NARRATIVA 
Semblanza. Breve, muy breve semblanza.
Laura Farías se autonombra una tahúr letrálica, y escribe, como ella misma dice, “para sacar los ángeles y los demonios que amenazan ahogarla”. A los 11 años declamó su primer poema –de su autoría- en su escuela primaria y aunque nunca dejó de escribir, otros intereses la absorbieron. Fue hasta el 2002 que impulsada por sus hijos comenzó a mostrar sus poemas, (especialmente sonetos) sorprendiéndose gratamente por la acogida.
Como Tahúr, escribe en cualquier género –prosa, libre, métrica-, aunque siente especial predilección por el relato corto.
Desafortunadamente, no ha podido ser profeta en su tierra a pesar de sus varios intentos.
Participó en el poemario especial “Rósea”, Editorial Bohodón, que vio la luz en España el mes de julio del 2008. También en “Tarta de manzana y otros relatos”, de la misma Editorial y la revista Aldaba, de España, le ha editado trabajos en tres ocasiones.
También participa en el homenaje a Gabriela Mistral, en Chile, en el libro “Hoy cantamos con Gabriela” de Editorial Alba, y en diciembre del 2008 en complicidad con Gabriel Gómez (dibujante y escritor, aunque en esta obra sólo fue dibujante) editó de su propio bolsillo una edición limitada de “Solo para niñAs”, un libro de cuentos y poemas infantiles (dedicado a sus nietas) que espera subir próximamente a la red de forma gratuita.
Actualmente prepara una novela histórica con el mismo cómplice, Gabriel Gómez.
PIEDRITAS MÁGICAS
–¡Salió la ulna! –y palmoteó contenta mirando la luna, como una moneda redonda y lustrosa que colgaba justo arriba del jacarando.
Comenzaron las risitas y frunció la nariz mirando al viejo que con una mirada severa obligó a todos a guardar silencio.
–¿Qué dije? –preguntó casi con temor.
–Luna –dijo el viejo sin mirar a nadie. Nadie lo corrigió.
Tenía tiempo pasando. Ya tenía cinco años y hablaba bien, pero solía equivocar las palabras más sencillas, ulna por luna, codima por comida, luced por dulce… como ésas, muchas. El problema eran las burlas de los demás, razón por la que la niña comenzaba a callar, a decir menos y menos cada día, especialmente porque ella “sentía” que decía bien todo.
–¿Por qué digo mal las cosas?
Se la llevó al río, solos, él y ella.
–Creo que dices palabras hechizadas –dijo categóricamente.
–¿Hechidazas? ¿Como el gatito del cuento?
–Si, pero es fácil de quitar el hechizo.
–¿Cómo?
–Busca en el río tres piedritas mágicas.
No esperó, saltó al agua que apenas le llegaba a las rodillas y metió las dos manitas sacando un puñado de arenisca y piedras.
–¿Estas son?
Las miró atentamente y dijo:
–No.
En el siguiente puñado, se repitió el “no”, pero la tercera vez, el hombre eligió una piedrita redonda, pequeña como una canica y de color ámbar.
–Esta es. Busca las otras dos.
Fue más fácil sabiendo lo que buscaba, pero aún así, el viejo rechazó las piedras una y otra vez. Al fin, tuvieron las tres piedritas mágicas y regresaron a la casa.
–¿Y ya con estas piedras, voy a decir bien las cosas?
–Sí, pero tienes que hacer algo. Cuando digas mal una palabra, yo te lo diré porque como son hechizadas, tú no te das cuenta; entonces te meterás las piedritas en la boca y dirás cinco veces esa palabra y quedará sin hechizo. Debes tener cuidado de no tragarlas.
–¿Por qué?
–Porque debemos regresarlas para que alguien más pueda usarlas.
Meses después, devolvieron las piedras mágicas al río.
La niña sonreía. Ya no había palabras hechizadas.
TERAPIA ESCOBARIA
Lo miré despatarrado en la cama, roncando a todo pulmón y agriando el ambiente con su aliento avinagrado, tenía cardenales en el rostro y los ojos amoratados, hinchados.
Ya era costumbre: los sábados salía de trabajar y se iba al bar donde dejaba casi todo el sueldo y terminaba liado a golpes con cualquiera que lo mirara.
Era hocicón, el típico macho que termina revolcado ante otro de su misma especie. Llegaba como santo cristo a desquitar su frustración, su mediocridad y su impotencia sobre mí. Puñetazos y bofetones. Al principio traté de defenderme pero tres fracturas... bueno, comprendí que si no me defendía todo quedaba en bofetones y jalones de cabellos.
¿Divorcio? Ni hablar, la única vez que lo propuse... ¿Demandar? En los pueblos pequeños el machismo es una profesión, una cofradía.
Los domingos no laborábamos, la mañana era igual desde meses atrás, él a llorar, a pedirme perdón y jurar que no volvería a ocurrir y yo, a sanar sus heridas y las mías mientras fingía creerle.
Pero todo cambió esa noche que lo miraba dormir mientras yo sentía crecerme dentro una especie de navaja helada.
De puntitas salí al traspatio y regresé con la escoba; envolví el mango cuidadosamente con una toalla y así, a oscuras comencé a sacudirlo como si fuera un tapete, con golpes pausados para evitar que despertara. Gemía, se movía pero no despertó, y yo dejé de sacudirlo, guardé la escoba y la toalla y me tendí junto a él. Dormí tranquila como bebé.
Las cosas comenzaron a funcionar así: él llegaba ebrio y golpeado por sus peleas, me abofeteaba y cuando estaba dormido, yo lo sacudía hasta que mis brazos se cansaran. Más de una vez tuvo que quedarse todo el domingo en cama diciendo que se sentía “apaleado” y yo, dándole sopa le susurraba “ya no seas peleón, mira como te dejan siempre”.
Pero la impunidad es madre de la imprudencia.
Un sábado perdí la mesura, y entusiasmada con mi calistenia escobaria comencé a increparlo “anda macho, a ver a que te sabe”y palazo “que sepas que se siente” y palazo. Cuando más alegre estaba en mi terapia... abrió los ojos y se enderezó de golpe, justo para ver el palo en lo alto de mis manos.
Nos miramos a los ojos y dijo “¿qué haces mujer?” yo callada. Repitió la pregunta entredientes y yo dije serenamente “tienes una araña en la cabeza, ya sabes que me horrorizan” y dejé caer el palo. Se fue dejando caer en la almohada.
Por las recochinas dudas esa noche me dormí en el baño atrancada a cal y canto. En la mañana, cuando con todo cuidado me asomé, ya se había marchado. No volvió, y dos días después su abogado trajo la petición de divorcio.
Incompatibilidad de caracteres, dijo.