Foro de los escritores de Biblioteca Digital Siglo XXI

Consejo

No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
Juan Carlos Onetti

Destellos

Cada lector busca algo en el poema y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.
Octavio Paz
 
*****
 
En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano.
Camilo José Cela
 
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DELFINA ACOSTA

  

NARRATIVA    


 
 

Delfina Acosta, poeta, narradora y periodista, nació en Asunción, pero su infancia y su juventud pertenecen a Villeta, donde cursó sus estudios primarios y secundarios. Aunque química-farmacéutica de profesión, se ha dedicado a la creación literaria desde muy joven.

 

Sus primeros poemas aparecen en Poesía itinerante (1984), publicación colectiva del Taller de Poesía Manuel Ortiz Guerrero. Posteriormente ha publicado dos poemarios: Todas las voces, mujer... (1986; Premio "Amigos del Arte") y La Cruz del Colibrí (1993).

 

En 1987, en los "Juegos Florales" -concurso organizado por la municipalidad asuncena en ocasión del 450 aniversario de la fundación de Asunción- su obra Pilares de Asunción fue galardonada con el premio "Mburucuyá de plata".

 

Ha ganado, además, el segundo premio "Poesía Joven" (1983), la "primera mención" en el Concurso de la Municipalidad de Asunción (1991) y una "mención especial" en el concurso de cuento breve "Néstor Romero Valdovinos" (1993) por su cuento "La fiesta en la mar", publicado después en el suplemento cultural del diario "Hoy".

 

Reunió sus cuentos que obtuvieron premios y menciones en concursos literarios en el libro El viaje. Su obra Romancero de mi pueblo ganó el segundo premio ‘Federico García Lorca‘. Romancero de mi pueblo lleva prólogo del crítico y poeta Hugo Rodríguez-Alcalá.

Su libro "Querido mío", es bestseller en Asunción y ha recibido el premio ‘Roque Gaona 2004‘.

 

En 2009 es publicado su libro de cuentos "Guía del Cementerio", por Servilibro, Asunción, Paraguay.

 

Sus obras (cuentos y poesías ) están incluidas dentro de numerosas antologías nacionales y extranjeras.

 

El poemario Versos esenciales de Delfina Acosta está dedicado a honrar íntegramente la memoria del poeta chileno Pablo Neruda. Fue presentado al público paraguayo en 2001, en la embajada de Chile en Paraguay. Varios ejemplares del poemario se encuentran en exposición permanente en la casa museo Isla Negra. El PEN Club del Paraguay otorgó al libro el Primer Premio destacando su elevado vuelo lírico y su lenguaje universal.

 

Delfina Acosta forma parte de los autores publicados en el libro "Cuentos latinoamericanos", editado por C.C. Buchner, Alemania, 2009, dentro de su serie "Prismas del mundo hispánico", dedicado al aprendizaje del castellano a través del análisis de cuentos de diferentes escritores latinoamericanos.

 

Es columnista del diario ABC Color; hace comentarios literarios sobre los escritos de los poetas y narradores paraguayos en el Suplemento Cultural del mismo diario. Actualmente dirige el Taller de Poesía de la Universidad Iberoamericana.


ES MIEMBRO DE

REMES - RED MUNDIAL DE ESCRITORES EN ESPAÑOL

    
    
 
 

                         
 
 

