Foro de los escritores de Biblioteca Digital Siglo XXI

Consejo

No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
Juan Carlos Onetti

Destellos

Cada lector busca algo en el poema y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.
Octavio Paz
 
*****
 
En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano.
Camilo José Cela
 
*****

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CARLOS ARTURO TRINELLI

NARRATIVA    

Carlos Arturo Trinelli. Nací en Buenos Aires, República Argentina, un domingo de invierno de 1950. A los pocos meses me bautizaron como Carlos Arturo Trinelli (supongo lo tendrían, mis padres, bien decidido). En la actualidad resido en la provincia de Buenos Aires en un lugar llamado pomposamente Boulogne Sur Mer, una pampa urbana de casas bajas.

Leo y escribo. Escribo narrativa pero soy más feliz leyendo. También he estudiado pero nunca lo suficiente. Hasta aquí he vivido de la práctica de diversos oficios moralmente aceptables. Descreo entre otras cosas de las reuniones de más de tres. No me gusta bailar, sí beber y la noche.

Tuve varios hijos con la misma compañera, fruto de ello ya soy gran padre

Mis autores dilectos se superponen en distintas etapas: Dostoievski, Gogol, Chejov, Bukoski, Fante, Mailer, Bierce, Pessoa, Tabuchi, Lobo Antunez, Cotázar, Arlt, Macedonio Fernández, Saer, Tizón, Di Benedetto, Onetti, Bolaño, Dorfman, Donoso, Roa Bastos,...y yo mismo.

Mis libros publicados son los siguientes:

Los Marginales y otros cuentos, Ed.Taller de Letras, Bs. As. 1984

La Sexta Jota y otros cuentos, Ed. Filofalsía, Bs. As. 1989.

El Canto de los Grillos y otros cuentos, Ed Nueva Generación, Bs. As., 1998.

La Mancha y otros cuentos, Ed. Magdala, Bs. As., 2009. ( Primer premio de narrativa breve Mario Miguez 2008)

He recibido las caricias de varios premios, menciones y distinciones, algunos de ellos consistentes en la publicación en diversas antologías, sobreviví.

Nada más.

 


 

 

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ARTESANÍAS LITERARIAS

 

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LA CARTA

 

 

