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No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
Juan Carlos Onetti

Destellos

Cada lector busca algo en el poema y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.
Octavio Paz
 
*****
 
En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano.
Camilo José Cela
 
*****

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ENRIQUE CATELLI

NARRATIVA    


 

Enrique Catelli. Montevideo, Uruguay, 1966. Desde hace más de veinticinco años reside en Buenos Aires, Argentina.  

 

Poeta, escritor, periodista y librero.

 

Ha colaborado en varias revistas culturales y de consumo. 

 

En el 89 fue seleccionado en la Primera Bienal Hispanoamericana de Arte Joven, en el área Literatura.

 

Algunos de sus relatos han sido publicados en diarios y revistas de la ciudad de Buenos Aires.

 

En la actualidad edita el Blog Oliverio Brausen, un espacio de expresión literaria, donde el protagonista y el narrador se funden o se bifurcan, para darle vida a una serie de historias urbanas. El escenario es Buenos Aires, pero Oliverio Brausen se para en la vida con un pie a cada lado del Río de la Plata…

 

Oliverio Brausen

Un rufián sin prontuario,  de noble estirpe rioplatense.  Lo descubrí hace quince años  caminando por Bs. As..  Le huía a la infamia de que lo creyeran un traidor. Como una sombra que no responde a las formas con las que la luz se enfrenta; así se escabulle, se rebela.  Sinuoso cauce por el que fluye la duda y la alegría. Continente de locura y voz del asombro, a veces furioso, amargo, o melancólico. Un exiliado y un peregrino. Oliverio Brausen, un culpable. Uno más.


ELEGÍA PARA UN REENCUENTRO

                          

  “Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.”

                                                                            

Jorge Luis Borges

 “Diálogo sobre un diálogo”

  

        No estábamos borrachos. Pero estábamos tristes. Y yo sabía que esa tristeza era muy importante para él y para mí; sabía que necesitábamos procesarla y de alguna manera, disfrutar de ese dolor; empaparnos en él y sentirnos protegidos por la desolación. Por eso no estábamos borrachos. Emborracharnos hubiera sido alejar la angustia, o esconderla.

         Me preguntó si tenía algo de Eric Satie para escuchar y se tiró en el sillón, con los pies sobre el apoyabrazos y las manos entrelazadas en la nuca. Me gusta oír su música cuando estoy triste, me dijo,  me lleva de paseo a mí y a mi tristeza; floto entre sus notas como mecido sobre un lecho de terciopelo.

      ¡Qué poético!, le dije, ¿por qué no lo escribís? Para las cursilerías de este tenor estás vos, me contestó y se incorporó para encender un cigarrillo.

        Habíamos llegado del cementerio; veníamos de enterrar a un amigo.

        Podría haber sucedido que llegáramos a viejos los tres, arrastrando una amistad deshilachada de recuerdos, comenzó a decir de pronto lanzando por la nariz una caótica nube de humo.

     Podría haber sucedido de haber vivido una vida prolija, siguió, una vida de doblar en cuatro todo lo rectangular o cuadrado; de pantalones con rayas perfectamente planchadas, una de esas vidas de saludos formales, de sonrisas hipócritas y traiciones siniestras.

     Pero no. ¿Viste cómo son nuestros amigos? Se van temprano. Demasiado temprano, dijo y se quedó en silencio oyendo la música que nos envolvía, acariciándonos. Y me vino a la memoria algo que dijo el amigo despedido la última vez que estuvimos los tres juntos: siempre veo la espalda de la madrugada, había dicho; si, hace tiempo que no me despierto cuando ella asoma su rostro. Me acuesto persiguiéndola, como pisándole los talones, sin que ella ni siquiera me sospeche. Nos reímos. Los tres; ahora somos dos, me dije, y estamos muy tristes; y preferí no compartir este recuerdo.

      Mis amigos viven fumando la pipa de la paz con la vida y le dicen que si a todo el amor, a todo el vino, a toda la poesía, pensé. Y a toda la tristeza.

   Nuestros amigos viven en una bacanal eterna; ya no persiguen certezas mentirosas como horizontes; viven cayendo por el tobogán de la duda, sabiendo que abajo siempre hay unos brazos compinches para recibirlos, para quererlos, dijo él como continuando mis pensamientos.

    Si, pensé yo en silencio, es verdad, nuestros amigos suelen sudar alegría; emanar aromas de hombres vivos, de hombres equivocados.

     Ustedes, mis amigos, me enseñaron a desalambrar los campos de la imaginación, a dejar correr libres las ideas, sin otro propósito que el de jugar, dijo haciéndome señas para que le alcanzara el cenicero para apagar el pucho.

