Foro de los escritores de Biblioteca Digital Siglo XXI

Consejo

No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
Juan Carlos Onetti

Destellos

Cada lector busca algo en el poema y no es insólito que lo encuentre: ya lo llevaba dentro.
Octavio Paz
 
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En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano.
Camilo José Cela
 
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ANDRÉS CASANOVA

                                           NARRATIVA   


 
Breve texto biográfico
 
El escritor cubano Andrés Casanova tiene por nombre completo Andrés Vicente Casanova Guerrero aunque eligió para publicar sus obras el primero de sus nombres y el primer apellido, por lo que cualquier referencia a este escritor aparece con dicho nombre que no constituye seudónimo sino nombre literario. Tiene su residencia permanente en la ciudad de Las Tunas. Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) por la Filial de Escritores desde su fundación en esta provincia cubana en diciembre de 1987. Nació el 19 de julio de 1949. Ha publicado hasta la fecha presente un total de siete novelas, y una de ellas tiene segunda edición en México y la misma una tercera edición electrónica en el sitio español yoescribo.com, además de tres libros de cuentos y uno de ensayo. Tiene tres libros de poesía inéditos.
 
Es escritor en los géneros de novela, cuento, poesía y ensayo literario. Además de esto, es escritor radial de libretos dramatizados con vida activa en este quehacer. Ha incursionado en el guión cinematográfico aunque no se ha filmado ninguno de los que ha producido.
 
Su novelística está enfocada hacia lo social, aunque en algunas zonas aborda con más amplitud el aspecto psicológico de los personajes así como refleja el entorno vital de la Cuba de la actualidad. La cuentística queda en una zona entre el realismo y lo fantástico, pero sin alejarse de los temas que aborda en su novelística. Sus poemas resultan un tanto intimista, aunque no los encierra en una campana de cristal sino que el sujeto lírico suele desdoblarse entre el yo-imaginario y el yo-social. Los ensayos que escribe abordan diferentes aspectos de la cultura en general y la literatura en particular, con énfasis en el quehacer de los escritores cubanos de la actualidad. Los libretos dramatizados abordan tanto temas de la historia cubana como de la ficción.
 
Considera que su obra ha heredado las influencias positivas de José Soler Puig, Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante, entre los cubanos; en tanto que menciona entre los escritores de otros países a César Vallejo, Raúl Hernández, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Alfredo Bryce Echenique, Antoine de Saint Exupery, Augusto Monterroso, Augusto Roa Bastos, Benito Perez Galdós, Miguel de Cervantes Saavedra, Charles Dickens, Mario Vargas Llosa y otros.
 
Fue seleccionado al premio artístico-literario Catania Duomo 1995 auspiciado por la Academia Ferdinandea de Ciencias, Letras y Artes con sede en Italia; aparece reseñado en el Diccionario Biográfico Internacional de Cambridge, Inglaterra; es miembro del Consejo de Consultores  del Instituto Biográfico Americano (ABI) con sede en Carolina del Norte, Estados Unidos y obtuvo Mención en el concurso internacional de poesía Rosa de Primavera, Baleares, España, 1994. Resultó premiado en poesía en el concurso del ayuntamiento de Benferri, España, en 2006. Obtuvo Mención de Honor de Monólogo Teatral en el Concurso Internacional de Microficción "Garzón Céspedes" 2007 de España. Su novela inédita Onán y la mujer perfecta resultó una de las siete finalistas en el I Certamen Narrativa Universal 2008 convocado por la editorial española Punto y Aparte.
 
 
Bibliografía
 
Novelas:

Hoy es lunes (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1995); Tormenta tropical de verano (Editorial Sanlope, Las Tunas, 2000; y Ediciones Coyoacán, México, 2003); Las trágicas pasiones de Cándida Moreno, (Editorial Sanlope, 2001); La jaula de los goces (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2001), Las nubes de algodón (Editorial Sanlope, 2005); La fiebre del atún (Editorial Oriente, 2005); y No somos aquellos niños (Editorial Sanlope, 2007).
 
Cuentos:
 
El reloj, ese asesino (Editorial Sanlope, 1991); Pequeñas historias memorables (Ediciones Sanlope-Publicigraf, Las Tunas, 1994); Ángel el desalmado y otras historias (Ediciones Trazos literarios, España, 1995).
 
Ensayo:
 
Reseña del sello de correos y la filatelia en Cuba, (Ediciones Sanlope-Publicigraf,1994).
 
