Jorge Gómez Jiménez. Escritor venezolano (Cagua, Aragua, 1971). Dirigió entre 1989 y 1990 la Peña Literaria Cahuakao, en Cagua y, entre 1990 y 1993, el semanario El Tabloide, de la misma ciudad. Desde 1996 edita en Internet la revista literaria Letralia.com, la primera publicación cultural venezolana en la red, y desde 1997 desarrolla actividades culturales en la Asociación Civil Pie de Página, de Maracay.
Ha obtenido el primer lugar en los concursos de narrativa Semana de la Juventud (Ateneo de La Victoria, 1996), Poeta Pedro Buznego (Casa de la Cultura de El Consejo, 1997) y en el X Concurso Anual de la Universidad Central de Venezuela (Maracay, 2002), así como el Premio Nacional del Libro de Venezuela 2007 por la revista Letralia.com (Caracas, 2009). Además, obtuvo el segundo lugar en el 3r Concurso de Mini-Cuentos Los Desiertos del Ángel (Secretaría de Cultura del estado Aragua, 1998), una mención honorífica en el XXIII Concurso de Relatos Ciudad de Zaragoza (España, 2005) y ha sido finalista en dos ocasiones, con la revista Letralia.com, de los premios Stockholm Challenge (Estocolmo, Suecia, 2006, 2008). Su novela El rastro, publicada en Internet en 1996, recibió en 2007 el puesto Nº 32 en la lista “Las mejores 100 novelas de la lengua española de los últimos 25 años”, de la revista Semana, de Colombia.
Escribe narrativa, ensayo y poesía, aunque también ha incursionado (en menor medida) en la dramaturgia. En narrativa ha escrito novelas y cuentos; en ensayo, ha abordado investigación literaria y reflexiones sobre la influencia de las nuevas tecnologías en la literatura; en poesía se decanta por el verso libre. En cuanto a la temática, ha escrito literatura fantástica pero también mucho de realismo, y en uno y otro caso suele enfocar el texto alrededor de las relaciones humanas.
Los autores que decididamente han influido en su obra son Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Boris Vian, Franz Kafka y Roberto Bolaño.
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REVISTA
Tierra de Letras
La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Página personal: Jorge Gómez Jiménez
Blog: JorgeLetralia
Notas marginales sobre literatura y temas afines
E-mail: jgomez@letralia.com
PUBLICACIONES
LA EDUCACIÓN SECUNDARIA VENEZOLANA:
UN MUERTO SIN DOLIENTES
DIOS Y OTROS MITOS
LOS TÍTERES
PRÓXIMOS
EL RASTRO _________________________________________________________________________________
CIERTAS PATOLOGÍAS
Entraron enloquecidos, vibrantes, ebrios de sí mismos, tropezando con todo, lanzando a la alfombra lámparas y juegos de llaves y joyas minúsculas y muy molestas bajo los pies, inventando maneras ilícitas de desvestirse sin interrumpir los besos, olvidando rigores esenciales del confort como encender el aire acondicionado o bajar las luces, delirando en el primer contacto cuando la piel desnuda parece un manto de terciopelo pues aún no ha sido lubricada por el sudor, agotando gratificantes posturas y gimientes aullidos y torturantes pellizcos antes de alcanzar el largamente postergado clímax. Descansaron unos minutos evitando ser vencidos por el sueño para asearse, ella se levantó primero y él pudo voltear para admirar ese maravilloso y escultural y ondulante cuerpo y decirse no puedo creer que he estado dentro de ese volcán, y cuando ella se perdió tras la puerta del baño él buscó con la mano el botón del aire acondicionado e hizo ademán de levantarse, aunque realmente encendió un cigarrillo que fumó a grandes y cansadas y satisfechas bocanadas mientras pensaba en su suerte. Él había entrado al restaurante nada más a orinar y ella estaba solitaria sentada en una de las mesas, y cuando él pasó de regreso ella lo miró amenazante, feroz con sus ojos de almendra y sus pómulos pronunciados y su piel oscurísima y él se dio cuenta entonces de que había una orquesta y algunas parejas bailaban, ella asintió como si él hubiera tenido tiempo de invitarla y bailaron muy juntos, conversando sólo lo indispensable, alterando el ritmo natural de la música con impulsos propios, decidiendo ahí mismo la fuga a recintos más íntimos. Cuando ella salió del baño ya el cigarrillo estaba en franca agonía y él quiso acotar lo