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POEMA DE MIRARTE
El vino busca en la boca inclinada un beso de vidrio color ébano. No recuerda el verso confunde las lunas los pies no alcanzan la rueca. La ira no es ya tormenta brutal queriendo verse como el hombre que –yo– sigo viendo. Un estilete cortés marcó los hilos en el tapiz de su cara dibujó su tierra en dónde palidecen sus dioses oscuros en una blancura desmedida. Será su último día. No existirá mañana. Y yo lo miro… Tiemblo, también en mi copa –creo que quiso mirar allí sus propios latidos– me pidió que no lo toque hasta que la muerte lo toque primero. TEMBLAR
En un asiento de cemento de ésos mudos sin respuesta me senté liviana, creo que por eso me sentí transparente. Era el azúcar en el fondo de una taza de un café incierto, sin cucharas. Era una vez una niña mirando la oscuridad de un hueco. Era la minúscula parte del tallo que no se mira. Era la forma indescifrable, la escurridiza consistencia de lo que no puede retenerse ni con los sentidos. Y por primera vez pude saberme aunque no sea definitivamente.
AYER
Nadie en este oscuro cemento que lamenta sus grietas en tierra y basura. Nadie que devuelva mi nombre desde la alcantarilla y la voracidad de la última lluvia. Pregunté por mi cuerpo quién tenía la oscura mudez de llorar mi nombre. No hay sobrevivientes en la voz mendiga que dice nada. Ayer lo oí. cuando la tarde intentaba resumirse dejando una sola línea de horizonte ancha y circular yo era isla de borde en los azules pisó mis pies sin decir nada su espuma, con un dejo de inmensidad, tiernamente, con la mirada plana de unos dioses. Sacó espinas de mi boca los párpados volaron pájaros y yo sabía que me iría primero, obediente detrás del vidrio blando, dónde no puedo verme.
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AMORES DESTEMPLADOS
CUANDO TODO EXISTE
Húmeda y negra la tierra espera por el pie cansado, se hunde apenas y nada es prisa. El barro es suave entre los dedos sin huellas. La mirada arrastra tan lejos cómo empuja el viento y el agua es viva. El cielo remanso de la tierra brote. Perfilan sombras indias los cerros y todo crece en silencio, la savia y la sangre.
Sucede un día como un absurdo bramido que hace la tierra y nada se oye. Sucede un día que pueden perderse los ojos de antes, el valor inútil de necesitar. Suceden las últimas palabras imperceptibles como llovizna en un vidrio lejos de historia. Sucede un día que pone en la boca dibujos muertos y la voz murmura una ceguera interminable.
Allá en el sur, cuando todo existe y no se conoce la última palabra.
HUÉSPED QUE NO AVISA Amanecerás de nuevo,
sin ninguna palabra. Transparente como una lámina de aire que puede doblarse. Como un absurdo inútil sin forma. Impiadosa hacia mí me miras con un versículo en un ojo que mi fe desconoce. Y te miro, tristeza, como un mojado cartón, una montaña invisible que no modifica ninguna escena. Es un ruego tal vez que des vuelta la silla, ya soy testigo de mí inventando nombre a la fisuras. Él me ha perdido pero en cada quebradura él sigue ahí, donde los huesos queman porque ha mordido el dolor todo lo blando sin detenerse, sin distinguir. Si no te vas, no me mires al menos, la silla ésa es mía.
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