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ANDRÉS ALDAO

NARRATIVA    
 
Andrés Aldao, poeta del mundo
soy la sombra envejecida
de aquel pibe retraido


 

Andrés Aldao. (Buenos Aires, 1929), vive afincado en Israel desde 1975. Militante de izquierda, estuvo preso durante un año en Devoto y Resistencia. En 1996 comenzó a escribir cuentos y relatos en los que, de un modo u otro, revive experiencias de su vida. Fuera de su país de exilio es conocido por un reducido grupo de escritores y poetas. Aldao ha pagado con el obvio ostracismo el vivir fuera de su país, de su ciudad cuna y de su gente, a la que ha dedicado muchas de sus páginas.

Há publicado los siguientes libros de cuentos y relatos: Cuentos desde Lejos (1998); Al Servicio de la Vida (1999, cuatro ediciones, fue traducido al hebreo); Ensayitos y Sarcasmos en compás de 2X4 (2001); Calles Empolvadas de Recuerdos (2002); A + B Memoria Cotidiana (2004, en conjunto con Ernesto Bavio); Aventuras y Desventuras de Ale Aspis (novela, 2006 − cuarta edición de 50 ejemplares: abril 2009; De evocaciones (cuentos, 2007); Tragedia de una generación decapitada (cuentos, 2007); Aserrín...Aserrán (junio 2008); a punto de editarse, una antología de sus nuevos cuentos.

Edita la revista virtual Artesanías Literarias desde 2003.


 
 
 
 

 
 
 
 
 

 
 

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LA SEÑORA TERESA

...porque entonces yo aún no sabía que
a pesar de crecer y por mucho que uno mire
hacia el futuro, uno siempre crece hacia el pasado,
en busca tal vez del primer deslumbramiento.
Juan Marsé – El embrujo de Shanghai

Figueroa al 1200 era la réplica de otras calles de la Buenos Aires de los años treinta y cuarenta. Las anécdotas y las emociones, la vida a cámara lenta; inquietudes calcadas del protocolo de la ciudad, la vida diaria con cadencia de la música de la urbe que él iría asumiendo con fascinación y curiosidad.

A la escuela iba de tarde. Y durante las mañanas recorría las calles del barrio de Caballito, exploraba el espíritu del nuevo vecindario y se extasiaba contemplando a los quinieleros, los cafiolos, los esgunfiados y los atorrantes que le escapaban al trabajo. O a los viejitos jubilados sentados en las puertas de sus casas fumando en soledad cigarrillos Tecla, Barrilete, o los abusivos toscanitos Avanti. Lo asombraban las mujeres que iban al mercadito, a la feria y a comprar todos los días las flautas crocantes, los pebetes y los bizcochitos de grasa en la panadería Del Carmen, en Gaona y Paisandú. En esas rondas iba conociendo a las nuevas vecinas, a las hermanas y las madres de los amigos.
El aprendizaje. La mirada diferente compartida entre las pibas de su edad y las mujeres maduras que estimulaban sus fantasías, el tenue despertar de instintos y sensaciones que ignoraba hacia adónde lo llevarían.
Se empapaba de vida cotidiana. Tenía la sensación de haber entrado en un mundo oculto. Y para ciertas cosas, con un prematuro discernimiento que se abría paso dentro de su turbada conciencia de hijo de inmigrantes. Era como haber cruzado un límite, o haber entrado en un espacio virgen para su reciente ayer.

