¿Público o privado?

En unas jornadas educativas, escuché a la profesora de Química Núria Solsona describir las prácticas de laboratorio de su asignatura. En ellas, el experimento que debía hacer el alumnado de 4t de ESO para el final de trimestre era ni más ni menos que un pastel de chocolate. ¡Eso no tiene ningún mérito, mi madre hace pasteles y no ha tenido que ir a la escuela! dirían algunos; ¡Eso no es ciencia! comentarían otros.

En cambio, Solsona explicaba explicaba muy bien que eso que no tiene ningún mérito, y que para mucha gente no son más que prácticas caseras aisladas, constituye un “conjunto bien integrado de conocimientos, elaborado y adaptado a las necesidades de cada momento histórico para el buen funcionamiento de la familia y el bienestar de sus miembros”. Es decir, que estas prácticas, tradicionalmente femeninas, son conocimiento científico (considerado socialmente como el más elaborado y el de más prestigio) y, como tal, deberían estar incluidas en el currículo escolar. Y no solo eso, sino que “son unos saberes indispensables para la vida de las personas y el buen funcionamiento de la familia y de la sociedad”. Por lo tanto, Solsona sostiene que la cocina es un laboratorio donde se hacen disoluciones (café con leche o con Cola-cao, sopas...) y coloides (nata montada, mahonesa...), donde se producen cambios químicos (caramelización del azúcar; el baño de María, una mujer judía que inventó este método de conservación en el s.III...), etc. [En la página del Instituto de la Mujer podéis encontrar más materiales coeducativos.]

Esta explicación del trabajo de Núria Solsona, hace referencia a la cuarta de las dificultades que encuentra la educación sexual en la escuela: la consideración de ésta como algo privado. Ya hablé en anteriores posts de los miedos, de la “naturalidad” de la sexualidad, de la falta de formación y de la falta de compromiso de las administraciones en esta formación. Y ahora, creo que vale la pena hablar de lo que es público y lo que es privado, y de si la escuela solo debería encargarse de los saberes útiles para el espacio público o, por el contrario, debería preparar para la vida privada.

El debate es antiguo y conecta con dos cuestiones complejas: en primer lugar, el paso de la escuela segregada a la escuela mixta, y, en segundo término, con la creencia de que la razón y la emoción están separadas.

La escuela segregada (los chicos por un lado y las chicas por otro) educaba a las mujeres para ser madresposas. El régimen franquista prohibió la escuela coeducativa y instauró, el año 38, la escuela segregada, con unos contenidos cualitativamente y cuantitativamente diferentes para chicos y para chicas. Como se presuponía que el espacio privado (la casa, las criaturas...) debía ser para ellas y el espacio público (la calle, el trabajo...) para los hombres, éstos debían ser educados para desarrollar un oficio y ser los ganapán. La desigualdad estaba basada en la supuesta complementariedad de los sexos, y en la inferioridad intelectual de las mujeres, y era apuntalada por discursos como la biología, la psicología, la religión..., y por las tradiciones e, incluso, las leyes. La coacción social y estatal conducía a la interiorización de la bondad de la ideología. Una mujer, Pilar Primo de Rivera decía, el 1942:

“Las mujeres nunca descubren nada: las falta, desde luego, el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles: nosotras no podemos hacer nada más que interpretar mejor o peor lo que los hombres nos dan hecho”.

Cuando se promulgó la LGE, en los años 70, la escuela segregada se convirtió en escuela mixta, pero eliminó de su currículo todos los saberes y habilidades que las mujeres tenían o debían tener (habilidades domésticas, expresivas, sentimentales y relacionales: cuidar, mediar, escuchar, apoyar, enseñar, guiar, la higiene, la alimentación, la salud...). En realidad, eliminó unos saberes necesarios para la vida, es decir, la cultura de las mujeres.

Algunas feministas lo explican de la siguiente manera: la escuela mixta lo que hizo fue invitar a las chicas a entrar en un espacio que representaba unos contenidos y unos valores exclusivamente masculinos: un currículo androcentrista. Este currículo, no solamente no tenía en cuenta los saberes femeninos, sino que olvidaba las aportaciones de las mujeres a la cultura considerada escolar. Poco a poco, esta realidad ha ido cambiando, pero aún nos cuesta encontrar el papel de las mujeres en la historia, en la literatura, en el arte, en la ciencia, en la política, etc. y solemos conocer a estas mujeres y su contribución a la cultura cuando, para conmemorar el 8 de marzo, las colgamos en los tableros de las escuelas y decidimos trabajarlas en clase.

¿Qué conclusión podemos extraer de este currículo androcentrista? Que el mero hecho de que chicos y chicas compartan pupitre, no garantiza la igualdad. Y que para hacer realidad esta igualdad, se deben poner en marcha mecanismos tan potentes y eficaces como los de las épocas anteriores.

Mirad lo que estudiaban las chicas en la asignatura Economía Domestica

“Recuerda que debes tener un aspecto inmejorable a la hora de ir a la cama… Si debes aplicarte crema facial o rulos para el cabello, espera hasta que él esté dormido, ya que eso podría resultar chocante para un hombre a última hora de la noche. En cuanto respecta a la posibilidad de relaciones íntimas con tu marido, es importante recordar tus obligaciones matrimoniales: si él siente la necesidad de dormir, que sea así, no le presiones o estimules la intimidad. Si tu marido sugiere la unión, entonces accede humildemente, teniendo siempre en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que hayas podido experimentar.

Si tu marido te pidiera prácticas sexuales inusuales, sé obediente y no te quejes. Es probable que tu marido caiga entonces en un sueño profundo, así que acomódate la ropa, refréscate y aplícate crema facial para la noche y tus productos para el cabello. Puedes entonces ajustar el despertador para levantarte un poco antes que él por la mañana. Esto te permitirá tener lista una taza de té para cuando despierte…"

(Economía domestica para bachillerato y magisterio, Sección femenina, 1958.)

(La ley de 20 de septiembre de 1938, que reformaba la Enseñanza Secundaria, establecía que las asignaturas que debían estudiar las chicas eran: Formación Político-Social, Música, Hogar, Cocina, Economía domestica y Educación Física.)

 
(continuará)