 
 
 
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Blog de Daniel Montoly

 

 
EN MI PUEBLO NADIE ME QUIERE
 
No me quieren. Porque maté a Martín el Sarraceno y a Rosaestrella Balbuena la obligo delante de todos a desanudarme la corbata y buscar el lado exacto en que se encuentran los planetas.
 
A veces me da por alejarme del pueblo durante varias semanas y ando de farra en farra, admirando muslos portentosos de muchachas en flor, jugándome a la suerte el dinero ganado en mis negocios con los extranjeros, acostándome con mujeres imposibles, despertando borracho con mis sueños a cuestas. Despertando lleno de soledad y de nostalgia.
 
Cuando regreso al pueblo me duele la cabeza. Traigo la mirada sucia del polvo de los caminos y paseo alrededor de la iglesia como si Dios me estuviera mirando. Reviso los bolsillos: vacíos; palpo mi pecho: adolorido; muevo las piernas: temblorosas. Mientras descanso en un banco de piedra cierro los ojos para ver pasar a mis enemigos.
 
Mis enemigos se niegan a escuchar las historias que invento. Martín el Sarraceno es un personaje de mentiras y a Rosaestrella Balbuena la pongo a vivir aventuras inexistentes.
 
En mi pueblo nadie me quiere. Porque invento fabulaciones y quisiera que fuesen realidad. O al menos, que me dejaran contarlas en las esquinas solitarias del parque, en el teatro lleno de telarañas y en el puerto durante los domingos vacíos con sus tardes olorosas a mariscos podridos. Que me dejen hacer del mundo un cálido rincón donde pasar la noche.

 
 
BEISBOL
 
El público ha comenzado a inquietarse; desde las graderías se escuchan gritos que al pitcher, un as a pesar del sudor en la frente, un campeón aunque el codo le duela de una forma endemoniada, un astro no obstante la sensación de que las yemas de los dedos de su mano izquierda no sostienen una pelota sino una piedra afilada, se le antojan los de una manada furiosa, enfebrecida, anhelante. Levanta la vista y deja vagar los ojos fracciones de segundos por la torre luminosa para sentir como en otras ocasiones que es el dueño absoluto de este stadium, cuando lo ha hecho vibrar de emoción con sus curvas aterradoras, sus rectas por el centro del home y a la altura de las letras del bateador, y su velocidad indomable.
 
Descansa la mirada vacía en la cabina de transmisión y allí sabe que se encuentra el narrador deportivo haciendo los mismos visajes patéticos que acostumbra cuando el otro equipo se encuentra en desventaja: aunque el narrador se empeñe en negarlo, es tan fanático como los que gritan desde las graderías quién sabe cuántas obscenidades sólo porque hoy no está en uno de sus mejores días. El pitcher vuelve a concentrarse en las señas del catcher. Le dice que no con la cabeza, molesto; en general se lleva bien con su compañero de batería: es quien más sufre los rigores del juego, todo el tiempo agachado detrás del home, obligado a mantenerse concentrado no sólo en el tipo de lanzamiento adecuado para cada bateador, sino también en la posición correcta de los demás jugadores. Sus señales orientan con precisión que el de la primera base está muy cargado hacia la segunda, que es necesario cerrar un poco el cuadro para buscar el doble play, que el de tercera base debe acercarse unos pasos porque nunca se sabe, un toque de bola no siempre es anunciado, no todos los bateadores son tan torpes como para denunciar con antelación la táctica. De todas formas, ahora por la mente del pitcher no pasan estos razonamientos que podrá formularse más tarde, cuando se encuentre sentado en el banco luego de haber tomado una ducha y contemple, como dice el director del equipo, los toros desde las barreras. Ahora él mismo se siente torero o más bien un miura, deseoso de embestir, de colocar la pelota en el lugar exacto, donde más estragos pueda hacerle al bateador contrario, nada menos que el cuarto en el orden de la alineación y que está ahí, empuñando con firmeza el bate, a sabiendas de que de su actuación depende el giro del juego, consciente de que si conecta un batazo largo e incogible las graderías se vendrán abajo por el bullicio y lo aplaudirán hasta rabiar.
 
