__________________________________________________________________________________________________________________________________ Andrea Zurlo, nació en Rosario, Argentina, donde cursó sus estudios de Traductora literaria y técnico-científica de inglés, italiano, español. Está radicada en Italia desde 1990, donde ejerce su profesión. Es narradora y escribe relatos, novelas y artículos. Participó en distintos foros literarios, comenzando en Sensibilidades y más tarde Archipiélago. Actualmente es miembro del foro literario Iceberg-Nocturno y Socia fundadora, de la Asociación Cultural de Escritores y Poetas Iceberg Nocturno (acude-inolesco), Madrid (España)
También forma parte de REMES (Red Mundial de Escritores en Español), es Miembro correspondiente del Círculo de Escritores de Venezuela y de la Asociación de Escritores de Mérida (Venezuela). Forma parte del Equipo Editor de la Revista Literaria digital Palabras Diversas.
Fue miembro del Jurado del II Certamen Internacional de Relatos “La Cerilla Mágica”, convocado por Publicatuslibros.com y patrocinado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, España (Diciembre 2007)
Participó en el VIII Encuentro Internacional de Escritoras “Elisabeth Schön” celebrado en Caracas, Venezuela del 22/25 abril 2008, donde presentó su ponencia “La independencia del Yo a través de la palabra”, que fue incluida en la V Antología de la Asociación de Escritores de Mérida (Venezuela), dedicada a las Ponencias de este Encuentro (Octubre 2008).
También fue invitada a los coloquios “Escritoras ante la Crítica” organizados por la Universidad de los Andes, Facultad de Humanidades y Educación, Instituto de Investigaciones Literarias “Gonzalo Picón Fébres” (Mérida, Venezuela), el 28/29 abril 2008.
Su novela “El Sendero de Dante” fue incluida en el programa de la Maestría en Literatura Iberoamericana, seminario “Narradoras iberoamericanas de la sensibilidad creadora a la técnica” dictado en 2008 por la Prof. María Luisa Lazzaro en el Instituto de Investigaciones Literarias “Gonzalo Picón Fébres”, Facultad de Humanidades y Educación, Universidad de los Andes (Mérida, Venezuela)
BIBLIOGRAFÍA:
- Novela “El Sendero de Dante”, editada por la Editorial Jirones de Azul; Sevilla, España, Mayo 2007.
- Relato “Los cautivos” publicado en digital por la editorial digital “Publicatuslibros.com”, [en línea], Mayo 2007 http://www.publicatuslibros.com/bibliotec/libro/los-cautivos/
- Participó con textos de su autoría en varias publicaciones colectivas: “Antología Internacional Sensibilidades Oro”; (Alternativa Editorial, Madrid–Galicia, España, 2005). “II Antología de la Asociación de Escritores de Mérida (Venezuela): Relatos de humor sin extrema-unción” (2005 y 2006); “III Antología de la Asociación de Escritores de Mérida, Venezuela: Entre Eros y Tánatos” (AEM/CONAC, CENAL, 2006 y 2007); “Antología Deleite Literario II (para jóvenes)” (CENAL – FUNDALEA, Venezuela, 2006-2007); “V Antología AEM” dedicada a las ponencias del VIII° Encuentro Internacional de Escritoras “Elisabeth Schön”
- Colaboró con un relato en “Otros Lugares”, libro colectivo de relatos, publicado en digital por la editorial “Publicatuslibros.com” [en línea], Febrero 2007 http://www.publicatuslibros.com/bibliotec/libro/otros-lugares/
Tiene numerosos relatos y artículos de su autoría publicados en algunas páginas literarias e informativas de Internet: en la Revista Literaria Sensibilidades, en la Web El Escribidor, en la Revista Literaria Palabras Diversas, en la Web Iceberg-Nocturno, en la web noticiascadadia.com.
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PARTICIPACIÓN EN EL DIARIO DIGITAL
ES MIEMBRO CORRESPONDIENTE DE
ASOCIACIÓN DE ESCRITORES DE MÉRIDA (VENEZUELA)
ES MIEMBRO DE
FORMA PARTE DEL EQUIPO DIRECTOR DE LA REVISTA LITERARIA
ES MIEMBRO DE
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LA INCÓGNITA
Se paró desnudo delante del espejo.
