NARRATIVA 
Carmen Hernández Peña (Ciego de Ávila, Cuba, 1953). Escritora. Licenciada en Lenguas y Literatura Hispánicas en la especialidad de Estudios Cubanos (Universidad de La Habana). En el cumpliendo de su servicio social laboró en la Emisora Radio Caribe (Isla de la Juventud) como escritora y directora de programas radiales. Obtuvo premios y menciones en Festivales de la Radio y la Televisión, y en el Premio Caracol de la UNEAC en su primera edición.
A partir de 1984 comienza a trabajar en la Universidad de Ciego de Ávila, departamento de Extensión Universitaria. Allí se desempeñó como profesora de Cultura Cubana, Elementos de Composición Cinematográfica, Literatura y Arte Cubanos.
En 1986, auxiliada por un grupo de colaboradores, comenzó a publicar la revista Fidelia, como portavoz, no solamente del Taller Literario de la otrora ISACA sino también del movimiento literario avileño y del centro del país. En l990 comienza a publicar lo que se dio en llamar ediciones alternativas de Fidelia y poesía graficada. La revista y estas ediciones se mantuvieron por diez años, hasta el año 1996.
Ha publicado Tiempo de máquina (poesía, Ediciones Fidelia, 1991), Rituales del viajero (poesía, Ed. Ávila y Sed de Belleza, 1995, 1997 y 2002; esta última en edición corregida y aumentada), Canción del oscuro (teatro, Editorial Oriente, 1998), Póster del Premio Poesía de Amor de la edición del concurso de 1992 titulado “I am singing in the rain”, Antología Concurso Internacional de cuento Fernando González (Medellín, Colombia, 1997), Las llaves del péndulo (ensayo, premio Eliseo Diego 1997, Ed. Ávila 2000 y Editorial Globo, España, 2001), Zumba la curiganga (novela, Ediciones Unión, 2003), Farola y otros ahorcados (cuento, Ed. Ávila, 2005), El sueco de Leticia (teatro, Ediciones Ávila, 2006), La balada de John y yo (poesía, Ed. Vigía, 2006), El libro de los oficios (poesía, Ed. Matanzas, 2007), Velo de maya (poesía, Ed. Vigía, 2007), Escuerzos (poesía, Ed. Hermanos Loynaz, 2009) y en las antologías: Mágica Isla (poesía, Nueva Gerona, 1986), Anuario de la Poesía Cubana (1986), Poesía de amor (poesía, Concurso Varadero 1986, 2005 y 2007), Sobre el mantel de gala (poesía, Ediciones Ávila, 1995), Brasil y Cuba (homenaje al treinta aniversario de la caída en combate del comandante Ernesto Guevara, poesía, San Salvador de Bahía, 1997), Mujer adentro (poesía, Ed. Oriente, 2000), Los caminos de Eva (cuento, Ediciones Plaza Mayor, Puerto Rico, 2002), Ángeles en llamas (antología crítica, Casa del escritor en Perú en colaboración con las universidades de América y Los Estados Unidos, 2005), Sagrada madera (poesía, Ed. Vigía, 2006), Cuarto creciente (poesía, Ed. Ávila, 2007), Escribas en el estadio y Aedas en el estadio (cuento y poesía, respectivamente, Ed. Unicornio, 2007 y 2008) y Espacios en la Isla (cuento, Ed. Letras Cubanas, 2009).
Aparece también en las revista Norte (del frente de Afirmación Hispanista, México DF), Alforja (México DF), Alhucema (España), Imago, Videncia, Sic, Alma Mater y Vitral, todas cubanas. Además en los suplementos culturales La tinta suelta (México DF), Hojas al viento (Cuba) y Hoja de poesía (Estados Unidos).
