Tomado de Esfera Pública (http://esferapublica.org/nfblog/?p=3818)

Se Vende Un “performance”


En la película “Performance”, de Nicolas Roeg, un personaje, interpretado por James Fox, es un “performer” al servicio de la mafia londinense a fines de los años 60. Su cargo, que figura en la nómina de las oficinas de cobranza, consiste en persuadir con gestos y palabras a los deudores para que cumplan con los pagos.

Si el “performer” logra amedrentar al cliente no habrá necesidad de matarlo: una profusa pero controlada labor de destrucción de inmobiliario, de insultos e ironías, reforzados con puntapiés y sopapos, harán sentir la presencia extorsiva. Más tarde, el perseguidor perseguido huye y se refugia en un barrio ruinoso donde un díscolo arrendatario, interpretado por un músico (otro “performer”: Mick Jagger), le abre las puertas de la percepción: drogas, sexo y rock transforman la trama sicaresca en un delirio sicodélico donde el criminal hace de artista y el músico de criminal.

Si hay un género de arte difícil de explicar es el “performance”; y si es difícil de explicar es aun más difícil de vender. La película “Performance” sirve para entender este acto a medio camino entre la promesa y la realización: el arte del cobrador es ser un asesino que no mata pero es capaz de mostrarle a sus víctimas el umbral de la muerte, es como un artista que no hace escultura, teatro, video, dibujo, acrobacia o recreacionismo pero roba de todos los géneros con tal de mantenerse en el umbral de la presencia; es ahí donde el sicario estilizado de Roeg y el artista son lo mismo, la esencia del “performer” se basa en una cosa: saber estar ahí o parecer que siempre lo ha estado, que nunca se va a ir.

En las dos últimas exposiciones colectivas de la Galería Al Cuadrado las obras de una “performer” llamada María José Arjona han sabido estar ahí. En una, en un hospital dilapidado, ella sopló burbujas rojas sobre la baldosa de una sala de cirugía para luego, con el mismo método, cambiando el líquido por jabón, limpiar el inane mugre, una tarea de horas. En otra, instaló una silla en la mitad de un silo y desde allí creaba una resonancia metálica, repetitiva, una tarea circular del todo ajena a la línea de producción de objetos o conceptos.

Porque, hablando de productos, la Galería Al Cuadrado no ha tenido recato en usar imágenes de las acciones de Arjona: usaron un plano general de las baldosas rojas para hacer una colorida invitación a la exposición y luego, en la feria de arte Artbo, no dudaron en ofrecer acercamientos a la baldosa, hechos en impresión digital, enmarcarlos en cuadrículas y venderlos al detal (habrá que ver como venderán la acción del silo).

El “performance” requiere no solo del ingenio de los artistas sino de los galeristas, ¿cómo vender algo que ya pasó, que más allá del cuerpo del artista no tiene cuerpo definido? Un galerista torpe venderá fotografías sosas, “registros” las llaman los entendidos, el precio fluctuará entre US$10000 y US$15000 y cada venta generará un sonido de caja registradora que hará de sus artistas (hagan “performance”, video o escultura, no importa) meros productores de estampitas, un arte portátil que pasa con éxito de la feria a la sala de la casa.

El producto derivado no estará a la altura de su origen, puede tener un precio alto pero carece de valor: el placer que produce la inteligencia detrás del acto inicial se desdibuja cuando es vendido: el diseño del empaque, los conocimientos de mercadeo y decoración solo forran la impotencia crasa de una galería que no comprende la naturaleza de lo que vende.

Vender un “performance” es cosa de especular con la imaginación: un artista hizo una descripción minuciosa con su puño y letra de la acción que hizo, la firmó y la vendió; otro artista escogió solo una foto de cientos que le habían tomado en un “performance”, la escogida tenía la misma presencia de la acción, la amplió pequeña, en blanco y negro, hizo 10 copias, quemó el negativo… ayer una se vendió en una subasta por US$250.000.

La mayoría de los galeristas colombianos están en deuda con sus artistas, como venden devalúa lo que venden: habrá que enviarles un “performer” para que se pongan al día con el arte y dejen las fórmulas lelas a las que habitúan a los compradores. O los galeristas deberán aprender a tratar a sus clientes como el “performer” de la película de Roeg y ser los más finos palabreros y mejores amedrentadores: sostener con firmeza en sus manos la vida de las obras pero sin matar su extrañeza.

This entry was posted on Friday, June 26th, 2009 at 10:13 am and is filed under crítica. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed.


una reflexión en torno a “Se Vende Un “performance””

1.        J. Sanguino

06 28, 2009 at 3:13 pm

Encontré su artículo primeramente en la revista semana, que siendo un medio de divulgación amplia, el escribir sobre el performance pertenece a algo fuera de lo común. Esto me llevo a leerlo con fascinación. Sin embargo, después de leer varias veces no puede entender muy bien lo que Usted quería decir, así que me he atrevido a formular una serie de puntos que parten de una pregunta inicial.
1. ¿está Usted en contra de que un performance, como práctica artística tenga una remuneración económica?, o por el contrario, ¿critica Usted que el performance sea victima de una forma no inteligente de “marketing”?. No he podido entender si Usted está de acuerdo en que la foto de un performance sea vendida por una suma alta de dinero, y crítica por tanto una forma barata de comercialización que lo reduce a “estampitas”; o por el contrario, piensa Usted que un performance no deba venderse en lo absoluto.


