Filomena

 

Filo tenía 10 años y le intrigaban muchísimo los niños: cómo se movían, con que juguetes se divertían... Ella se aburría con las muñecas, pero siempre le regalaban alguna. Las tenía colgadas en la pared de su habitación. A su madre le había parecido una buena idea, ya que la niña no las utilizaba para jugar. A Filo la que más le gustaba era la muñeca legionaria; de esas tenía tres: un hermano que estaba haciendo el servicio militar le trajo una y desde entonces, cada vez que otro hermano se iba a la mili, al ver que la única muñeca que le gustaba a Filo era la legionaria, le traía otra. Así llegó a tener cuatro, su pequeña colección. No jugaba con ellas, pero le encantaba observar cómo esas muñecas iban vestidas de chicos, como sus hermanos. Le encantaba la ropa de chico. Filo odiaba las faldas que la obligaban a mantener las piernas cerradas para que no se le viera nada, y además le limitaban la movilidad. ¡No!, ella se sentía libre con pantalones; con ellos podía correr, saltar y despatarrarse a sus anchas. Era feliz jugando a vaqueros y a Tarzán, y lo que no podía soportar era jugar a mamás y papás; de hecho nunca jugó. Filo quería ser un niño porque todo lo que le decían que era propio de niñas no le gustaba, ¡que aburrimiento! Entendía que lo único que la diferenciaba de los niños era la pilila y por eso un día decidió construirse una.

Entró en el baño y se encerró, cogió el rollo de papel higiénico por un extremo y fue enrollándolo hasta hacer un cilindro de un diámetro que le pareció suficiente, se abrió de piernas y se lo coloco entre los labios vaginales. Se subió las bragas y se puso el pantalón. Salió del baño y caminó por la casa experimentando la sensación de llevar algo entre las piernas, ¡le encantó! Filo sabía que no le podía contar aquello a nadie, porque le caería una bronca tremenda y desaparecerían los rollos de papel del baño; sin embargo, a ella no le parecía nada malo lo que hacía.

No os he contado que a Filo, aunque le hubiera gustado ser un chico, le molestaba mucho que la confundieran con uno, que le dijeran guapo, o, ¡que niño más mono!, ¿dónde está tu mama rey?, etc. Constantemente la confundían con un niño porque Filo llevaba el pelo corto y vestía pantalones. Un día se colocó su pilila (bueno, según se le estropeaban se iba haciendo más) y se echó a la calle a jugar con la idea de que no se llamaría Filo, sino José. Ese día solo jugó con niños, a los que se presentaba bajo su nuevo nombre: Hola, soy José ¿puedo jugar con vosotros? Nadie le recriminaba nada e hizo nuevas amistades. Un día se encontró en el parque con un compañero de clase. Éste, todo contento, se acercó a saludarla:

-Hola Filo!

-¿Filo? Yo me llamo José.

-No, tú eres Filo, vamos juntos a clase.

-No, te has confundido, no te conozco, pero si quieres jugamos.

-¡Vale! -dijo el niño desconcertado.

Al día siguiente, cuando Filo encontró a su compañero en clase, éste le contó alucinado que había estado jugando con un niño que se llamaba José y que era igual que ella. Filo puso cara de incrédula, pero por dentro estaba que se meaba de la risa. ¡Lo había conseguido!, era Filo y Jose. Guauu! se había reído de todo y de todos. Cuando le preguntaban si era chico o chica contestaba lo que se le antojaba, según le viniera mejor. Pasó de estar en una situación desfavorable a una favorable. Ahora era ella la que decidía.

Pasaron los años y Filo se fue olvidando de estos juegos simplemente porque se inventaba otros. Siempre fue una niñ@ especial.

 Irma Navarro