SIEMPRE TUYA (carta de amor profundo)
Querido amado mío:
Siempre pensé que sería más fácil envejecer de dos en dos, a la par como las columnas de un templo, pero los vientos no nos soplaron igual ni tampoco la luz nos iluminó con la misma intensidad y no lo sostenemos por mucho que insistamos.
Hemos envejecido de forma diferente.
Yo un poco más azul porque mi norte era tan pronto el sur como era el este y me giraba siempre buscando los destellos de la luz que más brillaba en cada instante.
Tú sin embargo, amor, inamovible como una estatua blanca de alabastro, te pensaste sin pies y te anclaste en la tierra y a mí, creyéndonos a los dos seres sin vida.
Lo tuyo fue un error, la falsa expectativa que provoca ganar cualquier batalla en una guerra creyendo conseguida la victoria.
Ahora que sólo te mantienen las raíces, que ya no tienes pies que te procuren ni una carrera sólo en pos de una quimera, debes saber que yo sigo teniendo piernas y la voz de los vientos soplándome en el pelo muchas veces. Debes saber que yo necesito correr, andar caminos largos mientras que suelto lastre y me hago más ligera, un poco más gaseosa para gritar que sí, que tengo todavía el tiempo necesario para ganar alguna escaramuza a la tristeza.
Te escribiré mañana; hoy no puedo seguir, me hieren demasiado las preguntas que nacen de tus ojos de alabastro.
INCENDIOS
El mundo es una bola redonda y azulada
una fuente de agua,
de luz si se mira de lejos,
Pero sólo me incendia la luz de tus estrellas
esas que me regalas en ramos, en racimos
cada vez que me miras.
Y es que muy pocas cosas provocan mis incendios.
Alguna vez mis locos
y siempre tus caricias rompiéndose en mi espalda
como si fueran olas.
FITO
A mi perro Fito
Eran dos ojos grandes y profundos
aceitunitas verdes, la envoltura
de dos hojas de menta, un par de mundos
donde cabía entera la ternura.
Clamándome caricias, vagabundos,
disfrazados de perro y de dulzura
los ojos de algún dios entre basura
llamaban a mi puerta moribundos.
Todo mi amor de un golpe derramado
se fue a parar sobre él, su cuerpo enjuto
mil veces maltratado por el hombre.
Mis manos de mujer, armiño alado,
curaron su dolor, su cuerpo hirsuto.
Lo amé por ser un dios. Le puse nombre.