En una de las casitas de la cuadra a veces se asomaba, en el balcón que daba a la vereda, una mujer solitaria. No sabía precisar si era bonita, palabra que no era parte del vocabulario de la calle. Pero lo atraía. Rubia, de ojos claros, ojeras marcadas debajo de los ojos, figura esbelta, mirada algo sobradora e incitante (provocativa, diría después), contemplaba al pibe con fijeza, envolviéndolo con sutileza y garbo. Y él, turbado, bajaba la vista. Sólo sabía que la llamaban “la señora Teresa”.
El detalle de la ojeras era para los pibes que tenían calle un signo definitorio: se trataba de una “puta”, término que les sabía a mácula, signo de que sus salidas por las tardecitas eran para “hacer la vida”, algo criticado por las viejas. “Putas, rameras”, pontificaban los mayores sobre esas minas arregladas, pintaditas, de zapatos de taco alto y polleras ceñidas y cortonas. Él intuía que se trataba de algo que tenía que ver con esas sensaciones agradables provocadas cuando se meneaba el pito y alcanzaba un estado de gozo incontrolable.
Sin saber qué implicaba esa mirada, el pibe pasaba por la vereda de la casa intimidado por esos ojos que lo observaban con simpatía. No podía imaginar en aquella mañana de barrio
− recordaría años después − que ese rostro de mujer despertaría en su candor un secreto estremecimiento, la atracción por una mujer adulta. Que nada tenía que ver con los juegos y las experiencias infantiles, nada que ver con los recuerdos de la edad feliz, de las evocaciones conscientes, de los primeros compinches, la escuela y sus pequeños traumas.
El recuerdo regresaría bastante después, claro, como una sensación de ternura frustrada, algo de piedad y mucho de objeto inalcanzable. Como si los deseos de acercársele, rozar las ojeras − que eran como una lacra infame, decían −, fuesen espejismos, fantasías, el desgarro ante la certeza pueril de lo quimérico y pecaminoso, la orfandad acompañándole como un profuso apretón de espinas.
Pasaban los días y durante las andanzas solitarias por el barrio, cuando los ojos de la “señora Teresa” lo agobiaban, bajaba la vista escurriéndose, deplorando no convertirse en El Hombre Invisible, o en La Sombra. De todos modos, la imagen de Teresa le servía de estímulo, ensoñación obscena para las masturbaciones que celebraba algunas mañanas en su honor.
Esta historia de pibe seducido por la mina madura, tan distinta a las mujeres gordas que vivían en la barriada, no alteraron demasiado la rutina de su niñez, hasta el día aquél en que la señora Teresa, contemplándolo con su mirada insistente, le hizo una seña con el índice. Confundido, con un julepe atroz a lo desconocido, vaciló: disparar o hacer la comedia del chicato que no ve. Parada sobre el escalón de mármol de la casita con puerta de chapa, seguía haciéndole señas mientras bajaba del peldaño a la vereda y, espléndida, contoneándose, se lle acercó.
−¿Qué quiere, señora?  −murmuró apocado.
− A ver, ¿cómo te llamás vos? −dijo con suave sarcasmo.
−Para qué me pregunta −musitó.
−Hablá más fuerte, che rusito, que no se te escucha. A ver, dale, decime...
Le dijo el nombre. “Qué nombre más raro, che”, y comenzó a sonreírse. Él se sonrojó.
−Quiero pedirte un favor... Necesito que me hagás un mandado, te voy a dar una propina. ¿Sí? Por favor... 
Se lo pidió con dulzura, y él, atemorizado, le dijo «Bueno, señora». Ella lo miró con cara agradecida, y agregó:
−Vos vivís enfrente, ¿no pibe? Y llamame Teresa, ¿de acuerdo?
Le pidió que le compre un churrasco de cuadril, una lechuga, un tomate y verdurita. “Y decile al carnicero que es para Teresita” −agregó−, y que lo anote.”.
Cuando volvió con el mandado golpeó con el llamador mientras miraba para todos lados. «Si me llega a ver la vieja, uy, que despelote...». Estaba asustado.
−¿Ya estás acá? Qué rápido, che. A ver, muy bien... bueno, tomá, estos diez centavos son para vos. Decime, ¿cuando te necesite me vas a hacer la gauchada?
−Sí, señora.
−Llamame Teresa. A mi no me gusta que me llamen así ¿sabés? parece el nombre de una virgen −Y se echó a reír.
−Sí... −la cara se le puso bermellón cuando farfulló el nombre: señora Teresa.
−Sin señora, nene, bueno, andá, y gracias. Chau.
Cuando volvió del cole miró hacia la casa de Teresa. La ventana que daba a la calle estaba cerrada, no se veían luces. Se sintió abatido. Fue la primera vez que la buscaba. Como si la experiencia de la mañana lo hubiese acercado a la vida de la mujer, bajo la impresión de su voz y la cara, no habituales en el barrio. Su cabello era rubio claro, “como el de las muñecas de las jugueterías”, se le ocurrió. Y recordó el perfume que desprendía su cuerpo. No quería ir a jugar con la barra, estaba retraído, sentía algo raro. Se fue a la casa.
Teresa anegaba sus días con cálidas imágenes... Fantaseaba escenas en las que ella le confesaba su cariño, tomaba sus manos o le acariciaba las mejillas. Y, aunque en la escuela estaba prendado de una pibita del grado (ni bola que le daba), la figura de Teresa le invadió el tinglado. La vieja le interrumpió los sueños: “¡vení a comer!”. Fue a sentarse a la mesa. Comía embutido en el silencio. Hubiera querido preguntarle al viejo cosas de las “curves” (el sinónimo de puta en ruso), pero el padre leía el diario. Con la curiosidad insatisfecha se fue a dormir. A la mañana siguiente se masturbó imaginando a Teresa desnuda, con las ojeras de puta bajo sus ojos profundos... Empezó a intuir la relación. Era un secreto que debía guardar, no mentárselo a nadie. Ni a los amigos...
Continuó haciéndole mandados y siempre le daba la moneda. Una mañana, Teresa le pidió que fuese a comprarle un par de medias a la mercería de Gaona. Se ruborizó y ella se rió a carcajadas. Le pasó un papel en el que había anotado los detalles. Avergonzado, se encaminó hacia Gaona y cumplió el encargo. Ella le dio los diez centavos y un suave pellizco en la mejilla. Se sonrojó por segunda vez. Imaginó que pasaba los dedos por su mejilla y luego los besaba con pasión... No lo hizo.
Una tarde la vio doblar por la esquina de Paisandú hacia Gaona. Un irrefrenable impulso lo llevó a seguir sus pasos, descubrir, quizás, el secreto de sus caminatas por las tardes, develar las incógnitas de esas salidas vespertinas, pintada, elegante, las ojeras acentuadas, su contoneo sugerente. Garuaba; la llovizna, como un nimbo gris, resaltaba la efigie de Teresa que caminaba sin apurar el paso. La lánguida figura de la mujer se iba diluyendo en las sombras del atardecer. La vio cruzar Gaona, subir al tranvía 99 y esfumarse. “Hacia la perdición”, pensó con pena repitiendo frases de los “mayores”, sin saber muy bien de qué se trataba. Una angustia imprecisa, preguntas que no sabía responder. Las mejillas se le fueron cubriendo de lágrimas y regresó a la calle protectora...