    Si, pensé yo, es verdad, nos gusta jugar. Como yo ahora, por ejemplo: juego con las palabras y con tus ojos detrás de estas letras, haciéndolos ir y venir, nada más que por divertirme.

     Mis amigos vuelan por el aire con sobredosis de vida y siempre están desafiando a la muerte, ya no sé si pensé yo o dijo él.

     Se quedó dormido en el sillón, lo tapé con una frazada y volví a poner a Eric Satie. Descoché una botella de vino, traje dos copas y me senté a esperar a que despertara.

    Nuestros amigos se van, dijo entre dormido, y nos dejan aquí sobreviviéndolos, traicionándolos…Si: porque sobrevivir a aquellos que queremos es siempre una deslealtad, pensé, tal vez la más difícil de sobrellevar y la más triste de confesarnos.

        Yo también me dormí. Cuando desperté la botella estaba vacía y las copas con restos de vino eran tres. Seguía sonando música de Eric Satie y  me sentía flotar entre sus notas, enternecido, desolado y feliz, como mecido sobre un lecho de terciopelo.

 


 

LOS CUADERNOS DEL ABUELO

 

  Tras la muerte de mi abuelo, Felix Enrique Brausen Hernández, -cuyo único familiar vivo, al momento de su muerte,  era yo-, descubrí entre sus pertenencias cuatro cuadernos escritos de su puño y letra en los que dejó registradas algunas impresiones. Lo que a continuación podrán leer pertenece a uno de esos cuadernos, cuya fecha señala ser el más antiguo. Los iré trascribiendo de a poco y respetando su orden cronológico, a manera de recordatorio y homenaje.

 

     Más de una vez he escuchado decir que en Buenos Aires hay una entrada a otra realidad. Quienes la visitaron aseguran haber presenciado cosas increíbles. Sin embargo cuando uno les reclama precisiones, se limitan a decir que es un sitio indescriptible y, para dar algo de crédito al disparate explican, con aire de autoridad, que no se trata de un Aleph como el de la calle Garay, ni de una entrada al infierno.

    Aunque sabemos que durante años han existido en esta ciudad portales al averno, aclaran, y tal vez hoy sigan existiendo. No, dicen, no se trata de esas monstruosidades; pero sí es un lugar inenarrable, repiten, no sabemos si por comodidad sintáctica o simple impericia narrativa, o tal vez - como sostienen algunos-, callan intimidados por las amenazas que allí reciben para no revelar lo presenciado.

     La cuestión es que están divididas las aguas –vio como somos los argentinos-: por un lado están los que creen y por otro los que no. Por las dudas, más allá de que síes y de que noes,  todos evitamos hablar del asunto y mientras tanto, de tiempo en tiempo, alguien insinúa por lo bajo, haber sido testigo del prodigio.

      No estoy seguro de que se trate precisamente de uno de estos fantásticos lugares el escenario donde a mí me tocó en suerte presenciar el sucedido que a continuación  voy a narrar, pero creo que fui espectador y víctima de ese tipo de circunstancias, que podríamos calificar para no exagerar, por lo menos de anormales; ese tipo de situaciones que a uno lo dejan lo suficientemente perplejo como para dudar por momentos de su propia cordura y en otros de las leyes de causa y efecto que se pregona sobre el modus operandi de la realidad, que viene a ser lo mismo en definitiva. Quiero decir: ¿qué es la locura si no un quiebre y una oposición dialéctica a las leyes de la naturaleza que se da por sentado como lógicas?

  De todas maneras, salvo en estas páginas y porque tengo la certeza de que nadie que me conozca las leerá –por lo menos mientras yo viva-,  también evito pronunciarme al respecto y en silencio guardo mi secreto. 

         Podría decir que descubrí el lugar una noche que vagaba sin rumbo. Pero lo cierto es que regresaba de comprar una curita después de que me cortara un dedo en un fallido intento por pelar una cebolla, y descubriera, sin sorprenderme, que carezco de cualquier elemento de primeros auxilios en mi botiquín. Bueno, en realidad carezco también de un espacio destinado a guardar ese tipo de cosas; en definitiva, carezco de botiquín.

    El sitio está emplazado en el ciento cincuenta y tres del Pasaje de La Piedad y en realidad no sè que me movió a desviarme y entrar, pero lo cierto es que  algo, que no puedo precisar, llamó mi atención y caminé media cuadra internándome en el Pasaje y entré. Hacía poco que vivía por allí y cada salida la aprovechaba para indagar el nuevo barrio.  La verdad es que el Pasaje debería completar su nombre con la palabra “Ausente”, ya verán porque, no quiero adelantarme.

