta que una tarde le sonrió, le mostró su dentadura blanca. Y el Gringo en respuesta, primero le silbó melodiosamente, y luego gritó sin más: ¡Aurora!. Y su nombre pronunciado por esa voz inconfundible, retumbó en la quebrada produciendo ecos que se grabaron a fuego en alguna ranura de su corazón. Al día siguiente, en vista que la viera sola, sin la compañía de los jotes del pueblo que la acosaban con las mismas ansias que él, Miller bajaría hasta el pozo para ayudarla a llenar los baldes. Aurora lo dejó hacer, esbozando una sonrisa que a él le produjo escalofríos de placer. El rictus de su boca invitaba al beso, pero Miller se contuvo. Subieron juntos en silencio hasta la casa de Aurora. Humberto Miller cargando los baldes, y ella sonriendo, sonriendo junto al hombre de pelo amarillo, de brazos musculosos, y de una estatura bastante más elevada al común de los hombres de la región. Por la tarde ella volvió a bajar sola otra vez con los baldes, y el Gringo llegó al unísono para ayudarla. Después, subieron juntos otra vez, intercambiando una que otra palabra. Pero sobre todo mirándose, y sintiendo la proximidad de sus cuerpos mientras subían. Sin embargo, al día siguiente, Aurora no bajó por agua. Lo hizo el mocetón amigo suyo que solía acompañarla otras veces. Las pupilas azules del Gringo, aquel día se fueron destiñendo poco a poco junto con el caer de los velos2 de la tarde. Por la noche se enteraría, a través de uno de sus compinches de faena, que el padre de la muchacha había terminado finalmente de darse cuenta, de la presencia peligrosa de los trabajadores del agua potable en el cerro. Al día siguiente, Miller apareció a la hora del ocaso en el almacén del viejo Aníbal, con el pretexto de comprar pilsener y harina tostada para la chupilca. El viejo lo atendió con la cortesía con que solía atender a sus clientes, sin sospechar que los ojos del afuerino andaban por allí en busca de otra presa. Después, aprovechó de hacerle algunas preguntas, relativas al asunto del agua potable, que lo tenían bastante atorado por esos días. Concretamente, le preguntó por los costos, los costos que tendría el uso del agua para cada familia, y si esa agua se podría beber lo mismo que la del pozo. Humberto Miller, sintiéndose animado por el viejo, aprovechó también de estirar la conversación como lo hacía con las cañerías en el cerro, todos los metros posibles. Y estuvo parloteando con el anciano por más de una hora y media sobre el asunto del agua, hablándole de los múltiples beneficios de contar con una llave con agua potable en cualquier punto de la casa. También se ofreció para hacerle la instalación interior, una vez ya instalado el medidor afuera; aunque mirando siempre de reojo hacia la cortina de género que separaba el almacén de la casa, y sintiendo en todo momento la presencia de Aurora detrás de esa cortina. El lunes siguiente, Aurora volvió a bajar temprano al pozo, y esta vez el Gringo, le comentó que la había descubierto espiándolo por detrás de la cortina del almacén la noche reciente. Aurora se ruborizó, y luego sonrió de una manera que el Gringo, por puro instinto, supo que llegaba el momento de avanzar hasta el beso. Así que la atrajo hasta su pecho para abrazarla y besarla en la boca, sin que Aurora alcanzara a decir palabra. Por la noche, se reunieron allí mismo a conversar, pero después de un rato, subieron abrazados hasta lo alto del cerro, donde terminaron de perderse en el bosque perfumado de eucaliptos, que se transformaría durante las dos semanas siguientes en un tálamo perfecto, apenas iluminado por la pálida luz de la luna, que caía oblicua por entre los árboles, en suaves cascadas fosforescentes. Ahora, después de veinticinco años, Aurora salía a despedirlo definitivamente. El cuerpo del Gringo se hallaba metido en el ataúd de color negro que descansaba sobre la carreta. Nadie lograba comprender cómo ni por qué se había muerto. Durante esos años, había sido siempre un hombre de una salud de fierro, de unos brazos fuertes para resistir el duro trabajo en el aserradero, donde le correspondía cargar uno a uno los pesados cuartones a la salida de la sierra. Algunos comentaban que se había muerto de un infarto cardíaco, por causa del peso de esos enormes troncos que debía cargar sobre sus hombros. Otros, en cambio, hablaban que lo había partido el hacha del vino. También algunas mujeres culpaban a la viuda. Reclamaban... que Aurora lo había mantenido durante esos veinte años siempre en celo, porque otra mujer al Gringo no le conoció nadie por esas lejanas tierras.