Hacía varias mañanas que no veía a Teresa. A veces ocurría. Aunque todos los jueves lo aguardaba tras la puerta, en una especie de rito secreto. Cuando lo advertía le hacía señas y le encargaba las compras. Pero ese jueves no estaba. Sintió una extraña inquietud. Los pibes de la barra habían comenzado a observarlo, cosa que despertaba su ira. Y temor. Pensó que habían descubierto sus mandados, o mucho peor, sus secretas ensoñaciones con Teresa. La sospecha le agobió. Algunas de las viejas podría ir con el chisme a la casa, o las amigas de la hermana referirle lo de los mandados. No entendía qué tenía de malo, aunque sabía −puro pálpito− que debía hacerlos con discreción, como un furtivo acto conspirativo.
Ese viernes salió de la casa y, mientras recorría el pasillo, sintió una vez más la angustia imprecisa. Llegó a la calle: allí estaban las matronas parloteando como arpías excitadas. Se fue acercando y escuchó que la vieja de Adel les decía a las otras: «Se la llevaron antiayer, sí... Vino el autito de la 13ª. Esa atorranta... yo les dije que ésa no es trigo limpio, es una ramera», musitó bajando la voz al ver al pibe. Y vos andáte de acá, Rusito, que nadie te llamó».
Volvió a la casa. Se sentía como el protagonista de una tragedia. Recluido en el baño se masturbó, desesperado y afligido. Después secó sus lágrimas.

Luego de un tiempo la “señora Teresa” regresó. Estaba más pálida y las ojeras parecían delineadas con espejuelos negros. Un mediodía, yendo hacia el colegio, la vio. Tenía la cara seria y se adivinaba triste. Ella lo miró a los ojos, con ternura, necesitada de un gesto amistoso, y él, turbado, dio vuelta la cara... Ya no volvería a pedirle mandados.
Esa tarde se hizo la rabona; se sintió desdichado e infeliz, con una vaga e incomprensible sensación de culpa.
A los pocos días un camión de mudanzas se llevó a Teresa, a sus muebles, las plantas y unas canastas de mimbre. Las brujas de la cuadra contemplaban la escena con sus ojos de arpías.
Durante un tiempo siguió vislumbrando la puerta de chapa y el escalón de mármol desde donde Teresa lo convocaba los días jueves. Sin saberlo, fue su primer desgarro amoroso. Nunca volvió a verla. Jamás la olvidó ●
 
 
Publicado por primera vez en De Evocaciones (2007), fue reeditado en la saga Aserrín...Aserrán (2008). 
 

