Mercedes Sáenz. Nací en Buenos Aires el 8 de Junio de 1952. Intento escribir desde muy chica y aún sigo intentándolo. Contribuí en escritos con algunas editoriales, Sudamericana y VyR y algunas revistas virtuales especialmente cómo Artesanías Literarias de Andrés Aldao. Publiqué “Filos de lata” en julio del 2008(editorial Vela al Viento de Rubén Gómez) y estoy preparando un segundo libro y unos guiones para televisión. Admiro los autores de habla hispana especialmente los latinoamericanos. Conocer dos idiomas no me es suficiente para leer textos en su comprensión total. De todas maneras leo todo lo que me es posible. Influyen en mí particularmente los temas sociales sin militar en partidos políticos. Estudio filosofía y también algunos cursos especiales relacionados con la historia y las costumbres de nuestra tierra, especialmente las comunidades indígenas.
Obra publicada:
FILOS DE LATA - Cuentos (Vela al Viento Ediciones Patagónicas, 2008). 148 páginas en papel ilustración con fotografías de Isabel Capdevila y contratapa a cargo del escritor Dalmiro Sáenz. Este primer libro de Mercedes nos lleva y trae a lo largo de su vida, desde sus fantásticos recuerdos de vida en un puesto entre Comodoro Rivadavia y Caleta Olivia, hasta la fecha. Con un lenguaje cuidado, maravillosas imágenes e historias originales en todo sentido, Mercedes brilla allí, en el género donde asegura sentirse más cómoda, reivindicando para sí el cuento como la mejor forma para su palabra.
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NO POTRILLO PAMPA
No eran de siete colores, los ojos no sabían que cantidad acumulaban en su retina, pero da tantas vueltas el sol cuando uno es chico que es poco frecuente mirar para arriba. Solíamos tirarnos de espaldas sobre la tierra húmeda y mirar las nubes. Y quedaban los retazos de los cerros, adivinando que forma tenían y si daba el tiempo, decir el parecido a uno de nosotros. Había pocos caballos en ese campo y una yegua sola que le decían la de tiro. Era la que más trabajaba, decían los de ahí. Yo la recuerdo llevando detrás de su cola una telaraña de ramas finitas que enganchaban entre sí, como un manto de novia viejo y cansado. Pasaba cerca de los galpones, por eso la veía, las otras cosas que hacía estaban fuera de nuestro alcance. Éramos un montón de hermanos, el más grande de ocho y el más chico de meses y vivíamos en un campo que se llamaba “El potrillo pampa”, en las afueras de Comodoro Rivadavia, cerca de Caleta Olivia, Pocas veces andábamos a caballo ya que los hijos del capataz también eran siete y no importan la edad que tuvieran, varones y muy chicos, trabajaban todos. Nos enteramos un día que la yegua esperaba un bebito. Le decíamos así a cualquier cosa que fuera a nacer de persona, animal o árbol. El alboroto fue grande en el momento en que estaba por nacer. Habíamos visto con poca frecuencia parir perros, alguna vez ovejas, pero nunca caballos. A mamá la veíamos todos los años embarazada y nunca ni aún siendo chiquitos las explicaciones que nos daba de acuerdo a la edad que teníamos, eran sin medio grado de fábula. Nos parecía una consecuencia de la vida. Precisamente de la vida. Un día papá nos llamó a todos y los que estábamos en edad de caminar, avanzamos por una larga calle de árboles que separaba la casa del verdadero lugar del campo. Del lugar en donde todo sucedía. La asistieron. Con la sencillez y la sabiduría de la gente de allí. Con movimientos pausados, casi higiénicos y con absoluta serenidad. Lo vimos salir de un agujero que parecía inmenso y conocimos sus patas antes que su cabeza. No sabíamos el color quizás porque estaba mojado pero logró ponerse de pie sin entender porque debía hacerlo, ni porque a esa edad sus piernas eran tan largas, no creo que tuviera conciencia que era la tierra por la que se andaría toda su vida. Los más grandes nos acercamos a tocarlo y sus ojos se alteraron. Con mezcla de desconfianza y algo de miedo, se apoyó en su madre que cansada, parecía ignorar todo. Dos días después quisimos ir verlo. No sabemos con que genética pero lo que había nacido era un potrillo pampa. La yegua de tiro estaba en el palenque, en el que más se usaba y su potrillo cerca de ella oliendo su cuerpo, buscando sus mamas. Se acercó Don Rosas, así le decían, mezcla de gaucho y de indio, mezcla de mito para nosotros porque poco nos dejaban acercarnos a los peones. No le costó tomarlo del cogote, pero por algo que nosotros no entendíamos, la yegua más tranquila, la de tiro, la más vieja, empezó a tirar patadas y a intentar levantar la cabeza de un cabresto corto que no se lo permitía.. Don Rosas simplemente levantó su mano con un facón afilado y se lo clavó en el cuello. La sangre brotó en un segundo y en el segundo siguiente ya sin fuerza el potrillo pampa estaba todo colorado. Lo vimos doblar sus patas, no sirvió que se hincara para pedir tiempo o clemencia. Nos largamos a llorar todos al mismo tiempo. Nos quisieron explicar después que si la yegua le daba de mamar no iba a tener fuerza para trabajar. No pudimos ni quisimos entender. Yo a veces me escapaba a mirar la yegua. Dicen que estuvo dos días sin comer, yo sólo ví, que pasaba con su manto de novia y leña con el tranco más lento.
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