Gabriel Impaglione. Poeta y periodista argentino. (Morón, provincia de Buenos Aires, 15 de enero de 1958.) Reside en Lanusei, Sardegna.
Publicò:
"Echarle Pájaros al mundo"- Poesía, Ediciones Panorama- Flandria, Buenos Aires- 1994; "Breviario de Cartografía Mágica"- Poesía, El Taller del Poeta- Galicia- 2002; "Poemas Quietos" -Antol. Editorial Mizares- Barcelona- 2002; En e-book "Todas las voces una voz- Universidad de Educación a Distancia, Madrid, 2002; "Bagdad y otros poemas" - El Taller del Poeta- Galicia- 2003; "Letrarios de Utópolis"- Poesía. Linajes Editores – México – 2004; “Prensa callejera”- Poesìa, La Luna Que, Buenos Aires, 2004; Participò en Antologìa “Canto a un Prisionero”- Edit. Poetas Antiimperialistas, Canadá, 2005; “alala”- Taller del Poeta, España, 2005, también en versión italiana; “Carte di Sardinia”- Uni Service.Trento- Italia. Poesìa, 2006; “Racconti fantastici, d’amore e di morte”- cuentos - El Taller del Poeta, Galicia, 2007, a cuatro manos con su esposa Giovanna Mulas; Participò en Antologìa “El sol desmantelado”, W.H. Auden revisitado - Albatro Press, Mèxico, 2007; Antologìa “Los treinta mil por los 30 mil”, Edit. Dunken, Madres de Plaza de Mayo, 2007. Argentina; “1825”, colecciòn poètica en formato electrònico- Editorial Alebrijes, Argentina, 2007; "Explicaciones con mar y otros elementos”- Poesìa. Uni-Service, Trento, Italia- 2007; “Otras Explicaciones”- poesìa- 0111 edizioni, Italia, 2008, ediciòn español / italiano; “Otras explicaciones”- ediciòn en español- Ala de Avispa, Mèxico, 2008; “Medanales, crònicas y desmemorias y otros enigmas”- narrativa- Eco Ediciones, Buenos Aires, 2008. “Del oficio de poeta /Do oficio de poeta”, poesía, muestra antológica de autor traducida al gallego; El Taller del Poeta, España, 2009.
Ha sido traducido al portugués, italiano, sardo, francés, catalàn, gallego, inglès, rumano y búlgaro.
Publica en innumerable cantidad de revistas literarias electrònicas y en papel de todo el mundo. Dirije la revista electrònica de poesìa Isla Negra. Co-organizador del Festival Internacional de Poesía “Palabra en el mundo”.
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AGUAS VIVAS
Se tiene memoria de tormentas tremebundas y, al respecto, se cuentan cosas increibles. Especialmente en las tradicionales reuniones de invierno cuando las lámparas se encienden minutos después de las cinco de la tarde y se apagan, entre bostezos, entrada la madrugada. Una vez fui invitado a una de esas mesas llenas de fantasmas. En pleno mes de julio, bajo las hachas de una lluvia que parecía echar abajo añosas arboledas. Ese mediodía la espesura de las nubes arrastraba una violenta capa de carbones. Todo estaba inquieto. Los animales giraban en círculos eléctricos y se arqueaban los altos eucaliptos con un quejido desgarrador. El mar parecía asomarse cada tanto sobre los pinares y habían huido los pájaros. El pueblo era una postal desolada. Fugaces correrías al almacén, velas, kerosene, galleta, yerba, esas cosas. Si algo dolía hasta encrespar los puños era el hondo silencio que entre las andanadas del viento caía sobre el pueblo. Malos presagios, repetían las ancianas asomando a las ventanas sus persignaciones. Clarividencia Natales ya lo había anticipado en la iglesia cuando medio pueblo esperaba al cura que oficiara misa. Tres horas de silencio respetuoso y luego debate sobre los profundos temas que preocupan a la comunidá, como anunció Chilo a unos empleados de la cooperativa eléctrica que andaban cambiando lamparitas, se cortaron instantáneamente cuando la voz de la mujer tronó desde un rincón oscuro del salón. “Acá se nos viene una, gorda gorda” había dicho. Y todos hicieron silencio y comenzaron lentamente a levantarse y regresar a sus hogares en medio de hondas incertidumbres. Esa mañana fuí a ver la fila de lanchas pesqueras amarradas a los eucaliptus del camino de entrada al vecindario. En cada tormenta se olía el peligro del regreso de la Gran Ola. Ví arrastrar las barcazas en enormes remolques caserío arriba, chorreando olas, huyendo de la costa como perros asustados. De vuelta a casa, en medio de un remolino de penachos de cortaderas y babas del diablo, apareció Chilo pala en mano, haciendo flamear su sonrisa con el saludo y la invitación. - Te me venís pa' las casa antes que anochezca y se desabroche el aguacero.