      Hacía calor, me hallaba tendido de espalda sobre la cama y no sabía el nombre del día. Mi cuello almacenaba en sudor gotas de la resaca.
      Un timbrazo, bruto como el calor, aceleró mi levantada. Descalzo, esquivé como pude algunas botellas vacías como cadáveres.
      Llegué a la puerta a tiempo para oír otro timbrazo.
-¿Quién? pregunté con economía.
-¡Cartero! Respondió de igual modo mi contrincante.
      Abrí la puerta y el hombre retrocedió impresionado por mi aspecto.
-Firme aquí, ordenó y me entregó una caja. Lo hice y se quedó esperando la propina.
-¿Quiere tomar una cerveza? Pregunté.
-Bueno, titubeó
-Pase, todavía no desayuné, dije.
      Dejé la caja sobre la heladera, apagué la radio que no recordaba haber encendido y con dos latas bien frescas fui de nuevo hasta donde esperaba mi visita.
      Sin duda, el hábito insensibiliza, el hombre esperaba un dinero, no una cerveza. Al diablo con la pragmática de las palabras, pensé.
      Bebimos en silencio, los dos transpirábamos.
-¡Qué calor! ¿no? Hablé por decir algo.
      El cartero contuvo un eructo y asintió con la cabeza.
      Hacía días que no veía a un ser humano y más aún que no hablaba banalidades, entonces me animé:-¿cambiará el tiempo?
-No sé, estamos en enero, dijo él
      Ese no era el camino para el diálogo, repliqué con algo más profundo:-¿Qué duro para trabajar, no?
      El hombre me miró con curiosidad, yo permanecía en calzoncillos por toda vestimenta.
-Todos los climas son duros pero el verano y la lluvia son los dos más incómodos.
      Ahí tenía toda una definición, por poco me doy por satisfecho pero estaba cansado de hablarme a mí mismo.
-Dígame una cosa, ahora que nos estamos conociendo ¿habrá algún trabajo para mi en el correo?
      Se rió sordamente y luego con un poco de ruido. Yo lo acompañé.
-Mire amigo, comenzó a decir,- yo hago esto por una miseria, dudó- y no, no hay nada.
      Yo dejé mi lata en el piso y le iba a ofrecer otra cuando dijo:-Salvo que...,¿usted quiere laburar?
      Me puse en guardia. Habló con la gravedad de quién ofrece una embajada en París para señalar que, los sábados y los domingos se repartían catálogos de supermercados. Unos mil por persona. La organización consistía en presentarse temprano para ser elegido. La paga era diaria. Antes de irse, reiteró lo de presentarse temprano y despareció con su carga al hombro como una iguana al rayo del sol.
      Decidí organizar un poco el departamento y después, todo sudado, mezclé en la bañadera agua caliente con fría  y con las dos últimas latas de cerveza y la encomienda, me dispuse a disfrutar del baño. Me sumergí con los calzoncillos puestos para aprovechar a lavarlos.
      La encomienda la remitía mi ex mujer desde España en donde vivía con nuestras dos hijas. En la caja había libros, “Cuentos de La Alhambra” de W. Irving y “León el africano” una novela de Amin Maalouf. Una nota suelta daba cuenta del por qué de éstos obsequios en nombre de las nenas. También venían cartas de cada una de las mujeres.
      Andrea, mi hija mayor, narraba distintos incidentes en su nueva escuela. Enriqueta era más breve e ilustraba sus pensamientos con dibujos. Cuando abrí la de Dora, un billete de cincuenta euros acuatizó en la bañera y navegó hasta mi panza en donde conseguí capturarlo. Enseguida lo saqué de mi océano y lo puse a secar sobre la tapa del inodoro.
      En el texto explicaba el envío del dinero. Intuí que era un esfuerzo para justificar que todavía me amaba. Agregaba frases tales como, espero hayas encontrado lo que buscás...,
que esto no termine destruyéndote, y otras en el estilo de,...rehacer nuestras vidas.
      En fin, cada uno quiere de manera singular y está bien. Hice un barquito con la carta y lo puse a navegar. La tinta se corrió en el casco y el barco se tiñó de arabescos. Apoyé la nuca en el borde de la bañera y abrí la segunda lata.
     La marejada empujó al barco hacia mis pies, los dedos gordos hicieron contacto y mi imaginación la tuvo desnuda conmigo. Era ésta la única manera de no discutir. Lo hacíamos tan seguido como podíamos, era mucho, pero no suficiente.
      Me saqué los calzoncillos para enjabonarlos, el barco no resistió el oleaje ni yo el
 recuerdo.
      Ahora tenía unos pesos y podía postergar la tarea de repartir catálogos. Concluí entonces que mi matrimonio no había sido en vano.

 

                            


 

     LA MUCHACHA, EL TALLER LITERARIO Y EL CIRCO

 

      