mucho que le habían excitado ciertos gemidos que ella desbocó durante el clímax, cuando sus ojos parecieron despedir lenguas de fuego y todos los vellos de su piel se erizaron y sus uñas intentaron peligrosamente rasgarle la espalda y su cuerpo se convirtió en una oscura túnica ondeante sobre él, pero prefirió asearse antes y así a su regreso iniciaría una conversación digna del momento y aprovecharía para explorarla un poco y saber de ella y quizá hasta prepararla para una nueva y más fogosa andanada. Tomó una ducha rápida previendo que ella podría estar cansada y se dormiría si él tardaba mucho, y sonrió secretamente cuando volvió y la encontró recostada en una postura sugerente y terminando un cigarrillo, y siguiendo su pequeño plan habló de los gemidos que le habían excitado tanto y ella esbozó una sonrisa diminuta y lo atrajo hacia sí y le dio un largo beso, y le dijo con voz muy baja como si estuviera confiándole un secreto que siempre que se acercaba al clímax se transformaba, quizás porque estaba condenada desde niña a ser una pantera, y él rió la ocurrencia y encendió otro cigarrillo y se levantó de la cama para traer un vaso de agua del que ambos bebieron con avidez. No tardaron mucho en estar dispuestos para la segunda sesión y esta vez sí cuidaron los detalles, y él pudo a media luz ver cómo a ella se le distendía la mandíbula y entre sus dientes blanquísimos su lengua palpitaba como un animal con vida propia y en celo, y pudo disfrutar de los contrastes cromáticos del cuerpo monumental en el que estaba entrando y del contraste sensorial del aire frío con su cuerpo en ebullición, y se excitó hasta el borde de la depravación cuando ella lo asió con sus manos y sus piernas y en ágil maniobra cambió de postura y lo lanzó contra la cama y se alzó sobre él, y sus ojos y su piel y sus uñas y su cuerpo en su totalidad empezaron de nuevo a estallar. Se asearon juntos y con expresión satisfecha y quizás con prisa porque deseaban dormir un rato antes de un eventual tercer encuentro, y ella le preguntó si de nuevo le había parecido que se transformaba, y él la besó y le ratificó su impresión y hasta se permitió bromear y llamarla mi pantera, y ella hizo un mohín y se lamentó de que él no creyera que realmente estaba condenada desde niña a ser una pantera, pero le prometió que si no opinaba al respecto le contaría con gusto su historia en la cama, y él puso como única condición que tras la historia vendrían al menos unas pocas horas de sueño antes de la siguiente sesión. Ambas promesas fueron cumplidas, pues ella contó su historia y luego encendió un cigarrillo y él no dijo nada excepto las buenas noches, y mientras se deslizaba plácido a las más profundas regiones del sueño pensaba en la locura de ciertas gentes y en ciertas patologías que inducían a las personas al vano juego de intentar convencer en relación a la veracidad de historias absurdas como la de ella. Decía haber apedreado cuando niña al pequeño perro de la vecina hasta darle muerte, decía que esa noche dos enormes perros entraron por la ventana de su cuarto y le hablaron en forma pausada y con educación pero severamente, decía que los perros que la habían visitado eran algo así como representantes de la autoridad animal, y decía que ellos la habían condenado a ser una pantera cada vez que sus más remotos instintos afloraran, y él como es natural no creyó nada pero había prometido no opinar y hasta una sonrisa habría sido una opinión y simplemente viró sobre sí mismo y se durmió. Ella no estaba cuando las horas cumplieron el ciclo en el que exterminan a la noche y los policías irrumpieron en la habitación, y el empleado que les había cobrado y dado la llave dijo que era extraño porque estaba seguro de que el hombre muerto con la espalda rasgada como si hubiera sido de papel había entrado con una mujer alta y de tez morena, y aunque alguien que sirvió de testigo dijo haber oído el rugido de un felino salvaje y ese testimonio permitía elucubrar coherentemente que la mujer había sido llevada fuera del hotel por la fiera, no se encontró otro cadáver en las cercanías ni hubo manera de explicar qué diablos hacía una pantera en pleno centro de la ciudad.
