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No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
Juan Carlos Onetti

Destellos

Cada lector busca algo en el poema y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.
Octavio Paz
 
*****
 
En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano.
Camilo José Cela
 
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CARLOS ALMIRA PICAZO

NARRATIVA    

 
 
Carlos Almira Picazo nació en 1965 en Castellón de la Plana (España), aunque vive en Granada desde hace más de treinta años. Escribe desde los años ochenta. Empezó (y continúa) como poeta, y más tarde fue narrador, primero de novelas y hace unos cuatro o cinco años, también de cuentos. Ha tocado todas las temáticas a su alcance, la novela histórica, psicológica, negra, satírica; el cuento fantástico, de terror, de amor. Entre larga lista de autores de que es deudor quiere destacar a Dostoievski, Kafka, Mauppasant, Chejov, Alberto Moravia, Ribeyro, Cortázar, Borges, y en poesía a César Vallejo y a Rilke. Ha publicado en papel (novelas como Jesuá, Editorial Entrelíneas, Madrid, 2005, y cuentos en revistas como Fábula o Los cuadernos del Minotauro); y sobre todo, desde 2007, en internet, más de un centenar de cuentos en revistas como Axxon, Adamar, Destiempos, Herederos del Caos, Cañasanta, Kiliedro, etcétera; una novela en la revista Prometheus, y otra por entregas (aún en curso) con el Editor Xavier Badosa. Recientemente ha recibido el primer premio de novela corta en el Certamen de la revista literaria Catarsis (2008), en la que también ha colaborado con algún relato. 
 

