El instituto es enorme... (capítulo 2. Abril y su espejo)

    A levantarse temprano, uno se iba habituando poco a poco. Cuando cada mañana Palmer llamaba al timbre de Abril, con las legañas todavía pegadas a los ojos, los buenos días de su amiga salían a duras penas de una boca que sólo se había abierto para devorar un par de croissants de chocolate y un vaso de leche. Palmer sabía que había un cincuenta por cien de probabilidades de que ella no dijera ni una palabra hasta llegar al instituto. La verdad es que Abril no tenía muy buen despertar.

    Pero aquel día, a Palmer le sorprendió la elocuencia de su amiga:

    —Oye Palmer, ¿tú te lo has medido alguna vez?

    Palmer paró en seco y la miró.

    —¿Si me he medido qué? —respondió, intuyendo de qué iba la pregunta, pero con la intención de dilatar la respuesta todo lo que pudiera.

    —¡Pues, qué va a ser… el pene! Un día nos dijiste a Arancha y a mí que los chicos presumíais siempre de tenerla grande.

    Palmer pensó que lo tenía bien merecido por bocazas. Ya se lo decía Pedrito, su amigo el gitano: «¡Las tías te tienen controlado y sacan de ti lo que quieren!»; pero éste solía pasarse con las chicas y era bastante machista; por eso Palmer siempre pensaba dos veces lo que Pedrito le pudiera comentar. Y la verdad es que Abril tenía razón: él, Pedrito y el Pinto se lo habían medido con el metro de Mariana, la abuela de Pedrito, una tarde en que ésta se había ido a visitar a uno de sus hijos a Barcelona. La suya había quedado en segunda posición, pero en aquél momento no le importó.

    Finalmente, y apretando el paso porque llegaban tarde al instituto, decidió mentir:

    —Pues no, nunca me lo he medido. Además, si tuviera que hacerlo, no serviría de nada porque todavía estoy creciendo. Y seguro que la medida cambiaría cada vez. —Y dijo lo último con un puntito de orgullo, porque la verdad era que las chicas estaban mucho más desarrolladas que ellos y le daba rabia.

    Tanto Abril como Arancha eran, en aquellos momentos, mucho más altas que él y que sus amigos, aunque había empezado a notar ya algunos cambios. Aquel verano —la verdad es que se había apuntado el día exacto en la tapa de su libro favorito— había tenido la primera polución nocturna, y la alegría de sentirse ya un chico mayor se había visto empañada por tener que disimularlo ante su abuela Luz, retirando los calzoncillos con rapidez y lavando la mancha de la sábana.

    —¡Pues yo, sí! —contestó Abril.

    —¿Sí, qué?

    —Pues que me lo he medido. Lo que pasa es que ninguna de mis amigas lo ha hecho. Ni lo hará. ¡Así que no tengo con quién compararme!

    —¿Y te has metido la regla para medírtelo? —preguntó Palmer, estupefacto. Sabía que Abril era muy atrevida, ¡pero tanto!

    —¿Qué dices?, ¿meter?, ¿dónde? —respondió ella con irritación—. ¡Lo que me he medido es el clítoris! ¿También tú eres de los que piensas que las chicas solo tienen vagina?

    Palmer reparó en su error y tuvo que repetirse que él no era como los demás, aunque a veces se le escaparan ideas y juicios que no compartía. Le ocurría a menudo con Pedrito y con el Pinto. Eran amigos, pero sus ideas en algunos temas resultaban completamente distintas, casi tanto como ellos mismos. Aprobados casi de milagro, en realidad Pedrito y Pinto tendrían que haber repetido sexto de primaria, pero en el colegio les perdonaron todas las asignaturas que les quedaban y pasaron a primero de la ESO limpios. En cambio Palmer era lo que muchos llamarían un “empollón”.

    Además, desde que habían empezado el instituto, sus dos amigos no hacían más que querer demostrar que eran mayores. Algunos chicos de segundo les habían dicho que el primer día de clase tocaba sufrir la novatada; el Pinto se había metido en la mochila un espray antivioladores de su hermana, hasta que Pedrito se burló de él diciéndole que los tíos tenían que usar armas de verdad, y no de mujeres.

    Cuando les enseñó su navaja, Palmer se enfadó:

    —A tu abuela no le gustaría que llevaras eso, Pedrito.

    —¡No se lo pienso decir! —respondió el gitano—. Además, es un regalo de mi tío.