    Si todo, como en espiral, se cierne intrigante en esta ciudad –eso es lo que pensaba esa noche mientras me colocaba la curita y doblaba la esquina ingresando al Pasaje- mucho, pero mucho más misteriosa es está atracción que ejercen sus calles sobre mi rumbo a medianoche, obligándome, cada vez que salgo, a no regresar hasta la madrugada. Tal vez esto fuera una excusa para dejarme arrastrar hacia la mitad de la cuadra, donde la luz tenue de un farol solitario alegraba la oscuridad de la callecita e invitaba a acercarse y curiosear.  

    Se trataba de un teatrito subterráneo al que se accede bajando una estrecha escalerita de madera. Me llamó la atención que no hubiera nadie para recibirme y bajé el primer tramo de escalones alentado por los murmullos y las risas que oía subir a mi encuentro. Sigiloso y expectante, continué descendiendo creyendo que alguien se acercaría a recibirme y a reclamarme el pago de una entrada, pero no. Así que cuando estuve en la sala, que en lugar de butacas contaba con unas simpáticas mesitas redondas, enfrentando a un también simpático y no muy amplio escenario, me acomodé en la parte central de la salita, de espaldas a la barra y con buena vista, contra una baranda que señalaba un desnivel.

     Tras un telón de terciopelo bordó asomaba el borde curvo del proscenio y como parecía que la función tardaría todavía en comenzar, me dediqué a observar a mis vecinos de mesa. A mi izquierda una parejita se hacía arrumacos y más allá, cerca del escenario, tres jóvenes miraban hacia atrás, riéndose, como burlándose de todo. A mi derecha un hombre sombrío bebía champaña a breves sorbos y ensimismado, mientras jugaba con un cigarrillo apagado en su mano izquierda y detrás de mí acodados en la barra, dos hombres chocaban sus copas brindando con dos mujeres altas y no muy jóvenes que reían a carcajadas.   Detrás de la barra, despachaban bebidas dos chicas muy lindas y jóvenes quienes bromeaban con los parroquianos cuando se acercaban a sus mesas a alcanzarles los pedidos.

    El resto de los espectadores en su mayoría eran hombres solos y mujeres solas, que se lanzaban sugestivas miradas cada tanto y también cada tanto uno u otro, se acercaba a otra mesa acarreando su bebida y se acomodaba junto a ella o él y comenzaban a charlar. Reinaba un ambiente alegre.

    Cuando se descorrió el  telón, pude ver sorprendido que en el escenario  se repetía la escena de abajo: las mismas mesitas, ocupadas por personas sumamente parecidas a las que estábamos abajo, reproducían idénticas, las circunstancias del salón.   De pronto todos callaron, como ante la inminencia del comienzo del espectáculo   y en ese momento, impresionado, comprendí que lo que veía era un espejo: sobre el escenario se reproducía lo de abajo, no sé bien mediante qué truco, dando la sensación de continuidad, de profundidad y disfrazando el reflejo plano y frío de una imagen especular.

    Aún sorprendido y sin mirarlo, pude percibir que el hombre sombrío que bebía champaña me observaba y también me dí cuenta de que sonreía, burlándose de mí.

     Un instante después mi imagen en el escenario se ponía de pie y acercándose al borde, comenzaba a declamar una lastimosa perorata.

     Pude distinguir, no sin pudor, que sus palabras reflejaban mi situación e intentaban conmover al público. El muy hipócrita hacia una parodia de mis miserias y mis frustraciones. Luego lloraba ante la pérdida de un amor, se rasgaba las vestiduras ante el paso de los años, la soledad, la miseria, el olvido y todo tipo de sentimentalismos baratos, todo eso que a uno lo asalta cuando está algo deprimido.

     Llegado a un punto sin retorno, mi parodia especular, con un cúmulo de desgracias insoportables a cuesta, extraía un arma y la llevaba a su sien. Pero no se atrevía a disparar.

 Entonces fue que ofreció el arma al público. Conmovidos y ya encariñados con el personaje, sucesivamente los presentes se negaban a recibir la pistola. Hasta que el hombre sombrío a mi derecha la reclamó. El artefacto gris plateado atravesó el aire hasta dejase atrapar por la mano segura del hombre. 

     El disparo sonó amplificado por la acústica del teatrito y horrorizado pude verme rodar escenario abajo con el pecho ensangrentado.

     Creo que atiné a irme, pero lo cierto es que no recuerdo nada más. Dicen que la bala no comprometió ningún órgano vital, pero que me va a llevar algún tiempo recuperarme.

   Creen que me resistí a que me asalten cuando doblaba hacia el oscuro Pasaje de La Piedad. ¿Cómo explicarles lo que realmente sucedió?

  Alguien me sacó la curita del dedo y a cambio me llenó de cables, vendas y tubos. La cama es reclinable y hoy me liberaron la mano derecha. Mandé pedir un cuaderno para  mitigar el aburrimiento.