EL BOSQUE


Olvidé cómo se escribe un cuento.
Solía sentarme a las siete de la mañana  frente a la máquina de escribir Remington, que ocupaba la mitad de mi escritorio, a un costado de la enorme ventana que daba a la calle. Durante los primeros momentos no ocurría nada, hasta que alguien, y otra persona parecida, y muchos individuos o sombras más que se dirigían  a la fábrica textil del pueblo, pasaban con prisa por la vereda; entonces me entraba la angustia por  escribir las primeras líneas, aquellas frases fijas que definen el inicio de una historia.
A las diez,   Cándida, la vecina que me prestaba el auto para viajar los fines de semana a alguna villa veraniega, salía  a hacer una revisión minuciosa de su jardín delantero; yo solía temer que me hablara sobre los cornezuelos que a menudo desfallecían a  sus caléndulas y a sus helechos porque entonces una larga  distancia me separaba de  mi cuento hasta que terminaba por perderlo de  vista.
Y ocurría que a veces me hablaba, y otras, no. El caso es que su presencia entre esas flores agitadas por los vientos de estío o de invierno me ponía ansioso, y acababa levantándome, bruscamente, del asiento, con un cigarrillo en la boca, para observar  la  borrosa lejanía de la zona portuaria.
 A las once, o a las once  y media, entraba en el gabinete la empleada doméstica, y hacía tal silencio de mosca mientras pasaba una trapo humedecido con alcohol  por el único mueble de estilo provenzal de la casa, y con el mismo silencio de mosca se retiraba, que me gustaba pensar, con un extraño sentimiento, que era un desperdicio tanta precaución  de su parte; total,  al meterse la mujer  en la habitación, no  me venía una sola línea a la cabeza.
 Es difícil escribir sin interrupción.
Ocurre que alguien te llama por teléfono y te dice esas cosas que uno escucha como desde lejos: “Fue imposible hacer nada... Tendré que comprar otra camisa. La tinta no ha desaparecido  ni siquiera con cloro...”.
A la hora del almuerzo, cerraba con la fuerza de un latigazo que hace brincar a la bestia,  la puerta del gabinete. Debía asegurarme de que mis personajes se quedaran bien encerrados en esa habitación de luces apagadas, para que yo pudiera, sin apresurar el sabor, disfrutar de aquella tregua: un plato de milanesa de pollo y otro de  escabeche de berenjenas, acompañados de una botella de buen  vino rosado. Luego venía la modorra.
Como a las cuatro y media de la tarde, cuando el calor caía sobre el aljibe sin roldana  del patio, yo me tendía sobre las baldosas   de la sala, aguardando la visita de Adelfa. Mi amiga rubia, rubiácea,  me solía hablar después de fumar un cigarrillo, sobre  las virtudes y necedades de mis cuentos. A mí me daba igual que objetara la presencia de una antigua vitrola  en la habitación donde sucedía la parte más densa de las acciones; para eso tienes el piano, Miguel, el viejo piano alemán de la familia; que tanteara una crítica sobre determinada situación o trama por su estilo tan apasionado, que desaprobara un nombre común como José o Pedro, y que, a veces, me restregara la muerte del protagonista de turno, quien merecía vivir, después de todo; total,  con un final abierto, la obra quedaría bien igual.
 No es que fuera terco. Pero yo conocía a mi criatura. Ella era un bosque donde todos los animales (ciervos de ancas ligeras y vientres suaves, leopardos de ojos relampagueantes y aves de plumaje azul mezclado con el color de la sangre) convivían en cósmica armonía; su enorme  cascarón resistía maldiciendo, pero resistía, los embates y las furias de las tormentas.
Mi criatura era una luz que se abría paso entre los gajos de los eucaliptos, los algarrobos y los abedules de su propio bos que para mostrar un camino, hecho con un polvillo como de oro y de azúcar, que tentaba a los hombres y a las mujeres que intentaban cruzar el río, para que desistieran de su propósito y se internaran en él.
 Al llegar la noche se me presentaban en el gabinete. Una vez fue un hombre que deseaba viajar a un pueblo donde pensaba encontrar a la mujer que había amado, y llegó, y ella estaba vestida de triste desde los pies hasta  los cabellos; sentada sobre un sillón de mimbre observaba las formas humanas que tomaba el ciprés según como el viento lo cabalgara.
Entonces escribí: Se vieron y se dieron un beso.
 En mis horas nocturnas se me rebelaban las profecías.
Y entre humo y humo de cigarrillo cobraban sentimientos mis personajes, y yo debía decidir, desde luego, qué harían: la libertad o la prisión; la vagancia o el encierro; y aún esos detalles ínfimos: el viaje en barco o en tren. O la simple caminata por las calles.
Perdí la manera de escribir cuentos.
Este es el relatorio que - necesariamente - debo hacer sobre la maldición que ha caído sobre mí para que mi familia  comprenda la decisión que he tomado.
No puedo más.