    —¿Y qué piensas hacer con ella? —preguntó Palmer—. ¿Clavársela al que se meta contigo?

    Pedrito se quedó mudo, pensando, pero se repuso al instante:

    —No quiero pinchar a nadie —y levantó la navaja al aire como si fuera algo sagrado—; pero no consentiré que nadie me falte al respeto, ni a mí ni a mis muertos.

    —Pues entonces hazte de respetar sin tener que llevar un arma —respondió Palmer.

    El Pinto escuchaba la conversación y decidió meterse:

    —Tú dices que no lleve el espray porque es de mujeres; tampoco creo que sea de hombres llevar una navaja—. Y lo decía porque estaba dolido por la crítica que antes le había hecho Pedrito.

    —Está bien, moñas, que sois unos moñas. Me la guardaré para pelar patatas.

¿Patatas? En su vida había cogido Pedrito una navaja para hacer algo en la cocina; por eso, Palmer no se fiaba:

    —Yo te la guardo. Así sé que no te meterás en líos.

    —Mi abuela te tiene comido el seso. No te creas lo te dijo de que me tenías que cuidar, que el instituto es un sitio de payos y que no sabré comportarme —se quejó Pedrito.

    Aún renegando, le dio la navaja a Palmer y el primer día de clase pasó sin incidencias. Un grupito de chicos de bachillerato les había enseñado el centro. A Palmer le pareció inmenso, en comparación con el colegio y le hizo falta una semana para no perderse por aquel laberinto de pasillos y aulas.

    También les habían dicho que el profesorado era más severo que en el colegio, y que las clases serían más difíciles; pero poco a poco se fue dando cuenta que no era así. El único problema es que los profesores eran muchos, y que cada uno tenía su propio sistema; aunque eso también suponía una ventaja, ya que si alguno no te caía bien, solo tenías que soportarlo tres horas a la semana.
    En el instituto, como en el colegio, también había un director, un jefe de estudios, un secretario —todos hombres, qué curioso—, una psicóloga, una bibliotecaria y una vicedirectora.

    Poco a poco, Palmer fue decidiendo que tampoco haría caso de los repetidores de la clase, que se las daban de experimentados y hablaban sobre lo que había que hacer en tal o cual asignatura.

    Sólo había una cosa en la que tenían razón los más antiguos. Algunos mayores se metían con los pequeños. Sin motivo. Solamente porque pasabas por delante de su clase y tu nuca quedaba cerca de su mano. Solo porque habían decidido que eran los dueños de algo y tenían que mantener su jerarquía. ¡Ya llegarás, chaval! ¡Pero ahora yo soy el puto amo!

    Palmer conocía la violencia y sabía defenderse de ella con las armas que le había enseñado su abuela.

    —Cuando se rían de ti, desármales con una pregunta: «¿Puede saberse por qué me dices eso?», «¿Por qué no hablas de tus defectos en vez de hablar de los míos?». Utiliza también el humor y, si no te sale, practica la indiferencia.

    A Palmer no le preocupaba demasiado la moda. Su abuela solía comprar su ropa en los chinos o en el mercado y a veces se metían con él por ese motivo. Luz le había enseñado una respuesta que había utilizado alguna vez: «No sabía que fueras Adolfo Domínguez para saber tanto de moda», y lo decía con aplomo, para que pareciera que estaba seguro de sí mismo.

    Curiosamente, gracias a aquella frase se había hecho amigo de Pedrito en quinto de Primaria. Todo el mundo le llamaba el gitano o el negro, porque era de piel muy oscura, y porque además él se metía con la clase y le sacaba motes a todo el mundo. Un día que Palmer llevaba unos pantalones de pinzas, le insultó, llamándole Pinzón.

    Palmer le soltó la frase de marras y el gitano empezó a partirse de risa.

    —Domínguez Heredia, claro que sí: ¡mi primo Adolfo! ¿Y tú de qué conoces a mi primo, payo?

    Palmer tardó unos instantes en darse cuenta de la confusión y dudó antes de responder:

    —En realidad es mi abuela Luz la que sabe quién es. Ella conoce a mucha gente del barrio.

    —Igual que la mía —continuó Pedrito entusiasmado—. Mi abuela Mariana se conoce a todo los gitanos del Cabañal, de la Malvarrosa y de Valencia entera.

    Después de aquella conversación, el Pinzón se convirtió en Palmer, el negro en Pedrito, y los dos amigos conocieron a las respectivas abuelas.

