por Ivan Roca (Presentado en el VIII Concurso literario "Valores para un sueño" en 2007)
Frank paseaba tranquilamente por la calle bajo el sol de verano, libre de preocupaciones, y esperando no tenerlas nunca más. Hacía un año que llego a Edge City y aún no dejaba de sorprenderle lo tranquilo y relajante que era el ambiente. Sin apenas darse cuenta llegó al portal donde se encontraba el piso en el que se alojaba, era un piso de estudiantes, que habia encontrado por casualidad en un tablón de anuncios. Se alquila habitación en piso de 4 estudiantes. Alquiler + gastos 300 euros Tel. 500 011 234 El anuncio estaba redactado en un post-It y estaba tapado por otros anuncios, lo que hacía difícil su lectura, por no decir que era casi imperceptible. Subía las escaleras pensando en sus cosas mientras daba vueltas a las llaves que llevaba en el dedo índice, el piso no estaba mal, las habitaciones eran pequeñas, pero tenia un salón medianito con un par de sillones y un sofá, era muy luminoso y entaba bastante luz por una gran ventana que había detrás del televisor, había una mesita en el centro que siempre estaba llena de trastos, como era de imaginar, era el salón donde pasaban la mayor parte del día. Frank metió la llave en la cerradura, entró, cerro la puerta y se dirigió a su habitación que estaba a mitad del pasillo, al final se encontraba el salón donde vio a dos de sus compañeros sentados en el sofá, le resulto extraño que no le saludaran, normalmente eran muy simpáticos, quizás estaban estudiando y no se habían percatado de su entrada. Al entrar en la habitación notó algo extraño, alguien había estado ahí, algunas cosas estaban cambiadas de lugar, muy poco, pero lo suficiente para que algunas cosas que tenía en los estantes menos habituales dejaran entrever las marcas que había generado el polvo. Realizó un vistazo rápido, el cual se podría haber ahorrado, ya sabía que era lo que faltaba, se puso de rodillas delante de la cama y levanto la sabana, como era de esperar, faltaba la bolsa. --Mierda, --pensó-- ahora que me había acomodado aquí. Bueno, habrá que cambiar de piso...
Abrió el cajón de la mesita de noche y agarró el tubo de aspirinas que guardaba allí, se lo metio en el bolsillo y volvió al pasillo dirigiéndose hacia la cocina, pasó rapidamente por el salón, observando por el rabillo del ojo que en la mesa de centro no había el habitual caos de revistas, mandos y demás utensilios de fumar, sino que en su lugar se hallaba su bolsa de deporte negra custodiada atentamente por los cuatro estudiantes.
Sin menguar el paso, Frank saludó a los chicos y siguió en pos de la cocina, como si nada ocurriera.
--Frank, ¿podemos hablar contigo un momento?
Era Eduardo, el chulo de los cuatro compañeros con los que convivía, de haber sido una tribu él hubiera sido sin duda el jefe, aunque Frank esperaba bajarle los humos pronto...
--Si, ahora voy, estoy cogiendo algo de beber, vengo sudando con el calor que hace, ¿queréis que os traiga algo?
Hubo un silencio y luego se volvió a oír a Eduardo.
--Sí, trae unas birras.
--¿Cuatro? --Se hizo otro silencio.
--Sí. -- se oyó al unísono a los cuatro cahvales.
--Perfecto.
En unos segundos Frank aparecía de nuevo en el salón, con cinco cervezas de botella cogidas en una mano y una bolsa de patatas en otra, soltó la bolsa de patatas encima de su bolsa, que ocupaba toda la mesa de centro, como si no estuviera ahi y repartió las cervezas, acercó una silla y se sentó alrededor de la mesa en un pequeño hueco que quedaba.
Dio un larg otrago de cerveza, y dijo:
--Y bien, ¿qué os contáis chicos?
--¿Como que qué nos contamos?-- dijo Alberto, mientras Frank se peleaba por abrir la bolsa de patatas--. ¿Te estás quedando con nosotros?
Alberto era muy nervioso, estudiaba mucho y sabia muchas cosas, pero si no entendía algo se crispaba enseguida.
--Malditos abre-fáciles, no sé por qué los llamarán así...
En ese mismo momento, la bolsa se desgarra por un lado y algunas patatas caen al suelo.
--¡¡Menos mal!!, bueno, ¿qué decías Alberto?
--Tío, ¿te estás riendo de nosostros o qué? --Alex tomó la palabra con cara de estarse cabreando, Alex era, quizás el más serio de los cuatro, tenía un trabajo, al contrario de los demás chavales, no dependía de la paga de los papis para pagar el alquiler.
--Bueno, visto que no sacáis el tema, lo sacaré yo, ¿quien ha entrado en mi habitción? He visto cosas movidas de sitio...
--Venga hombre, ¿cómo que te hemos movido cosas? ¡¡Tu bolsa llena de pasta reventar está encima de la mesa!! ¡¡Claro que hemos movido cosas!!
--Efectivamente, y yo estoy preguntando quién es el valiente que se ha atrevido a entrar en mi habitación y traerla hasta aqí.
El silencio se apoderó del salón durante unos instantes mientras los cuatro chicos se miraban unos a otros...