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GUIA DEL CEMENTERIO
 
 
Íbamos mis amigos y yo  al cementerio, a menudo, durante la siesta.
En casa ya sabían que si estaba ausente, lo  seguro era que andaba de curiosidad  por el camposanto, y se quedaban lo más tranquilos.
Si pudiéramos profanar las tumbas, lo haríamos, pues se hallaba a gusto   en nuestra naturaleza el hábito del saqueo.
 El enojo de los gatos monteses, en vista de que crecimos apaleados, nos guardaba de la doctrina católica que se enseñaba cada domingo a los niños en la parroquia de la iglesia Virgen del Rosario. Éramos pues, diablos.
Pero los panteones, con sus gruesas claraboyas donde la telaraña formaba capullos,  estaban a salvo de nuestros  propósitos. Las puertas eran no sólo de metal pesado; estaban  además  cubiertas por rejados de hierro y  cortinaje.
En el interior, los cajones oficiaban de tálamos, donde dormían lisos los muertos, a los que deseábamos ver.
¿Quiénes  eran ellos? ¿A qué cosas y costumbres se dedicaban cuando la salud y la buena digestión los hacía conversar y reír animadamente? ¿Estaban, acaso, en paz?
- No han sido gentes muy amadas por sus parientes - comentaba yo.
- ¿Por qué dices eso ?- me preguntaba Felicita; siempre mostraba curiosidad, si no debilidad  por mis afirmaciones, pues sospechaba que había en ellas  mentiras  dobladas que deseaba sacudir a la luz del sol.
 - Pues está claro. ¿No te das cuenta? ¿No lo ves? -  contestaba.
Entonces les recordaba a mis amigos que cuando había sepelios, los parientes se desmayaban, se arrancaban mechones de cabellos, amenazaban con dispararse un tiro a la sien, bajaban a la fosa, a la cavidad  recién abierta por las hojas de hierro mientras  juraban contra Dios.
En cuántas lápidas preciosas en un tiempo y luego convertidas en nidos de comadrejas, de serpientes y de saurios, los enlutados parientes habían hecho grabar inscripciones que inspiraban lágrimas de fuego: “¡Madre: No te olvidaremos nunca!” o “¡Amado esposo: Vivirás por siempre en el corazón de tu desconsolada esposa!”
Les hacía pasear a mis amigos frente a  esa literatura dramática escrita  con letra gótica; yo era la guía de los sepulcros que hacía justicia a los olvidados.
“Pues bien. ¿Qué tenemos junto a estas tumbas sino costillas de gatos muertos, floreros vacíos, hediondez cadavérica y  abandono...?”, reflexionaba.
 No hablaba en balde, por cierto.  Junto a la estatua, construida con piedra caliza, de una mujer abandonada como un sauce  al llanto, subía rápidamente   la hiedra, cual segunda cabellera de la obra artística.
 Una caravana de hormigas entraba por el pequeño orificio de un tronco podrido y  venía a salir por la parte trasera de un panteón sin cáscaras, donde crecían en abundancia los musgos blancos y lo hongos.
 ¡Qué espectáculo grosero!
La rama de una higuera golpeaba, cuando el viento empezaba a soplar, la fotografía enmarcada ampulosamente en bronce, de una dama  joven y bella.
- ¿Qué le hace ya a esta difunta su fotografía en la pared del  panteón, y el marco precioso, y el lujo y la suntuosidad  de su morada, si nadie la visita  siquiera en el día de todos los muertos? - seguía razonando.
- Y eso, ¿cómo lo sabes? - decía  Felicita.
 - Pues basta con observar el estado de la construcción. Este sitio, a sola vista muestra que hace años nadie pone un pie aquí. Las paredes dejan ver  los ladrillos y la argamasa. Cuando mueres  te quedas solo. Tus parientes se divierten de lo más lindo sin ti. Ya no les molestas con tu respiración asmática. Ya no les sobresaltas a la noche con la noticia de que la mierda viene en camino. Y si te descuidas  no te recuerdan. Pero si se acuerdan de ti  es para coincidir en que lo mejor que te pudo pasar es que  hayas reventado - decía yo, satisfecha, y escupiendo, pues ésa era mi manera   de poner un final eficaz a mi oratoria.
Mis amigos me miraban felices. Aquella maldad que ellos tenían en algún escondite del pensamiento y que no sabían expresarla, salía muy bien pintada de mi boca.
Por lo demás,  el escenario del cementerio se prestaba para conversaciones a propósito de olvidos y de un  mundo infame.
 Luego, cansada de mis maldades, me quedaba callada. Era el tiempo de ellos. Y mientras les oía decir lo suyo, observaba cómo, lánguidamente, la siesta recorría los pasillos del cementerio. Y cómo los cuervos giraban alrededor de una mamona convertida en carroña, en la colina. Y cómo el viento movía el ramaje de los árboles del camposanto trayendo un ruido de alma que corre y se despeña...
 
 
 
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