    La primera vez que Palmer vio a la abuela Mariana se quedó impresionado. Tenía noventa y ocho años y en su cara no cabían más arrugas. Era de piel oscura, como el nieto, pero lo que verdaderamente llamaba la atención eran sus ojos, de un azul tan claro que casi parecía blanco, y una impresionante cabellera que le llegaba más allá de la cintura. Además, la llevaba suelta, sin ninguna goma o pasador que la sostuviera, como si una toga sagrada cubriera su espalda abrazándola y protegiéndola.

    —Medio bote de suavizante, me toca usar con ella —dijo Pedrito, al ver la cara de sorpresa que puso Palmer la primera vez que vio a Mariana—. Y me paso un buen rato desenredando. Pero tardo menos que mi madre y se lo dejo mucho mejor.

    La sola imagen de Pedrito peinando a su abuela había provocado en Palmer una irrefrenable sonrisa, pero ya había tenido “la suerte” de conocer las reacciones agresivas de su amigo cuando pensaba que se ponía en duda su hombría; así que, sabiamente, decidió disimular. ¡Qué curioso resultaba el modo en que se enorgullecía de su habilidad para desenredar el cabello de la abuela, sin considerarlo una actividad femenina!

    A Palmer le gustaba mucho visitar a la abuela Mariana y sobretodo le encantaban sus historias de gitanos. Como aquella del elefante:

    —Cuando yo era niña, venía a mi barrio una familia de gitanos que viajaban con una cabra y un elefante. El espectáculo consistía en lo siguiente: mientras el padre tocaba la trompeta, la hija apoyaba una escalera en el costado del elefante y hacía que la cabra subiera por la escalera hasta llegar a lomos del enorme animal. Allí arriba, la cabra aguantaba en equilibrio mientras el elefante levantaba ligeramente las patas delanteras. Mi madre siempre me daba unas monedas para que se las diera a los artistas y yo los seguía allí por donde iban.

    »Pero lo curioso del espectáculo no era la acrobacia en sí. Los gitanos repetían la función en unas cuantas calles del barrio, y, cuando habían recaudado lo suficiente, se sentaban a pasar la tarde en una plaza, tumbados en la hierba, con el elefante atado de una pata a una pequeña estaca del mismo tamaño que la que sujetaba a la cabra. A veces, los gitanos se iban a dar una vuelta y los animales se quedaban solos, sin apenas moverse.

    »Cuando volvía a casa, le preguntaba a mi madre cómo podía ser que el elefante no se escapara y ella me explicaba que porque estaba amaestrado. «Y si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?» volvía a preguntar yo. Pero mi madre nunca me respondía.

    »Y he estado haciéndome esta pregunta durante años hasta que ahora, que soy vieja y sabia, he encontrado la respuesta. ¿Sabéis vosotros por qué no se mueve?

Palmer y Pedrito se quedaban con la boca abierta, esperando:

    —El elefante no se escapa porque la primera vez que lo ataron a una estaca como aquella, era muy pequeño. Seguramente, en aquella ocasión tiró y empujó con todas sus fuerzas, pero no lo consiguió. Puede que lo hiciera un día y otro día, hasta que finalmente aceptó su atadura y, cuando creció y su fuerza podría haber derribado cincuenta estacas como aquella, siguió pensando que no podía hacerlo, y ni siquiera lo intentaba.[1]

    Los cuentos de la abuela Mariana siempre tenían un mensaje que hacía pensar. De ella, decían que era curandera y consejera, y todos los días había gente haciendo cola en su puerta, para recibir un consejo o para que la vieja mujer pusiera sus manos sobre alguna parte del cuerpo malherida o enferma.

    También preparaba brebajes con hierbas, aunque decía que aquí no podía encontrar las mismas, ni de la misma calidad, que las que había en su pequeño pueblo de origen. A veces, cuando tenía mucho trabajo, nos enviaba a Pedrito y a mí a comprarle al herbolario del mercado las hierbas que necesitaba.
    Desde el primer día, Palmer se dio cuenta de que la abuela Mariana le respetaba y confiaba en él. Poco antes de empezar el curso, les había sentado a los dos frente a ella y les había hablado, con seriedad:

    —Palmer, cuida de Pedrito en el instituto. —Sus blancos ojos se habían posado en Palmer, pero ahora miraban a su nieto—. Y tú, Pedrito, cuida de Palmer, en la calle. Pronto empezaréis a crecer, pero todavía sois los más pequeños. Muchos chicos, mayores que vosotros, se han hecho grandes demasiado aprisa, pero no saben qué hacer con su fuerza y la malgastan golpeando a otros. Piensan que es de ser hombres utilizar los puños, en vez de la cabeza y dejan que la ira se adueñe de sus corazones.