2. Como Usted mismo dice, el performance es una práctica artística difícil de entender y explicar, por eso mismo, no pertenece a la lógica de la mercancía que se reduce a la existencia del objeto como en el caso de la pintura y la escultura. Sin embargo, y esta es una realidad, hay que buscar maneras en las que esta práctica artística encuentre una remuneración económica, es decir, que encuentre su estatuto de actividad social.


3. El uso de los “registros” no ha sido del todo malo. Gracias a ellos podemos en el campo de la historia del arte, volver a analizar las practicas y entender, precisamente en el difícil campo del performance, el problema de la recepción. Muchos de esos registros alcanzan a tener una fuerza estética sin precedente que suprime su mero carácter objetual; y son a su vez, parte de la estrategia del performace. Por ejemplo los filmes y fotos del Aktionismus, en especial Otto Muehl. Precisamente la posibilidad de la efímera existencia del performance, pero su característica social, como el caso de Beuys, obligan a la formación del registro como un efecto y parte del performance mismo.


4. Esto me lleva de nuevo a tomar el tema de la lógica de la mercancía que puede ser lo que origina la confusión. El problema del performance no rádica en que se convierta en un objeto a través de la creación de un registro, pues creo que es parte de la estrategia, sino que el performance en sí mismo se separa del régimen de la imagen que es predominante en las demás artes visuales. Éste se separa de ella como escribe Anthony Howell, a través del uso de la acción concentrada en un cuerpo que ocupa un determinado espacio. Una vez entendido esto, el registro, así sea una imagen, pertenece a otro regímen y no a la fotografía y el video. Son imágenes creadas en y por la acción intrínseca del performance y no imágenes que superan y dominan el performance ilustrándolo, y por lo tanto, no son mera mercancía que se expresa en la imagen.


5. Nota al Pie: Como el problema se trata de estrategias para fundar una practica artística, y eso incluye el aspecto económico, me parece siempre admisible lo que hacen Christo y Jean Claude: para financiar sus mega proyectos reproducen una serie de piezas, serigrafías, planos, fotografías que aparecen finalmente colgadas en algunas casas. Sin este proceso sería imposible “gates”, o “umbrellas”.


6. Ahora bien, no he visto lo que hace la galería Alcuadrado y desgraciadamente la descripción dada no basta. Puedo asumir que la crítica se dirige a una forma especifica de comercialización que suprime al performance y lo dispone bajo un carácter objetual mercantil y precisamente, de imagen. Si este es el problema, no dudo en que se debe hacer una crítica a la galería, y esta tarea es bastante importante, pero también debe servir para plantear problemas en la formación de los artistas. Son excepcionales los casos donde un abuso o mercantilismo de la producción artística y de la obra ocurre sin la autorización o el conocimiento del artista. Uno de los puntos más serios, y también difíciles para los jóvenes artistas, es entender que crear arte no es un acto espontáneo que termina con la culminación física de la obra, sino que la actividad artística implica una serie de connotaciones donde la obra se reproduce socialmente: esto incluye no sólo su venta, o exposición sino también su aspecto legal, su problema ético, etc. Esto me obliga a preguntarle si Usted sabe si la artista era consciente y aprobó las estrategias que utilizó la galería para la financiación de su obra.


7. Por último estoy de acuerdo que unos de los problemas más graves es el de la institucionalización del arte en la forma de galerías, es decir el sistema operativo del arte como lo llaman desde hace más de dos décadas. Sin embargo, lo que intenté de preguntar y a la vez sugerir, es evitar el error de decir que todo registro de performance es una comercialización, y basado en la experiencia de la galería AlCuadrado, suponer que no es posible pensar en la relación entre la financiación de una práctica artística y el uso de los recursos y registros que la misma produce, como si el performance fuese solamente destinado a su carencia de retribución social en forma económica; lo que implicaría que el “performer” no es destinatario de la justicia social que se desarrolla bajo la definición de nuevas formas de trabajo y que deberá vivir, como la imaginación popular lo recrea, como un poeta hambriento. Creo que el tema que Usted señala es importante, pero para mí se trata de aprender a configurar una serie de experiencias entre prácticas artísticas y sus convergencias sociales. Por eso, me hubiese gustado que fuese más especifico en su articulo, que, dado el caso, critique a la galería por su forma especifica de comercialización pero no basado en el hecho supuesto de que ningún performance puede encontrar una retribución económica. En ese caso, teniendo en cuenta que se trata de aprender, que se ofrezcan nuevas formas de pensar el quehacer artístico, sus prácticas y las maneras en que los artistas pueden devengar su vida honrosamente.

Un saludo muy especial,

J. Sanguino