Foro de los escritores de Biblioteca Digital Siglo XXI

Consejo

No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
Juan Carlos Onetti

Destellos

Cada lector busca algo en el poema y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.
Octavio Paz
 
*****
 
En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano.
Camilo José Cela
 
*****

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LUCÍA AMANDA CORIA

NARRATIVA  

 
Lucía Amanda Coria. Seudónimo: Aurandaluz. Vive en la ciudad de  San Luis ( Argentina). Licenciada en Enseñanza de la Economía de la Universidad Nacional de San Luis y Profesora de Ciencias Jurídicas y Contables, se desempeña como docente en el nivel medio y superior. Ejercita su vocación literaria en la actividad periodística comprometida con la problemática social de los enfermos mentales y colabora con un importante periódico de su provincia natal.

Forma parte del Taller 7 ccf, taller virtual de escritura creativa que dirige el escritor argentino Sergio Gaut Vel Hartman.

 
Publicaciones:
 
Leyendas de mi Lugar. Archivos del Sur. Argentina, 2009.
 
Participación como finalista de certámenes en las siguientes Antologías:

I Concurso Hispanoamericano de Poesía y Cuento Corto “Homenaje a R.Fontanarrosa”. Argentina, 2009.

 XXVIII World Congreso of Poets  Ed.Semilla Cultural. México, 2008.

La Mujer Rota. Ed.Letralia. México, 2008.

Bendito sea tu cuerpo. Ed.Casa del Poeta Peruano. Perú, 2008

Amor del mismo Sexo. Ed.Lulu. España, 2007.

Letras en la Piel. Ed.Mis escritos. Argentina, 2007.

I Certamen Internacional de Poesía de Viña del Mar, Chile.2007

 
 
Publicaciones en páginas Web:
 
Químicamenteimpuro.blogspot.com, 2009
Ráfagasyparpadeos.blogspot.com, 2008
Revista Almiar( Margencero) España, 2008
 

 
 
ES MIEMBRO DE
 
 
 

 
SÍNDROME DE ESTOCOLMO 
 

—La maldita bestia es quien está detrás de todo esto. Quiere cobrarse lo suyo —sollozó la mujer, desesperada.
Todos los medios de comunicación, con grandes titulares, daban cuenta del atentado perpetrado contra la Presidenta del  país. Una pareja de motociclistas había arrojado una granada de mano al paso de la comitiva presidencial y desapareció sin  que la policía pudiera hacer nada. No hubo víctimas fatales, pero sí muchos heridos graves.
En la intimidad, la Jefa de Estado era sólo una madre angustiada.
—Creí que podría salvarte, hija querida, pero ya vez, no puedo hacer nada —dijo.
Su hija, una adolescente de aspecto angelical, trató de calmarla.
—Debes cumplir tu parte, madre —dijo—. Él cumplió la suya. Seis meses pasan pronto.
—Se me harán eternos sin tener noticias tuyas. Y, además, ¿qué le diremos a la gente?
—Ya pensaremos en eso, mamá. No te preocupes.  
La madre recordó el horror padecido cuando su hija fue secuestrada por un grupo terrorista. La lucha incesante por recuperarla, apelando a todos los medios a su alcance. El mundo fue testigo de sus reclamos.
Había desaparecido sin dejar rastros, como si se la hubiera tragado la tierra. Pero la madre logró averiguar dónde la tenían y hasta allí fue.
Se enfrentó con el cabecilla, un poderoso narcotraficante, y en un encuentro secreto, acordaron los términos del rescate.
—Ya no tendrás problemas con el campo —dijo él bajando la voz—. Los alimentos están asegurados. Pero tú tienes que certificarme a mí la libre distribución de mi mercancía en tu país. Y además, ella debe venir conmigo cada seis meses…
—De acuerdo —dijo la madre, dispuesta a aceptar cualquier trato por ruinoso que fuera—. Estará conmigo seis meses y otro tanto contigo.
Había vencido el plazo. Ella demoraba la entrega y empezaron los conflictos y los atentados.
—Adiós, madre —dijo la joven, besando a su madre—. No te preocupes por mí.
Las cámaras registraron la cándida imagen de la hija de la Presidenta ingresando a un convento de clausura para un retiro espiritual.
Esa medianoche, un poderoso automóvil de color negro estacionó en la calle solitaria, detrás del convento. Poco después se abrió una estrecha puerta, casi inadvertida, en los gruesos muros perimetrales.  Por ella se deslizó una delgada figura que se detuvo vacilante en la vereda, mirando a los lados.
Cuando vio el  vehículo estacionado, fue  corriendo y se introdujo en él. Se  arrojó prácticamente sobre el conductor, un hombre oscuro y musculoso.
—No puedo creer que estés aquí —jadeó  y comenzó a quitarse la ropa—. Al fin recupero mi trono de ébano.
—El trono de mi Reina —murmuró él, y la colocó a horcajadas sobre su regazo.
Se besaron  apasionadamente. Con la ansiedad de una larga separación
—Corre, Hades, corre. Quiero que me poseas mientras conduces. ¡Te he extrañado tanto!
—También yo, Perséfone, también yo…
El automóvil partió veloz, con rumbo desconocido.
 