 

 


 LUCÍA BAILA EL TANGO

 
 
                                                                                      Buenos Aires es amistad en la esquina de barrio y
                                                                                     nostalgia de esa amistad en las calles del centro".
                                                                                              Jorge Luis Borges y José Edmundo Clemente
 
 
En las penumbras de esas mañanas sofocantes, cuando el aire quieto parecía lava que le acariciara la piel irisada, Lucía estremecía el embaldosado patizambo de las aceras. Canta y baila el tango, trabaja y sueña, es la piba proletaria que descubre el universo vertebrado  de la realidad y el regocijo.
Al irse a yugar a la fábrica de medias de la calle Gaona, sus taquitos resonaban en las penúltimas sombras de Figueroa, o sobre la mueca sarcástica de Paramaribo, mientras un tardío bostezo matutino le plisaba la hermosura de las pálidas mejillas aún abotargadas por el sueño insatisfecho.


El viejo era un gallego laburante, cara ceñuda y cejas tupidas, siempre quejándose de algo pero de corazón propenso al arrugue. Sobre todo desde que Leonor, la mujer, murió de un ataque de asma y quedó viudo con dos hijos a cargo. Su prematura viudez y la derrota de los leales en la guerra civil española le agriaron el carácter. Colgado sobre la pared tenía un inmenso retrato de Juan Negrín y en la mesa de luz una foto enmarcada de Dolores Ibarruri, La Pasionaria.
Lucía era la hermana mayor de Horacio, integrante de la barra de Figueroa. Andaba por los catorce o quince. Espigada, con cara de virgen de estampita, pálida, ojos redondos y grandes –a veces con una expresión algo tristona–, llevaba el cabello renegrido dividido en dos tupidas trenzas.
Obrerita y promisoria, se deslizaba como un cisne opalino en un lago de aguas burbujeantes, siempre tarareando algún tango chanfleado por la gracia de su voz adolescente.
Se ganaba el mango por la suya, hacía la limpieza de la modesta casita en que vivían. Gustaba contemplarse en el espejo, examinar las suaves tramas de su rostro y vivir el despertar tempestuoso de la edad.


Miradas codiciosas habían comenzado a junarla. La galleguita estaba aprendiendo a contonearse, a llamar la atención, a estimular la fantasía de los mirones del barrio. La barra chaplinesca de Figueroa dejaba transcurrir su tiempo en juegos piromaníacos, el picado de vereda a vereda con la pelota de veinte guitas, el previsible vigi ladrón, la narración de cuentos verdolagas, o el balero con las refulgentes tachuelas acorazando la embocadura. Pero también imaginaba. Imaginaba los encantos previsibles de la Lucía con concupiscencia de masturbadores precoces y fervorosos. 


