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No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
Juan Carlos Onetti

Destellos

Cada lector busca algo en el poema y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.
Octavio Paz
 
*****
 
En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano.
Camilo José Cela
 
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MARIO CAPASSO

NARRATIVA         
 
 
 

Mario Capasso nació el 9 de Marzo de 1953, en Villa Martelli, localidad del Gran Buenos Aires, República Argentina, en la que continúa residiendo.

 

Literariamente, se ha formado con Beatriz Isoldi, Nilda Adaro y Federico Jeanmaire.

 

Ha publicado tres libros:

 

EL FUTURO ES UN TROPEL ABSURDO, cuentos, año 1999.

 

EL EDIFICIO, Una novela en escombros, novela, Ediciones AQL, año 2002.

 

PIEDRAS HERIDAS, cuentos, Ediciones Corregidor, año 2005.

 

Este último obtuvo el 2do. Premio del Fondo Nacional de las Artes, año 2003. El jurado

 

estuvo integrado por Ana María Shua, Vicente Battista y Juan José Hernández. 

 

Ha escrito, además, un volumen de cuentos y tres novelas, que permanecen inéditos.

 

 

 

Página web: Textos en escombros

 

E-mail: mcapasso340@hotmail.com

 

 

 

 

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CORRIENDO EN GRIS

 

 

 