Ha obtenido diversos premios nacionales de creación literaria y ensayística como: Varadero 1992, Ávila 1994, Regino Boti 1995, Navarro Luna 1998, Extraños Primores 1997 y 1998 y Eliseo Diego 1997. A su vez premio Casa de la Poesía del historiador de La Habana Vieja (en la Bienal Ada Elba Pérez) y Poesía de Primavera (cuaderno Un día magnífico para el pez plátano, junio de l999). Finalista en el concurso de novela Italo Calvino 2000. Fue distinguida con el Premio Vicente Iriondo 1998 (otorgado por la A.H.S. a creadores destacados) y el diploma Nicolás Guillén, que otorga la UNEAC.
Es Miembro de Honor de la AHS, Fundadora de la UNEAC en la provincia de Ciego de Ávila y actualmente labora como editora en Ediciones Ávila. Fue representando a Cuba al X y XI Encuentro de mujeres poetas en el País de las Nubes (noviembre del 2002 y 2003). Durante su estancia ofreció recitales en universidades, iglesias y centros culturales del DF y la ciudad de Oaxaca, entre los que se destacan el de Bellas Artes (DF) y el Convento de Santo Domingo (ciudad de Oaxaca). Invitada al V Encuentro de Mujeres Poetas en Puerto Rico (2003, pero el viaje no pudo efectuarse). Asistió al Encuentro de Escritores en Guadalajara en 2004. Allí ofreció recitales de poesía.
Prólogos y presentaciones de libros han sido expuestos en las Ferias Internacionales del Libro en Cuba y publicados en revistas digitales. Ha editado y prologado dos libros de poetas colombianas, el segundo de ellos, a dos manos con Ileana Álvarez: Memorias del caminante, de Graciela Rincón, y Magias y retablos, de Bella Clara Ventura.
Entrevista a Carmen Hernández Peña, por Yosbany Vidal García, publicada en la
EGIPTO ES EL CENTRO DEL UNIVERSO
Jenny no se llamaba Jenny, sino Juana. Se creía esbelta y suave, pero en realidad tenía cuerpo de pirámide invertida.
Se casó con un médico rico que la llevó a conocer el mundo. En Francia, compró plumas; en la India, potingues; en Italia, una reproducción de la Monna Lisa y en España, mantones de Manila, además de todo lo que puede estorbar en una casa.
Tantos soles y nieblas diferentes, le sacaron manchas de lagarto en la piel. Fue cuando comenzó a irse a la greña con toda la familia. Primero fue con los padres, demasiado bastos para su condición de gran dama. Ambos terminaron pactando un suicidio con ácido prúsico. Después, con el marido, que por la gracia de Dios, murió de un infarto masivo a los cuarenta años. Viuda Jenny, volcó toda su rabia de vivir contra las hijas, muy feas también, pero con cierta distinción europea que la madre nunca tuvo. Se casaron con unos siameses alemanes y partieron con ellos.
Jenny se quedó muy sola, y entonces la emprendió contra todo ser viviente, humano o divino, con alas o piernas o patas o aletas.
Jenny viajó hasta Alemania a raíz del divorcio de sus hijas. Se casaron de nuevo: cada una con su cuñado. Afortunadamente, los tipos estaban unidos por el cóccix y no tenían posibilidad de mirarse a la cara. Asistió a la caída del Muro de Berlín, pero ninguna piedra le acertó en la cabeza. Descendió del avión, a 34 grados centígrados en el aeropuerto de Rancho Boyeros, exhibiendo una piel de zorro plateado, hecho que levantó un gran revuelo dentro de Green Peace.
Media hora antes de morir, a las 2:30 de la tarde de un lunes de abril, le había declarado la guerra total a las polillas que asaltaban su librero. Abrió las ventanas para que la suciedad de tantos años no la ahogara, y por ella entró un rayo esférico.
Las hijas vinieron de Alemania. Con su espíritu tan europeo decidieron terminar la obra del rayo esférico incinerándola. Después de la gran pira, de ella quedó solamente un montoncito de ceniza que se escurría del puño. La menor de las hijas, buscando un recipiente adecuado para depositar los restos de quien en vida fuera su adorada madre, encontró un primoroso frasco de cristal labrado que no medía más de cinco centímetros con la forma de una pirámide invertida.