La vieron crecer desde que eran gurruminos. Era una adolescente bien formada, de ademanes delicados al margen de las rabietas que prestigiaban el clima familiar. De todas maneras, Lucía fue el ensueño procaz e imposible, la novia inalcanzable, la minita de abolengo que rompía el cuore de los pequeños quias en la temprana era de la infancia. Pero la inocencia decrece, sibilina. Con prisa y sin pausa.
Mientras cuchicheaban pavadas, la veían pasar atractiva e indolente refregándoles su esbeltez de Afrodita sin darles ni la hora. Y el gallego Horacio, humillado por esa sugerente contemplación, se transformaba en un hierro al rojo vivo. El rostro se le congestionaba y gotas de sudor rabioso le bajaban por la frente, mientras los amenazaba con los puños apretados vociferando: ¡¡Degenerados, si llegan a decir algo de mi hermana los fajo a todos! No decían –no cuando el gallego gilún estaba presente–, pero fantaseaban. ¡¡Cuánto que fantaseaban!
En Paysandú casi esquina Luis Viale  había en esos años una casona con un patio enorme cubierto por una higuera escalofriante y hiedras trepadoras. Allí, precisamente, funcionaba el Social y Deportivo Caballito Norte. De deportivo tenía el nombre; y como social, en realidad era la guarida de los jovatos jubilados del barrio. Los naipes de esquinas desbastadas entre aquellos garfios proletarios, se batían en duelos estentóreos de truco, escoba de quince y mus.
Tan enorme, sombreado y larguirucho era ese patio, que a los pibes les daba pavura llegar hasta el fondo tupido, misterioso e imprevisible. Era como la jungla en la que Tarzán de los Monos se paseaba junto a Jane entre arbustos gigantescos, saltando de liana en liana mientras Chita y Tantor les resguardaban el lomo. Era un temor que habían cultivado los viejos con el antológico hombre de la bolsa, Lucifer y su infierno tenebroso y el desopilante cuco que puso en vereda a varias generaciones de infantes indomables. Freud y Piaget no se habían popularizado aún, la APA¹ estaba en pelotas y la computación y la pedagogía eran fantasías siniestras del Astrólogo de Los Siete Locos arltianos. Y aunque estaban convencidos de que en ese fondo no había fieras con colmillos chorreando baba sanguinolenta, ni plantas devoradoras, ni hormigas termes, ni elfos perversos, preferian no arriesgarse…


Los domingos, el Social y Deportivo abría sus puertas cachuzas a la milonga, y el patio era  la pista de baile con la música de jazz y tango que azotaba al vecindario. Esas noches, las pibas más jóvenes aparecían con las viejas, los imberbes llegaban en barritas peinados al Brancato o brillantina –que le daba al pelo ese lustre pringoso, como de aceite para la Singer–, y las parejas veteranas bailaban arrulladas al compás de tangos y milongas en discos de pasta de Fresedo, Canaro y Lomuto, y los renovadores Troilo y Pugliese.
Una tarde, Lucía se animó a pedirle al padre permiso para ir la noche del domingo a la milonga barrial. El gaita la miró preocupado.
–Un lugar así no es para ti, Lucía. Los muchachos son todos unos canallitas.
–¿Entonces tengo que vivir encerrada, sin salir, mirando las cuatro paredes?
–Pero qué es lo que dices, inconciente. A esos lugares van los canallitas que te ponen el vicio entre las piernas. ¡¡Qué te parece, Lucía! ¡¡Yo los conozco al dedillo! ¡De ninguna manera!
–Pero papá, las chicas del barrio van acompañadas de las madres. Yo puedo ir con Rita. Es para pasar el rato: yo trabajo toda la semana, ¿no puedo salir a divertirme una noche?
–Vé al cine los domingos por la tarde, pasea con tus amigas o escucha radio, lee las revistas que te compras. A esos antros viciosos tú no debes ir. ¡¡Olvídate, Lucía! Es por tu bien, hija, hazme caso, ¡escápate de los viciosos de la noche!
Qué ganas de llorar, en esta tarde gris, canturreaba Lucía la tarde del domingo mientras sacudía las colchas de las camas, barría el patio con la escoba media pelada y le pasaba cera a los pisos de madera. Entró en la cocinita, calentó la pava y le cebó al padre unos mates con espuma de primera. Terca. Muy terca y compradora la pibita.
El padre, que no era ningún otario, se sonrió con disimulo tras los bigotes de prócer de fin de siglo. Finalmente le dijo, en un murmullo ininteligible:
–¿En serio que Rita va con la madre?
El bagre picó la carnada, pensó Lucía; y de raje, sin perder tiempo, calentó la olla con agua, llevó la palangana al bañito y comenzó a lavarse.
Acariciaba con suavidad las intimidades de su cuerpo; y un creciente ardor la inundaba de placer mientras los dedos retozaban sobre sus senos. Pensó en Agustín, el hermano de su amiga Estela, que la miraba con insistencia cada vez que iba a comprar al mercadito de los tanos. Y ella a él. El ardor, alentado con destreza, alcanzó entonces el punto de ebullición. Suspiros y jadeos acompañaron la sensación arrebatadora de placer.
Secó su cuerpo, se puso la ropa interior y envuelta en el toallón se encaminó a la pieza. Se vistió detrás del biombo cuyas rajaduras el padre tapó con papel engomado. Con fingida ingenuidad el hermano lo corrió. Lucía le estrelló en la testa un mamporro espectacular. Horacio se retobó aunque optó por retirarse.
Esa noche Lucía iba a estrenar los zapatos con taco trotter, medias de seda con ligas, una blusa de escote en V que cerraba debajo del pliegue de los senos, la pollera tableada y el collar fantasía que compró con parte del sueldo. A la blusa le dio un tirón de la parte trasera para ocultarle al padre el llamativo escote. El lado posterior del cuello quedó levantado. Ya lo acomodaría más tarde. Le faltaba pasar una prueba decisiva: darse el toque de colorete, delinear las cejas y pintar sus labios. Decidió suprimir el experimento. Podía pintarse en la casa de Rita, o incluso en el club. Lo importante, pensó, era eludir la censura.