Otra vez sale de su casa, se detiene bajo el umbral y enseguida le viene a la memoria aquel primer lunes, porque descubre el mismo cielo nublado de ese día, y también porque por unos instantes su cuerpo le parece nuevamente enorme, y entonces otra vez lo recorre la misma obstinación, una mezcla de entusiasmo y bronca que lo impulsa a no claudicar, a no dejarse acobardar por una simple amenaza de tormenta y a decirse una vez más: dale, salí, salí y corré. Y entonces sale, vuelve a cruzar la calle como siempre en la esquina de su casa y encara derecho hacia el parque, cinco cuadras al trotecito, como para ir entrando en calor, como para que el cuerpo se vaya adaptando a lo que luego él le va a exigir, porque ahora que han pasado muchos lunes puede exigirlo y ése es su mayor orgullo, piensa. Y mientras recorre el comienzo de esas cinco cuadras al trotecito, como para ir entrando en calor, se dice que el primer lunes la cosa había sido bien distinta, que la determinación sí era la misma, pero las cinco cuadras las había recorrido caminando despacio, muy despacio, arrastrando el pesado cuerpo de aquel día que ahora, en el recuerdo, se le figura muy lejano. Cinco cuadras caminando, recuerda mientras trota, arriba el repetido cielo nublado y la amenaza de lluvia, y él transpirando ya desde el principio dentro de su jogging gris, sí, gris, lo había comprado el sábado anterior a esa primera salida de aquel lunes, apenas lo vio en la vidriera se dijo que quería ése, por suerte encontró el ultimo que quedaba de su talla, como si lo hubiera estado esperando, si hasta el vendedor le dijo que hacía mucho tiempo que lo guardaban allí, y se lo probó y le quedó perfecto, le queda perfecto, le dijo el vendedor, y él sonrió. Pero ahora no sonríe, ahora trota y se acuerda muy bien de aquel primer lunes cuando su cuerpo lo desbordaba y lo marginaba de todo. Nada que ver con el presente, ahora todo es distinto se dice aunque una mueca de duda se dibuja en su cara al tiempo que ingresa ya a la tercer cuadra. Siempre le había gustado imaginarse en esa situación, que todos le hicieran comentarios del tipo che, pero qué bien estás, cuál es el secreto, cómo lo lograste. Le encantaba imaginarse así. Pero le costó, mucho le costó, y por momentos duda de haberlo conseguido por completo, pero no se deja vencer por las vacilaciones y continúa aunque le sigue costando. Porque en verdad hay que tener esa constancia, hay que persistir en la dieta y salir a correr todos los días, sin dejarse vencer por el desánimo ni la persistente amenaza de lluvia. Y él sigue y sigue y ya recorre el último tramo de esas primeras cinco cuadras. Y cuando llega al parque comienza a trotar más rápido, con saltos ágiles, lástima que no hay nadie allí, pero ya está acostumbrado, nunca hay nadie al comienzo, solamente aquel primer lunes en que tanta gente iba y venía, y a partir de esa jornada nunca vio a nadie más, como si la ciudad se hubiera puesto de acuerdo en dejarlo a él solo, para que corra casi solitario y libre. Los únicos que interrumpen su soledad son cada día los mismos, que ya van a aparecer, falta poco, muy poco, apenas dé la vuelta, lo sabe. Lo sabe, entonces corre hacia su destino. Y mientras tanto su cabeza repite las imágenes. Aquel lunes. Fue la única vez que se cruzó de entrada nomás con gente corriendo o caminando, eso recuerda o al menos tiene esa sensación y no la del actual parque desierto, desierto hasta que se le aparecen ellos, los que ya conoce tanto, los que apenas dé la vuelta se le van a cruzar en el parque siempre envuelto en brumas, en el que el verde es distinto al verde, en el que cada mañana corre y corre para mantenerse así, tan en línea, eso es lo que más disfruta de su nuevo cuerpo logrado tras tanto sacrificio, aunque a veces duda, pero valía la pena el esfuerzo, porque claro que le gustaba imaginarse en reuniones donde se lo hicieran notar, sí, que todos admiraran su figura, sobre todo las mujeres, y sobre todo las mujeres de los otros,  porque los otros eran todos los que lo marginaban inclusive de las charlas, como si su gordura fuera contagiosa, o