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En verdad creo que toda lectura va dejando huellas en nuestra pretensión de ser escritores y que, inevitablemente, asoma en nuestras obras para denunciar la ilegitimidad de algún acierto que, en el mejor de los casos, es fruto de una indeliberada confiscación. Acaso la obsesiva recurrencia por los universos de Borges haya dejado la huella más profunda, seguramente desvirtuada por mi natural tendencia a la exorbitancia y a la adjetivación desmedida. Vicios éstos que he asumido sin culpa y la engañosa convicción de que forman parte de un estilo cuando, en realidad, detentan una ominosa imprudencia en el manejo del idioma. El lector deberá estar atento para no dejarse embaucar por estos artificios de dudosa catadura. LC __________________________________________________________________________________
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LA ÚLTIMA MUERTE DE MURAÑA
" En la memoria de Palermo estabas,
en su mitología de un pasado de baraja y puñal y en el dorado bronce de las inútiles aldabas..." (De Jorge Luis Borges, a quien está
dedicada esta historia apócrifa). Sin duda auguró su fin, pues sólo los que saben que van a dejar este mundo suelen mirar con esa mezcla de asombro y resignación que produce el horror cuando se lo sabe inevitable. El hombre advirtió que, esta vez, el puñal del enemigo no erraría el lance y entraría en su pecho con un dolor desconocido mucho menos injurioso de lo que jamás hubiera imaginado. A mí se me hace que Muraña maliciaba los acasos propicios de su desgracia y que dispuso el entramado de la hora definitiva, con el oficio virtuoso de aquél que lo ha ejercido hasta el hartazgo. El sitio fue la cruz que la calle procura al Maldonado en el menoscabo de su cauce, por donde el Plata despliega su vanagloria de cielo y lejanía. El momento, los últimos esguinces de la tarde, cuando el sol se rinde a la penumbra socavando el barro del suburbio y la techumbre denuncia el pulso vacilante de las primeras estrellas. Un canto precavido de cigarras languideció al filo del dicterio y una sombra se escurrió en la hondura de una ventana, cobarde o pudorosa, con la voluntad de no haber visto nada. Muraña echó un manotazo al aire, como intentando sujetarse vaya uno a saber de qué extrema alucinación, dio vuelta los ojos y respiró con empeño dos o tres veces más. Fue una muerte mínima y silenciosa, no exenta de cierta dignidad. ¡Había visto tantas muertes bochornosas!... Sintió un blando sobrecogimiento cercano al orgullo, no empañado ni siquiera por la poca entidad del matador, un extranjero sin monta y desconocidos laureles que el destino le había arreglado porque en los andurriales de Palermo ya no quedaba cristiano que se l e decidiera. La premura del tiempo, que no sabe de concesiones piadosas, le impidió pensar en muchas cosas más, pero alcanzó a ver, una por una, todas aquellas caras que se habían llevado en los ojos una última imagen de su propia cara. El motivo del duelo o la pelea, habría de diluirse en el entresijo de las cosas que el destino acostumbra ocultar a los ojos de los hombres, porque escapaba a los rencores que Muraña hubiera negociado entre quienes habían tenido la mala estrella de conocerlo. Fatalmente, la imaginería urbana, que es pródiga en imposturas cuando se ignora el fondo de la verdad, fraguaría tres o cuatro historias más o menos creíbles en las que ninguno creería con legítima convicción. Lo cierto es que el matador desapareció sin dejar huella, y el mismo Diablo hubo de cargar con el beneficio de aquella muerte tan deseada. ____________________________________________________________________________________________________________ EL SACRIFICIO
Alina no podía conciliar el sueño. Cerrar los ojos en las noches era abrirlos al desconcierto de las pesadillas. Una inquietante peregrinación por las márgenes ocultas que la condición humana suele proveer a sus criaturas y que en la obscuridad se apañan como endriagos propensos a desatar los hilos de una caja de Pandora donde acechan los sentimientos más execrables. Si ha sido la naturaleza pródiga en generosidad alguna vez, Alina testificaba a los ojos del mundo esa generosidad como una plétora exenta de justificación o mérito. Acaso demasiado bella para no despertar sospechas, acaso demasiado buena para no resultar gravosa como toda virtud que exacerba nuestras limitaciones, espoleaba las defensas de quienes tenían la mala fortuna de cruzarse en su camino. Con las engañifas de un acto de magia, deslumbraba sin llegar a convencer. Se sabía que el prodigio denunciaba un fraude incontestable pero cierto. Era el naipe en la manga de un tahúr. Paradójicamente, las mujeres la admiraban con embozada envidia y los hombres claudicaban ante el más descabellado de sus antojos. Pero la vida va de puerta en puerta confiscando los bienes temporales y un mal día cruzó los umbrales de su casa. Entre afeites que intentaban demorar lo inevitable, la juventud se derrumbó arrastrando tras de sí la belleza y el encanto no fue más que una patética mueca asomada entre arrugas sin dignidad ni honra.
