Si tenemos lo mismo... (capítulo 1. Abril y su espejo)

Abril se lo puso entre las piernas, arqueó un poco la espalda para acercarse mejor y empezó a examinar. Su amiga Arancha la observaba por el rabillo del ojo, como paralizada, con la mano puesta en el pomo de la puerta y la cabeza intentando encontrar las fuerzas para salir de la habitación.

—¡Ven, tonta, que no pasa nada! —dijo Abril con su mejor sonrisa y un tono de voz tranquilizador.

Arancha no pudo evitar girarse, pero seguía sin saber qué hacer ni qué contestar. Observó a su amiga Abril, en la cama, intentando entender cómo una niña de doce años podía ser tan atrevida y, sobre todo, cómo era capaz de compartir su osadía con alguien. También a ella, a veces, se le pasaban por la cabeza imágenes sexuales, bueno…, escenas en las que el chico y la chica hacían el amor, pero jamás las comentaba por miedo a lo que pudieran pensar de ella y porque le daba muchísima vergüenza. Ni siquiera a Abril. Pero aquello era otra cosa.

—Si tenemos lo mismo… —añadió Abril mirando fijamente a su amiga con esos ojos que parecían meterse dentro hasta adivinar los miedos y la vergüenza de Arancha, pero también su curiosidad.

—¡Está bien, yo miro; pero tú la mía no! Además…, —Arancha dudó. Aquella era una de las cosas que tampoco le había contado a Abril por miedo a las preguntas que sabía que le haría su amiga.— ¡estoy con la regla!

—¿Cómo? ¡Pero, serás…! ¿No pensabas contarle a tu mejor amiga que ya te ha venido la regla?

—Hace dos meses manché un poco —respondió Arancha, con timidez, preparándose para el interrogatorio—. No sabía si era ya la regla y por eso no te lo conté —en realidad, no le había contado nada a nadie hasta esa semana que se lo había dicho a su madre—; pero ahora ya llevo dos días sangrando.

Abril la miró de arriba a abajo, en silencio, tomando conciencia por primera vez de que el cuerpo de Arancha había cambiado tanto que parecía el de otra persona. Y se paró en sus caderas y en sus pechos y los vio marcarse bajo el sujetador de mariquitas que las amigas le habían regalado para su cumpleaños. Arancha había sido siempre una niña muy guapa; y ahora, casi una adolescente, lo era todavía más. 

—¿Y te duele? —preguntó Abril, volviendo de nuevo a la tierra para averiguar lo que tarde o temprano le llegaría a ella.

—No —repondió Arancha, acariciándose el vientre con mimo—, no me ha dolido nada. —Y siguió explicando, repitiendo la dulce caricia,  mientras Abril pensaba que también ella debía tratarse de aquel modo—: Me noto un poco hinchada la barriga, pero no duele. Mi madre dice que a lo mejor, dentro de unos meses, sí que me molestará, pero que mis ovarios todavía están en prácticas.

—¿En prácticas? —Abril soltó una carcajada. Le hizo gracia imaginar a la madre de Arancha, la pastelera del barrio, diciéndole a su hija, mientras le ponía el azúcar glasé a los cruasanes, que sus ovarios eran todavía unos aficionados.— Pues yo espero que los míos sigan en el paro mucho tiempo. ¡Cada noche le rezo a Santa Rojilla para que no me venga todavía.

—¿Te inventas una Santa para pedirle no tener la regla? ¿Por qué? —Arancha siempre había deseado tener uno pechos bien formados y unas caderas de mujer, y la menstruación le parecía la antesala perfecta para ello; por eso le costaba entender que Abril no quisiera tenerla.

Pero era obvio que, en aquél momento, las preocupaciones de Abril eran otras.

—Qué más da por qué no quiero “ser mujer” todavía. ¡Ven! —dijo enérgica, y señaló con la mano la posición de la cama dónde quería que Arancha se pusiera.

Arancha obedeció, y su timidez le impidió hablar de lo feliz que estaba de ser una mujer y de los pechos que crecían cada día; aunque no lo estaba tanto del pelo en el pubis que pronto tendría que depilarse.