 
ELLA FUE LA PRIMERA EN DESPERTARSE
 
         
         Ella fue la primera en despertarse.  Más que ver, adivinó los hilos de luz enredados en los cristales de la pirámide exterior. Pensó que seguramente  ya  Montmartre esperaba esa luz en la torre de su basílica. Que pronto también  se dejaría caer sobre las brumas del Sena y las dispersaría.
     Sintió en el costado el cuerpo de su joven amante, el nudo de sus brazos aprisionándola, pese a estar profundamente dormido. Y se estremeció, al recordar los últimos acontecimientos. Se habían amado durante toda la noche, en la penumbra cómplice de las salas vacías. Con una intensidad incomprensible, desenfrenada.
    Se tocó las mejillas, con gesto pensativo.  El encuentro había sido tan intempestivo, que no sabían nada el uno del otro. No pudieron decirse ni siquiera sus nombres; hablaban idiomas diferentes.
    Él, al principio intentó desalojarla del lugar. Le explicó en correcto francés que no estaba permitida la permanencia de turistas en el recinto, después de las horas establecidas. Ella, en su propio idioma trató de contestarle. Vano intento.
    Tratando de superar la dificultad, él la había tomado del  brazo y la conducía, con cierta brusquedad, hacia la salida. Entonces notó que ese simple contacto provocaba  un visible temblor en  la piel de la joven y en él, como respuesta, una excitación creciente y desenfrenada.
   Por su mente pasaron una serie de señales de peligro.
      Pero él ya no escuchaba la voz del sentido común. Ni siquiera la curiosidad de saber quién era y  por qué no se marchaba. Tampoco pensó en los  riesgos que implicaba   su presencia allí. Estaba poseído por un sentimiento que lo enajenaba.
       Sin pensar, casi sin darse cuenta de lo que hacía, se detuvo. Ambos se miraron  largamente, en silencio. De pronto, la abrazó estrechamente. Y cubrió  su rostro de frenéticos besos.
      Sus manos se deslizaron por el cuerpo esbelto y tembloroso, quitando el gastado ropaje que  la cubría. Entonces, se apartó un  poco y la contempló maravillado.
      — Dios mío!!Nunca creí que existiera tanta belleza! —exclamó
      Realmente la belleza desnuda de la mujer, bajo las luces frías del salón parecía algo irreal. La blancura de su carne ostentaba una claridad interior que la hacía destacarse de las cosas que la rodeaban. Y contrastaba  con la oscuridad de sus ojos y de sus cabellos.
     Extendió los brazos hacia el y los anudó a su cuello, mientras ofrecía sus labios, tiernos y pequeños a sus besos, ávidos, sedientos...
     Callaron las voces y habló la pasión de los sentidos encandilados. En un furioso gesto, también  las ropas masculinas  cayeron, como si fueran innecesarias barreras separando las pieles estremecidas. Una barrera imposible para el deseo de la carne joven,  exigente.
     Se amaron, ardientemente. Durante toda la noche. Con la furia de lo que se presiente efímero. Ninguno dijo su nombre. No se dijeron mucho en realidad. Apenas monosílabos  para rubricar la entrega. Hablaron los cuerpos, la carne incendiada y la magia de un momento que ya sabían irrepetible. En el silencio cómplice de las salas en penumbras que rodeaban el reducido espacio.
    Ella fue la primera en despertarse.
     La oscura vestimenta que llevaba puesta  la noche anterior, estaba en el suelo, como un lecho improvisado. Al igual que las ropas del hombre que yacía dormido aún.
     Levantó el traje  y se envolvió en  él, con un escalofrío. Fue  muy despacio hasta la otra sala, haciendo un ligero ruido con sus pies descalzos sobre las frías losas del salón. Una profunda tristeza  se había instalado en su mirada.
     Se detuvo para vestirse. Acomodó sus ropas  cuidadosamente, cubriendo cada centímetro de su piel con los pliegues de la túnica. Sólo quedaba a la vista su delicado cuello acariciado por el sedoso cabello oscuro y despeinado. Lo  arregló de prisa, alisándolo con los dedos.
     Hizo a un lado los cristales blindados y comprimiendo un poco su graciosa figura, entró en el cuadro. Una vez allí cruzó sus bellísimas manos de la manera habitual y a pesar de la tristeza que se apoderaba de su ánimo, trajo a su rostro la célebre sonrisa.
        En el interior de la pequeña oficina cercana, las cámaras de seguridad no captaban nada anormal, pero en el piso de mármol, el cadáver del sereno del Louvre comenzaba a enfriarse.