    Palmer escuchaba a la abuela Mariana extasiado, pero Pedrito se removía nervioso en su silla.

    —Abuela, ¡eso son tonterías! ¡Yo no necesito que me cuide nadie!

Mariana lo miraba con preocupación y callaba, dándole vueltas a alguna idea que nunca llegaría a expresar. «Mi nieto es como su padre. Y su padre era como su abuelo. Y su abuelo era como mi padre… Y aunque han pasado años, no hemos conseguido cambiar esta familia de hombres que sólo sirven a su única dueña: la ira.»

    Palmer no comprendió de qué manera podía cuidar él de Pedrito hasta que lo vio con la navaja el primer día de clase. Entonces supo a lo que se refería Mariana, y fue él quien guardó aquella arma, en su mochila, durante toda la mañana, temiendo que algún profesor le registrara y pensara que era un violento.

    Nada de aquello había ocurrido. El primer día pasó sin incidencias e incluso mejor de lo que Palmer había esperado. Los de bachillerato que les habían ensañado el instituto, les hablaron de la mediación y de los círculos de convivencia. Un chico llamado Manuel, sacó una bolsa llena de monturas de gafa y las repartió entre todos los de la clase de Palmer. Luego les pidió que se las pusieran y escribió una frase en la pizarra, con una letra tan pequeña que solo podían leer los de la primera fila.

    —¿Qué veis? —preguntó Manuel.

    —Lo mismo que antes, pero enmarcado —respondió el Pinto, haciéndose el gracioso.

Manuel no se rió.

    —¿Alguien puede leer la frase que he anotado en la pizarra?

    Una chica de la primera fila intentó leerla, pero no se entendía lo que decía. Palmer decidió responder, antes de que su amigo Pinto pudiera meterse en algún lío:

    —La letra es muy pequeña y las gafas que nos habéis dado no tienen lente de aumento.

    —Muy buena respuesta —respondió el de bachillerato—. Eso demuestra que para poder “ver” las cosas pequeñas necesitamos unas lentes. Ahora voy a escribir la frase más grande.

    Y escribió: «Ukabilak ez mintzatzen dira»

    El Pinto no se pudo controlar:

    —¡Pues me he quedado igual! ¿Te quieres quedar con nosotros? A ver, la china —y se volvió hacia Chang—, tradúcenos.

    Chang significaba en chino “libre” y “desinhibida”, pero a ella todavía le faltaba mucho para hacer honor a su nombre. Sorprendentemente, respondió:

    —La frase no está en chino sino en eusquera. “Ukabila” significa “puño”. Lo demás, no lo sé.

    La clase entera se quedó con la boca abierta preguntándose cómo sabía Chang aquello. Entonces Manuel volvió a tomar la palabra:

    —La frase significa “los puños no hablan” en eusquera. Y para entenderla, primero hemos necesitado estar cerca o unas lentes de aumento. Pero después nos hace falta conocer ese lenguaje. —Manuel miró a Chang, le lanzó una sonrisa afectuosa, que hizo que ella bajara la cabeza avergonzada, y prosiguió—. Lo mismo ocurre con los conflictos entre las personas. Para poderlos “ver”, necesitamos unas gafas de aumento o acercarnos a ellos; pero para poderlos entender necesitamos formación para conocer el lenguaje de los conflictos.

    »En el instituto hemos organizado un taller para formar parte de lo que nosotros llamamos Círculos de convivencia. Están constituidos por tres o cuatro alumnos de cada clase y su función consiste precisamente en ser capaces de observar la convivencia y de “ver” aquellas situaciones que hacen sufrir a los compañeros, porque se les margina, se les insulta, se tratan mal sus cosas… y también para poder intervenir en los conflictos y ayudar a su solución, o, si son muy complicados, derivarlos hacia otras personas que los puedan resolver.

Manuel explicó que él había recibido aquel taller cuando iba a primero de la ESO, y que más tarde había completado su formación para ser mediador. Después les enseñó el blog de mediación, que se llamaba http://elspunysnoparlen.nireblog.com, y dejó a Palmer y a su grupo con la tutora, que se presentó y pasó a explicarles un montón de normas que alguien había escrito para que ellos las cumplieran, aunque semana tras semana fue descubriendo que muchas de ellas solo se hacían efectivas sobre el papel.