Con parsimonia, se quitó las sandalias y se fue acomodando en la cama dónde su amiga había dispuesto un montón extra de almohadones para la cabecera. De repente, Abril se levantó de un salto, abrió el cajón del armario y sacó un objeto cilíndrico, un poco más grueso que un bolígrafo. Arancha se puso tensa y se alarmó.

—¿Pero, qué haces? —dijo Arancha a punto otra vez de huir de la habitación.

Abril había recuperado su posición en la cama y soltó otra de sus carcajadas:

—¿No eres un poquito malpensada para ser tan tímida? —Y entonces le dio al interruptor del “bolígrafo” y se encendió una potente luz.

Arancha se puso roja como el kétchup, realmente avergonzada por haber pensado mal de Abril, y ya no se atrevió a moverse atrapada como un mosquito por el foco de la linterna y por los comentarios de su amiga.

—He leído en internet que todas son distintas: el color, la forma, el tamaño…  ¡Y que lo que se ve del clítoris es solo el glande, porque éste continúa hacia dentro!

—Sí, claro… —respondió Arancha con ironía, pensando que Abril fantaseaba.— ¡Y seguro que también has encontrado que tenemos prepucio, como los chicos!

—¿Cómo lo sabes? ¿También lo has leído tú? —añadió Abril sorprendida, pensando que su amiga hablaba en serio.

Arancha disimuló su ignorancia y asintió, escuchando de nuevo a Abril:

—Hay quien piensa que una vulva es un rajita de color de rosa y que todas lo tenemos igual, pero no es cierto. ¿Cómo son tus labios?

Arancha no habría respondido por nada del mundo a una pregunta que, además de desconocer porque jamás había mirado ahí abajo, la avergonzaba sumamente; pero no estaba dispuesta a volver a enrojecer. Así que sacó de alguna parte de sí el puntito de orgullo que le permitió pasar el dedo pulgar por los labios, como en el anuncio, y añadir:

—¿Acaso no los ves, nena?

Abril se rió como una niña y se echó encima de Arancha con la intención de besarle esos labios Martini.

—Ummm, ven aquí, cariño…

—¡Guarra! ¡Tortillera! ¡Déjame en paz! —se defendió Arancha.

—¡Con que guarra y tortillera! —bramó Abril— ¡Me las pagarás! ¡Por todas la guarras y tortilleras del mundo, te comerás tus palabras! —Y Abril lo decía riendo por dentro, pero aparentando seriedad y enfado para engañar a Arancha.

—¡Ay…, que era broma! —y, con un poco de retintín y una almohada en la mano, añadió:— ¡Activa sexualmente! ¡Lesbiana! ¿Te parece mejor así?

—¡Me parece fatal! —respondió Abril. Y una batalla de cojines habría puesto fin a aquella discusión si no hubiera sido por la madre de Abril y sus llamadas a la puerta de la habitación.

—¡Chicas!, ¿que son esos gritos? Se os oye desde el patio de la escalera. ¡Parecéis niñas de Primaria y no adolescentes a punto de comenzar la ESO! Venga, que os espero en la cocina para merendar.

Arancha, en equilibrio inestable, subida en la cama y con una almohada en cada mano, y Abril, desnuda de cintura para abajo y agarrándose a la cabecera para atizar con más fuerza, pararon en seco la pelea:

—¿No me dijiste que tu madre no llegaría hasta las seis? —susurró Arancha.

—Eso pensaba yo también.

—¿Y si nos hubiera pillado mirando...? —la cara de Arancha era casi de terror.

—¡Calla y vamos a dejar en su sitio todo esto! —Y mientras Arancha recogía las almohadas y volvía a ordenarlas encima de la cama, Abril se puso a toda prisa un pantalón y salieron a saludar a Ana, su madre.

Un par de vasos de horchata y un paquete de fartons las esperaban en la cocina y Ana, sentada en la mesa, había empezado a mojar en el dulce líquido un grueso fartó todavía calentito. Arancha le dio un beso a la madre de Abril, y ésta comentó que los fartons del horno de Arancha eran los mejores de Valencia.