signo de estupidez o ineptitud, por eso creía disfrutar a más no poder de ese presente a partir de ese primer lunes cuando al salir de su casa se detuvo bajo el umbral y vio el cielo nublado y amenazante, recuerda, pero no le importó e igual salió a correr determinado a cambiar su silueta y su destino. Y aquel lunes se cruzó al igual que ahora con el mismo pibe, y el mismo pibe le vuelve a decir lo mismo al hombre que lo acompaña, mirá ese señor gordo, dice, y enseguida ocurren las risas alejándose, tal vez el hombre sea el padre del chico que le dijo eso, supone que sí, y el recuerdo del pibe lo sigue acompañando mientras corre y corre por el parque desierto bajo el cielo nublado, con su jogging gris y sus dudas a cuestas y así continúa corriendo sin dificultad, y poco después de la aparición del chico, apenas termine de atravesar el puente, se va a cruzar con las jovencitas, cuatro o cinco, nunca logra contarlas, y eso que allí vienen otra vez, el puente ya casi quedó atrás y se va a cruzar con ellas que lo van a mirar de reojo, y otra vez se van a alejar murmurando algunas palabras entre risitas entrecortadas, y una va a decir callate, boluda, a ver si te escucha, y lo dice, y luego él no va a escuchar más nada ni verá a nadie más. Pero ya nada de eso le importa, si cada día es lo mismo, pero fue aquel primer lunes en que a partir de esas palabras del chico y las risas de las jóvenes su ánimo se encrespó y lo que hasta ese momento había sido un trotecito leve se fue convirtiendo en una carrera contra su cuerpo, ya van a ver, y al diablo los consejos del médico, y no le importó que era el primer día, ya van a ver, un lunes con el cielo nublado, al igual que ahora que corre pensando en todas estas cosas, y recuerda aquella vez, cuando comenzó a transpirar más y más, cuando el corazón pareció salírsele del pecho, cuando un sudor frío comenzó a recorrerlo y él se obstinó y no se detuvo, ya van a ver, nunca se iba a detener, y eso que por un momento creyó que se moría, tanta era la bronca causada por esos dos encuentros, pero ese lunes se las vio mal, muy mal, ya van a ver, creyó que se moría, recuerda ahora mientras sigue atravesando el tramo final del parque ya de nuevo totalmente desierto y mira el cielo  más negro que al principio, igual que ese día, muy mal la pasó, el corazón, casi no lo puede creer ahora que lo recuerda y corre, así, así, con su jogging gris bajo el cielo amenazante, y ese lunes no paró y no paró, ya van a ver, ya nadie más lo iba a menospreciar, a denostar por su gordura, ya basta, nadie más, nunca más, se dijo confusamente aquella vez, o cree ahora que se dijo, ahora que corre y ya sale del parque y siente otra vez la esperanza de que alguna mañana cuando se cruce con el pibe, el pibe lo va a observar con admiración, y de que esas cuatro o cinco jovencitas lo van a mirar de frente y con una sonrisa cómplice y a lo mejor alguna se va a detener a conversar con él, aunque eso será otro día porque ahora ya está regresando y entonces cruza la avenida porque justo el semáforo está en verde, siempre está en verde, cada mañana es igual, ni un auto a la vista, y cada mañana piensa en esta parte del trayecto que si hubiera alguien que lo viera cruzar así la avenida, reventaría de envidia, con estas palabras lo piensa siempre, reventaría de envidia si supiera lo que ha logrado a partir de su determinación del primer lunes cuando al salir de su casa vio el cielo nublado y no le importó, y luego corrió y corrió impulsado por las palabras de ese chico y los murmullos de las cuatro o cinco jovencitas bien metidos en la cabeza, ya van a ver, y corrió y corrió y no se detuvo, no se detuvo nunca, nunca, como tampoco se va a detener ahora que ya está por llegar a la esquina de su casa, y de nuevo dobla la esquina, y ya la ve, y en el umbral de su casa ya está listo el hombre ¿gordo? que mira el cielo nublado y se dice que no importa, que él no se va a dejar acobardar por una simple amenaza de tormenta, y entonces arranca y comienza a recorrer al trote, como para ir entrando en calor, las cinco cuadras que lo separan del parque.

