Carlos Almira Picazo nació en 1965 en Castellón de la Plana (España), aunque vive en Granada desde hace más de treinta años. Escribe desde los años ochenta. Empezó (y continúa) como poeta, y más tarde fue narrador, primero de novelas y hace unos cuatro o cinco años, también de cuentos. Ha tocado todas las temáticas a su alcance, la novela histórica, psicológica, negra, satírica; el cuento fantástico, de terror, de amor. Entre larga lista de autores de que es deudor quiere destacar a Dostoievski, Kafka, Mauppasant, Chejov, Alberto Moravia, Ribeyro, Cortázar, Borges, y en poesía a César Vallejo y a Rilke. Ha publicado en papel (novelas como Jesuá, Editorial Entrelíneas, Madrid, 2005, y cuentos en revistas como Fábula o Los cuadernos del Minotauro); y sobre todo, desde 2007, en internet, más de un centenar de cuentos en revistas como Axxon, Adamar, Destiempos, Herederos del Caos, Cañasanta, Kiliedro, etcétera; una novela en la revista Prometheus, y otra por entregas (aún en curso) con el Editor Xavier Badosa. Recientemente ha recibido el primer premio de novela corta en el Certamen de la revista literaria Catarsis (2008), en la que también ha colaborado con algún relato.
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SEIS ELEGÍAS
Carlos Almira Picazo
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1.
Mi sobrina sin nombre y sin pelota:
el alma va sin peso, en desbandada; el aire se quedó sin su risa rota; la calle sin su carrera alocada. En la mañana pajarina, flota
el vuelo triste de la madrugada. Mi sobrina sin nombre y sin pelota, no hay dolor que no quepa en la mirada. Todo sale a tu encuentro sin embargo,
trapo rojo que un huracán embiste; todo sigue aún amaneciendo amargo. No hay nada que no sea negro y triste:
sólo la Eternidad, frágil harapo; y el Alma como una muñeca de trapo. 2.
Nunca te dije cuánto te quería
porque los hombres callan esas cosas, me alejé de tus costas silenciosas con las cosas que nunca te diría. Qué molinos de viento embestiría
Contra tanta mañana procelosa: la vida es la derrota más hermosa, la muerte la victoria más baldía. Nunca te dije cuánto me gustaba
tu risa, que brotaba repentina; tus manos de caballo de madera... No encontré la palabra que buscaba, 3.
Todo se quedó quieto, fatal, definitivo.
El silencio del mundo de pronto te asumía. Quise traer tu gesto riente, sensitivo, y en tu expresión glacial sentí que te perdía. Desde entonces tu muerte me duele en cuanto escribo,
me duele cada párpado, cada hálito del día. Cada respiración el dolor es más vivo. Su mariposa negra lame una llama fría. De tu ser imborrable llevo la quemadura para siempre, rehuyo calor y compañía. Me duele cuanto veo como una mancha oscura. Quiero volver tu cuerpo al calor que tenía. |
4.
Hubo un tiempo remoto de ternura,
en que podía tocarte y recorrerte; que las calles corrían para verte, y la lluvia tallaba su dulzura. Un tiempo me llenaste de aventura.
De tu árbol zarandeado por la muerte echó a volar un pájaro sin suerte, cayó tu fruto en una zanja oscura. Que fuiste vertical, y fuiste fuerte;
luz prodigiosa, vendaval soñado; alrededor del corazón, qué arriba. Fuiste mi padre: sólo por tenerte doy mi tiempo sin fe por bien empleado, mi niño muerto por tu rama viva. 5.
Qué frío dentro y fuera de los dos;
qué vértigo de máscaras fatales; aún te crece la barba; ya no sales, y está triste la sonrisa de Dios. Y todo está en suspenso de tu voz,
y de tus manos tristes, infantiles; suspensos de tus notas los atriles; la golondrina en vilo de tu alfoz. Y todo está pendiente de lo que hagas,
y digas, pero no te sale nada; y te crece la barba, y tienes tos. Aún te crees que me abrazas, y divagas:
qué frío; suena la lluvia apaciguada; y está triste la sonrisa de Dios. 6.
Cada vez me parezco más a ti, padre mío, conforme pasa el tiempo y somos uno solo; las cosas que no vuelven se asoman con tus gestos, donde estás hace frío y los espejos callan. Cada vez me parezco más a ti, esta mañana
la tristeza se afeita con sus picos nevados; todo se arremolina alrededor de mi alma; tu sonrisa es un blanco desafío a la noche. Ya no creo en la muerte desde que estoy contigo, tampoco creo en la vida que lo arrebata todo; hoy son los esponsales de los cerros y el cielo. Los días, más antiguos que la pena que estrenas, vuelven con tus palabras por mi voz como un eco, y todo se arremolina alrededor de mi alma. |