- Llevaba un manojo de mulitas en la mano izquierda y la boina coronada de gotas de transpiración bajo una aureola de vapor plateado. Ensayó una breve reverencia: - Hoy cocina un... servidor. ¡Ni te imaginás el guiso, te vas a chupar los dedos che! No me faltés...-
La casa olía a salsa y leña. El vino brillaba mansamente entre anécdotas y quiero retruco. En la cocina jugaban naipes y cada tanto se mojaba el pan en la olla. En el comedor una ronda de botellas y relatos amenizaba la espera. Allí fue que Chilo, dándole tiempo a los herbores, sacó a relucir viejas historias de aguas vivas. No me resultará difícil recordar ciertos detalles. Los rostros relampagueando bajo las vibraciones de las lámparas, el murmullo de la lluvia sobre las chapas de zinc y el crepitar de la salamandra vuelven a mí cada tanto, dulcemente impregnados. El anfitrión, sirviendo generosamente de vaso en vaso vino tinto, trajo a la memoria una tarde de verano en la playa. Podía ver esa postal en sepia de mano en mano. - ... Y con el viento norte no solamente se enloquece el cristiano!- Dijo Chilo- El mar le pone sus aguijones a la calor. Debe ser algún maleficio de los pampas, pero cuando llega el viento norte se acabó el chapuzón pa' la gente- Chilo reía ofreciendo su boca abierta como un abrazo sincero. Le colgaban de la cintura las puntas de la camisa marrón que llevaba arremangada sobre los codos. - Yo dejo caer la carcajada cuando veo la multitú con cara de perder monedas asomandosé a la orillita pa' meter los pieces. ¡De miedo a las aguas vivas ni se mojan el dedo gordo! ¡Qué macanas! Yo ni las miro. Entro a la corrida en el océano y me zambullo nomás. Total... que piquen los bichos a ver si me traspasan este cuerazo curtido.- Luego de palmearse ruidosamente la espalda un sorbo de vino le sirvió de pausa mientras la audiencia, que lo imitó fervorosamente, soltó al unísono un saluti que quedó flotando en el ambiente por varios minutos. Chilo, que gesticulaba ampulosamente y cada tanto se acomodaba la boina desteñida, ensayó una pose afectada y con exagerado tono académico se dirigió casi en puntas de pie a los presentes, llevando el índice de su mano derecha hasta el mentón. - Me he acostumbrao... a las mismas... como decía...- Carraspeó sutilmente, miró de reojo a la audiencia y con profunda preocupación, preguntó: -¿Se me entiende, nomás?- Los hombres asintieron atentos, dominados por la expectante mirada del anfitrión. Aprovechó para ofrecerse un trago a fondo y continuó. - Decía, me acostumbré... a las mismas ... endispué de aquel loteo acuático que hizo un tal dotor Pérez Mangalarga o algo así... ese imobiliario de pañuelito al cuello que vino de Buenos Aires ¿se acuerdan? Ahí me acostumbré. ¡Y claro! Un mes entero marcando con piolines trenzados, bollas de vidrio y flotadores de colores, los terrenos sobre el mar pa' que la gente se pudiera ubicar sin necesidá de meterse pa'dentro. En ese tiempo me picaron tanto que me inmundicé. Con decirles que nunca más ni me molestaron esos filamentos apocalíticos. Me dijo Doña Clarividencia que los piolines tienen una baba que si se pone a hervir unos días con jugo 'e tuna sirve pa' matar hormigas... ¡bah! No sé, me dijo nomás.