Foro de los escritores de Biblioteca Digital Siglo XXI

Consejo

No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
Juan Carlos Onetti

Destellos

Cada lector busca algo en el poema y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.
Octavio Paz
 
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En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano.
Camilo José Cela
 
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CARLOS RAÚL LEMIÑA CORTÉS

 

 
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En  verdad  creo que  toda  lectura  va  dejando  huellas en nuestra pretensión de  ser escritores  y  que, inevitablemente, asoma  en nuestras obras para denunciar la ilegitimidad  de algún  acierto  que, en  el mejor  de  los  casos,  es  fruto de una indeliberada  confiscación.  Acaso  la  obsesiva  recurrencia  por los universos de Borges  haya  dejado la  huella  más  profunda, seguramente  desvirtuada  por  mi natural  tendencia a  la  exorbitancia y a  la  adjetivación  desmedida.  Vicios  éstos  que  he  asumido  sin culpa y  la engañosa  convicción  de  que forman parte  de un estilo cuando, en  realidad, detentan  una  ominosa  imprudencia  en  el  manejo  del  idioma. El  lector deberá  estar atento  para  no dejarse embaucar por estos artificios de dudosa catadura.

                                                                                                                             

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LA ÚLTIMA MUERTE DE MURAÑA
 
 
" En la memoria de Palermo estabas,
en su mitología de un pasado
de baraja y puñal y en el dorado
bronce de las inútiles aldabas..."
 
(De Jorge Luis Borges, a quien está
 dedicada esta historia apócrifa).
 
 

Sin duda auguró su fin, pues sólo los que saben que van a dejar este mundo suelen  mirar  con  esa mezcla de asombro y resignación que produce el horror cuando se lo sabe inevitable. El hombre advirtió que, esta vez, el puñal del enemigo no erraría el lance y entraría en su pecho con un dolor desconocido mucho  menos injurioso de lo que jamás hubiera imaginado. A mí se me hace que Muraña maliciaba los acasos propicios de  su desgracia y que dispuso el entramado de la hora definitiva, con el oficio virtuoso de aquél que lo ha ejercido hasta el hartazgo. El sitio fue la cruz que la calle procura al Maldonado en  el menoscabo  de su cauce, por  donde el Plata despliega su vanagloria de cielo y lejanía. El momento, los últimos  esguinces  de la tarde,  cuando el sol se rinde a la penumbra  socavando el barro  del  suburbio y  la techumbre  denuncia el  pulso  vacilante  de  las primeras estrellas. Un canto precavido de cigarras languideció al  filo del dicterio y una sombra se escurrió en la hondura  de una ventana, cobarde o pudorosa, con  la voluntad  de  no  haber  visto  nada. Muraña  echó  un manotazo al aire, como intentando sujetarse vaya uno a saber de qué extrema alucinación, dio vuelta  los ojos y respiró con empeño dos o tres veces  más.  Fue una muerte mínima y  silenciosa, no  exenta de cierta  dignidad. ¡Había visto tantas muertes bochornosas!... Sintió un blando sobrecogimiento cercano  al orgullo, no  empañado ni siquiera por la poca  entidad  del  matador, un extranjero  sin monta y  desconocidos laureles que el destino le había arreglado porque en los andurriales de Palermo ya no quedaba cristiano que se l e decidiera. La  premura  del  tiempo, que  no  sabe de  concesiones  piadosas, le  impidió pensar en muchas cosas más, pero alcanzó a ver, una por una, todas aquellas caras que se habían llevado en los ojos una última imagen de su propia cara.

El motivo del duelo o la pelea, habría de diluirse en el entresijo  de las cosas que  el destino  acostumbra ocultar a los ojos de los hombres, porque escapaba a los rencores que Muraña  hubiera negociado  entre quienes habían tenido la mala estrella de conocerlo. Fatalmente, la imaginería urbana, que  es  pródiga  en imposturas cuando se  ignora  el  fondo de la verdad, fraguaría  tres  o cuatro historias  más  o  menos creíbles en  las que ninguno creería con legítima convicción. Lo cierto es que el matador desapareció sin  dejar huella, y  el mismo Diablo hubo de cargar con el beneficio de aquella muerte tan deseada.
Aun yerto y desprovisto  de los infaustos talentos de su ánima, el miedo y  el  respeto que el finado indujera en la  comunidad  espoleaban  el silencio  de  la calle  vacía. Nadie  osó aproximarse a sus despojos. Tan sólo la certeza de la noche, que no sabe de culpas y castigos, acompañó su tránsito en las sombras.