Abril respiró aliviada de que el tema de conversación fuera la merienda, pero la tranquilidad duró solo hasta que su madre pareció acordarse de que también ella estaba allí y se le quedó mirando entre las piernas. ¿Por qué me mira? pensó Abril, y se sonrojó, y le dio mucha rabia sentir aquella vergüenza. ¿Tenía motivos para estar avergonzada? Realmente no. Ni ella ni Arancha habían hecho nada malo. ¿Estaba mal mirarse la cara, la nariz o los ojos? ¿Era algo malo mirarse el pecho? ¿Por qué entonces no podía una chica mirar su vulva? Los chicos se miran siempre, se dijo Abril. Mean de pie y a la vista de todos. Los urinarios masculinos son como una clase de anatomía: miras a tu derecha y te encuentras a un pene gordito que gira hacia el este; miras a tu izquierda y te encuentras a otro larguirucho y un poco torcido hacia abajo. Los chicos observan y se comparan y no pasa nada. Su amigo Palmer se lo contaba, aunque ellas no soltaran prenda de lo suyo. Además, pensaba Abril, ellos no tienen vergüenza —o no parece que la tengan—. Salen desnudos de las duchas sin taparse; en cambio muchas chicas ni siquiera se duchan por miedo a que las vean.

—¿No quieres un fartó? —le dijo su madre. Y Abril y sus pensamientos tuvieron que volver a la cocina para responder.

—Gracias, mamá, no tengo mucha hambre.

Ana abrió entonces una bolsa que llevaba y mostró unos carpesanos que les había comprado para el instituto.

—Estaban de oferta en el súper. ¡Mirad qué dibujos de flores tan bonitos!

¿Bonitos? A Arancha le encantó aquella decoración floral, pero a Abril le pareció infantil y hortera, más propio de Primaria que de Secundaria. ¡Ahora era su madre la que se había olvidado de que estaban a punto de comenzar el instituto! Pero bueno, ya se tunearía su carpesano. Y ya tenía pensado el dibujo y todo: un espejo, y dentro de él un mensaje reivindicativo.

—¡Para mí el verde! —dijo Abril, cogiendo el carpesano que tenía menos decoración.

—¡Ese era para tu padre! —respondió Ana.

—¡Para papá el de flores rosas! —soltó medio riendo Abril—. Seguro que en la obra les encanta. Además, el rosa está pasado de moda y no queda bien para gente joven.

—Eso le falta a tu padre, el pobre, ir al trabajo con una carpeta floreada y rosa porque a su niña no le gusta para el instituto.

—¿Por qué “pobre”? —respondió Abril— Si se meten con él, que les diga que son unos prehistóricos machistas. ¿No sois vosotros los que nos enseñáis igualdad?

Ana se quedó pensando y no supo qué contestar. Sabía que Abril tenía razón, pero también se ponía en la piel de su marido y conocía el ambiente machista de la obra. Pedro era oficial, pero eso no obviaba que se metieran con él tachándole de feminista. A menudo le decían que en su casa eran las mujeres las que mandaban y que mejor le iría si se ajustaba bien los pantalones para que todo volviera a su lugar “natural”. Por suerte —y por trabajo personal—, en casa de Ana y de Pedro no habían lugares naturales o artificiales: las cosas ocupaban el espacio que las personas de la familia decidían.

—Bueno, ya lo hablaremos esta noche cuando venga tu padre —sentenció Ana. — Y le convences tú de lo que está de moda y lo que no. Por cierto: ¿está ahora de moda no ponerse ropa interior?

Abril se quedó helada. Sentada como estaba miró su pantalón y vio la cremallera completamente desabrochada, tal vez por las prisas. En la cara de Arancha vio también una mezcla de miedo, de vergüenza y de reproche. Sin prisas y aparentando una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir, se subió la cremallera, con cuidado de no pillarse los pelitos del pubis, disimuló el sonrojo apurando la horchata de su vaso y le propuso a su amiga salir a dar una vuelta. La madre de Abril pareció olvidarse de la bragueta de su hija y le comentó que no llegara demasiado tarde porque su padre volvía a las ocho de trabajar. Abril asintió y abandonó con alivio la casa.

Las dos amigas salieron a la calle y se dirigieron al paseo marítimo. Abril vivía en la Malva-rosa, un barrio situado al lado del mar, y Arancha, un par de calles más abajo. Sólo cuando habían recorrido una manzana, se atrevió Arancha a hablar.