EL AHORCADO DE LA FAROLA
De pronto estaba allí, colgado de una de las farolas del Parque del Patriota. Colgado y balanceándose a las mismísimas diez de la mañana Colgado de una soga parecida a los cabos marineros, pero nueva, de nylon azul, con un hermoso nudo corredizo: y de él colgaba el hombre.
Un viejito de sombrero negro dijo que me senté aquí con un pomo de café y un cigarro, y no señor, ese muerto no estaba, que yo seré viejo, pero no soy bobo, ni loco, ni ciego. De pronto lo vi y se me atragantó el humo. Muy desconsiderado, sea quien sea o quien haya sido, colgarse así, en el Parque del Patriota, y de una farola nuevecita y recién pintada. Que es una mierda, vaya.
Y la gente se aglomeraba cuando llegaron dos carros patrulleros llenos de policías, apartando aquí y allá; y brigadas especiales, y un policía grande le preguntó a una pareja, y la pareja que no; la muchacha llorando y muy nerviosa, señor policía, por mi madre se lo juro, nosotros estábamos en ese banco y no vimos nada; en esa farola no había ni soga, ni hombre, ni nada: pura farola.
El de la pareja, que yo vine hoy de viaje y no había visto a mi mujer, no tenemos casa, yo loco, enamorado, ¿se da cuenta?, y yo mami, tócame aquí, mira como la tengo...ya, chica, no te dé pena con el capitán, que él sabe cómo es eso; que no ciudadano, yo no sé nada, y qué es eso en pleno Parque del Patriota mami, tócame aquí, todavía me los llevo presos por escándalo público. Bueno, señor capitán, ella que no y yo que sí, cuando dio un grito y allí mismito, en esa farola, estaba el hombre guindado con la lengua afuera, y a mi mujer no le faltó nada para morirse del susto porque nunca habíamos visto cosa igual.
Casi se produce un choque entre una Mitsubishi y un carretón, que el caballo se espantó porque dicen que los caballos ven lo que ni hombre ni otro tipo de bestia son capaces de ver. Y aquel policía, el grande, el capitán, arriba, despejen, que esto no es el circo. Y el niño se le escapó de la mano a la madre, y el policía no quiero niños aquí; y el muchacho, policía, yo quiero ser tu amigo; amigo ni qué carajo con este muerto de mierda. Tampoco así, protestó la madre del niño, que si la policía se expresa de esa manera, qué dejaremos para los demás. En eso llegó una gorda corriendo, y abriéndose paso a empellones en el molote que se estaba volviendo incontrolable. Jesús, María y José, se persignó la gorda, en este Parque del Patriota yo daba vueltas cuando era jovencita y hasta vi una lluvia de estrellas y todo; y ahora, vea usted, un guindado, y lo más bonito, yo estaba al frente, en la cola de la miel de abeja que dicen que es tan buena para la anemia. Entonces usted vio algo, señora, saltó el policía jefe como una fiera. Ni lo diga, señor oficial, que yo conversaba con una amiga sobre lo aguado de la miel, y de pronto, el muerto; que es algo inconcebible venir a morirse aquí, en este parque recién remozado donde tantos trabajadores han dado su esfuerzo y sacrificio sin límites... sí, sí, dijo un policía flaco y ojeroso que no había abierto la boca, todo eso está muy bien, pero lo que queremos saber es si usted vio algo...hombre, soga, escalera, banquito, algo. Le dije que no vi nada, volvió la gorda, que estaba en lo del panal, y zaz, el muerto. El capitán llegó, casi arrastrando por el cuello, a un borracho, y el borracho, que nunca me ha hecho tanto daño este mejunje, que yo veo un guindaó, pero no puede ser caballeros, dejo la curda hoy mismo. Que no es la curda, ciudadano, el policía de las ojeras, que es un muerto. Y el capitán, que usted estaba justo frente a la farola. Y el borracho, yo estaba tomándome unos buches para celebrar que ayer no bebí, policeman,déjeme darle una tocaíta, por su madre, pa ver si estoy claro... y qué tocaíta ni tocaíta, compadre, que es un muerto, gritó alguien. Un señor muy dispuesto, con traje y corbata, de aspecto muy fino terció para decir que lo de la tocadita como sugiere el caballero aquí presente no está de más, porque quién quita que sea una sutil materialización del ectoplasma, que a lo mejor doscientos años atrás alguien tuvo a mal quitarse la vida colgándose en este desgraciado lugar, y por alguna conjunción del mundo astral, o vaya usted a saber, había aparecido. Deje la bobería con los aparecidos, señor, protestó la gorda, o usted no ve que se balancea y todo. En efecto, el muerto se balanceaba. Al inicio era solo un leve movimiento, pero a medida que pasaba el tiempo se tornaba ostensible y muy molesto.
