sus
obras
rimbaud
Deslumbrante
y desesperada como su poesía
, la Existencia de Rimbaud nos provoca esa misma sensación de
vértigo y de energía casi sobrehumana que es uno de los
rasgos permanentes de su genio. En el plano de la aventura física
como en el plano de la aventura espiritual todo en Rimbaud es
rebeldía, inconformismo trascendente, insobornable voluntad de
no traicionar uno solo de los impulsos de su ser profundo, de no
ceder jamás —sea cual fuere el precio— a la
presión de las ideas recibidas, morales, artísticas,
religiosas, para abrirse su propio camino a espaldas de una sociedad
a cuyas convenciones y a cuya estructura era particularmente incapaz
de adaptarse.
He
aquí una brevísima relación de esa vida cuyas
vicisitudes se precipitan con la rapidez de un sueño.
El
20 de octubre de 1854 nace en Charleville, Francia,
Jean-Nicolas-Arthur Rimbaud. El padre era militar y vivió casi
siempre separado de su esposa. La madre, de inflexible carácter,
pertenecía a una familia de pequeños propietarios del
lugar.
La
infancia de Rimbaud transcurre bajo el signo de una asombrosa
precocidad. A los diez años ya sorprende a sus camaradas y
profesores por la calidad de sus ejercicios retóricos. A los
quince escribe impecables versos latinos. Más o menos de esa
época son sus primeros versos franceses conocidos: "EI
Año Nuevo de los huérfanos", publicados en la
Revue pour tous, en 1870. Lee ávidamente cuanto le cae en las
manos, en especial a los socialistas franceses, libros de magia,
ocultismo, novelas del siglo XVII, etc. George Izambard, joven
profesor del Liceo, de ideas revolucionarias, se convierte en su
amigo y lo orienta en la literatura.
El
29 de agosto de 1870 Rimbaud se fuga de su hogar y llega en tren a
Paris, donde es detenido por viajar sin boleto. Izambard paga la
multa y lo háce regresar a Charleville. Diez días más
tarde vuelve a fugarse. Llega a pie a Bélgica, con la
esperanza de ingresar en la redacción de un periódico
de Charleroi. Fracasado su intento regresa a Francia y asiste al
bombardeo de Mezieres y Charleville por los ejércitos
prusianos.
El
25 de febrero de 1871 emprende su tercera fuga. Va nuevamente a
París. Allí vagabundea por las calles, y regresa a su
casa a través de las líneas enemigas. En Charleville
escribe un "Proyecto de una constitución comunista",
que se ha perdido, y envía a su amigo Demey la famosa "Carta
del vidente", en la que define su sentido de la poesía.
Por
intermedio de Bretagne, un extraño personaje entusiasta del
arte y el ocultismo, con el que se ha vinculado, se pone en contacto
epistalar con Verlaine. Deslumbrado por su genio, éste le
envía un telegrama: "Venid, querida gran alma; se os
espera, se os desea." En setiembre de ese mismo año
Rimbaud llega a París, llevando en su bolsillo el manuscrito
del "Barco ebrio".
Comienza
así la tormentosa relación de ambos poetas, que trae
como consecuencia la separación de Verlaine de su mujer, un
largo período de bohemia en el Barrio Latino y sucesivos
viajes a Bélgica, Holanda y Londres, en los que estallan
violentas disputas, hasta el grave episodio de Mons, cuando Verlaine,
en un rapto de desesperación, descargó su revólver
sobre su amigo, hiriéndolo en un brazo. Verlaine es detenido y
condenado a dos años de prisión. Rimbaud regresa a
Roche, a la granja donde ahora habita su familia; se instala en el
granero y en pocos días termina "Una temporada en el
infierno". Después de hacerla imprimir y enviar algunos
ejemplares a sus antiguos amigos de París se desinteresa de
tal modo por la literatura que deja el resto de la edición en
la imprenta, de donde nunca la retirará. Una nueva etapa
comienza en su vida: la soledad y la acción, a la que se
lanzará con su acostumbrada vehemencia.
En
1874 se halla en Londres en compañía de German Nouveau.
Al año siguiente, en Alemania, trabajando como preceptor en
Stuttgart. Allí se le reúne Verlainc por última
vez e intenta hacerlo participar de sus convicciones católicas.
Rimbaud pone fin al encuentro con una agria discusión, que
degenera en pugilato y que obliga a Verlaine a dejar la ciudad a los
dos días de su arribo. Se suceden luego ansiosos viajes a
través de Italia, Suiza y Austria, con cortos intervalos en
Charleville, donde retoma aliento para lanzarse de nuevo a la
aventura. En 1876 se alista en Holanda en el ejército colonial
y es enviado a Java. A las pocas semanas deserta, y logra regresar a
Francia en un velero inglés. En 1877 recorre Suecia y
Dinamarca con un circo, y aparece como estibador en Marsella. Más
tarde se dirige a Egipto, llega a Alejandría y pasa a Chipre
como capataz de una cantera.