—¡Estoy convencida de que tu madre nos ha visto!

—¡Pero cómo nos va a ver, si la puerta estaba cerrada!

—¡No! Estaba entornada. Seguro que piensa que somos unas guarras. ¿Y si se lo dice a mi madre? —Arancha se imaginó entonces la conversación de las dos mujeres, tal vez en el horno, dónde la madre de Abril compraba todos los días el pan, y se estremeció sólo de pensar lo que dirían de ella. Después se imaginó a su madre contándoselo a su padre y se horrorizó todavía más. Ella era su niña y desde que Arancha había empezado a desarrollarse físicamente, su padre no dejaba de hacer comentarios sobre la ropa: que si iba demasiado ajustada, que demasiado corta…, y sobre los chicos, sobre todo de los chicos.

—Bueno, tampoco pasa nada. Total es una vulva —dijo Abril, sacando a Arancha de su película—. Mirarse la vulva no es de ser guarras: ¡tendría que ser lo normal, mirarse para conocerse!

—Sí…, total es una vulva, ¡pero tú ahí estabas intentando medirte el clítoris!

La verdad es que sí, que desde que leyó en la wikipedia que el glande del clítoris medía entre uno y dos centímetros, y que los labios menores tenían también distintos tamaños, le entró una enorme curiosidad por saber cuánto le medía el suyo. Pero no solo era eso. El clítoris era una parte de la anatomía femenina que no servía más que para el placer, y en cambio casi nadie hablaba de él.

—¿Tú te habías parado a pensar alguna vez que el clítoris también se pone duro? —le preguntó Abril a su amiga— Es un órgano eréctil como el pene, y cuando se llena de sangre por la excitación, se hace más grande.

Arancha se sintió de nuevo incómoda con la conversación, no tenía la menor idea de lo que Abril decía, le daba vergüenza parecer estúpida si preguntaba algo demasiado simple y tampoco se le ocurría el modo de cambiar de tema.

—¿Entonces el clítoris es como un pene en pequeñito? —se atrevió finalmente a preguntar.

—¡De eso nada! ¿Por qué no dices que el pene es un clítoris que ha crecido mucho?

—¡No compares, no es lo mismo! —respondió Arancha pensando que a lo mejor había metido la pata pero que su amiga, a veces, se pasaba de igualitaria y lo que quería era ponerse por encima de los chicos.

—¡Tú has comparado primero! —respondió Abril con determinación—. Sólo pienso que hay maneras distintas de decir las cosas y que, además, no sé por qué ellos pueden ir presumiendo de sus penes y nosotras no podemos hablar de nuestros clítoris.

—¡Ellos hablan porque son unos salidos, y si nosotras hacemos lo mismo, pues también seremos igual! —respondió Arancha, pensando que Abril se había pasado de la ralla.

—Pues yo no los veo salidos —dijo Abril, muy seria — En todo caso, creídos, pero no salidos. No le veo nada malo a hablar de nuestro cuerpo. De una parte de nuestra anatomía. ¿A que no sabes cómo es el clítoris por dentro?

—Ni lo sé, ni me interesa —respondió Arancha, a punto de tirar la toalla en la discusión, pero conservando un punto de orgullo todavía.— Además, ya nos lo explicó la maestra el curso pasado.

—¡No! La maestra habló de los ovarios y del útero y de tener niños y de la regla —respondió Abril—; pero del clítoris no dijo ni una palabra.

—Me da lo mismo —contestó Arancha, más por rabia que porque fuera cierto. Y también por las ganas de terminar con aquello.

—¡Pues ahora no te pienso contar lo que sé del clítoris por dentro! ¡Y si algún día tienes interés, ya lo averiguarás! —añadió Abril. Y se quedó mirando a su amiga, pensando en cuánto la quería y en lo difícil que le resultaba comprender su falta de curiosidad— ¿Cómo te puede dar lo mismo no conocerte? No te entiendo. A veces no sé cómo podemos ser amigas pensando tan distinto. —Y nada más pronunciar aquellas palabras se arrepintió.