     El cartel reposaba en el poste y anunciaba que todo aquel que escribiera aunque más no fuera una carta, que concurriera a leerla. La editorial Cometa Anclada y el municipio se unían en esta inquietud, etcétera, etcétera. La palabra gratis seguía encendida y como una mariposa de noche decidí explorarla.
     El taller literario funcionaba los viernes en una galería de estilo español morisco en una zona residencial. Comercios sospechosos, restaurantes y custodios, autos importados y un aroma de perfumes modernos acariciaban las sombras de las tipas.
      Entré en el local devenido en aula y me di cuenta que era el último, Una señora poetiza de peinado batido y cara para nada romántica era la coordinadora. Los alumnos éramos pocos, dos señoras mayores, amigas entre sí, una de las cuales era coja y además del bastón lucía un enorme zapato suplementado. El bastón  podía usarlo como apoyo y como arma de defensa. También tenía tetas que le ocupaban todo el frente. La otra solo era vieja. Una mujer de mi edad que olía como Cleopatra, bah, como yo imaginaba que olería Cleopatra, sugestiva y vestida como vecina de la zona. El plantel femenino se completaba con una hermosa treintona arreglada como una hippie del siglo veintiuno. Me senté detrás de ella y hacia un costado. Desde ese sitio podía observar la perfección de la espalda y el avance de los pechos redondos y equilibrados y por el desparramo exacto de las nalgas intuí un conjunto armonioso.
      Aparte de mí, los dos varones que completaban el alumnado eran jóvenes con físicos trabajados en el gimnasio y atavíos impecables, luego confirmé que eran pareja.
      La mecánica era la siguiente: alguien leía, los demás intentaban criticar y la coordinadora aventuraba un veredicto siempre ambiguo. Luego leíamos un relato de algún autor consagrado y destacábamos las metáforas, la adjetivación y la destreza del escrito para revelar un secreto que podía concernirnos.
      La pareja de muchachos escribían a dúo y uno era el encargado de leer. Eran notas biográficas cruzadas por la culpa y la desazón de no ser comprendidos. No tenían valor literario y en realidad era lo que menos les importaba obligados por los psicólogos a hacer catarsis.
      La vieja tetuda y renga escribía amargos poemas o prosas poéticas que trasuntaban la soledad de haber sido señalada por Dios. La amiga escribía diminutas historias de amor almibaradas por diarios íntimos o recuerdos estudiantiles.
      Cleopatra intentaba, además de seducirme, escribir con una estética literaria y me motivaba a articular comentarios.
      La muchacha, Alba Nora, escribía inquietantes relatos que resultaban herméticos para los poco habituados a la lectura y no recogía comentarios. No parecía interesarle pero me prestaba atención cuando yo hacía alguno.
      Uno de los relatos narraba las peripecias de una mujer que por más que se abrigara o calefaccionara su casa siempre sentía una brisa helada en los pies. Describía estas situaciones en un in-crescendo donde, hasta supongo la dama del bastón debío sentir frío en su pie deforme. Luego de penar con estos frescos, una bruja la obligaba a beber una pócima que le afinaba la vista de tal manera que podía ver en esa brisa helada un hato de demonios que no eran otra cosa que el remordimiento.
      Cuando acababa sus lecturas, algo un tanto equívoco, resquebrajante, se apoderaba de nuestros ánimos y compartíamos el silencio.
      Otro relato que me conmovió contaba como los asistentes a una fiesta de gente adinerada, llegaban perfumados, con caras radiantes de felicidad y cirugías plásticas, departían, probaban las delicadezas, bebían, fumaban, todas las acciones comunes en una fiesta salvo que, lo hacían montados por sus propios semblantes, algunos fornicaban, otros asesinaban, otros solo eran testigos pero todos eran culpables.
      Cuando terminaba de leer y sin esperar comentarios acomodaba los papeles con una dignidad desconsolada. El relato de los semblantes  tuvo un bono extra, torció apenas la cabeza y alzó la vista de a poco hasta encontrarse con mis ojos. La mirada dorada de un felino me hizo sonreir como un pavote y asentir en señal de aprobación. Un vínculo sutil se cernía sobre nosotros.
      Mis escritos pasaban inadvertidos, excepto para la reencarnación de Cleopatra quien con sus comentarios me invitaba a compartir su trono.
      Cuando el horario del taller culminaba, a instancias de la coordinadora, se estilaba ir a tomar algo. Un after-hour según  Cleopatra.
      La muchacha de los relatos inquietantes no participaba, saludaba con una sonrisa distante y desaparecía envuelta en miradas, entre ellas la mía.
      La gentil Reina del Nilo no permitió,  desde el primer día, que yo me fuera y a la tercer clase, ya nos encontrábamos antes. Su verdadero nombre era Alicia. Alicia se enamoró de mi y yo lo hubiera hecho de ella a no ser por Alba Nora.