- Entre los presentes se convidaron cigarrillos. La espesura del humo cerraba aún más la rueda del relato. Chilo secó su transpiración con el ajado pañuelo apretado en compacto bollo que metió descuidadamente en el bolsillo de la bombacha. Se apoyó en la pared para continuar desatando sus memorias. - Yo no me acuerdo bien ahora cuando fue pero una vez, nadando adentro como dos mil metros pal' África, ví una cosa como de cincuenta metros, toda redonda y transparente, con unos flecos flotando que parecían chorizos por metro. El maestro me dijo que no había aguas vivas tan grandes pero para mí que lo que ví era la madre de todas las aguas vivas. ¡Qué lo parió! Aproveché una ola y me le subí de un salto.- Los invitados abrieron los ojos con tanta sorpresa que se podía acodar uno en la expectativa. Chilo continuó su relato advirtiendo cierta magia en semejante silencio. - Era pegajosa al principio... gelatina refalosa, pero cuando acomodé los pieces en el medio del animalito y encontré el equilibrio me pareció ir en uno de esos sulkis de los romanos y con viento a favor. Hice no sé cuantos kilómetros ahí arriba saltando olas... ¿Cómo se dice? ... ese asunto de su sur... surfilar, que le dicen los muchachitos, bah. Hasta que me cansé de andar parado y me tiré boca arriba pa' navegar contemplando el firmamento. ¡Ni mú el espécimen! Dispué me abajé de un salto como había llegado, pa' volverme nadando a la costa. Bicho manso... ¿Y quién andaba diciendo que atacaban al cristiano? ¡Macanas!- Se levantó para revolver la salsa y echar una mirada sobre la gran olla donde hervían las mulitas. En el comedor no voló ni una mosca. Nadie se animó a decir palabra. Sólo el tímido sonido de los vasos y afuera, la lluvia. Cuando Chilo volvió se escapó un rumor y las miradas regresaron sobre él, magnetizadas. Emanaba cierta autoridad su presencia, su mirada aguda y vivaz. - Tendría que buscar el cuadro que me regaló un turco bravo que andaba por acá hace tiempo sacándole fotos a la paisanada. Un domingo se fue con ese armatoste a la playa y se la pasó a los fogonazos. ¡No quedó gaviota con la humareda! Después se vino a matear a las casa y me dió la foto que le había pedido de los Ordoñez, todos sentaditos en la arena abajo de una sombrilla gigante. Si les dijera que se habían hecho la sombrilla con un agua viva ustedes no me creerían. Buena sombra pero el problema es que con el correr del tiempo se les fue achicando, y claro, yo les dije en aquella oportunidá: miren que se achicharran fácil. ¡Eche agua Don Lino, se va a quedar sin frescor ahí abajo! El morocho se reía... ¡pero dicho y hecho! Donde el sol empezó a pelar las patas, chau bicho. Se fue derritiendo hasta quedar como un chinchulín quemao en la parrilla. La gente terminó una encima de otra buscando sombra. Y bueno, salga a pescarse otra, le dije. Y ahí el Lino me confesó que se la había comprado al Nielsen hijo, que salió con la pesquera y en las mallas se le enredó esa cosa. Y como ese gringo no deja pa' mañana lo que puede vender hoy, ahí nomás le hizo precio al porteño.¡Cosas que pasan! No fue el único que hizo plata con ese ...-Chilo interrumpió el relato para sacarse una alpargata y de un golpe certero aplastar una cucaracha negra que merodeaba por debajo de su silla. - Animalito de Dios... digo que decía.- Volvió a calzarse y encendió un cigarrillo mientras que con un ojo miraba la olla en la cocina y con el otro se detenía en cada espectador haciendo sutiles guiños cómplices. - La cosa es que nadie hasta ahora les encontró ni explicación ni uso. Uno a un pescao se lo come y listo o lo usa pa' encarnar, el caracol se come o se vende al turismo....tantas cosas! Pero... ¿a las aguas vivas?- Los hombres, mirándose entre sí, tampoco encontraron la respuesta que buscaba Chilo. - Cuando éramos muchachitos, acá más de uno se debe acordar, jugábamos al embocálacosa... ¿se acuerdan?