Pero el daño ya estaba hecho.

—Yo tampoco entiendo por qué no quieres hacerte mayor —respondió Arancha, casi a punto de llorar —, por qué no quieres que te venga la regla, ni ponerte vestidos ajustados, ni dejarte el pelo largo… No entiendo por qué me taladras con preguntas que, de momento, no me interesan; por qué me metes en líos para satisfacer tu curiosidad y por qué no me preguntas lo que a mí me gustaría saber.

Una ambulancia pasó por delante con la sirena puesta y el tiempo que tardó en alcanzar el Hospital del Mar permitió a Abril pensar en la manera de reparar el daño. Arancha y ella se conocían desde pequeñitas y siempre habían ido juntas al colegio. Y lo cierto era que cuando discutían, siempre era por lo mismo. Abril le recriminaba que fuera demasiado buena, consentidora, que no impusiera su carácter, que le quitaran las cosas y no hiciera nada, que dejara los colores aunque se los rompieran… En muchas ocasiones, Abril la defendía e incluso había participado en alguna pelea porque la habían tratado injustamente. Pero ahora era distinto: la había criticado por su manera de ser. ¡Claro que le habría gustado que Arancha fuera tan curiosa como ella! Pero no era así. Tenía otras virtudes, entre las cuales no estaba el atrevimiento, y menos en la sexualidad. Y tenía razón cuando había dicho que Abril no se interesaba lo suficiente por ella.

—Siento mucho lo que he dicho —empezó Abril cuidando cada palabra que pronunciaba—. Lo cierto es que me encanta ser tu amiga, aunque pienses de otra manera, y me interesa todo lo que te preocupe.

Arancha sonrió tímidamente y se quedó callada de nuevo. Abril no sabía si debía seguir, pero finalmente preguntó:

—¿Qué te preocupa?

—No es nada —disimuló Arancha.

—¿Cómo que no es nada? Sabes que me lo puedes contar…

—Es que… me da vergüenza que te rías de mí. Además, el año pasado nos lo contó la maestra, pero no me acuerdo muy bien.

—Tú dímelo, que si no lo sé, lo buscaremos —respondió resuelta Abril.

—Pues es lo de la regla —dijo al fin Arancha.

Abril disimuló una sonrisa, por si su amiga se enfadaba, y la cogió de la mano.

—¡Ven, que tengo un libro en casa que eso lo cuenta la mar de bien! —y empezó a tirar de Arancha con entusiasmo para cruzar la calle.

—Espera, espera… no quiero ir otra vez a tu casa.

Abril la miró y volvió a ver la vergüenza en los ojos de su amiga. También ella se acordó de lo que habían pasado y pensó que si era cierto que su madre las había visto, tal vez no era una buena idea volver a su habitación a mirar libros sobre el cuerpo, aunque fuera la menstruación.

—Tienes razón. Vamos a la biblioteca. Creo que ese libro también lo tienen allí. Y a lo mejor nos encontramos con Palmer.

—¿Y cuando lo veamos, se lo contaremos todo, no? —respondió Arancha con ironía, ya un poco recuperada del disgusto.

—¡Arancha! Palmer es nuestro amigo, y él siempre comparte muchas cosas personales…

—…porque quiere. Y yo no quiero contarle a Palmer mis preocupaciones.

Abril miró a Arancha y se sorprendió por la determinación con que había expresado su deseo. Tal vez esté empezando a sacar carácter y a decir lo que le apetece. Y eso es bueno. Abril la cogió de la mano y recorrieron juntas los escasos metros que les quedaban hasta llegar a la biblioteca, contentas de haberse recuperado. Pero al llegar, se encontraron con las rejas puestas y un cartel que anunciaba el cierre por enfermedad y las chicas se preguntaron qué le pasaría a Rogelio, el bibliotecario, un chico tan simpático que siempre les dejaba los libros más tiempo de lo establecido y preparaba unas sesiones de cuentos divertidísimas.

—Si quieres, podemos quedar mañana —dijo Abril—. Además, ya es un poco tarde y creo que sería mejor que me fuera a casa.

—De acuerdo, pero, ¿por qué no me cuentas lo del clítoris por dentro?

Abril sonrío, de oreja a oreja.