La boca de la muchacha era pequeña, sus labios resaltaban como fresas silvestres, tenía la nariz tenuemente repingada, y los ojos negros matizaban su efigie de madona.. Cuando sus trotter cruzaron el portón del Social y Deportivo, taconeando insolentes, causó sensación. La pibada se alborotó contemplando a esa muñeca de endeveras.
La madre de Rita se sentó al lado de otras respetables matronas del barrio, mientras las nenas, de pie en el borde de la pista, esperaban el cabezazo de los quías de sonrisa babosa.


Él le hizo una seña tan tenue, que Lucía ignoró. Permaneció erguida como un palo de escoba. Entonces, Agustín, ultrajado por el rubor cetrino que le arañaba las mejillas, bajó la pera con fuerza. Semejaba un martillazo feroz que machacase la cabeza de una chinche.
La parejita bailaba con elegancia de veteranos, en tanto las piernas se enrulaban en las figuras del doble ocho y la corrida enhebradas con el ritmo de Fresedo en Cuartito Azul.    
El vicio del pibe, tal como lo supuso el padre, se acomodó en la entrepierna de la chica, disimulado entre el tableado ordenadito de la pollera negra. Las dos mejillas adheridas como ventosas, la mano derecha del pibe aferraba la cintura de Lucía y la izquierda prendida a la mano de ella. La nuez de adán del muchacho bajaba y trepaba con cadencia de milonga, la lengua humedecía sus labios agrietados y la voz, atascada, no emitía señales. De la piel de Lucía emanaba tibieza, frescura, un agradable aroma a colonia Atkinson’s. Su mirada dulce tenía aturdido al muchacho, incapaz de abrir la boca o tomar alguna decisión. El diálogo fue tan tupido que no les salió ni un mísero adverbio, o algún adjetivo solitario.
–¿Vos sos mudo o estás enfermo? –dijo la muchacha con cándido sarcasmo. Agustín se sonrió y le ofreció un chicle Adam`s. El fresco de la noche se escurría por la calidez del ambiente, la mezcolanza de perfumes baratos y el ácido sudor axilar.
Las madres de las muchachas se encontraron de pronto haciendo un corrillo fenomenal, chismoseando sobre los maridos con risas quisquillosas, ponderando las cualidades de sus nenas y bostezando como descosidas que están por desarmarse de sueño.
Rita había cazado a un pibe más flaco que un vermicheli, con unas ondas de cuarteador, forastero total en Caballito. Resultó ser un pariente de los Millán, que había venido de Junín a pasar las vacaciones en la urbe porteña.


Cerca de medianoche las caras parecían mascarones estriados por delicadas arrugas. Atrapados por el embrujo de la milonga, transpirados y ojerosos, el entusiasmo de los bailarines no cedía. A las doce en punto el animador anunció que la milonga había terminado. Las luces comenzaron a parpadear y los concurrentes, felices y algo maltrechos, iniciaron la retirada.
Lucía y Rita se despidieron de los imberbes con promesas de un pronto reencuentro. Lucía se quitó los afeites, enjuagó su cara en la casa de Rita, y la madre la acompañó. Como un centinela de consigna, el padre abrió la puerta y se acercó. Al verla acompañada por la mujer se tranquilizó.


