Foro de los escritores de Biblioteca Digital Siglo XXI

Consejo

No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
Juan Carlos Onetti

Destellos

Cada lector busca algo en el poema y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.
Octavio Paz
 
*****
 
En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano.
Camilo José Cela
 
*****

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ISABEL ALI

NARRATIVA    

 


 Hacer una autobiografía resumida es una tarea titánica que no me animo a asumir. Porque hay poco para contar si una debiera relatar situaciones cumbre y mucho que decir si se trata de lo cotidiano. Si hubiese sido precavida al respecto, me hubiese dedicado a enfrentar situaciones interesantes que transcribir ante mis nietos y la posteridad, como escalar cordilleras o ser adicta a algún deporte de riesgo. De modo que tendrán que conformarse los lectores con saber que existo, que me llamo Isabel Ali y que nací en Buenos Aires, aunque con Córdoba nos hemos adoptado mutuamente. Escribí cosas… sí. Y sigo escribiendo. Es el destino de los que nacimos para escribir, un destino sin escapatoria.  Así visito publicaciones digitales y me integro en antologías, de puro metereta. Y hago Susurro de la Sierra, una  revista infantil de distribución gratuita porque sigo creyendo que en los niños está el secreto de la verdad, a puro pulmón. 


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EL OJO DEL CIELO

 

Finalista del concurso internacional de cuentos infantiles 2006 de la Asociación Mundial de Educadores

 

Cuando ninguno, pero ninguno, de los abuelos de nuestros abuelos había nacido, la Tierra era un lugar en el cual, apenas el sol se escondía tras el horizonte, la gente se iba a dormir de inmediato porque todo se entenebrecía y las estrellas eran puntos celestes sin ningún brillo. En ese tiempo no existía la luna. La noche caía como una manta pesada sobre los campos y los ríos, y hasta los animales se metían en sus escondrijos hasta que amanecía.

Cuentan que, una tarde de verano, los niños jugaban a las escondidas entre los árboles. Las madres llamaron a sus hijos para que entraran a sus casas antes que la luz del sol desapareciera. Todos los chicos volvieron, menos Rafael.

Rafael se había dormido detrás de una roca mientras esperaba que descubrieran su escondite.

Cuando la mamá notó su ausencia, el último rayito dorado se escapaba tras las montañas. Los adultos salieron a buscarlo en la oscuridad. Pero era inútil... ¡la noche era tan negra! Rafael dormía profundamente y no escuchó que los hombres gritaban su nombre y tropezaban chocando con los pinos.

Entonces, las mujeres encendieron un fuego en un claro del bosque y, tomadas de las manos, le pidieron al cielo que las ayudara. El cielo lo meditó durante unos minutos y sintió que el ruego llegaba con tanto amor que era imposible ignorarlo. Al fin, decidió abrir uno de sus ojos. Era redondo como un anillo, blanco como la sal y brillante como una perla. El bosque se iluminó de pronto, como si estuviera por amanecer, y las estrellas refulgieron como espejos de plata lustrada. Los hombres encontraron a Rafael y se reunieron con las mujeres y los niños a admirar la belleza del resplandor.

Dicen que el ojo del cielo es la luna. Dicen que nunca más se cerró por las noches. Para que los hombres puedan encontrar lo que buscan.  Para que los niños no se pierdan. Y para que las mujeres recuerden que el cielo siempre concede aquello que el amor clama, con las manos unidas, cerca de una hoguera.

 


  

LA COLONIA DE MANDINGA

PRIMER PREMIO RAICES 2002  SAN MARCOS SIERRAS, ARGENTINA

 

 

     Sofía dormita a la sombra de la galería, con los párpados medio abiertos como todos los viejos, en esa semivigilia que no pierde detalle de la realidad circundante a pesar de entretejerse con los espectros escapados de sus sueños. Es así como percibe el relincho enlazado entre sus propios ronquidos. La potranca es briosa; relucen sus crines azul negras bajo los rayos del sol; se tensan sus músculos tras el cuero duro y tirante cuando trota su inquietud sobre la gramilla.

      Sofía trota junto a ella, pisoteando las azucenas, pintándose con el jugo de los pétalos, se recuesta y rueda con el vestido enredado, frágil y sedoso, la carne firme, la madurez brutal apretada entre los labios de amapolas.  Pero es un recuerdo que se cristaliza y se fragmenta, que se esfuma con el último bostezo.  Y un despertar denso y pegajoso la escurre sin clemencia, dejándola indefensa ante el azote del presente. Las nalgas blandas incrustadas en las tablas de la silla, la lobreguez de la flebitis reteniéndola e inmovilizándola, atada al paisaje de columnas tapizadas de ausencia, de dintel carcomido en humedad y tristezas, de techo entejado, de ventanas flameando cortinas y padecimientos, de puerta protegida por el mosquitero y los hartazgos, de Sofía sentada en la penumbra, de bastón a la izquierda y cabeza reclinada hacia la derecha. Todo dibujado de una vez, enmarcado en marrones y celestes, invariable tras el tul del sopor de la siesta.