    A medida que pasaban los días, Palmer llegó a la conclusión de que los mejores consejos para moverse por el instituto y por las diferentes asignaturas eran los de Luz, su abuela, que había sido toda la vida maestra y, en los últimos años, antes de decidir jubilarse anticipadamente, había estado muy en contacto con el instituto:

     Pregunta en clase lo que no entiendas; no tengas vergüenza. Léete los apuntes el día de antes; aunque no te pongan deberes. Empieza a preparar los exámenes con antelación, haciéndote resúmenes y pequeños esquemas de los temas… y deja para el último día el repaso. Además —proseguía Luz—, desconfía de las primeras impresiones. La mayoría de las veces el profesorado no es lo que parece, porque al principio de curso también ellos están nerviosos y no se muestran como son en realidad.

    Abril, Palmer y el Pinto iban a la misma clase, y estudiaban todas sus asignaturas en valenciano. En cambio, Pedrito, que iba a otra clase, lo hacía en castellano. Abril y Palmer estudiaban muchas tardes juntos, en casa de uno o de la otra. A los dos les gustaba sacar buenas notas y eran además muy organizados.

    Con la ayuda de Luz, se habían confeccionado un horario para estudiar las diferentes asignaturas y poderlo compaginar con sus actividades deportivas: Abril, con la esgrima, y Palmer, con la pelota valenciana.

    Al cabo de un mes de clases, habían vuelto sobre los horarios para revisarlos y hacer las modificaciones necesarias para sacar mejores notas. Una de las cosas que más les gustaba era poner puntuación al profesorado y a sus asignaturas, especialmente aquellas que les costaban más o en las que tenían un profesor poco motivador. Abril le puso un cuatro a las Matemáticas, porque no le gustaba la profesora. Y Palmer le puso otro cuatro a Sociales, porque el profesor no explicaba y les hacía estudiar de memoria. En las materias que Abril y Palmer ponían poca puntuación, estaba claro que tenían que esforzarse más, aunque a Luz le había costado mucho que entendieran esto: a menor puntuación, mayor esfuerzo.

    A veces, una manera de ayudar a motivarse eran los dibujos. A Abril le gustaba hacer dibujitos en sus resúmenes. Además, tenía mucha gracia, y Palmer le pedía a veces que le ilustrara también sus apuntes para que fueran tan divertidos como los de ella.

    Las Ciencias Naturales no necesitaban ningún dibujo extra. Los dos le habían puesto la mejor nota porque tanto la asignatura como la profesora les encantaban. El primer tema, además, fue para Palmer muy interesante.

    La profesora se llamaba Teresa y había empezado con la reproducción, aunque se habían saltado unas cuantas páginas hasta llegar a la parte más interesante:

    —Hoy hablaremos de los órganos sexuales masculinos y del vocabulario formal e informal para designarlos, por ejemplo: cipote ¿Alguien quiere salir a la pizarra?

    El Pinto estaba tan emocionado que se ofreció voluntario. Al dictado de la clase, y de su propia cosecha, empezó a escribir en la pizarra: huevos, polla, pelotas, capullo, piel, nabo, banano, cojones, pajarito, minga, pijo, churro, colita, herramienta…

Entonces la profesora fue agrupando las distintas palabras y entre todos señalaron los términos formales. Los huevos se llamaban testículos y una bolsa de piel llamada escroto, les servía de protección.

    —Pues yo tengo un huevo más grande que el otro —soltó el Pinto, provocando una carcajada general.

    Teresa explicó que, al igual que les pasaba a las chicas con sus pechos, la asimetría era lo normal y que solía ocurrir que un testículo colgara siempre más que el otro.

Del pene, había un montón de términos y la profesora explicó que estaba formado por tejidos eréctiles y muchos vasos sanguíneos que a veces se llenaban de sangre. A eso se le llamaba vulgarmente ponerse dura o empalmarse, aunque lo normal era que el pene estuviera flácido. El capullo o punta del pene se llamaba formalmente glande y estaba recubierto por una piel llamada prepucio.

    En algunas culturas, a los niños recién nacidos se les practica la circuncisión, que consiste en eliminar el prepucio —explicaba Teresa—. Entre nosotros, no se realiza esta práctica de manera sistemática sino solamente cuando un chico padece fimosis, que quiere decir que el prepucio es demasiado estrecho e impide la salida del glande durante la erección.