Deslizó lentamente los dedos sobre la piel vieja hasta llegar al punto exacto, sobre los hombros, donde sobresalían esos huesos o, mejor dicho, cartílagos. Un poco se impresionó. A su pecho de palomo con el esternón puntiagudo estaba acostumbrado, no le impresionaba, había nacido así y el defecto se acentuó con los años, ¡pero esos cartílagos en los hombros! El solo contacto le provocaba un escalofrío, sin embargo debía acostumbrarse a tocarlos si quería limarlos antes del verano. Tenía por delante todo el invierno con el abrigo pesado para disimularlos. —¡Menos mal que no está Petrona! –suspiró observando la foto sobre la cómoda mientras se ponía el pantalón. Por las noches, Prudencio comenzó a friccionarse con aceite de castor los cartílagos puntiagudos, y después se pasaba la vaselina para suavizar la piel que comenzaba a erizarse de manera extraña. Continuó su terapia sin interrupciones, añadiendo algún detalle, algún ingrediente, algunas hierbas como la bardana que es buena para la piel y los huesos, o la infusión de manzanilla que es desinflamatoria.
No obtuvo grandes resultados con su cura. Los cartílagos siguieron creciendo lentamente y, con los primeros calores, el abrigo pesado era más ridículo que su pecho de paloma. Previendo el posible fracaso, se había pertrechado de todo lo necesario para sobrevivir durante el mayor tiempo posible sin sacar la nariz fuera de la puerta, lo que le fue facilitado por la posición aislada de su casa, al final de la última calle del pueblo. La procesión de días y noches se hizo más lenta. Los amaneceres lo encontraban insomne, masajeando sus protuberancias cada vez más marcadas. Pasaba el día tumbado en la hamaca del patio, o en la mecedora, sentado en la galería, bajo el techo de chapa apenas refrescado por la sombra de una parra de hojas grandes. Esos pocos metros de casa, esas cuatro paredes en las que vivió durante cuarenta años, ahora eran su prisión.
Cuando no dormitaba, pensaba, y entre tanto pensamiento se le ocurrió pensar en acudir al Dr. Cruz, el médico, para pedirle un consejo, pero ¿qué podía hacer la ciencia por él? Poco y nada, se dijo. Tal vez lo que la ciencia no podía lo podría la fe. Finalmente, tras días y días de meditación, Don Prudencio se armó de coraje y, con el primer rocío y la primera oscuridad aclarada por la luna, se fue a visitar al párroco. El cura vivía junto a la iglesia. Era considerado por todos como un hombre recto y justo, si bien demasiado moralista y serio para el gusto de Don Prudencio que siempre dejó el cuidado del alma en manos de Petrona, al igual que remendar los calcetines y plancharle las camisas, por lo que desde que Petrona falleció andaba con los calcetines agujereados, las camisas arrugadas y el alma descuidada.
El cura lo recibió con la sotana abierta que se había echado sobre el pijama. Aún era joven y la vida reposada de cura de pueblo le favoreció la salud. Podía quejarse solamente de algún ligero malestar digestivo, pero ni así cambiaba su gesto adusto. —¿Qué sucede Don Prudencio? No me viene nunca a Misa y me visita a estas horas. Prudencio entró en la cocina detrás del cura, sin hablar ni justificarse. Sobre un brasero una cacerola difundía vapores balsámicos con aroma a eucaliptos para combatir las alergias que el cura se inventaba para quejarse de algo. Por una puerta entreabierta se veía el catre con las sábanas revueltas. Con gesto lento y decidido Prudencio se quitó la manta que llevaba cubriéndole los hombros.
El cura no reaccionó de inmediato. Después se acercó y pasó los dedos sobre las costuras de la camisa de Prudencio que casi explotaban bajo sus protuberancias. —¿Es una broma? –preguntó el cura. —No. Creo que son alas –respondió Prudencio, como si fuera muy natural que a un hombre le despuntaran las alas. El cura dio un salto hacia atrás. —¡Jesús! –exclamó santiguándose-. ¿Qué has hecho? —Nada, señor cura –replicó Prudencio-. ¿Qué puedo haber hecho?
El cura desapareció por la puerta lateral. Prudencio oyó que abría y cerraba otras puertas y que protestaba o murmuraba algo. Poco después retornó musitando una letanía con una palangana entre las manos. —¡Quítate esa camisa! –ordenó con voz firme. Prudencio obedeció sin chistar. Sin pedir permiso, el cura le vació la palangana de agua bendita sobre la cabeza. Después lo santiguó de los pies a la cabeza, procurando no tocarlo, y lo tuvo hasta el alba rezándole, y salpicándolo con aceite y agua bendita. —Obra del demonio, Prudencio –sentenció el cura, extenuado, con las primeras luces del alba –. Retorna a tu casa.