 
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DESDE ALLÁ
                                                                 
Carlos Almira Picazo
 
¡Malo, malo! Si leen es esto es que algo ha ido mal, muy mal. Peor aún: estoy muerta y mi hijo Conrado, mi asesino, vive.
Quiero declarar en primer lugar, que nunca urdí ningún chantaje contra él. ¡Mi propia sangre! Quien tal piense no me conoce ni me conocerá nunca. Sólo que esa es la versión más amable para Conrado y será la que prevalezca. La verdad siempre permanece escondida como un tesoro.
Antes de entrar en pormenores, siento una irreprimible curiosidad: porque esta nota sólo podía leerse si yo, Rufina Fernández, finaba de forma violenta. ¡Yo misma la cosí dentro de mis entrañas para que la encontraran el forense y el juez! ¡Menuda sorpresa! De otra manera Conrado (me lo imagino revolviendo frenéticamente los cajones, el armario, el arcón, la caja con mis ahorros, despanzurrando el colchón con mi cuerpo caliente todavía encima), mi hijo, digo, ya la habría encontrado y destruido hace tiempo; y tú, quien quiera que seas, no la estarías leyendo ahora, salvo que seas el mismo Conrado en persona.
Como a los vivos les intriga el futuro, a mí me asalta la curiosidad de saber cómo he muerto: si he luchado y me he resistido hasta el fin o, por el contrario, mi asesino me ha sorprendido de pronto y me ha matado. Quizás con un veneno que no deja huellas en la sangre, ¡pero tal veneno no existe! O empujándome por una ventana. Cualquier otra posibilidad, el estrangulamiento, el disparo, la cuchillada, me es favorable porque lo señalará como asesino casi sin la necesidad de esta nota.
¡Hijo mío! No sé si en mi ánimo está acrecentar tu sufrimiento. No puedo verte ni tú a mí. Supongo que te remuerde la conciencia haberme matado. Si tienes sangre en las venas, debes estar arrepentido. Yo te di la vida y tú me la arrebatas. No quiero venganza, nunca la pretendí, repito: sólo justicia.
Ahora ya puedo hablar.
Cuando murió mi marido hace ya más de veinte años, nuestro Conrado me dejó esta casa en ruinas en la que he vivido hasta fecha reciente: un caserón antiguo y resquebrajado, negro por la humedad y agrietado por el calor, cerca de la catedral. Eso sí, libre de hipotecas, pero con el tejado hundido, los muros combados, los suelos disparejos, y casi derrumbada en una palabra.
Mi Virgilio tenía una carnicería modesta que había heredado de su padre, en el mercado viejo de San Agustín. Pues bien, mi Conrado me enredó, me hizo firmar mil papeles haciéndome creer que eran para cobrar mi pensión de viudedad, y se apropió ilícitamente de ella; luego la traspasó y abrió otra a lo grande; las cosas le fueron tan bien que al cabo de un tiempo la amplió convirtiéndola prácticamente en matadero industrial.
Por aquel entonces nuestro hijo era un muchacho –así lo veíamos nosotros- inteligente y sensible. Vivo, despierto, debilucho, algo timorato, de mirada fugitiva. Pero la vida nos desenmascara. ¿Quién iba a adivinar al empresario feroz, al criminal que luego ha despuntado? Nadie me quita de la cabeza que fue Camelia quien le instiló todo el odio y la decisión. Me llena de asombro lo maleable que vuelve a un hombre un par de pezones y un coño.
Perdí, pues, a la par a mi Virgilio y a Conrado. Poco después de morir el primero, el segundo vació nuestra cuenta de ahorros, vendió la carnicería del modo que he dicho, se casó con Camelia y se mudó a un edificio remozado de la calle Buensuceso. Allí ha vivido y vive todavía, si no está en la cárcel.
Luego me enteré de que había hipotecado la casa varias veces, y me descontaba de la pensión parte de la cuota. ¿Fue idea de mi nuera? Como me pasaba una modesta asignación, sólo veía generosidad. El tiempo nos susurra.
No vale la pena pormenorizar penalidades. ¿Para qué? Una está muerta o viva, y a eso se reduce el cuento. Así que resumiendo: viví como una vieja cortando cupones del seguro de los muertos, comiendo huevos pequeños, pan como chicle, casquería de pollo que no le echaría a los perros de la calle; en cuanto sonaba noviembre me enterraba en mi manta de Cáritas con mis agujas, con el único consuelo del balcón; regaba mis macetas, ponía mis pucheros que impregnaban la casa de olor a asilo de pobres; crié algún canario; padeciendo reuma y artrosis, en verano tenía que dormir en una sábana tirada en el suelo clavándome las baldosas movedizas.