La aglomeración se había convertido un tumulto. Estaban allí todos los policías de la ciudad con toletes y acrílicos antimotines, pero qué habría de hacerse con toda aquella gente que nunca había tenido un muerto, al alcance de la mano, para ella sola, en el mismo centro del pueblo, y colgando de una de las farolas del Parque del Patriota.
Se escuchó entonces una tuba y un trombón: hacía su entrada la Banda Municipal, brillante idea del Director de la Cultura para abrirse paso en aquel jolgorio tan confuso. Allí estaba él, con cara de fiesta y todo su equipo, como si estuvieran celebrando la inauguración de uno de los más memorables y trepidantes Juegos Florales que había conocido la ciudad. No se preocupen, casi cantó el de la Cultura, estoy seguro de que lo que hay allí colgado no es un muerto, sino un artista haciendo un happening; entonces lo interrumpió el viejito del sombrero negro, el que fumaba cigarros, usted perdone, señor, pero muerto es muerto; no,viejito, un happening es una acción plástica hecha por artistas postmodernos y modernos y antimodernos y pluscuanmodernos, comprende usted, jodedores que son, señor capitán, esos asuntos de ahora, los de la postmodernidad, déjeme verle la cara porque segurito es uno de los pintores de aquí, y a lo mejor aparece de pronto el grupo de teatro o un poeta, y enseguida empieza el asunto... y el policía impaciente, que de japibeibi nada, de eso nada, que es un muerto, carajo, o usted no ve... y si alguien me hace pasar ese sofocón de colgarse de una farola en el Parque del Patriota para recitar un poema, me lo llevo preso y se pudre en el calabozo, que con eso no se juega. Pero no había manera de que el de la Cultura le viera la cara al de la farola porque cada vez se balanceaba más, como animado por una fuerza interior. Quién me lo aguanta, quién me lo aguanta, pedía a gritos la asesora del de la Cultura. Y empezó el pugilato. El policía jefe que no, por si las huellas y los perros que estaban al llegar, oliendo desde ayer en el matadero; y el de la Cultura, que quiero verle la cara, hasta que ahí mismo se formó la comisión de los que sujetarían al guindado, y hasta el borracho, ya más claro, decía que el de la Cultura era un señor muy inteligente porque se pronunciaba por la tocaíta, y que él mismo lo sujetaba. Entonces fue cuando la gorda se le tiró a los pies y forcejeó con aquel movimiento perpetuo y uniforme, como el péndulo del mismísimo Foucault, que animaba al cadáver, hasta dejarlo frente al de la Cultura, que cambió el gesto porque aquel que estaba allí no era ningún artista, sino un desconocido ahorcado, desnucado, asfixiado y muy jodido, en fin, muerto, y pa su madre, vámonos de aquí con ese trombón de mierda.
Por qué no se habrá colgado del báculo del Santo Patrono, allí era más visible, interrogó al aire una pepilla iconoclasta que había logrado lugar en primera fila. Eso habría sido lo último, saltó el cura, que se demoró en llegar porque para que le abrieran paso tuvo que ponerse la sotana; sí, lo último, porque nadie es dueño de quitarse la vida; lo que Dios da, Dios lo quita; colgarse del Santo Patrono habría sobrepasado la burla para llegar a la ignominia. Además, esto no es un carnaval, que es un ser humano lo que está ahí, muerto y balanceándose.