      Un día, un golpeteo en la puerta alteró el orden de lectura. La coordinadora dijo:-Siii, con voz de tiple. Se abrió la puerta y tres enanos, vestidos con ropas de payasos, irrumpieron en el local. Uno se acercó al frente y trepó al escritorio, los otros dos nos repartieron unas publicidades para un circo. El que se subió al escritorio dio una arenga del por qué debíamos concurrir y así como entraron se fueron. Dejaron estupor y risas nerviosas, yo miré el volante y pensé, bastante circo es la vida, no dije nada, para los liliputienses era todo una sola cosa.
      Cuando terminó el horario y todos se preparaban para salir, Alba Nora se acercó y me sugirió acompañarla.
      La noche se desparramaba iluminada por las luces de la calle y las copas de los árboles apenas se adivinaban allí arriba como parte de la oscuridad. Las veredas eran anchas y se acurrucaban en declives de pasto hacia la acera.
-Quiero ir al circo, ordenó, sugirió, dijo Alba Nora.
      Tuve la sensación que lo femenino me  era virgen y permanecí callado.
      Estaba fresco, el otoño resumía humedad con un rocío apenas perceptible a trasluz.
      Nos detuvimos ante un portón ciego. Un guardia de una casilla de seguridad la saludó impaciente zapateando el fresco contra las baldosas.
-¿Cuándo querés ir? Pregunté con voz desconocida.
-El domingo, buscame por aquí a las seis.
      Acortó la distancia y se tiñó con la luz amarilla de la calle. Un beso cálido se posó un instante en mi mejilla como una caricia olvidada.
      Un perro ladraba detrás del portón. Entonces fui yo el que tomó la iniciativa, la detuve con suavidad de un brazo y alcancé a ver un brillo singular en su mirada felina que se apagó cuando cerró los ojos al abandono de un beso en la boca que duró la eternidad de un viaje desconocido.
      Entró en la casa, el guardia miraba, en otra circunstancia le hubiera hecho un corte de manga. Me retiré sin saber como hacer para que el domingo llegara antes que el sábado.
      Los mejores besos son los que vendrán, el primero resulta, a veces, insípido, por resistencia, por apresuramiento, porque se sabe que no se repetirá. Por el contrario, el nuestro había sido de una armonía tal que ahora me producía angustia.
      El sábado comencé a beber temprano y conforme lo hacía distintas situaciones imaginadas me ayudaban a mitigar la espera, fantasías volubles como el encanto de la serpiente líquida  que me envolvía. Llegaba a su casa, transponía el portón y Alba Nora me recibía envuelta en transparencias multicolores. Los ojos marrones ambarinos se estiraban en una línea de maquillaje que los segaba. Los pechos flotaban libres acunados por las sedas y yo dudaba, dudaba en mirar, dudaba en tocar y ella decía: “Mejor nos quedamos Enrique, hoy la ecuyere no trabaja...” “Qué lástima”, Exclamaba yo,”¿querés montar?”. No, era una vulgaridad solo digerible con un buen trago y allí se evaporaban las gasas y toda ella desaparecía. Otro vaso y estábamos en las gradas del circo, un aroma de pasto seco y aserrín se mezclaba con el de ella. Yo la miraba sonreír y aplaudir y nos besábamos, tan seguido que el espectáculo parecía distante, Nos íbamos abrazados, apurados por un impulso capaz de lograr que fuéramos intangibles. Rodeábamos la carpa inflada de risas y en la suave pendiente de un terraplén de pasto hacíamos el amor con torpeza teñidos de una luz plateada.
      Dos vasos, el amor da sed.
      Entonces, yo me mudaba a la casa, ahora el guardia me saludaba y el perro me hacía fiestas. Vivíamos para escribir, beber y hacer el amor en cualquier sitio, a veces con furia, otras despacio y llegaba el verano y ella andaba desnuda...
      Dos botellas solucionaron la diferencia de edad. La muy pícara me suministraba unas píldoras que me obligaban a perseguirla con un celo de oso.
      Cuando me desperté el domingo lo primero que vi fue una hilera despareja de botellas vacías que venían o iban desde la mesa hasta la cama. Miré la hora y eran las seis, no me podía mover, sobre la mesa de noche una sobreviviente lucía con orgullo su contenido. Lo vacié de un  trago, me di vuelta y me volví a dormir cansado de tanto hacer el amor.
      Lunes, martes, miércoles, jueves y viernes me pusieron de nuevo en plenitud. Alba Nora faltó al taller. Esperé un cuarto de hora, me excusé y me fui a buscarla. Llegué a la casa, toqué el portero eléctrico, el guardia se balanceaba en la puerta de la casilla, del otro lado del portón el perro hacía lo suyo, ladraba. La voz de un hombre respondió, me presenté y pregunté por ella. Escuché, sin comprender, un concilíabulo entre la voz masculina y una de mujer la que me sugirió esperar un momento.
      Me paré bajo el haz de luz, el portón se abrió y una mujer de mi edad sacó medio cuerpo afuera, yo me acerqué y ella dijo:-Albita tuvo una crisis el sábado pasado y tuvimos que llevarla de urgencia a la clínica.
-¿Qué le pasó? Pregunté sin tino.
-Ella es una enferma psiquiátrica, la dejan salir los fines de semana pero recayó,..., no sé cuando va a volver.
      Después siguieron unas gracias por mi atención y tan fría como el tiempo guardó su medio cuerpo y me quedé solo.
      Comencé a caminar para la pensión, la locura es el límite de la libertad, escribió Lacan, Alba Nora encerrada, sin preguntas, sin respuestas, en un mundo que solo ella conocía.
      Desde mi interior una sonrisa asomó a mi cara cuando recordé lo bien que la habíamos pasado en la única salida que no hicimos.