A estas alturas quien lea esto se imaginará ya que nunca visitaba a mi hijo ni a mi nuera, a pesar de vivir a sólo diez minutos marchando a mi paso. Ellos venían de vez en cuando a ver la casa y se admiraban de que se mantuviera en pie, ansiosos por el precio del solar: si el Ayuntamiento no la hubiese incluido en el Catálogo, se las hubiesen arreglado para arrebatármela como todo lo demás, declararla en ruinas y venderla a precio de oro. Por Navidad, a veces, me mandaban turrón y polvorones baratos.
Así transcurrió nuestra vida y nuestras relaciones hasta que descubrí la foto.
Un día, revolviendo y tirando papeles viejos, harta de acumular basuras del pasado, algo cayó a mis pies: el sobre sin señas ni identificación, liviano y siniestro. Cometí la imprudencia de abrirlo y desde entonces mi vida se deslizó entre el delirio y la muerte.
No voy a describir la fotografía de Conrado: no sabría; además el lector dispone de ella, ya que es la principal prueba para el Señor Juez: la demostración si es que hace falta aún, de que mi hijo tenía sobrados motivos para asesinarme, para conseguir a toda costa mi silencio. Sólo diré que aún hoy, mientras redacto estas líneas al borde de la muerte, me espanta recordar no tanto la fotografía, sino el momento y la impresión que me produjo descubrirla: el escalofrío premonitorio al abrir el sobre, desplegarla, y no dar crédito a mis ojos; el caer sentada, postrada en la butaca desvencijada del dormitorio de mi Virgilio, en el alto de cuyo armario la encontré, perdida en una caja de zapatos.
Sólo diré que el documento es digno de un museo del horror: ¿cómo consintió ese monstruo salido de mis entrañas fotografiarse en pleno crimen? Añado: la víctima retratada me es totalmente desconocida; nunca la vi, aunque como es lógico en ese momento rebusqué desesperadamente en mi memoria y llegué a dudar de mi razón.
Era el final de la tarde de un día sofocante y yo estaba completamente sola. Recuerdo como en un sueño, con extraña nitidez, el rumor del canalón, el estertor de un grifo abierto; el interminable borbotear de las hoyas, el reclamo triste de un pájaro en la ventana.
Mi primer impulso, recuperado el aliento, aún sacudida por estremecimientos y escalofríos, sentada al borde de la butaca, fue destruirla en el acto. Como verá el Señor Juez, la fotografía está rasgada y pegada torpemente con celofán por un extremo. Tal fue mi primer impulso, como madre y como ser humano: la negación de lo innegable. Luego lloré sin fondo como lloraría de haber topado con una cabeza cercenada en un baúl o en un cajón, entre la ropa de cama. Aún me maravilla haber conservado la calma suficiente, ¿de dónde saca una las fuerzas?, para no salir inmediatamente corriendo, bajar las escaleras y gritar agitando aquello por las calles.
Pero cuando me desperté al cabo de las horas estaba vestida sobre la cama, pasaba ya la media noche, y la fotografía yacía vuelta a su sobre dentro de mi bolso. Una calma increíble flotaba en la habitación. El mundo estaba deshabitado. El aire, quieto, muerto y estancado como en una tumba. Yo sonreía como una demente en su mundo fantasmagórico.
Ya no dormí. Por la mañana me vestí, hice las maletas y me presenté en la casa de Conrado y Camelia como la dueña y señora en adelante de sus vidas.
¡Qué sorpresa, estupor y pánico se pintó en sus caras al verme, y qué regocijo en la mía! No hizo falta decir nada. Por supuesto Camelia lo sabía todo. Yo comprendí al punto que aquello era el secreto inconfesable y antiguo de su dominio sobre Conrado y sobre la casa. El crimen debió suceder poco antes de la muerte de mi Virgilio. Sea como fuere, ambos lo sabían todo. Sobraban los aspavientos y las explicaciones.
Bastó un rápido y agónico cruce de miradas; el atropello trémulo de los saludos, falsos como las sonrisas de los bandidos; los gestos acogedores, preñados de desconfianza y de odio, para comprender y aceptar la nueva situación.
Desde el primer instante fui pues, dueña y señora. Ordené sin objeciones ni límites. Trastoqué las vidas de los criminales y sufrí la inconsecuencia de los remordimientos. ¿Yo era pues cómplice o más bien juez y verdugo? ¿Ambas cosas? Si por mi silencio comprado era lo primero, por los padecimientos, humillaciones y torturas a los que sometí a los culpables, me elevé a lo segundo. Saboreé las delicias de la venganza a la par que la satisfacción de la justicia. ¿Podía haber sido una cosa sin la otra? Hay papeles, momentos y circunstancias en la vida en que el bien y el mal aparecen inextricablemente entrelazados, y destruir uno es aniquilar el otro.