Un chico de la clase explicó que a un primo suyo lo habían operado de fimosis y que le dolió un huevo.

    —¿Y por qué le duele el huevo, si lo que le operaron fue el capullo? —preguntó el Pinto.

Todo el mundo, incluso la profesora, rieron a pierna suelta. Al final, la gente se fue calmando.

    —¿Alguien sabe por qué los testículos están fuera del cuerpo? —preguntó Teresa.

Nadie conocía la respuesta y ni siquiera al Pinto se le ocurrió nada gracioso.

    —Pues tiene que ver con su función reproductora. Los ovarios de las chicas y los testículos de los chicos se llaman gónadas, que viene del griego y quiere decir semilla. Las gónadas producen las células sexuales: los ovarios fabrican óvulos y los testículos, espermatozoides.

    »En realidad, las chicas nacen con todos los óvulos y lo que estos hacen es madurar. En cambio, los chicos empiezan a fabricar espermatozoides en la pubertad, entre los 10 y los 15 años. Los espermatozoides se producen dentro de los testículos, desde aquí pasan al epidídimo y viajan por los conductos deferentes hasta juntarse con unos líquidos que segregan las vesículas seminales y la próstata y que les sirven de alimento. Todo junto, forma un líquido blancuzco, espeso, grumoso y pegajoso llamado semen.

    »A veces, la primera eyaculación se produce de manera involuntaria, durante la noche. Pero también se puede producir durante la masturbación.

    —¡Menudo chollo! —dijo Abril —. La primera vez de los chicos les da placer; en cambio para nosotras, solo sangre y, a veces, dolor.

Palmer pensó que su amiga tenía razón. No tenía muy claro cómo se sentía una chica cuando le bajaba la regla, pero se imaginaba llevando compresa o tampón durante una semana y le parecía bastante molesto. Tampoco sabía si las chicas se alegrarían de tener la regla, como les pasaba a ellos con la eyaculación.

    El Pintó dejó de lado en comentario de Abril y preguntó:

    —¡Aún no nos has dicho por qué los testículos están fuera!

    —Es verdad, Pinto —dijo Teresa—. Lo sabrás enseguida: están fuera porque son unos frescos.

    El Pinto la miró sin comprender:

    —Te estás quedando conmigo, profe.

    —¡En absoluto! Los espermatozoides necesitan tres grados menos que la temperatura del cuerpo para desarrollarse y precisamente la función del escroto es mantener a los testículos en un ambiente más frío que el que tendrían si estuvieran en el abdomen, como los ovarios.

    —¡Entonces, a los óvulos les gusta estar calentitos y a los espermatozoides, fresquitos! —dijo el Pinto.

    —En efecto.

    —Por eso, nosotros somos unos frescos y vosotras unas calientes —respondió el Pinto, provocador.

    Diversas voces femeninas insultaron al Pinto acusándole de salido, a él y a todos los chicos, y entonces Abril levantó la mano y cambió de tema:

    —Profesora, ¿y eso del punto P, qué es?

El Pinto estaba a punto de intervenir pero Teresa le cortó:

    —El punto P viene de próstata. Y ésta tiene una gran sensibilidad sexual que puede estimularse, por ejemplo, metiendo el dedo en el ano. Muchos chicos lo consideran una práctica homosexual y deciden, de entrada y sin probar, que no les gusta y critican a los que se atreven a darse placer así. También hay muchos chicos que disfrutan de la estimulación de la próstata pero nunca se atreverían a confesarlo en público.

    La discusión y los gritos se hicieron los amos y el timbre salvó a la clase de una batalla campal entre las chicas, enfadadas con el Pinto y con los chicos porque las habían llamado calientes, y los chicos, enfadados con ellas porque decían que les gustaba el punto P.

De camino hacia casa, Abril le preguntó a Palmer por su punto P, y éste le contestó que todavía no lo había buscado porque nadie la había hablado de su existencia. Entonces Palmer le preguntó a Abril por su punto G, y ella le respondió que lo había buscado, pero que no lo había encontrado, así que de momento seguiría con su punto C, de clítoris.

    —¡Pues que vivan los puntos! —dijo Palmer.

    —¡Que vivan! —respondió Abril.

    —¿Le ponemos diez puntos a la de Ciencias? —preguntó Palmer.

    —¡Buen punto! —dijo Abril.

Rosa Sanchis

[1] Versión del cuento de Jorge Bucay “El elefante encadenado”