Prudencio llegó a su casa cuando los primeros peones eran los únicos transeúntes, y arrastraban el sueño y el pesar del trabajo. Se sentía desconsolado. No fue nunca un gran creyente, tampoco frecuentaba mucho la iglesia ni iba a Misa, pero eso no quería decir que ahora tuviera que sufrir las penas del demonio. Después de todo ¿qué hizo más que cometer algún humano y venial pecado? Para mal de males, desde que el agua bendita le tocó la piel le comenzó una terrible picazón. Rasca que rasca, notó que donde le cayeron las gotas sagradas le surgían de la piel unas pequeñas puntas. Aterrorizado se encerró en su casa. Decidió no abrir la puerta a nadie, ni al Dr. Cruz que, alertado por el cura, se había apresurado a presenciar el fenómeno con la excusa de llevarle la ayuda de la ciencia.
En poco tiempo ya no pudo ni sentarse en el patiecito a tomar el fresco, porque el pueblo entero lo espiaba por todas partes. Los vecinos se organizaron y se daban turnos para asomarse sobre el tapial en silencio y sin hacer desórdenes, igual que como se asomaban para ver a los finados en los velorios. “Sin alterar el orden público”, como ordenaron las autoridades, que cerraban un ojo complacientes, ya que era oportuno que los habitantes del pueblo tuvieran alguna diversión más que la timba y el mercado una vez por mes.
Confinado como un leproso, el mayor problema de Prudencio era soportar el calor encarcelado en su lata de sardinas, bajo el techo de chapa, y consumir con mesura sus pertrechos para que no se acabaran. Su vida siempre fue simple y sin aspiraciones, pero ahora el futuro, que hasta poco tiempo atrás veía como un camino trazado con meticulosa precisión, se mostraba como un terreno incierto que lo espantaba. Futuro, ¿qué futuro? Una mañana en que se despertó de un sueño agitado y sudado ya no se sorprendió al notar las plumas blancas en su espalda, ni tampoco que su nariz había adquirido un aspecto ligeramente similar a un pico, y que comenzaba a unirse al labio superior.
Hacía mucho tiempo que se le negaba al espejo, pero ahora sintió la necesidad imperiosa de mirarse. Era ridículo. Sus piernas arqueadas y cortas no habían mutado en su aspecto humano, como tampoco lo hicieron sus pies reumáticos. Su pecho de paloma lucía mejor con esas alas en la espalda, y ¡su cabeza! Su cabeza era digna de una mención especial. Sus ojos eran los de siempre, pero con una vaga expresión de soledad, y estaban situados a los lados de la protuberancia amarilla que ahora era su nariz, o quizá su nariz había crecido lo suficiente como para apretarse contra sus ojos, y la cabeza seguía coronada por sus cabellos grises y rizados, y las arrugas de su frente continuaban apoyadas sobre sus cejas espesas.
No era un pájaro. Tampoco era un hombre.¿Y si nunca hubiera sido un hombre igual que todos los demás? ¿Era ese el motivo por el que no había tenido hijos? Pero, ¿qué era si no era un hombre? ¿Importa la definición y el aspecto más que aquello que realmente se es? Y si era ESO, ¿qué mal hacía? Ninguno. Pero sabía que la Iglesia y la ciencia buscarían una explicación: para una sería la obra del demonio, y para la otra un bicho digno de estudiar. No entendía, Prudencio. Él era el de siempre, su mente, su pensamiento simple, sus sentimientos inocentes y buenos eran los de siempre. Sin embargo, ya no era un hombre y no era el de siempre.
No se daba paz. Para él ya no existía la paz. Envuelto en las horas de la noche salió de su casa, furtivamente. Lo siguieron solo unos chiquillos que se habían aventurado hasta la puerta del rancho de Prudencio y allí montaban guardia. Como parte de su juego infantil le arrojaron piedras, riéndose en voz baja para no despertar a los vecinos. Prudencio se escapó como pudo, corriendo hasta el borde del barranco con sus piernas arqueadas y su nuevo traje de plumas recién estrenado. Se alzó en vuelo sin gran dificultad. Los chicos quedaron boquiabiertos, incapaces de comprender. ¿Hombre, ave, demonio o ángel?