El pitcher mira hacia las bases con un ligero movimiento de cabeza; los tres corredores están separados de las almohadillas que marcan las bases pero sin adelantarse mucho. Total, no hay que apurarse, parece decirles con la mirada el coach desde su puesto cercano a la tercera base, el pitcher ha perdido el control de su brazo y nuestra victoria sólo es cuestión de breves minutos. El pitcher observa de nuevo la mascota del catcher, rueda la vista hasta el pie izquierdo del bateador y sabe lo que éste espera: repetir una vez más la hazaña de mandar a volar la pelota junto con las palomas asustadizas del parque aledaño a las graderías del fondo. Inicia los movimientos habituales, las manos hacia la cabeza, un pie ligeramente hacia delante, suelta con fuerza -toda la fuerza que le queda de reserva- la pelota y no sucede lo que él esperaba; es otra bola y el público mantiene una gritería ofensiva.
 
Si al menos lo dejaran tranquilo unos instantes, piensa. Si le permitieran concentrarse con exactitud para lograr que la curva rompa donde él quiere, donde sabe que engañará a este bateador todo sonrisas, burlón, que levanta una mano pidiendo tiempo y sale del área de bateo sólo para escupir y frotarse los brazos, o sea, para desesperarlo. Aprovecha la oportunidad que le brinda el contrario y remueve la tierra con el zapato. ¡Es esto, ahora lo advierte! ¡Había olvidado mantener la altura adecuada del terreno y por tal motivo ha perdido el control de sus lanzamientos! ¡Cómo no había reparado en ello! Con rabia, diciéndose imbécil, se dedica minuciosamente a formar una loma que le servirá de apoyo. Cuando el bateador retorna al área, ya ha recuperado el aplomo. Inicia de nuevo los movimientos sin tomar muy en cuenta la seña del catcher y esta vez la pelota pasa por el lugar preciso. El mismo árbitro colocado detrás del home se emociona más de lo que corresponde a quien debe servir de juez y grita: "¡Strike!" y miles de voces corean la misma palabra en un inglés que nada se parece al inglés verdadero.
 
Al fin ha pasado el mal momento. El catcher sonríe. El jugador de la primera base escupe entre dientes y murmura frases de aliento. El de tercera base se adelanta un poco y lisonjero le expresa: "¡Anda, anda, chico: ponle extra!". El de segunda no le quiere bien: se mantiene cerca de la almohadilla tratando de sorprender al corredor fuera de la base, pero nada más. Ahora al pitcher no le importa que desde el público hayan reanudado sus griterías mientras una corneta anima al bateador de turno; ya es dueño de su brazo nuevamente. Acomoda el montículo de tierra otra vez, para apoyar el pie; sus ojos están atentos al bate enemigo y a la mascota amiga: suelta la pelota hacia delante y sonríe cuando ve que el bateador ha iniciado el movimiento del bate fuera de tiempo y espacio, porque está convencido de que con esa trayectoria no encontrará la pelota y efectivamente es ahora el público quien sirve de árbitro con un strike estertóreo mientras el bateador, fuera de balance, casi va al suelo.
 
Sólo falta un strike para acabar con esta pesadilla, sólo uno. Con éste se irían al piso las aspiraciones del equipo contrario de empatar el juego, o de tomar ventaja, en el inicio del noveno inning. El pitcher conoce su responsabilidad; sabe que defraudar al público que es partidario de su equipo no sería tan desastroso como defraudar al manager. De no lograr este último strike, pasará días y días sentado en el banco, en espera quién sabe de cuál otra oportunidad. Por tales razones, se aplica a moldear hasta en los más mínimos detalles la loma de tierra. Le agrada verla formando una especie de pirámide, le concede una enorme importancia: desde que se ha estado ocupando de ella como es debido, las curvas rompen donde desea, las rectas llegan a la velocidad precisa, todo es distinto.
 
Está puesto de acuerdo con el catcher y lleva las manos a la cabeza. Sin comprender aún, cierra los ojos y vuelve a abrirlos viendo cómo la pelota se pierde en las profundidades de la zona central, mientras desde el público unos rugen de alegría y otros de ira. Agacha la cabeza cuando ve al bateador entrar al home sonriente, mientras los compañeros de equipo salen del banco para cargarlo en hombros.
 
El pitcher trata de darse aliento a sí mismo: el juego continúa, no todo está perdido, a su equipo le queda otra oportunidad. Sin embargo, cuando ve venir al manager, cabizbajo, hasta donde él se encuentra, comprende que para él no habrá más oportunidades. Le pide la pelota sin permitirle argumento alguno y levanta el brazo en señal de que el sustituto debe venir.
 
El pitcher se aleja hacia las duchas seguido de la rechifla del público. El sustituto ha ocupado su lugar y lo primero que hace es desbaratar con el pie derecho la loma de tierra formada por su antecesor.