MUELLE SOLITARIO
Gerardo llegó al muelle y se desconcertó al ver tan pocos botes atracados a la orilla. Tenía en la memoria cientos esperando pasajeros con destino a Quivolgo y a los pueblos perdidos hacia el interior. En ese momento el embarcadero parecía desierto, y las cuatro barcas fondeadas se balanceaban en el agua haciendo gemir levemente sus esqueletos. Reconocía ese crujir quejumbroso de la madera, y el cabeceo intermitente de los botes amarrados al malecón. El hombre se sentó sobre una roca a contemplar el movimiento silencioso de las aguas, de ese río que parecía inmenso, inalterable en su curso y en el tiempo. Sin embargo, moría unos mil metros más abajo, después de enfrentarse con la furia sempiterna del océano Pacífico, esa eternidad invencible donde sucumben todas las aguas. La Barra le decían entonces a ese punto exacto, y donde cientos de barcas habían naufragado intentando cruzar el remolino producido por ambas aguas al chocar, siendo arrastradas por su fuerza centrífuga antes de alcanzar a cruzar en dirección al río o hacia el mar. El también una tarde había estado a punto de sucumbir, cuando el bote se dio vuelta y la corriente intentó arrastrarlo hasta la Barra asesina. Si no hubiese sido buen nadador, como buen maulino, y si no existiera la solidaridad entre los boteros del Maule, hoy día no estaría aquí mirando avanzar las aguas, pensó, mientras desviaba la mirada hacia la Isla situada al centro del río. No había viajado cientos de kilómetros para recordar las desgracias ocurridas en el río. No. Claro que no. Eso ya no tenía remedio, lo mismo que su destierro, dijo otra vez hablando consigo mismo. Mientras observaba la pequeña isla donde crecía un bosquecito de macizos eucaliptos para sostener la tierra durante las crecidas del invierno, una canoa con dos remeros jóvenes cruzó frente a él. La pequeña embarcación se movía rauda y sigilosamente, rayando las aguas con una estela recta como una línea. En ese momento la gran masa de agua pasaba quieta, aplanada como una carretera extendida, como una autopista, sin baches, sin calamina, una vía fluvial por donde antaño subían del mar los faluchos maulinos cargados de peces y mercancías. Por ese lejano entonces, decía su abuelo, al costado de río se alineaban los astilleros ensamblando tablas de robles para convertirlas en faluchos maulinos. La canoa pronto se perdió de vista, pero al rato la vio venir río arriba, remontando las aguas con la misma cautela, con el mismo silencioso movimiento felino volvió a pasar frente al vidrio cada vez empañado de sus pupilas azulinas. En Canadá nunca pudo olvidar de dónde había venido, nunca se resignó a no volver a ver el río, ni menos a morir lejos de su tierra. Por eso voy a viajar, les explicó una tarde a sus hijos y a sus nietos canadienses poco antes de tomar el avión con destino a Chile. No es que me quiera morir, advirtió, pero tampoco quiero llegar a Constitución muerto un día. Quiero, nada más, explicó otra vez, volver a ver el río, volver a ver las casas, caminar por la plaza, subir al cerro Mutrún a contemplar desde allí la playa, la mítica Piedra de la Iglesia, la roca de los Enamorados donde besé a Carmina por primera vez cincuenta años atrás. Quiero sentarme a la orilla del muelle a mirar los botes cruzar el Maule, observar el movimiento sincronizado de los remeros, esos rostros melancólicos y toscos de los pasajeros provenientes de los riscos más pobres que en el mundo se hayan visto. Por eso estoy aquí, conversó consigo mismo, a eso vine, a eso viniste Gerardo, se dijo. De equipaje sólo traía un morral de cuero despellejado con cuatro prendas de vestir, el mismo con el que partió treinta años atrás con su mujer al exilio, expulsado, desterrado... Entonces no se llevó nada. No lo dejaron. Sólo pudo llevarse las imágenes comprimidas en un lugar secreto de la memoria. Si, de esa cinta de celuloide que poco a poco comenzó a desplegarse después de quedar viudo, apurando su viaje con recuerdos cada día más vivos. Te acuerdas, Gerardo, te acuerdas cuando cruzaste el Maule por primera vez. Ibas con tu abuela, sí, con esa mujer antigua de arrepolladas polleras oscuras. Cabeza cana, lentes ópticos redondos, manos blancas, manos dulces, manos tibias que te acariciaban el cabello por las noches cuando no podías dormir... Cruzaron en un bote a remos, claro. Un bote de color rojo, o tal vez azul, o amarillo, o bien bicolor, aunque a tantos grados de profundidad no alcanza a sumergirse tu memoria. Pero si recuerdas el movimiento acompasado de los boteros, su rostros curtidos de marinos, sus bíceps agitándose como lagartos, las flexiones de sus piernas junto al un dos de los remos, esos maderos con extremidades de aletas hundiéndose levemente en las aguas... y el quejido del bote remontando las el lecho del río... Así navegaste la primera vez en dirección a Quivolgo, soñando lo mismo que ahora allí en el muelle, donde esas lanchas de antaño ya se han ido, tal vez ya no existen, se las llevó el tiempo, o el puente que hace poco años construyeron más arriba, allá cerca del acueducto del ferrocarril, que también cruzaste en