        Un aleteo de oscuridades cruza el aire del verano derramando presagios: caranchos, los ángeles de la muerte que huelen la agonía desde lejos. Sofía ve por sobre su hombro a la yegua vieja esperando su hora, cerca del maizal, apenas sobresaltada su inmutabilidad por un espasmo repentino y cíclico; el pelaje opaco y deslucido, las crines ralas, las encías desfloradas, las pupilas vacías y grises. Como la primavera que se termina, como el durazno que se pudre sobre la tierra. El caballo la ha dejado abandonada a su suerte; ahora se dedica a seguir sus instintos y el olor de la potranca, a corretear tras aquella hermosura que rebosa salud y juventudes; a cortejar ese vientre fértil y virgen, huyendo de la decrepitud y la desgracia, rejuvenecido por el elixir del amor nuevo.

        -Mala muerte morir de soledades- piensa Sofía – menos mal que Dios es más piadoso con los humanos que con los animales.

        Desde algún lugar le llega el silbido de su marido, silba mientras machetea yuyos limpiando los alrededores. Se ha propuesto desmalezar el terreno hasta el borde del arroyo para que no aniden bichos cerca de la casa.  Él todavía se resiste al invierno de la vida, su cuerpo enjuto y reseco desquita las ansiedades a pala y pico, sus nudillos deformados siembran y cosechan, el torso desnudo y los cabellos níveos desafían al tiempo.

        Sofía tiene sed; revisa el horizonte con su mirada verdosa, golpea la ventana con el bastón. 

- Dónde estará esta chinita perezosa- se pregunta mientras intenta erguirse- Dónde se ha metido, si ya terminó de lavar la ropa... -  Las rodillas le pesan como adoquines, los tobillos le punzan con venas hinchadas anudadas unas con otras, las caderas le rechinan por dentro; se aferra al bastón y a las paredes, se aferra a la sed  que motiva y obliga. Maldice el instante en que la chinita llegó a la casa con su contoneo y su vagancia; maldice al marido que la trajo para que la ayude en los quehaceres y le consiente la haraganería.  La canilla se derrama cristalina; Sofía bebe uno, dos, tres vasos de agua.  Y ahora recorre las habitaciones en busca de la jovencita.  –Es hora de que alguien le ponga los puntos sobre las íes.  Es hora de que entienda quién manda en esta casa – repite; sus pies entumecidos reptan sobre las baldosas, las manos se crispan haciendo de cada mueble una muleta.  Cruza la galería jadeando, insultando en voz baja, prometiendo castigos, conjurando venganzas.  Bordea los muros con pisadas inseguras y grávidas.

        El ocaso hierve sobre la sábana verde del campo, una brisa caliente y sórdida viene desde el norte atravesando los nogales con hebras sulfurosas.

-La colonia de Mandinga- adivina Sofía -a la yegua le queda poco.

­  El maizal se tiñe de ocres como ensuciándose  de arena, la potranca mastica manojos de alfalfa con sonido de molino triturando, con dientes de nácar y marfil refulgente.  El caballo se ha quedado junto  a ella, atento a un signo, a la espera de que sus amores sean requeridos por la hembra, dispuesto a mostrarse vivaz y persistente en la conquista.  El silbido del hombre se ha apagado, no truenan ya machetazos sobre la cinta clara del arroyo; un silencio mordaz se enseñorea sobre todo.

Sofía detiene su marcha al escuchar la voz histérica de la chinita amarilleada de risas y suspiros.  Dirige las retinas curiosas allí donde nacen los gemidos y ve a su esposo de espaldas, con los pantalones caídos sobre los zapatos sucios y los glúteos flacos aireándose cadenciosos, abrazado a la muchacha como un mono trepando un tronco.  La pollera bamboleándose enrollada con las enaguas en la cintura estrecha, los muslos rozagantes; las palmas callosas y áridas del hombre sopesando los senos que brotan sobre la blusa, el costillar de la mujer doblegado sobre el piletón vacío.

        Sofía se mueve con la insólita rapidez de un gato, de su propio dolor le surgen las fuerzas; le nacen en los dedos garras afiladas y avanza feroz con articulaciones engrasadas en ira.  El machete surca la tarde y rasga el cielo anaranjado con un murmullo metálico y certero.  El hombre se parte en dos, desde el hombro hasta el riñón, como la diagonal que traza el río al pie del cerro lejano.  Un chorro de sangre moja los cabellos negros de la chinita, fluyendo sobre su cuello, empapando el corpiño como la lluvia empapa los pajonales en otoño.  Hay un fragor de alpargatas fabricando polvaredas en desesperada huida hacia el vado, musicalizado en clamores trágicos. Hay un tañir de cadáver golpeando tierra seca y allá arriba, cerca del cielo y de Dios, graznan los caranchos.

        Sofía retoma los pasos arrastrando los pies con pesadez renovada, se mueve con agujas en los talones y latidos de balazos  en las várices.  Los pulmones se quejan en cada inspiración; el corazón amenaza con salirse del vestido y rodar como una culebra moribunda; las sienes le pulsan.  La noche marchita el maizal con su oscuridad aceitosa.  Se deja caer junto a la yegua vieja.  La colonia de Mandinga flota en la brisa tórrida del norte.  La muerte, pacientemente, zigzaguea los nogales, se adelgaza para parecer ausente. Pero ahí está, cerca, muy cerca.

        -De esta noche no pasamos- murmura Sofía.

        Con la pupila fija en los caranchos:

- Tenés razón- parece querer decir la yegua.

 

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