--Bueno, como que entiendo que la bolsa ha llegado hasta aquí sola, la vuelvo a llevar a mi habitación y a tumbarme un rato...Si me necesitáis...
--¡Y una mierda!! --Eduardo había sacado una pistola, la de Frank, y apuntaba a Frank con ella.
--Hombre, la has encontrado, no sabia donde la había metido... has registrado bien la habitación, ¿eh? --Frank se levantó alargando el brazo hacia Eduardo para coger la pistola.
--¿¡Se puede saber que haces, tío?!
--Bueno si quieres quédatela, no sabrás qué hacer con ella...
--Ya te enseñare yo si sé que hacer con ella...
--Sí, estoy deseando verlo, debe ser la primera pistola que empuñas en tu vida...
Eduardo empezó a enfadarse y mucho...
--Bien, tranquilicémonos... supongo que queréis saber de dónde he sacado tanto dinero, ¿no?
Frank se volvio a sentar y los chicos cogieron posiciones más relajadas en sus respectivos asientos, alguno dio un trago de cerveza, aunque Eduardo no dejaba de apuntar a Frank con la pistola.
--Y bien, ¿cuál es el plan?
Alex puso cara de gangster (cosas de ver demasiadas películas) y soltó:
--El plan es que nos quedamos la pasta y tú te das el piro.
--¿Y el plan B? --rebatió Frank
--¿Qué plan B? --Alex cambió la cara de gangster por la de sorprendido.
Tendréis un plan B, digo yo...
--No necesitamos un plan B, tenemos la pasta y tenemos la pistola, no necesitamos un plan B... --Eduardo dio un trago de cerveza.
--No, no entendéis cómo funciona esto, en la vida siempre, y repito siempre, hay que tener un plan B para todo.
--¿Ah, sí? Dime por qué, tipo duro...
--No tengo que darte explicaciones, pero yo tengo siempre un plan B, nunca esta de más, no cuesta nada, es gratis, ¿lo entiendes?
--Vaya una pérdida de tiempo... pensar dos maneras de hacer una cosa.
--Bueno, la verdad es que da lo mismo, no necesitáis un plan B, ni siquiera necesitabais un plan A.
--¿Qué coño te crees...?
--Sshhhhh... Tranquilo fiera. --Frank se levanta, corre la cremallera de la bolsa, la coge, y la deja en el suelo.
--¿Se puede saber qué estás haciendo?
--Siéntate --le ordena Frank a Eduardo.
Eduardo se sienta.
Frank va a la habitación y vuelve con una bolsa con algunos objetos personales, la mete dentro de la bolsa de deporte y se vuelve a sentar en la sillamirando fijamente a Eduardo.
--Mira, empiezo a cansarme de que todo el mundo se me ponga chulo, empieza a convertirse en una costumbre... cómo decirlo... anual.
--No entiendo...
--Ni falta que te hace...
Frank estira el brazo y coge la pistola demanos de Eduardo, Frank saca el cargador y se lo enseña a Eduardo, está vacío.
--Te voy a explicar un secreto, he tenido muchas pistolas en mi vida, pero nunca he llevado una bala encima... esos pequeños objetos de apenas dos centímetros matan personas, ¿sabes?
Frank se guarda la pistola en un bolsillo y se dirige hacia la salida, al llegar a la puerta del pasillo se gira hacia los chicos.
--Y si pensabais quedaros con mi pasta, no deberíais haber dejado que sirviera las bebidas...
Frank recorrió el oscuro pasillo por última vez, al llegar frente a la puerta miró el perchero que había al lado de la puerta, de alla colgaban los abrigos de los chicos, observó que uno de ellos colgaba más que los demás, era una gabardina, seguramente de Alex, una sonrisa se dibujo en su cara, recordando cuando, hacía más o menos un año, perdió la suya, agarró la gabardina por el cuello, la puso dentro de la bolsa y cruzo el umbral de la puerta dejando los cuatro cuerpos inertes en el salón.
Tras unos segundos de estar pensando en el rellano, Frank volvió a entrar en el piso, dejo la bolsa al lado de la puerta, andó hasta la habitación de Eduardo, miró por encima de la mesa del estudio y no tardó en encontrar las llaves del Porsche, regalo cortesía de los papis por su cumpleaños, y volvió al salón.
--Juan, ¿sabes conducir?
Juan levantó la mirada estupefacto.
--¿Que? ¿Como has...?
--¿Te crees que soy tonto? --respondió Frank --. ¿Creías que no me iba a dar cuenta de que no has probado ni un sorbo de tu cerveza y de que no has dicho nada en todo el rato?
--Ya... bueno... hem, sí, sé conducir.
--Entonces, ¿a que esperas? ¿O piensas quedarte aquí a recoger todo esto?
-Eh... no claro...
--Perfecto, vamos, tus compañeros no tardarán en recuperar la movilidad, y créeme si te digo que no se despertarán de buen humor.
Al rato, los tres adolescentes se despertaban preguntándose qué había sido de Juan y maldiciendo su mala suerte.
Mientras, Frank y Juan salían de la ciudad en su nuevo Porsche descapotable bajo el sol caluroso de Edge City. |