Ahora comprendo cómo se sienten y se han sentido siempre, desde que el mundo es mundo, los poderosos: la fuerza reviste de calma y lucidez cada instante y cada acto como de un halo de horror; yo me daba cuenta en cada detalle, en cada gesto, del sufrimiento lacerante y continuo de Conrado y Camelia, y cuántos más esfuerzos hacían ellos para disimularlo, más descarnado saltaba a mis ojos. También comprendí que cada minuto, cada segundo que pasaba en aquella casa, mi vida corría serio peligro. Llegados a este punto ¿qué importaba? El único hilo que me sujetaba era aquella fotografía (de la que, ¿hace falta decirlo?, nunca hablábamos como no se habla del aire que uno respira). De sobra sabíamos que mi caída los arrastraría conmigo.
No voy a describir los padecimientos y abusos a los que los sometí y rebajé: baste, como botón de muestra, que obligué mi hijo y a mi nuera a traspasarme de inmediato la titularidad de todas las cuentas, la casa, el negocio, el coche, los muebles, las joyas: todo, hasta el último alfiler de aquella casa, pasó ipso facto a mi propiedad.
Desde el primer día ocupé la habitación más espaciosa, cómoda, clara y aireada, la única con balcón; transformé el segundo dormitorio exterior en una salita para mi uso exclusivo, y los obligué a recluirse en la cocina, a encastrar su rimbombante camastro de matrimonio (sin cabecero) en el cuartito de la plancha; en vez de armario ropero ahora usarían una caja de embalar; y en lugar de sillón, un taburete desvencijado
Cualquier decisión o gasto, por trivial que fuera, debía obtener mi aprobación, ¡y ay de ellos si me contrariaban en lo más mínimo!
Por supuesto, no hizo falta explicarlo, en adelante comeríamos y viviríamos por separado, como señores y criados, cada uno en su área de la casa. Ordené hacer llaves para las habitaciones interiores, incluidos la despensa y los baños, y cambié las de la puerta de la calle, el portal y el buzón, obligándolos a tocar el timbre (pero sólo una vez) cada vez que llegaban, como extraños, y esperar. Lo mejor era que siempre estuviese uno de ellos en la casa para abrir la puera y atender al teléfono. Nuestros horarios no podían coincidir: Conrado y Camelia, ahora mis criados, debían levantarse con el sol y preparar las habitaciones, airearlas, caldearlas, ordenarlas, limpiarlas; luego prepararme el desayuno, servirme el café con leche que me gusta muy cargado, y los tejeringos recién hechos espolvoreados con azúcar, en cuanto yo me levantaba. Quedaba sobreentendido que yo no tenía que avisarlos, eran ellos quienes debían estar pendientes de mí: de mis pasos, mis carraspeos, mis necesidades. Y así fue durante muchos meses.
Recuerdo cómo irrumpía en la próspera carnicería de Conrado para revisar las cuentas, la furia contenida, el bochorno mal disimulado con que me recibía delante de sus clientes. Sólo yo tenía la llave de la única caja. Mi firma era imprescindible para cualquier pago. Todos los ingresos iban a mi cuenta de Ahorros.
Por supuesto, yo le remuneraba por una jornada sin fechas ni horarios, lo justo para que comiese y vistiese decentemente. A Camelia le regalaba mis zapatos y mi ropa usados, aunque no fueran de su talla, para que ella se los arreglase.
Con todo, al cabo de un tiempo empecé a sentirme mal: el peligro y la angustia me acechaban, y mi situación se hizo insostenible. ¿Cómo, por qué? Un gesto torcido, o que a mí me lo pareciera, unos pasos inesperados; un cubierto en manos de mis víctimas, o una pregunta malintencionada me alarmaban. Poco a poco me fui dejando llevar por el pánico, hasta el extremo de no dormir, de sentarlos a mi mesa para cerciorarme de que comían y bebían de los mismos platos, la misma jarra y la misma botella que yo. Compré un dogo, un animal sucio que se pasaba la noche gruñendo bajo mi cama revuelta, al pie de mi lámpara encendida.
En todas partes y a todas horas descifraba sus maquinaciones criminales: los oía cuchichear tras las puertas, enmudecer en cuando advertían mi presencia; descubría las sutiles huellas de sus registros, cada vez más descarados, en mis cajones, en mi bolso, y en mi armario; sorprendía sus miradas heladas, sus sonrisas inquietantes.
Y cometí el error fatal de intentar atraérmelos. En cuanto ellos lo advirtieron se lanzaron sobre mí.
Cierta noche daba vueltas en mi cama cuando resonó un golpetazo en mi puerta. El dogo dormía seguramente narcotizado. La casa yacía en el silencio.
-¿Quién es?
La puerta retumbó frenética.
Entonces abrí. Conrado me apartó y fue a repantigarse en mi cama. Me miró durante un minuto o dos, dio con el tacón en el hocico del perro, sonrió y volvió a salir silbando al corredor.
Mi nuera lo aguardaba en las tinieblas.
Hace días que vivo encerrada con mi perro muerto. Al fin he tomado la decisión:
En cuanto cicatrice un poco la herida, les daré lo que buscan. 
Temo a Conrado, el brillo de los ojos de mi nuera, la endeblez de la tinta.
                                                         