Se tumbó sobre el catre que estaba detrás del biombo. No podía dormirse. En esas pocas horas Lucía se sintió como la Cenicienta*. Este pibe me flechó. Es la primera vez que me pasa –pensó–. Y qué buena pareja que hacemos, ¿no? Es un tímido; aunque después se desató bastante. ¿Será amor esto? La verdad que es un buen pibe, serio, pero pensándolo bien es bastante mano larga. Bah, como todos: se mueren por toquetear pero me gusta. No puedo dormirme, ¡¡qué bronca! Y mañana lunes, otra vez al yugo. ¡Dios mío! ¿Y el viejo? ¡Vaya a saber cuándo le saco otro permiso!
Liada, con las manos apretadas entre los muslos, fantaseó que paseaba por el parque Centenario, Agustín la llevaba del hombro y luego le rodeaba la cintura, la besaba con delicadeza rozando con los dedos sus mejillas y el cuello. Ella permanecía tendida y abrazada al muchacho. Una tibieza en aumento fue invadiéndola. Luego la estremeció un sopor agradable. Sus dedos recorrían la vaina humedecida y, mientras la invadía un placentero éxtasis, el continuo manipuleo la llevó a una culminación arrebatadora de gozo y fantasía. Lucía, ya satisfecha, siguió elucubrando escenas amorosas con el Tanito sin pensar en el trabajo, las corridas, los mandados, la limpieza, la cocina, el aburrimiento y la estrechez de la vida proletaria. Finalmente, se durmió con una sonrisa de madona feliz.


Un aldabazo solitario astilló el silencio de la tarde del lunes. El padre fue a ver quién era. Un imberbe con legañas verde oliva le preguntó por Lucía.
–Para qué la buscas tú. Mira que me resultas cara conocida, chaval.
–Soy Agustín, el hijo de Morezzano, el carnicero de Paysandú. Lucía hace las compras en el mercadito de mi viejo.
–Mira qué bien. Bueno, pero todavía no me has dicho para qué la quieres a Lucía.
–Sí, este... mire, ayer nos encontramos de casualidad en la milonga y yo bailé con ella.
–Pues me alegro, hombre, ¿y qué hay con eso? Hoy es otro día, ¿sabes?
–Mire, yo quería invitarla a dar una vuelta y pedirle su venia.
–¿Y quién te dijo a tí que a ella le interesa dar una vuelta contigo, muchacho? Además, sabes una cosa, Lucía está, ¿cómo es que dicen ustedes? pues está apoliyando la siesta. Si tienes ánimo vuelve en otro momento. Pero siempre estando yo, ¿me has comprendido? Y voy a decirte algo más: hoy cocino puchero de gallina, sabes, con garbanzos, habas, repollo y otros menjunjes. Una delicia, así que pierdes tu tiempo. Y dime, muchacho, ¿cómo te llamas?
–Agustín, ya se lo dije, don Juan.
–Epa, ¿de dónde conoces mi nombre?
–Y, en el barrio se sabe todo, y en el mercadito mucho más, señor.
–Mira, me estás resultando medio simpático a pesar de que tus padres son tanos, ¿no? Y seguramente partidarios de los fascistas que anduvieron metiendo sus asquerosas narices en España. Yo soy de los leales, ¿sabes? Bueno, bueno, ahora vete a tu casa antes de que te eche. ¡Anda, chaval.