- Me miró con picardía y me dedicó la explicación: -Poníamos un palito de tamarisco seco clavado en la arena, le sacábamos punta y dábamos doce pasos pa' trás cada uno con sus bichos en la mano uno arriba del otro como tortafritas y después al turno, tira uno, tira otro, el que pinchaba más cosas ganaba. ¿Se acuerdan? ¡ Ja!- Rieron nostálgicos pero nadie se animó a agregar palabra, era el dueño de casa y había elegido un tema como aperitivo. Luego supe que el anfitrión de esta ronda de cenas se hacía cargo de un relato como entrada a la comilona. Una vieja costumbre que se perpetuaba de padres a hijos. - El Vasco Lo Presti hizo la prueba, un día de sol que partía la tierra, de sacarle jugo a mesejante riqueza inútil. Se hizo de cuatro aguas vivas gigantes, pero más chicas, o sea menos gigantes, bah. Más o menos de dos metros, una cosa así centímetro más centímetro menos del altor de una puerta de casa común... ¿no? Las puso a secar entre una chapas lisas, dos y dos, una sobre otra bien estiraditas. Las tuvo así una semana al sol hasta que despegó las chapas, se las llevó rodando hasta el galpón y las atornilló al sulky pensando que iba a funcionar la cosa sin problemas. El invento lo veníamos discutiendo con el Vasco y el Tano Olarticoechea. Difícil que le resulte, decíamos, porque esos bichos son mañeros, donde caigan dos gotas se iban a enfrescar de nuevo y convertirse en gelatina, pero, no es cosa de ser pajarón de mal aujero...- Hizo una pausa, al notar que intentaba señalarle que los apodos me parecían cambiados. Me miró, exhaló con suficiencia y desbordando paternalismo me dió su explicación. -¿Sabe que pasa m' hijo? Los muchachos de aburridos nomás se cambiaron los alias pa' preocupar al pueblo. No había por esos días tema de conversación así que pa' hacer una contribución generosa acordaron el trueque. ¡Donde nunca pasa nada, semejante cambio de identidá es una bomba! El Olarticoechea dejó de presentarse como alias Vasco y el Lo Presti hijo se olvidó de hacerse llamar alias Tano. Se quedaron con los entre parentise al revés, dijo el milico confundido. ¡Imaginesé! Todavía se habla... no sabe la de historias que se armaron desde esa vez... un día las voy a contar.- Algunos asintieron con la cabeza, seriamente callados, como si la memoria trajese el vivo recuerdo de alguna tragedia remota. - La cosa es que, decía, ajustó los bichos endurecidos a los ejes del carro y le ató la Princesa, bien empilchada pa' sacarla por la calle principal. Parecían ruedas de lujo! Grandes, medio trasparentes... amarillitas... ¡Una preciosura! Nomás hizo una cuadra se le doblaron pa' dentro las pobres y se vino el sulky con Vasco y todo pa' una zanja. De ahí no volvió más sobre el tema. ¡Bicho e' mierda! Decía cada vez que se cruzaba una en la playa.- Soltó una carcajada, como si de improviso se le hubiera escapado de los labios un gran pájaro plateado, y se quitó la boina para rascarse la cabeza. - La risa me da la calor en la sesera...-Volvió a acomodarse la boina con un preciso movimiento de adelante hacia atrás, mientras alcanzaba su vaso casi vacío. No necesitó pedir la jarra en la que flotaban dos rodajas moradas de limón. Bastó que dejase el vaso sobre la mesa para que una mano solidaria lo llenara al instante. Miró satisfecho y rascándose el pecho continuó. -Yo no sé... p'algo han de servir.... algo se comerán que es necesario pa'l bichaje en general, no puede estar tan al cuete un espécimen sobre la tierra. Acá las íbamos a llamar Tertulio, por el menor de los Torrecilla que no trabajó nunca ni en la peor de sus pesadillas, pero nunca prosperó la idea.