 

 

 

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PIEDRAS ABAJO

 

 

Cae la llovizna y el hombre, que ya ni repara en ella, apostado en la terraza, con el cuerpo levemente inclinado hacia la derecha, apunta con su arma a uno de los que ahí abajo, en la calle, no se queda quieto ni un momento y coloca una piedra tras otra. Si al menos se detuviera un instante, si cualquiera de ellos se detuviera un instante, se ilusiona el hombre del arma, que sacude la cabeza para desprenderse de las gotitas y que enseguida se pregunta si él entonces tendría el valor o la suerte de disparar. ¿Y si tuviera alguna de esas cosas? ¿Y si además acertara con el tiro justo y derribara a alguno por la vía de un balazo en la frente? ¿Qué pasaría entonces? ¿Qué harían los otros? Los otros, sí, los que no ha podido contar de tan iguales y construyen ese empedrado bajo la llovizna que no cesa y el cielo que nunca aclara. Confusamente reconoce no saberlo, el hombre del arma apunta y no acierta con las respuestas, y tampoco sabe, o no lo recuerda ahora, cuándo fue que empezó todo, y todo es este presente en el que los de "la cuadrilla", como él llama al grupo, van colocando una piedra y luego otra y otra más y sin embargo la construcción parece no avanzar, como si cada piedra reemplazara a una anterior y así. Y así. Entonces el hombre en la terraza, que ha pensado todas estas cosas, que ha dejado de apuntar, que ha colocado el arma en el piso, apoyada contra la pared, lanza al aire un resoplido y repite el gesto de sacudir la cabeza, trata de fijar mejor la vista, intenta concentrar su atención y comprender los movimientos de los que están ahí abajo, en la calle, y una vez más no lo logra, falla como ha venido fallando hasta ahora. Tiene al menos una certeza, y eso lo tranquiliza un poco, pues los de "la cuadrilla", como él los llama, jamás elevarán la vista para mirarlo, la experiencia de esas jornadas se lo ha enseñado, porque ellos permanecen más bien distantes, indiferentes, lo ignoran o quizá simulan ignorarlo, y eso que alguna vez les ha gritado, si hasta los insultó aquella tarde de hace algunas semanas, pero ellos siguieron y siguen reconcentrados en su trabajo diurno. Diurno sí, porque durante las noches. Las noches ahí abajo son otra cosa, esa es la verdad, pero, se dice enseguida, mejor no pensar ahora en lo que será la noche, y menos justo ahora que la hija ha subido y le ha traído una taza con café o algo que debería parecerse, la hija no debe ni siquiera sospechar lo que sucede durante las noches allí abajo. Abajo, el insoportable abajo de las noches, cuando la oscuridad es casi total, apenas casi, porque la luz de la luna, aun con las nubes, le permite entrever lo que pasa en la calle y es terrible y, pero basta ya de pensar en eso, que la hija se moja también y le está preguntando algo y él en lugar de contestar le pregunta si ha dormido bien, y también si ha estudiado, y la hija parpadea y se encoge de hombros y dice para qué, y agrega que mamá ha dicho que le diga matalos, decile a tu papá que los mate, que los mate a todos, que hoy, que eso ha ordenado su madre, y el que hoy vuelve a sonar, implacable, definitivo. Entonces el hombre expulsa un suspiro, mira hacia las otras terrazas, y se da cuenta o acaso apenas intuye que ya no habrá un disparo para absolverlo, que ya los otros han dejado de vigilar y de apuntar a los de "la cuadrilla", como él los llama, o tal vez quede todavía alguno en algún lugar que él no alcanza a observar, eso podría ser, se esperanza, eso podría ser, se repite, y así entonces quizás podría surgir de alguna otra parte el fogonazo salvador, el movimiento que pusiera en juego una ficha nueva en ese tablero en el que los de abajo ponen piedras en la calle y los de arriba vigilan y apuntan y no hacen fuego y esperan, eso si es que a esta altura queda alguno, alguno como él, que no se va a dar por vencido, y cuando se da vuelta y quiere decirle algo la hija se ha marchado y la llovizna sigue, entonces agarra la taza y bebe el café, que a todo esto se ha enfriado, cada gota se ha puesto más negra y se ha enfriado en ese invierno que parece no irá a terminar jamás, mientras el ruido de las piedras abajo sigue. De un trago, o dos, no más, el hombre ha bebido y ya está de nuevo apuntando, o más bien tratando de apuntar a la cabeza de alguno que, hijo de puta, no se queda quieto ni un instante, ni uno, y se agacha y coloca una piedra y luego otra y él intenta tenerlo en la mira y tal vez un solo tiro bastaría. Así las horas de la mañana pasan y pasan, como piedras.