El cielo se encapotó. Un viento malicioso anunció tormenta y en un tris se descargó el aguacero. Enero porteño, aguafiestas como siempre. Esa tarde los gandules de Figueroa le dieron asueto obligado a los juegos. A las cinco en punto, la iglesia de los Buenos Aires aturdió con unas campanadas que sacudieron a los dormilones. Los ojos tapiados de Lucía lograron entreabrirse, lo suficiente para que la exhausta milonguita comprendiese que la siesta se había acabado, y que ese tamborileo sobre el techo de chapa no era el preámbulo de un malambo sino la lluvia inculta que venía a malograr paseítos al aire libre.
Se estiró con placer. Desenfundó desde las cobijas una de sus esbeltas piernas revoleándola en un juego monótono, hasta que decidió plantarse vertical y salir a disfrutar de la ducha natural. Apareció en la cocina con un bostezo que exhibió sus amígdalas rojas. El gaita la reprendió mientras probaba el caldo del puchero. Apoyó la pava en la hornallita. El padre apantallaba los carbones púrpuras y Lucía preparaba el mate bien dulzón.
–Dime, Lucía, ¿tú conoces a un tal Agustín? –disparó alevoso. La bella despierta, ruborizándose, se quedó callada. Parada en la puerta de la cocina, comentó:
–Paró la lluvia, papá. ¿Qué estás cocinando en esa olla? Humm, huele bien.
El gaita infló la nariz, y volvió a la carga de Vargas:
–¡Coño! Te he hecho una pregunta, contéstame pues.
–Pero es el pibe del mercadito, papá, también vos lo conocés. ¡Qué pasa con él!
El padre le habló de la visita inesperada mientras sus cejas parecían más tupidas y negras que de costumbre. Lucía se cebó el primer verde de la tarde, y mientras iba sorbiéndolo distraída el bocho multiplicaba sus revoluciones. Decidió ir al frente. Le contó al padre una historia aséptica de lo ocurrido en el baile. Horacio la miraba y le guiñaba el ojo en gesto de complicidad.
Se mandaron el puchero y bajaron una botella de Arizu, mientras la radio transmitía un programa con Angelillo, el cantaor, y Pepe Arias y sus monólogos.
Apenas terminaron de comer la aldaba volvió a sonar, esta vez con decisión, como entrando en confianza. Horacio abrió la puerta: era Agustín, quien plantado como un mástil y la nuez de adán paseándose por el garguero, le preguntó dónde estaba Lucía.
Se quedaron hablando en la puerta, ella parada sobre el escaloncito y él en la vereda. El gaita, en un gesto republicano, se dirigió a ambos y con voz algo seca les dijo:
–Si quieren hablar pues vayan a la cocina, o aquí en el patio, que ahora se acabó la lluvia.
Un rato después Lucía le preguntó al padre si podían dar una vuelta hasta la plaza Irlanda. El viejo respiró hondo y, cuando pensaron que los iba a fulminar, les dijo sin finura:
–Vayan. ¡Pero sin hacer porquerías por ahí! ¿Me han entendido?
Se fueron caminando tomados de la mano. El tanito desgarbado y la galleguita espigada se eclipsaron entre las sombras crepuculares que tiznaban el entorno de la plaza Irlanda. Las dos siluetas, mientras tanto, enhebraban ese amor adolescente que juraban eterno.
La barrita los veía pasar, y, desde entonces, la bronca los enclaustraba entre los celos y la envidia. Lucía, la galleguita Lucía, la quimera imposible los había traicionado. Algunos filosofaban: Nacimos un poco tarde. ¿No nos podías esperar, galleguita? Después hubieses elegido al mejor, pero por lo menos a uno de la barra. Andá, andá a joder con extraños. Luego te vas a arrepentir. ¿Sabés cuánto que te queremos, eh, Lucía? ¿Sabés?


A la larga, los pibes se las tomaban del barrio. En aquellos años los laburantes eran como gitanos y la familia una pequeña tribu nómade. Los viejos tomaban decisiones. ¿Y qué? ¿Le iban a preguntar a sus párvulos? En esa infancia pobretona los proles no tenían vivienda propia, y los hijos no tenían ni voz ni voto.
Algunas de las familias, emigradas desde Boedo, Almagro o Floresta, anclaban algún tiempo en Caballito y luego seguían camino con el camión de mudanzas rumbo a calles y barrios nuevos que a la pibada le costaba entrar. Caballito se les había metido en el caracú. Lucía y la barra se extraviaron entre recuerdos difusos que cada uno cargaba en la maleta de su vida. Pero ya nunca podrían borrar a su barriada.


Años después, alguien de la antigua barra fue a cenar una noche al Rancho Grande, un restorán de Caballito situado en las Diez Esquinas, frente al Cid Campeador. Entonces la vio, regordeta, con varios hijos y el marido –un jetón desconocido–, ocupando una mesa. Reconoció su cara pálida y hermosa de virgen de estampita, y recordó a otra Lucía, la galleguita adolescente e inolvidable. Prefirió irse al mazo y rescatarla sin rasguños; recobrar en silencio un cacho de su niñez  ●


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¹  APA: siglas de la Asociación Psicoanalítica Argentina
² Heroína del cuento de Perrault

 
Publicado en Calles Empolvadas de Recuerdos (1999). Reeditado en la Antología Aserrín...Aserrán... (2008).


 

 

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