- Todos rieron, sabedores de las historias de Tertulio, ave nocturna al que se le conoció una sóla ocupación: bebedor inclaudicable de cerveza. Chilo también festejó la ocurrencia sorbiendo de su vaso con el meñique nerviosamente extendido. - Cuando vino al pueblo el general Piras con los rebeldes en esa caravana por la independencia de la pampa húmeda que al final quedó en nada, se interesó mucho por estos bichos y le encargó a uno que tenía ahí medio de chupamedias, sin hacer nunca nada, un tal Marechal, tipo raro que se la pasaba hablando y hablando sin mover el culo de la silla, que viera si servían pa’ alguna cosa esas especies marinas... creo que el general estaba pensando en fabricar esa arma letal o algo así que siempre andan bocinando los diarios, pero nunca se supo. Ese Marechal dicen que se puso a lloriquear cuando el general le pidió las esplicaciones que le había ordenao encontrar... que era medio bueno pa’ los mandados y ni pa’ pispiar servía y esas cosas le dijo delante de todos... en fin... La cuestión es que no prosperó el proyeto. Yo digo que menos mal que las animalitas no andan siempre por el aire! Si no, no se salvaban ni los gorriones de las picaduras. Me acuerdo que hubo una tormenta de la santamadona una vez... ¡venía del mar mesejante viento que los cachalotes andaban rebotando por los médanos como vejigas infladas! Ese día, y acá no me van a dejar mentir, era una plaga de aguas vivas el pueblo, juepucha! Andaban por todas partes, colgando de los árboles, en los techos, aplastadas contra las paredes. Teníamos que andar con paso de plomo, al menor descuido se le enchastraba la jeta al cristiano con uno de esos moluscos. Después que pasó la tormenta no quedó ni una en el mar y menos mal que no llovió por un tiempo, porque el agua las iba a resucitar en las cunetas y ahí sí que se iba a poner negra la cuestión. Las cosas que han pasao...- Se acomodó el cinturón echando una mirada sobre la cocina. Rascándose con un escarbadiente el oído izquierdo continuó su relato. - Fue igual que con el proyeto de la Comisión de Turismo, Cultura, Truco, Pesca y Protocolo, que se había empecinado en levantarle un molumento en la costa. Querían empezar una coleta pa' comprar cemento y ladrillos y hacerle una coluna de tres metros de altor con el agua viva arriba de todo, como una sombrilla ¿se dan cuenta? Pero todo fue al diablo cuando se tuvo que discutir el asunto de la placa pa' ponerle. ¿Qué se le escribe a un molumento semejante? ¿Acá yace el monolito al agua viva en honor a tanto valiente bañista caído en ación bajo sus picaduras insidiosas...? Me parece algo incorreto.- El silencio se estiró en la habitación sobre las figuras de los hombres. Como las sombras en una vieja foto de rostros mal iluminados. Quedaron inmóviles, llenos de preguntas definitivas. - ... El delegado, en un ato público en recordación del centenario de la visita del general Piras al pueblo dijo, hablando de estos seres marinos, que eran antipopulares porque es el bicho más repunante de la costa y qué sé yo cuántas cosas más. Se mandó un discurso de cuatro horas. Como todos se quedaron dormidos, cuando terminó de discursear endespertaron y nomás se miraron, rajaron cada uno pa' las casa. ¡Se habían olvidado el motivo de la reunión! En fin, y no sé, mire - me dijo- si sacan ese tema a relucir capaz que uno de estos cabezones que tenemo de gobierno saca ley de molumento y púfete! Inauguramos atración turística.- Chilo hizo una pausa. Apoyó la boina contra su pecho e inclinando la cabeza se concentró en el perfume de la salsa que llegaba como música desde la cocina. Inspirando miró la olla. - ¡La tronera se me enllena de buenas noticias! A comer, ya hay olorcito... con permeso. - Un cerrado aplauso coronó el relato. Orgulloso, agradeció a la concurrencia abriendo los brazos e inclinando la cabeza repetidas veces. La cena transcurrió animada bajo el rumor de la llovizna que fue arrastrada por un viento frío y tenaz, casi a los postres. Regresé a casa poco después del alba. Desde entonces no olvidé, salvo algunos pasajes irrelevantes y otros momentos que no vienen al tema, cada detalle de la reunión que acabo de traerles y todo lo que se contó después. Aunque, claro... esto ya es otra historia.