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LA MUERTE (VERDADERA) DEL HOMBRE ARAÑA
(a Carla e Iago)
Encerrado en su cuarto no hace más que comer toda clase de basura y seguir engordando, anclado frente al televisor, aislado en su suciedad y dejadez. ¿Qué más le queda por hacer? Está gordo y pelado, el trajecito de hombre araña cuelga de un clavo detrás de la puerta. Seguramente no le cabe, pero, ¿para qué le sirve? Para nada, ya nadie lo necesita, hasta las arañas se las arreglan mejor que él tejiendo sutiles geometrías en las esquinas de su cuarto. Hoy día nadie recuerda a los verdaderos superhéroes de un tiempo. Ellos, con sus caras limpias y angulosas, poblaban la vida y la imaginación de niños y grandes y, con gran dignidad y decoro, salvaban el mundo. ¿Quién recuerda a la Mujer Maravilla? Nadie. Es verdad que está irreconocible y se le agotaron los poderes por convivir y dormir con los humanos, pero ella sostiene que estaba cansada de andar envuelta en la bandera estadounidense, pues le parecía estar dentro de un féretro de retorno de una guerra. Ahora está llena de hijos, cuatro para ser exactos, y una mujer que tuvo cuatro hijos, por más maravillosa que sea, dentro de ese traje ínfimo y con esas botas blancas pasadas de moda, más que infundir temor arranca carcajadas. El pobre Superman fue cancelado a fuerza de criptonita y videojuegos, que en paz descanse. Batman y Robin se limitan a pasear sus perritos por el jardín. En las películas les encuentran siempre los sucesores jóvenes, musculosos y viriles que los imitan, tratando de ocultar lo que es obvio. Por no hablar de todos los demás superhéroes que quedaron olvidados en una pila de revistas viejas o en el fondo de una estantería, o fueron expulsados del tubo catódico o, peor aún, terminaron en un basurero. Llovizna. Él observa pensativo a través de la ventana de su habitación en el piso veinticinco. Siente un sabor acre en la boca, un sabor a fin del mundo. Nueva York se extiende con las fachadas grises de los rascacielos ahogadas en una neblina azulina e irreal, en un atardecer sinfín. No existe el horizonte en esa ciudad: él nunca vio el horizonte, nunca salió de esa ciudad, es más, ya no recuerda otros límites que el cuadrado de ese cuarto. ¿Qué es un hombre sin horizontes?, se pregunta por preguntarse algo, para dialogar con alguien. ¡Estúpidos!, piensa. ¡Creen que no me precisan más, creen que pueden cancelarme apretando un botón! Un ruido del otro lado de la puerta lo sobresalta. —¡Billy, deja en paz al tío! –chilla la voz llena de campanitas de su prima-. No quiere que le molesten, lo sabes, ¿no? Silencio. La neblina que cubre los rascacielos comienza a cambiar hacia un rojizo espectral y se hace cada vez más densa. Nueva York se desvanece devorada por la niebla. La voz de Billy es un susurro del otro lado de la puerta. – ¡Ja, ja...te tengo insecto! –y hace sonar la musiquita inconfundible de su Nintendo-. ¡Eres mío tiucho! No, no es posible, piensa él. Ha llegado el momento que mucho temía, ese maldito momento. Se escapó mientras pudo...pero ahora. El muy desgraciado lo tiene en sus manos...y lo peor es que no se trata de un súper enemigo peligroso...no, es un imberbe idiota de 14 años. No puede caer en sus manos, debe hacer algo, ¡urgente! Se levanta con dificultad del sillón, con las piernas anquilosadas y la cerveza que le pesa en el estómago y le gira en la cabeza. Solloza tratando de entrar en el traje azul y rojo, la malla está por ceder, las costuras imploran, una polilla le ha mordisqueado la rodilla derecha, ¡piedad! gritan sus botines de suela agrietada, mientras dos pies hinchados tratan de comprimirse en ellos a pesar del sufrimiento. Decrepitud. Soledad. Desesperación. Las lágrimas le queman las mejillas. –Te veo, ahora puedo verte, eres tú, ¿verdad? Ahora no te me escapas gordo fofo...¿no te entran los zapatitos?-. Billy le habla del otro lado de la puerta, pero su voz retumba por todas partes, en cada esquina del cuarto–. Asco de superhéroe, una mierda...deberías mirarte en el espejo antes de que te aplaste...araña miserable. Él no quiere terminar como Superman. —Te tengo, te tengo insecto... Se pone la máscara que huele a moho y a encierro. —No te escapes, gallina. Abre la ventana de su cuarto. Carajo, exclama y arremete contra la tela de araña de la salida de emergencia. Demasiado tarde. Billy sonríe con cara feliz, la luz radiante de su Nintendo le ilumina el rostro: “YOU WON – Game Over” __________________________________________________________________________________________________________________________ |