Ahora es el mediodía, deduce el hombre en la terraza, abajo nada ha cambiado pero ha subido su mujer siempre con el mismo vestido y le ha traído algo para que coma. Es lo que hay, le ha dicho o es lo que él ha creído oír. La mujer se ha quedado algo alejada, no se asoma para nada a la calle y permanece algo rígida y lo mira, y cuando él mueve los labios ella abre la boca y le dice matalos, qué esperás para matarlos, no ves acaso lo que va a pasar si vos no los matás de una vez por todas, y cuando el hombre escucha las palabras, antes de que las palabras se terminen, deja de apuntar y apoya el arma a su derecha, contra la pared, y comienza a dejar que el pan se moje en su mano, el pan que le han traído, uno sólo hoy, apenas uno y tan breve, piensa, aunque no pregunta nada y el pan se moja en la lluvia que no cesa, y el hombre le dice a la mujer por qué no me trajiste ropa seca, y la mujer se da media vuelta y se aleja, y ya casi desaparece pero antes le dice te dije bien clarito que los mataras, y escupe con violencia y dice otra vez yo te lo dije y se va. La mujer ya no está y el hombre mira la terraza vacía y casi no la reconoce, tal vez por la bruma que crea la llovizna y que desdibuja todas las cosas. Luego come, despacio, el pan entra mojado en el cuerpo mojado. El cielo sigue igual y la llovizna sigue igual. El hombre termina de masticar sin apuro ese pan que le han traído y ahora le duelen las piernas, por momentos el dolor se le mezcla con el recuerdo del dolor, tal vez el de hace un rato cuando aún no se había dado cuenta que las piernas le dolían, o quizás el de hace unos años, cuando los dolores todavía no se le mezclaban. Trata de olvidar el dolor y se asoma y allí están nomás, las piedras, los hombres moviéndose y el paisaje de las piedras infinitas, y uno de los hombres ahora se está secando la frente con un trapo, guarda el trapo en el bolsillo y parece que va a mirarlo a él, pero no, se da vuelta apenas un poco y en apariencia habla con el que está al lado, y el que está al lado sonríe, asiente con la cabeza y no dice nada y se agacha y coloca una piedra, otra piedra que no agrega nada.

Es noche ahora y la llovizna sigue. Las piedras están quietas. Las mujeres han llegado y los hombres de "la cuadrilla", como él los llama, comienzan a meterse en ellas, que van pasando de mano en mano, de cuerpo en cuerpo, una tras otra, y las mujeres se dejan caer una tras otra. Hasta el ruido de la noche es similar al que se escucha durante los días, un ruido seco y duro, y él que no cede, allí arriba, en la terraza, empapado en lluvia y sudor, sin descanso posible espera que su mujer o su hija le alcancen algo para comer y alguna ropa seca. Mientras tanto, fuerza la vista y ni siquiera alcanza a distinguir aunque sea una de las caras de las mujeres, al menos una de las que cada vez parecen ser más y más, es así, no hay vuelta que darle, como si cada noche alguna se sumara, o más de una. Pero las caras se le borronean sin remedio en el interior de la neblina mientras él se sigue mojando ahí arriba y ya hace rato que no apunta, no apunta y oye las risas de los hombres de abajo, que parecen esta noche renovarse y festejar algo, como si a la fiesta hubiera llegado el último invitado. El que permanece arriba sufre con las risas de los hombres que no dejan de moverse y de penetrar en las mujeres y no lo miran nunca.

Ha sido una noche terrible, piensa el hombre, quizás la peor que le ha tocado presenciar, pero en algún impreciso momento advierte que por suerte ha terminado, un leve cambio en la luz del amanecer, o tal vez la señal haya sido el hecho de que las mujeres ya no están en la calle y están las piedras, lo que para el de arriba es casi lo mismo, salvo por las risas y el jadear de los hombres, porque el ruido es siempre igual, un ruido seco y duro, de piedras o de mujeres que se van incrustando. Y entonces, aunque llueve igual que los otros días y el cielo sigue tan oscuro como siempre y las horas han pasado tan iguales, el hombre se da cuenta de que algo ha cambiado. La hija no ha subido, y no hay café esa mañana y hay más viento, un viento arremolinado que lo hace tiritar. Y pensar. Tendría que disparar, ahora, ¿qué puede pasar?, o a lo mejor convendría esperar, ¿qué podría pasar?, con apenas un tiro la pesadilla habrá terminado, o comenzará a terminarse, se dice, pero no dispara, no dispara y las horas del día transcurren con los minutos cada vez más pesados, una carga por momentos insoportable, se dice, y encima nadie le ha traído ni bebida ni comida ni ropa seca, y que no importa, se dice el hombre en la terraza, no importan ni el frío ni el hambre ni el cansancio, ya nada tiene la menor importancia, ni siquiera el viento y la llovizna, se dice. Él no se va a dar por vencido, jamás, y apenas alguno se quede quieto apuntará bien y apretará el gatillo, se dice. Están atrapados, se dice.