De: Medanales: crónicas y desmemorias / y otros enigmas.- Eco Ediciones, Buenos Aires. 2009.
DESPUÉS DEL DESPUÉS
Lapidario Guzmán ni abrió la boca. La noche se hizo un muro sin límites alrededor del grupo y si algo hubiera sucedido luego, no sé, una gota del vaso de Sisemio deslizando su azafrán hasta la tierra, o el aliento haciéndose espada en el aire, el tiempo -- ese frágil aliento a veces-- se habría partido en tantos infinitos paisajes, que hoy la historia sería diferente.
Los jueves a la tarde vestía su guardapolvo azul y entraba al galpón de las estrufallas. Encendía la luz negra y se dejaba llevar por el largo corredor mirando una a una las celdas pequeñas y malolientes. En el final del húmedo pasillo una enorme biblioteca desierta custodiaba el escritorio de metal sobre el que se apilaban carpetas, cartuchos del 14 y la tímida constelación de botones rojos del tablero de seguridad de las jaulas. Sentado, reposaba las piernas en una pequeña banqueta azul mientras afuera la noche comenzaba lentamente su gobierno implacable. Así sus cuatro noches mensuales, percibiendo el seseo de los machos dormidos, el áspero roce de las patas escamosas en los acorazados cuerpos.
Cada tanto una luméndrola trazaba su hilo de baba fosforecente en la sombra y al segundo, inexorablemente, el chasquido, un gemido después casi imperceptible, y más tarde el sordo estertor del final. Y las endiabladas mandíbulas de alguna estrufalla rechinando en el saboreo agridulce, bañadas de cierta baba fosforecente que se evaporaba de a poco hasta no ser sino una sombra más en el sopor de la oscuridad. La rutina de los jueves por la noche. Gino intentó cierta vez combatir la elástica constitución de las horas instalando un pequeño televisor en el escritorio. A la mañana siguiente lo encontraron paralizado, casi verde, con los ojos desorbitados y extrañas palabras inconclusas prendidas de la boca.
Se lo anticiparon, pero él no entendía mucho de esas cosas. Pensó que sólo trataban de justificar sus exigencias, de tenerlo atento en un filo de tensión casi insoportable. No fue capaz, en su ceguera, de entender porqué las guardias un día a la semana, y que cada noche otro como él cumpliera la tediosa rutina de esperar el amanecer detrás del escritorio, en la oscuridad, en completo silencio, con una escopeta de dos caños siempre a mano y el inyectable de efecto súbito para estirar por unas horas sus posibilidades de supervivencia. “Rayos catòdicos, rayos ultravioletas, rayos de cualquier cosa igual, luz intensa: peligro inminente” le habìan dicho aquella lejana primera noche.
Cuando entonces le preguntaron por su experiencia, la rica historia de Gino en los suburbios abandonados, sus andanzas por los graves galpones del ferrocarril y la derruida zona industrial bastaron para ganarse el puesto.