 
EL CABALLO
 
-cuento neoyorkino-
 
Carlos Almira Picazo  
 
     No sé cómo recalé en una peluquería hispana de la calle 56, en la Eighth Avenue, al sur de Central Park, más allá de Broadway. Supongo que vine huyendo del bullicio de Tudor City, donde vivo desde que llegué a Nueva York, y de la conmiseración de mis vecinos.
     Al entrar ha tintineado una campanilla. El local es tan pequeño que apenas caben tres o cuatro personas. Una única silla giratoria ocupa el centro, con reposa cabezas y reposa pies metálico antiguos, frente al espejo turbio. De un rincón, tras la mesita baja cubierta de Pen Houses, salta un hombrecillo nervioso, peinado con pulcritud.
     -¡buenos díaaas!
     Ocupo el sillón y entrecierro los ojos. El barbero trajina entre sus frascos, sus tijeras y sus maquinillas dispersas en un totum revolutum. Sin dejar de hablar un momento, ajusta la silla hasta la altura adecuada, pisando una palanca disimulada con el pie hasta que mi cara queda en el centro justo de la luna; luego la reclina un poco; me rodea el cuello con una toalla húmeda y acerca un pequeño lavabo portátil.
     -así está mejor. Usted dirá.
     -pele muy corto.
     -empezaré con la tijera y ya veremos.
     Guarda mis gafas y empieza a trasquilar con soltura. El pelo aún espeso y oscuro comienza a saltar, a caer como una lluvia de confeti. De pronto, como suele ocurrirme, dejo de oír, de pensar, abismado en el infinito que multiplican los espejos enfrentados.
     La puerta entreabierta, acristalada, se traga el murmullo de la mañana que entra desde la calle 56. En una repisa alta una radio de pilas emite canciones en inglés e hispano. Por un momento, aturdido por la cháchara del peluquero, pienso si no hubiera sido mejor dar un paseo, con el tiempo que hace. Y total, para alejarse de los conocidos bastaba echar a andar, coger el primer autobús al azar o el metropolitano, y bajarse en el otro extremo de la ciudad.
     -está bien, mucho mejor, ¿de qué lado quiere la raya?
     -de la izquierda.     
     Entonces reparé en el póster.
     -¿Le gustan los caballos?
     Con las tijeras chasqueando aún en las manos, empezó a explicarme las diferencias entre un caballo corriente y un purasangre de carreras. Un caballo de salto y uno de velocidad eran ambos animales magníficos, pero muy diferentes entre sí. Se distinguían del caballo de tiro común, además de por su estampa, por su fragilidad ante el calor y el frío. Cualquier corriente de aire, por la noche en las cuadras, o después de los ejercicios, podría matarlos en pocas horas. Hay que cubrirlos enseguida con una manta, son animales delicados.
     -no descarto comprarme uno algún día, concluye.
     Las tijeras vuelven a revolotear sobre mi cabeza.
     -una yegua que tenga menos de dos años, preciosa, gris como este jersey. ¿Le recorto las patillas?
     -como quiera.
     -no de carreras, claro está. ¿Ha estado alguna vez en Saratoga Springs, en Ithaca? ¿sabe cuánto cuesta un caballo de carreras corriente?
     -no.
     -casi un millón de dólares.
     Estupefacto ante esta cifra, se retira un poco del espejo. Siento un nudo en la garganta.
     La puerta acristalada se abre y entra un hombre bajo, grueso, con un periódico, con aspecto de indio. Saluda y se sienta detrás de nosotros.
     -ya le está mareando con sus caballos, aventura.
     -¿y a ti que te importa?       
     -¡bah!
     Despliega el periódico, bosteza, y saca un paquete de cigarrillos.
     -¡no se puede fumar! ¿Le hago las patillas?
     -¡qué hembras, Celestino!, exclama aquél, mientras el humo se le escapa por la comisura de los labios. Empieza a revolver las revistas sobre la mesa.
     -a mi no me importa.
     -¿le ha contado ya lo de su yegua? 
     -¿qué yegua? Apaga el cigarrillo o vete a la calle.
     -Prométeme otra vez, Celestino, que cuando te la compres te harás una fotografía conmigo: tú montado en la yegua y yo, los tres juntos en la puerta de la barbería.
     -¡vete a la mierda!
     -¡Esta si que es buena!, lee el Pen House: ¡Descubre que es gay el día de su boda!
     El humo invade ya el local. Celestino enchufa el ventilador. Pasa un espejo pequeño por mi nuca y espera, embelesado.
     -un millón de dólares, y me quedo corto.
     -no le haga caso, dice el gordo: ahora le dirá que a los caballos no se les ve la edad en los dientes más que en Hollywood.
     -un animal joven siempre tendrá el pelo más claro que uno adulto, salvo que venga de padres marrones o negros, sentencia.
     -Perla, la yegua de Celestino, será gris ceniza.
     -si es así, después de los dos años se volverá canela.
     -¡o humo!, dice el indio gordo, soltando una gruesa carcajada.
     -¡deja de manosearme las revistas!
     -Algún día yo haré un viaje a la luna, ¿sabe?
     -¿Le afeito?
     El peluquero prepara la brocha, la navaja, la loción y los parches de papel. Canturrea pero no vuelve a despegar los labios para hablar de caballos. Con todo, el brillo de la mirada traiciona sus pensamientos.
     Tras pasar suavemente el peine sobre el pelo corto, parejo, empapado en colonia, me devuelve las gafas para que compruebe si el resultado está a mi gusto. Luego, sin mirar al gordo, me abre la puerta. La campanilla tintinea un buen rato, jovial, en mi cerebro mientras me alejo hacia la Estación de Central Park, que asoma primaveral al fondo de Broadway.
     Voy alegre sin saber por qué. Supongo que esto es lo que caracteriza a la alegría, lo que la diferencia de la tristeza. Me alegro, tal vez la alegría, el optimismo del peluquero se me han contagiado. Me sorprendo admirando la claridad del cielo entre los edificios de apartamentos de Eighth Avenue.
     Pienso que, aunque el peluquero vendiera su negocio y su casa, no tendría para un caballo, ni siquiera para uno mediano. El indio tiene razón. Pero se equivoca.
     El verde primaveral de Broadway y la punzada, aún tenue, en mi costado, me dicen que se equivoca, me lo susurran.      
     Por otra parte, dónde iba a meter un caballo