Desfachatada y grosera en la intimidad, indecente como las moscas que liban de la podredumbre, miserable de cuerpo y alma, enfrentaba diariamente los albores del crepúsculo mañanero con un amargor de hiel en la garganta y la perplejidad que le procuraban los espacios vacantes en los escarceos de su piel áspera, corrompida por los años y la decrepitud. No fueron hombres los que faltaron en su cama porque los carroñeros suelen rondar aun por donde la miasma infecta la más curtida insensibilidad. Una larga lista de sujetos extraviados en la ligereza de su memoria supieron de las delicias de la desmesura y las heridas del mal amor. Pero Alina estaba sola, porque pese al prodigioso dominio que detentaba en las armas del embaucamiento, que la hacían parecer buena y mansa como el agua mansa y buena de las pilas bendecidas, su voluntad estaba ungida por los designios de la muerte que mata por placer y sin contrición. Hasta que un día se enamoró y sus noches escamparon en la engañosa lenidad de los sueños, donde la paz discurre como el aire en el apogeo incontaminado de la montaña y el cielo se prodiga en vaharadas de azul e indulgencia. Y se sintió virtuosa, sin redención ni causa, sin sentencia ni pecados que purgar, sin historia, como una incólume novedad en el final de sus días por sobre la negritud del alma. Abrió puertas y ventanas en la clausura de sus anhelos, inauguró el canto de los pájaros y la sinrazón de una sonrisa, para que la vida asperjara estrellas en la oquedad canalla de su mundo. Bailó abrazada a la esperanza, sembró versos de piedad que sosegaron la tormenta y silenciaron las voces del trueno, fue ráfaga de luna en la vertiente y sombra bienhechora en los patios de la siesta. Mas, acaso porque estaba predestinada para el mal, que suele frecuentar los laberintos de la desdicha, los días de bonanza naufragaron en aquel infortunado instante cuando descubrió en la hondura de una mirada, que imaginara encendida por las flamas del deseo, apenas una tímida luz de conmiseración. Nada pudo herirla con mayor crueldad. Como desgarros en la carne, la decepción desplegó anatemas de dolor y de agonía para que el odio se expandiera lento, riguroso como las excreciones que envilecen el duelo cuando el alma abandona un cuerpo. Entonces, el amor proclamó la urgencia de una venganza reparadora. Y matar, en este caso, no era suficiente. En un cafetín del bajo, donde se sabe que el Infierno abre una de sus puertas para que los desprevenidos ingresen a la casa donde habitan los demonios que guardan los pecados secretos, aquéllos que voz humana jamás podría pronunciar sin desencadenar los fastos del último día, ebrios hasta la perdición, el escorpión y su víctima sellaron en una furiosa ceremonia de sexo y repulsión los inicios de la trama. Afuera, la vacuidad de la noche distraía su enajenamiento en un damero silencioso de calles que cercaban sueños anónimos ocultos tras zaguanes y balcones de ojos cerrados. Un aire de malvones y glicinas, anacrónicamente florecidos, discurría bajo la esfera negra donde un dios silente y ajeno detentaba su ominosa eternidad. Nueve lunas velaron los cielos de Buenos Aires hasta que el séptimo ángel ofreció la sangre del cordero en un aciago, póstumo e irrevocable sacrificio.
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