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EL SACRIFICIO

 

Alina no podía conciliar el sueño. Cerrar los ojos en las noches era abrirlos al desconcierto de las pesadillas. Una inquietante peregrinación por las márgenes ocultas que la condición humana suele proveer a sus criaturas y que en la obscuridad se apañan como endriagos propensos a desatar los hilos de una caja de Pandora donde acechan los sentimientos más execrables.

Si ha sido la naturaleza pródiga en  generosidad alguna vez, Alina testificaba a los ojos del mundo esa generosidad como una plétora exenta de justificación o mérito. Acaso demasiado bella para no despertar sospechas, acaso demasiado buena para no resultar gravosa como toda virtud que exacerba  nuestras limitaciones, espoleaba las defensas de quienes tenían la mala fortuna de cruzarse en su camino. Con las engañifas de un acto de magia, deslumbraba sin llegar a convencer. Se sabía que el prodigio denunciaba un fraude incontestable pero cierto. Era el naipe en la manga de un tahúr. Paradójicamente, las mujeres la admiraban con embozada envidia y los hombres claudicaban ante el más descabellado de sus antojos. Pero la vida va de puerta en puerta confiscando los bienes temporales y un mal día cruzó los umbrales de su casa. Entre afeites que intentaban demorar lo inevitable, la juventud se derrumbó arrastrando tras de sí la belleza y el encanto no fue más que una patética mueca asomada entre arrugas sin dignidad ni honra.

 

Desfachatada y grosera en la intimidad, indecente como las moscas que liban de la podredumbre, miserable de cuerpo y alma, enfrentaba diariamente los albores del crepúsculo mañanero con un amargor de hiel en la garganta y la perplejidad que le procuraban los espacios vacantes en los escarceos de su piel áspera, corrompida por los años y la decrepitud. No fueron hombres los que faltaron en su cama porque los carroñeros suelen rondar aun por donde la miasma infecta la más curtida insensibilidad. Una  larga lista de sujetos extraviados en la ligereza de su memoria supieron de las delicias de la desmesura y las heridas del mal amor. Pero Alina estaba sola, porque pese al prodigioso dominio que detentaba en las armas del embaucamiento, que la hacían parecer buena y mansa como el agua mansa y buena de las pilas bendecidas, su voluntad estaba ungida por los designios de la muerte que mata por placer y sin contrición. Hasta que un día se enamoró y sus noches escamparon en la engañosa lenidad de los sueños, donde la paz discurre como el aire en el apogeo incontaminado de la montaña y el cielo se prodiga en vaharadas de azul e indulgencia. Y se sintió virtuosa, sin redención ni causa, sin sentencia ni pecados que purgar, sin historia, como una incólume novedad en el final de sus días por sobre la negritud del alma. Abrió puertas y ventanas en la clausura de sus anhelos, inauguró el canto de los pájaros y la sinrazón de una sonrisa, para que la vida asperjara estrellas en la oquedad canalla de su mundo. Bailó abrazada a la esperanza, sembró versos de piedad que sosegaron la tormenta y silenciaron las voces del trueno, fue ráfaga de luna en la vertiente y sombra bienhechora en los patios de la siesta. 

Mas, acaso porque estaba predestinada para el mal, que suele frecuentar los laberintos de la desdicha, los días de bonanza naufragaron en aquel infortunado instante cuando descubrió en la hondura de una mirada, que imaginara encendida por las flamas del deseo, apenas una tímida luz de conmiseración. Nada pudo herirla con mayor crueldad. Como desgarros en la carne,  la decepción desplegó anatemas de dolor y de agonía para que el odio se expandiera lento, riguroso como las excreciones que envilecen el duelo cuando el alma abandona un cuerpo. Entonces, el amor proclamó la urgencia de una venganza  reparadora. Y matar, en este caso, no era suficiente.

En un cafetín del bajo, donde se sabe que el Infierno abre una de sus puertas para que los desprevenidos ingresen a  la casa donde habitan los demonios que guardan los pecados secretos, aquéllos que voz humana jamás podría pronunciar sin desencadenar los fastos del último día, ebrios hasta la perdición, el escorpión y su víctima sellaron en una furiosa ceremonia de sexo y repulsión los inicios de la trama.

Afuera, la vacuidad de la noche distraía su enajenamiento en un damero silencioso de calles que cercaban sueños anónimos ocultos tras zaguanes y balcones de ojos cerrados. Un aire de malvones y glicinas, anacrónicamente florecidos, discurría bajo la esfera negra donde un dios silente y ajeno detentaba su ominosa eternidad.

Nueve lunas velaron los cielos de Buenos Aires hasta que el séptimo ángel ofreció la sangre del cordero en un aciago, póstumo e irrevocable sacrificio.