Hágale un exorcismo, padre, gritó alguien del público, que no es cristiano un muerto moviéndose en ese baile de San Vito. Para exorcismos estamos, lo que hay que hacer es descolgarlo. Y el capitán, el que lo descuelgue me lo llevo preso. Usted, cura, acaso no vio cuando este hombre decidió atentar contra su porte y aspecto y afear el ornato público. Qué cosa voy a ver, señor, el cura airado, o piensa usted que yo no trabajo y que ando asomado en las ventanas. Entonces, un flaco con aire de abogado retirado dijo que pudo haber sido un asesinato ritual. Y el cura que no jodiera más con los asesinatos rituales, que no estamos en la Edad Media.
En eso un gay, que había sido catapulteado desde el fondo hasta una posición privilegiada, se desmayó, y no llegó al piso por la multitud y por la gorda, tan servicial, que le arrancó al cura de la mano la botella de agua bendita para revivirlo. Usted está loca, señora, que el agua bendita está escasa y es para el muerto; y la gorda, déjese de boberías, padre, que el agua bendita y cualquier agua, no puede estar desperdiciándose en muertos mientras hay un vivo que la necesite, o usted quiere que el pobre maricón se nos muera también. El gay, que salía de su desvanecimiento gritando yo no vi nada, yo no vi nada, volvió a caer redondo cuando escuchó a la gorda. Pero no es posible, Jesús de Nazareth, dijo el cura subiéndose la sotana porque el calor lo estaba matando, no es posible que un hombre se cuelgue frente a una multitud y nadie lo vea. Un vendedor de maní, que no daba abasto con los cucuruchos, suspendió la venta para defender el sagrado derecho de los seres humanos de ver o no ver lo que les diera la gana, porque Juan Jacobo Rousseau decía que la libertad... calle la boca con ese hereje, hombre, protestó el cura indignado. Exorcismo, exorcismo, gritaron unas voces a lo lejos, ya que el cura estaba junto al muerto. Nada de exorcismos, dijo el gordo de la Policía Secreta que apareció de pronto. No hay que complicar con oscurantismos una evidente provocación de los sediciosos, porque aquí no hay muerto; esto es una sutil artimaña de la sedición, si voy a conocer yo sus maniobras. Se hizo un silencio de tumba. El gordo se acercó al cadáver, y mostrándole su carné, le gritó, bájate rufián, que no saldrás de la cárcel mientras vivas. Entonces, el viejito del sombrero negro, que se sentía muy importante por haber visto al muerto de primero, se acercó al gordo de la Secreta y le dijo algo al oído, algo que nadie oyó, pero que hizo que el gordo se abriera paso, muy apurado, entre la gente, para desaparecer.
Toda la ciudad estaba allí, y hasta de los pueblos vecinos habían llegado transportes especiales con hombres, mujeres, niños, ancianos, payasos, magos y vendedores de durofrío. A alguien se le ocurrió convocar a una orquesta de charangas que afinaba los instrumentos, y el Secretario General del Comité de Defensa de los Derechos Ciudadanos, organizó un mitin político aprovechando el gran gentío allí presente, al que no hubiera podido reunir de otra manera en tan importante lugar, el Parque del Patriota. Las luces comenzaron a encenderse y hasta banderitas de colores ondearon por diferentes lugares. La policía continuaba investigando, preguntando a unos y otros si habían visto u oído algo sobre el ahorcado. La gorda, sudorosa, ayudaba a los vendedores de chucherías, y el viejito del sombrero negro sostenía una acalorada discusión con el cura, ya definitivamente sin sotana, sobre la virginidad de María. Nunca la ciudad se había visto tan animada, tan llena de vida.
Y el muerto allí solo, balanceándose en su movimiento perpetuo, desde su impecable nudo de nylon azul, infinito.