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Marco Antonio Peña. Nació en la Habana, Cuba, un 13 de junio. Vivió en Estados Unidos de América (1951 -1975) y en San Juan, Puerto Rico (1975 – 2000). Actualmente reside en Oviedo, España.
EDUCACIÓN:
LOGROS PERSONALES:
EXHIBICIONES PERSONALES:
LIBROS ILUSTRADOS:
LIBROS PUBLICADOS:
La estancia dormida (antología D.L: AS-3.067/2003) – Titulo: Página en blanco
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PÉRDIDA IMPORTANTE
Ha vuelto a ponerse las gafas y mira por la ventana. Será por última vez. A lo lejos puede discernir la silueta de una solitaria vaca. Para él, es extraordinario que todavía retenga su rabo. Trató de rebobinar los acontecimientos de las últimas semanas. Todo comenzó cuando el perro de Simeón perdió su rabo. Lo estaba abanicando alegremente frente a su amo cuando el apéndice se desprendió del animal sin causarle trauma o dolor. Como si el rabo nunca hubiese sido parte del perro. Nadie le dio demasiada importancia entonces, pero cuando comenzó a manifestarse en los otros perros, se extendió la alarma. Todos estaban perdiendo sus rabos y nadie sabía por qué. Lo que después ocurrió fue extraordinario. El fenómeno comenzaba a afectar a los animales de la granja. No tardaron en descubrir que aquellos que habían perdido el rabo, también perdían el sentido de la dirección, al moverse se desviaban hacia la izquierda. Según pasaba el tiempo el ganado incluyendo caballos, vacas, toros y cabras se encontraron sin sus apéndices y comenzaron a desviarse hacia el sur o al norte o sabe Dios a donde dependiendo a que lugar apuntaba su izquierda. Ahora remueve sus gafas y se aparta de la ventana llevándose con él la impresión de la última vaca con rabo. Compungido baja la cabeza y revisa su cuerpo desnudo. Se mira entre las piernas y una vez más confirma que su apéndice también ha desaparecido. Trata de escapar de la pesadilla corriendo hacia la puerta pero su sentido de dirección lo empuja inexorablemente hacia la izquierda.
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CELAJES
Siempre me he preguntado por qué soy diferente a los demás, por qué vivo condenado a ver lo que no quiero, a soñar con lo ajeno y terminar siempre formando parte de las cosas que no me incumben. Así que decidí investigar a fondo este extraño comportamiento. Después de visitar docenas de médicos sin obtener una opinión concreta, por proceso de eliminación me han diagnosticado inestable, bipolar, esquizofrénico y con toda probabilidad portador de alguna aberración cromosómica heredada de mis padres o abuelos. Desahuciado por la medicina convencional, me ofrecí como voluntario en un proyecto auspiciado por una prestigiosa clínica especializada en la Parapsicología donde he descubierto que soy un posible receptor de fenómenos paranormales. Una condición que yo, ya sospechaba, y de la que nunca he disfrutado. Tampoco puedo decir que ha sido un privilegio. Pero desde que tengo uso de razón he sido utilizado como un calidoscopio donde se manifiesta las visiones. Sucesos que le han tocado vivir a otras personas y en ocasiones, eventos que aún están por ocurrir.
Hace años, antes de perder a mi familia, tuve una visión. <<Aquella carretera cubierta de nieve, mi coche deslizándose por un barranco y la mirada de terror que mi esposa grabó en mis pupilas antes de salir despedida al vacío por la puerta lateral. Mis puños aferrados al volante y yo tratando de recuperar la fracción del segundo que ya se había perdido en el tiempo. La niña atrapada en su asiento de seguridad. El coche fuera de control quebrando la fina capa de hielo que cubría la carretera. La última pirueta que me desprendió de mi asiento para salvarme la vida haciéndome caer sobre un suave cúmulo de nieve>>. Un estrechón de manos, un abrazo o el roce con algún desconocido me pueden provocar visiones de muerte o violencia. He previsto enfermedades, adulterios y muertes. Nunca salvé una vida o pude evitar una desgracia aunque traté de hacerlo. Finalmente he dejado de intentarlo. Mis visiones de nada sirven, mis premoniciones son sólo demonios que viven en mi cabeza. Hoy es un día triste para mí. Camino arrastrando las suelas de los zapatos por la empinada cuesta que termina a la entrada del Hospital Municipal. Está nevando y a esta hora de la mañana no hay un alma en la avenida. Mi única compañía son los árboles desnudos que bordean el camino y las hojas secas del otoño que se arrastran en el viento. Avanzo respirando con dificultad, me siento muy solo, con el alma desabrigada contemplando la posibilidad de que estoy a punto de perder el centro de mi universo: mi madre. Me ha empezado a doler el pecho y el esfuerzo que conlleva mover el cuerpo es un constante compromiso. En mi visión periférica capto el celaje.