Otros tiempos. Las estrufallas no habían evolucionado todavía, se arrastraban como babosas gigantes por los ángulos sombríos, cazando luméndrolas y pequeños escorpiones de aceite, y nada hacía prever que la nueva especie alcanzara semejante desarrollo. La mutación, repetía casi kafkianamente un viejo profesor universitario de Biología. Gino no entendía de mutaciones, nuevas especies, apocalipsis y largas caravanas de sobrevivientes hundiéndose en el sur ignoto, y ya de tan depredado casi inhabitable. Él se había negado a abandonar su territorio, su vastedad de rincones, su intrincada red de pasadizos y refugios. Después de aquella luz enceguecedora y el viento de piedra que arrasó los primeros barrios, luego de la nieve roja cuando ya todos los rumores habían sucumbido, la piel de corteza centenaria era suficiente protección ante mordeduras de frio y alimañas. Con las semanas adquirió un sentido auditivo envidiable para captar el mínimo roce de una presa sobre cualquier superficie. Luego le llegó como un don maravilloso el olfato más agudo, bestial, exacto que pueda imaginarse. Mientras todo parecía suspendido en el tiempo, e iban y venían hombres embutidos en trajes especiales, Gino perseguía su almuerzo, mirando a la distancia grupos de hombres empeñados en la reconstrucción de lo posible. Fue acercándose de a poco, hasta que alguien ganó su confianza, y luego otro, y terminó colaborando en un escuadrón de gente como él, hechos a las nuevas circunstancias.
La primera estrufalla evolucionada lo acorraló una mañana en un corredor de la Superintendencia del Ambiente, donde desmontaban artefactos eléctricos. Alcanzó a hundirle un destornillador en el pecho antes que la bestia le llegara al cuello. Allí supo que la historia no sería la misma.
Entonces, durante las guardias, muy luego, cuando aquel contrato, la escopeta de dos caños estaba siempre a mano. Pero no entendía demasiado. No alcanzaba a comprender el porqué de esas celdas, la razón imbécil de mantener vivos los últimos ejemplares de la especie.
En lo que fue el centro de la ciudad el vértigo de los andamios aceleraba día y noche la nueva geografía. Dentro del perímetro enrejado crecían jaulas gigantescas y laberínticas galerías cerradas. En uno de los pabellones se expondrían las bestias, detrás de triples cristales de máxima seguridad.
Él no entendía ciertas cosas. Fue un jueves, tal vez entre sueños avanzada la noche, de una fosforecencia a otra en el galpón a oscuras. Comenzó a verse estrufalla, último eslabón de la evolución mutante, fiera descompuesta en tantas otras versiones cada vez más monstruosas. Y un relámpago de idea que lo fulminó detrás del escritorio, con las piernas abatidas en la banqueta azul y todos esos cartuchos del 14 frente a las narices. Rascó la piel casi fósil de su mano izquierda y encendió todas las lámparas. Un gemido, primero, después el creciente bramido de las criaturas que lo empujó a la escopeta. Pulsó la cerradura electrónica de cada una de las celdas desde el tablero del escritorio y esperó, con la vista en ningún lugar, el rumor compacto de las pisadas sobre el pasillo.
Fue la lucha por una luméndrola, el forcejeo silencioso, un estampido luego. Y la boca chorreándole una baba fosforecente. Más tarde otro silencio, diverso, espeso, maloliente, como una niebla en el galpón vacío, alrededor de las huellas compactas perdiéndose en la noche. Tal vez como una lenta caravana de sombras inexplicables siguiendo a respetuosa distancia al macho alfa de brazo armado. Y muy después los gritos, entre quejidos y plegarias, lejos, entre los andamios. Lapidario, Sisemio y los otros dos operarios de la grúa, casi sin respirar, vieron la carnicería desde la altura. Esperaron tres días entre una nube de carroñeros y todos los inexplicables porqué a mansalva. Fue Lapidario quien les narrò la historia de la hecatombe a los tres jòvenes aterrorizados. Lapidario fue memoria de una humanidad arrasada lentamente, gota a gota cayendo a los cursos de agua desde los tubos del apocalipsis. Y despuès la bomba... y despuès....
La patrulla allá abajo les dio coraje para descender a lo que quedaba del infierno.
De: Racconti fantastici, d’amore e di morte. El Taller del Poeta, Galicia, 2007
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