—Mira, el trocito de clítoris que vemos sólo es eso, un cachito que se llama glande y que es la parte más sensible.

—¿Es sensible porque llora? —preguntó Arancha burlona.

—Es sensible porque tiene muchísimas terminaciones nerviosas —respondió Abril con seriedad, pasando por alto que Arancha la estaba poniendo a prueba—. Es como el glande de los chicos. Por eso a veces molesta cuando se toca muy directamente. ¿A ti no te pasa?

Arancha puso cara de póker y Abril captó el mensaje a la primera; así que decidió seguir sin más preguntas:

—Bueno, el clítoris continúa dentro del cuerpo y se divide en dos raíces y en dos bulbos. Y cuando nos excitamos, no sólo crece el glande, sino también esas partes internas que llegan a ser hasta treinta veces más grandes que el mismo clítoris. ¿No te parece alucinante?

—Creo que no tanto como a ti, pero está bien saberlo. ¿Y lo del punto G que salía el otro día en Ragazza?

—¡Uf! Eso no me lo sé —confesó con pesar Abril.

—¡Te pillé! —se burló Arancha.

—¡Y tú  qué, solista, que no sabes ni qué es la regla!

—¡Sí que lo sé! No todo pero algo sé.

—¿Qué sabes?

—Que un día, el cerebro ordena a los ovarios que se pongan a trabajar y que éstos que son muy obedientes, producen hormonas que nos hacen madurar. Y además de permitirnos hacernos mayores, cada mes, un óvulo, de los miles que hay almacenados en nuestros ovarios, madura y se va de excursión a las trompas de Falopio y, de allí, al útero.

—¡Ah, te acuerdas de la historieta que nos contaba la maestra! ¿Y qué más?

—Pues que las hormonas juegan a las casitas y se montan una en el útero… y ya no me acuerdo de más —confesó Arancha.

—Lo que ocurre después es que la casita no se llena de muebles, sino de sangre y tejidos, que forman un colchón para que pueda dormir el óvulo, si lleva compañía.

—Ah, sí… ya me acuerdo. La compañía es un espermatozoide espabilado que entra por la vagina, se mete en el útero y se junta con el óvulo. Y cuando están juntos, se acuestan en la camita y se empieza a formar un bebé.

—Pero eso no pasa casi nunca —quiso dejar claro Abril—. Lo normal es que el óvulo no sea fertilizado y que el útero se tenga que deshacer de los muebles y del óvulo ocupa. Y eso…

—…es la regla.

—¿No decías que no te acordabas?—dijo Abril sorprendida.

—Lo hemos contado entre las dos.

—Tienes razón, y sin ayuda de los libros —añadió Abril—. La verdad es que las señoras hormonas son unas currantas, y son ellas las que hacen que tengamos pecho, que nos crezca pelo en el pubis y en las axilas, que el clítoris crezca…

—¡Cállate y no vuelvas a lo mismo! —la interrumpió Arancha.

—Bueeeno, está bién —respondió Abril—. Cuando sea una mujer ya hablaré de esos temas. Ahora todavía soy una púber de 12 años a la que le queda uno para la regla.

—¿Y eso cómo lo sabes? —preguntó sorprendida Arancha.

—Porque se lo dijo la médico a mi madre —explicó Abril—.  Lo normal es que pase año y medio o dos desde que te sale el vello y empieza a crecer el pecho. Y cuanto viene la regla, el crecimiento se hace más lento. ¡Así que prepárate, porque a mí todavía me queda tiempo para alcanzarte, que ahora vas a ir más lentita!

—¿Por eso no quieres que te baje la regla todavía, para alcanzarme?

—Esa es una razón, pero en realidad lo que ocurre es que me gusta mi cuerpo así, como ahora, sin pechos que me molesten ni miradas que solo me vean como unas tetas andantes. Y además, para hacer deporte es más molesto tener tetas.

—¿Pero las chicas se ponen peto en esgrima, no?

—Sí, mi profesora ya me ha dicho que vaya pensando en comprarme uno.

—A mí me gusta que me miren —dijo Arancha, con un poco de rubor.

—A mí también, pero a los ojos.
Rosa Sanchis