<< Roza mi hombro y cala mi cuerpo>>. Siento miedo. Subo los escalones de la entrada con dificultad. Mi visión turbia no identifica la galería de ascensores. Espero hasta que el dolor de pecho se me alivie un poco. Creo que la arritmia está pasando. Otra visión: <<La mujer parece respirar con dificultad, se retuerce entre los tentáculos de tubos y cables que amenazan con sofocarla. Máquinas de aspecto intimidante que monitorean signos vitales>>. Oprimo el botón del ascensor y la doble puerta se abre para dar espacio al enorme cajón que me transportará cuatro pisos más arriba, al terror morboso de una sala de hospital. Pero no es así, el ascensor parece haberse apoderado de los controles y desciende hacia los intestinos del edificio. Para de golpe y la doble puerta se abre como las cortinas de un teatro. Allí, frente a mí, dos sombríos personajes en túnicas blancas esperan escoltando una larga camilla. Bajo la sábana, se puede discernir la figura rígida de una mujer. Me inclino hacia un lado y el equipo se introduce en el ascensor maniobrando con suma experiencia el armazón con el cadáver, la doble puerta se cierra atrapando el formaldehído en un silencio con olor a muerte y se pone en marcha, pero no sé adonde. El cadáver y sus acompañantes me abandonan en el vestíbulo, yo escapo en el cuarto piso algo desorientado, sentía la lengua seca y casi no podía tragar. En la estación de enfermería me informan sobre el estado de mi madre. — Estable. Durmió bien y el suero la mantiene alimentada. Trate de ser breve en su visita. Ésta es una sala de cuidados intensivos— — Gracias — les respondí, y con una amable sonrisa desaparecí por el pasillo de la izquierda. La habitación es la 4-C. Me detengo en el umbral y observo desde la puerta a la mujer que se retuerce entre tubos y cables. Da la impresión de que libra una batalla. Me acerco a ella, tomo su mano arrugada entre las mías y la beso. El olor de su piel es el catalítico que me lleva de viaje al pasado.
<<Íbamos deprisa, me llevaba de la mano sujetándome con firmeza, yo me sentía seguro y protegido. Ya conocía las calles porque todos los días a la misma hora caminábamos los tres kilómetros hasta la casa de mi tía. No había padre en la mía ni tampoco en la de ella y siempre escaseaba el dinero. No había nadie más, éramos toda la familia que teníamos. Veo a mi madre sentada muy rígida en el borde de una silla hablando con su hermana: No aceptarás cortesías de Don Fermín Sotomayor. Mañana regresaré a las seis y nos iremos de puerta en puerta a recoger ropa sucia, volveremos al río a lavar como lo hemos hecho en tiempos de hambruna. Saca la máquina de coser, se que encontraremos gente que necesita reparar una pieza o dos. Eso nos dará para comer y no tendrás que poner tu buen nombre en boca de las arpías. No maltrates tu dignidad con un revolcón en la cama, a cambio de un plato de lentejas y un trozo de carne > —Hola mamá, soy yo, ¿cómo te sientes? Acaricio su blanca melena alborotada y hago un esfuerzo por contener las lágrimas. Finjo una sonrisa. Ella deja de moverse y abre los ojos para fijarlos en mí. No me reconoce. Lentamente sus pupilas coordinan y una escuálida sonrisa aparece en sus arrugados labios. —Hijo mío. Estás aquí . Le hablo de las cosas que están ocurriendo en mi vida y ella me contesta en monosílabos. Trato de alentarla para que no regrese a ese estado letárgico que le inducen las drogas. La pantalla del monitor de la izquierda parpadeó avisando que las pulsaciones de su corazón comenzaban a fallar. Veo que los números en el monitor descienden y casi muero del susto cuando la alarma quebranta la tranquilidad de aquel salón. –¡Código azul! — gritó una voz desde el pasillo. En ese instante la sala es invadida por no sé cuantas enfermeras, hombres de batas verdes y maquinarias rodantes cuyos botones se encienden y se apagan como las luces de un árbol de navidad. Me cago del susto y sólo se me ocurre aplastarme contra la pared para facilitar el tráfico. Observo emocionado como desnudan su torso y el más viejo del equipo, el que sujeta las dos planchas, grita a todo pulmón: —¡Apartense! Con mi visión periférica capto el celaje casi transparente que atraviesa el umbral y se desliza hasta la cama de mi madre. Se inclina sobre ella; parece estudiar su semblante. Yo ahora lo veo más claro, más humano. No parece del todo un desconocido. Hay algo familiar en su fisonomía.
Se incorpora pero no se mueve del lado de mi madre. La observa, lo observa todo. El corazón me late en las sienes, tiene que ser la tensión del momento. Me está faltando el aire, respiro pero el oxígeno no llega a mis pulmones. ¡Que silencio! no se oye nada. El médico está dando órdenes y las enfermeras hablan las unas con las otras pero yo no puedo oírlas. Lo que cada vez está mas claro es esa cosa que ahora se aproxima a mí. ¡Dios mío, me ha tomado por el brazo y puedo oírle cuando me dice: <<Tu madre sobrevivirá, aún le que da tiempo.>> Entonces me susurra al oído:
<<Eres tú el que vendrá conmigo. Tenemos un largo camino que recorrer. A ella la verás en primavera>>
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