NUEVOS RECUERDOS a nineth El lunes nos conocimos. Me deslumbró un lunar en uno de sus labios; a ella mi expresión un poco triste. Caté su mirada de fuego y sentí estremecerme al recordar otras miradas que de manera similar alguna vez me estremecieron; cató mi voz y sintió que debía cruzar un puente y avizorar nuevos misterios y construirse una vez más alrededor de mi mirada como ya lo hiciera antes, en otros ámbitos. El martes hicimos el amor. La imaginaba blanquísima y no lo era tanto; imaginó que habría flores y no hubo. Temí que la música no fuera la adecuada, pero terminó dictando compases que nuestros cuerpos siguieron envueltos en rubores; esperó que mis manos fueran poderosas garras pero sólo planearon en caricias que pretendían ser tiernas. El miércoles hablamos del pasado. Me contó su historia triste y su historia feliz; le conté la mía sin que notara que era triste. Sé que conscientemente suprimimos ciertos detalles que nos habrían impedido la convincente exageración de otros; encendí un cigarrillo y su copa quedó vacía y sonreímos imaginando que todo nuestro pasado era no más que una excusa para estar al fin juntos entre copas y cigarrillos. El jueves dimos un paseo. Descubrí que le gustaban los niños; descubrió que me encantan los dulces. Nos sentamos en un banco y abrazándome leyó una historia acerca de dos amantes que se abrazaban sentados en un banco; las finas gotas de una lluvia vespertina hicieron que su piel resplandeciera y hundiendo sus dedos en mi cabello me pidió que la besara y que no olvidara jamás aquel encuentro. El viernes nos evitamos. A propósito mantuvimos la expectativa y nos contuvimos; amasábamos gozosos el secreto placer de vernos con ansias al día siguiente. Pasé la noche buscando en vano rasgos como los suyos entre gentes feraces que reían a costa de obligarse a olvidar esos parajes turbios de la vida que hacen insoportable el recuerdo; su noche fue también un feliz insomnio tras el cual creyó deducir que el amor es luz, celebración, conmoción y deslumbramiento, mas en ningún caso sacrificio. El sábado conversamos en torno al futuro. Me habló de sus esperanzas y le hablé de las mías; construimos arduas hipótesis sobre cómo sería juntos. Sus labios sonreirían entre mis besos y el tibio brillo de sus ojos daría calor a mi cuerpo aun en la oscuridad de su ausencia; mis manos franquearían abismos y podarían rosales dándoles las formas del fuego y harían muchas otras inauditas cosas y no sería más que en su homenaje. El domingo la asaltaron mis fantasmas y la destruyeron. Fui torpe y quizás algo brusco; se marchó triste pero decidida. Ajenos al gusto por las despedidas ni siquiera nos miramos evitando, de esa manera, mayores estragos y pérdidas irreparables; multitud de puentes que cruzar y nuevos misterios que avizorar avanzarán hacia nosotros a un ritmo incesante, y quizás algún día mis fantasmas se aburran y quizás será inútil, pues ella se habrá construido alrededor de otra mirada que la estremezca como esta vez la mía. Ayer fue lunes y los nuevos recuerdos me pusieron un poco triste. __________________________________________________________________________________
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