tren tantas veces yendo o viniendo de Talca, atravesando pueblos adormilados a la orilla del río, por donde pasaba la locomotora metiendo ruido, ahuyentando gallinas y patos de la línea férrea y haciendo estallar en ladridos feroces a los perros más desnutridos. Colín, Corinto, Curtiduría, González Bastías, entonces Infiernillo, Pichamán, Forel, Maquehua... Y el ferry boat, esa embarcación con casco de latón y silbato de tren que badeaba el río desde la estación del ferrocarril hasta Quivolgo, donde metían camiones madereros, carretas tiradas por bueyes, caballos ensillados, granos, sacos y la muchedumbre que no podía costearse un bote para cruzar más rápido el lecho anguloso del río. Tardaba cerca de dos horas el trayecto, ¿te acuerdas? y a veces el motor le fallaba en medio del cauce y salían los faluchos a remolcarla antes que la fuerza del agua la arrastrara hasta la Barra. ¿Dónde está? preguntas, aunque sabes que dejó de existir poco tiempo después de tu partida. Fue reemplazada por balsas rápidas y livianas para cruzar por donde el lecho es más angosto. Sabes de los cambios, siempre estuviste informado de lo que sucedía en tu tierra, sólo querías verificar con tus ojos inundados por la nostalgia de un mundo perdido. ¿Para qué? te preguntaste tantas veces antes de hacer viaje. ¿Para qué papá quieres volver a ese mundo hundido? -te preguntaron tus hijos y tus nietos allá en Toronto. Si tampoco te quedan ya amigos, insistieron, recordándote las cerradas de puertas que te hicieron cuando éstos recobraron el gobierno. Pero nunca supiste darles una respuesta definitiva, una respuesta para dejarlos tranquilos. Para vivir, supongo, pensaste de pronto ahora allí en el muelle. Sí, para vivir, repetiste apretando los puños, acaso para que no te temblara el cuerpo con tanto recuerdo. Antes estaba muerto, sentenciaste mientras te ponías de pie. Sí, estaba muerto, me habían matado hasta los sueños. Sorpresivamente, Gerardo vio llegar al muelle al que por su camisa blanca supuso sería un botero. Y antes de alcanzar a decirle algo, el hombre le ofertó una vuelta a la isla, por poca plata patrón, insistió con una sonrisa persuasiva y tono suplicante. Las cosas no andan bien aquí, le comentó con un rostro entristecido. Una vez sentado sobre los escuálidos cojines de la embarcación, se desilusionó cuando el botero puso en marcha un moderno motor fuera de borda. Preferiría navegar a remo, reclamaste. Pero el botero no te oyó, o lo tuyo sólo fue un pensamiento que no alcanzó la expresión vocal. La embarcación salió del muelle marcha atrás, batiendo sus aspas de acero. Al comienzo, el ruido del motor perturbó sus pensamientos, alterando sus emociones. Pero al cabo, Gerardo se conformó. Después de todo, estaba allí, cruzando el Maule otra vez, sintiendo la textura de las aguas en la palma de su mano sumergida. Sí, igual que esa primera vez cuando niño, cuando el agua te salpicaba hasta los hombros, mientras tu abuela decía asustada, no mi niño. Es peligroso, dijo esa vez también el botero. Te puede morder la mano un tiburón, te asustó un pasajero. ¿Te acuerdas? El bote subió contra corriente río arriba hasta el acueducto del ferrocarril. Gerardo no aguantó el deseo de dar un paseo más largo por sus recuerdos, pidiéndole al botero llevarlo hasta allí. Quiero pasar también frente al Pan de Azúcar, esa loma con forma de pastel donde no crecía en cien años una mata de lechuga, acaso porque a sus espaldas se escondía el cementerio con sus tumbas sombrías, comentaba mi abuela refiriéndose a la extraña esterilidad del cerro. Sus padres estaban enterrados por allí, en alguna de esas lápidas desoladas, blanqueadas con la cal de los cementerios de provincia, y marcadas con la cruz de la nostalgia eterna. Nadie podría haberlos visitado durante esos casi cuarenta años de ausencia. El bote dio la vuelta en el puente y luego comenzó a bajar a mayor velocidad, favorecido por la corriente, levantando esquirlas de agua y espuma, mientras Gerardo silencioso y pensativo recorría la rivera con sus pupilas encendidas. Las casas de la calle Echeverría paralela al río, ya no parecían las mismas, y si lo eran, se veían distintas, concluyó. Cuando el bote se aproximaba a la cabecera de la isla, donde los eucaliptos parecían seres inmortales por la musculatura de sus brazos a la vista, pidió al botero detener por un rato el motor. -Quiero navegar sin ruido, le dijo. He viajado de tan lejos para estar aquí otra vez, explicó. El botero le sonrió y apagó el motor. Luego, tomó ambos remos y comenzó a bogar muy lentamente alrededor de la isla, hundiendo apenas los remos para desplazar la pequeña embarcación por una línea muy pegada a la orilla, desde donde se podía ver las raíces nervudas de los eucaliptos cruzar la delgada corteza de la isla buscando el lecho firme del río. Gerardo en tanto, poco a poco fue cerrando los ojos, dejándose arrastrar por la monotonía del braceo y por el lento desplazamiento del bote sobre esas aguas cristalinas, en medio de un silencio apenas interrumpido por el frotar mecánico de los remos, hasta hundirse al rato en el sueño más profundo. |