El
7 de agosto de 1880 Rimbaud desembarca en Aden, en la costa del mar
Rojo, de donde sólo regresará a Europa para morir.
Entra al servicio de la firma Viannay, Mazeran, Bardley & Cía.,
dedicada al comercio de pieles y café, y pasa luego a su
sucursal en Harrar. Explora la Somalía y el país Galla
y es el primer europeo que penetra a Bubassa y recorre el Ogandine.
Envía una precisa relación de su viaje a la Sociedad de
Geografía, que lo publica en sus anales.
Liquidada
la firma, Rimbaud continuó al servicio de Bardley, que lo
recuerda "habitualmente silencioso y triste". Vive
maritalmente con una negra abisinia.
En
1887 forma una caravana para venderle un cargamento de fusiles a
Menelik, rey de Choa. Su socio enferma y muere y él debe
partir solo y asumir todas sus deudas. Después de internarse
hasta Antotto, el negocio termina desastrosamente. Menelik fija un
precio irrisorio para las armas y al cabo de tres mcses de penurias
Rimbaud llega de nuevo a Harrar sin haber obtenido ninguna ganancia.
En
febrero de 1891 se le declara un tumor maligno en la rodilla derecha.
Liquida sus asuntos y se hace transportar en camilla a Zheila, y pasa
luego a Aden para ser repatriado. En el hospital de Marsella le
amputan la pierna. Pasa unos meses en Roche, con su familia. En
agosto retorna a Marsella, acompañado por su hermana Isabel.
Su estado empeora.
E1
10 de noviembre de 1891 muere en el hospital de Marsella, a los 37
años de edad.
LAS
ILUMINACIONES
DESPUÉS
DEL DILUVIO
Tan
pronto como la idea del Diluvio se hubo serenado, Una liebre se
detuvo entre las esparcetas y las campanillas móviles y dijo
su plegaria al arco iris a través de la tela de araña.
¡Oh!,
las piedras preciosas que se ocultaban, - las flores que miraban
ya.
En la ancha calle sucia se alzaron los tenderetes, y
arrastraron las barcas hacia el mar escalonado arriba como en los
grabados.
La sangre corrió, en casa de Barba Azul, - en los
mataderos, - en los circos, donde el sello de Dios palideció
las ventanas. La sangre y la leche corrieron.
Los castores
construyeron. Los "mazagranes" humearon en los
cafetines.
En la casona de cristales, todavía chorreante,
los niños de luto contemplaron las maravillosas imágenes.
Una
puerta crujió, - y en la plaza de la aldea, el niño
hizo girar sus brazos, comprendido por las veletas y los gallos de
los campanarios de todas partes, bajo el resplandeciente
aguacero.
Madame *** instaló un piano en los Alpes. La misa
y las primeras comuniones se celebraron en los cien mil altares de la
catedral.
Partieron las caravanas. Y el Splendide-Hôtel fue
edificado en el caos de hielos y noche polar.
Desde entonces, la
Luna oyó gimotear a los chacales por los desiertos de tomillo,
- y a las églogas en zuecos gruñir en el huerto. Luego,
en el oquedal violeta, lleno de brotes, Eucaris me dijo que era la
primavera.
- Mana, estanque, - rueda, Espuma, sobre el puente, y
por encima de los bosques; - paños negros y órganos, -
relámpagos y trueno, - subid y rodad; - Aguas y tristeza,
subid y reanimad los Diluvios.
Porque desde que se disiparon, -
¡oh las piedras preciosas enterrándose, y las flores
abiertas! - ¡qué aburrimiento!, y la Reina, la Bruja que
enciende su brasa en la olla de barro, nunca querrá contarnos
lo que ella sabe, y que nosotros ignoramos.
en el
bosque
En
el bosque hay un pájaro, su canto os detiene y ruboriza.
Hay
un reloj que no suena.
Hay
un hoyo con un nido de animales blancos.
Hay
una catedral descendente y un lago ascendente.
Hay
un pequeño carruaje abandonado en el soto, o bien bajando a
toda prisa por el sendero, adornado con cintas.
Hay
una compañia de cómicos ambulantes, vestidos para la
representación, divisados en el camino por entre la li nde del
bosque.
Hay
siempre, en fin, cuando se tiene hambre y sed, alguien que llega y os
echa de allí.
FRASES
Cuando
el mundo sea reducido a un solo bosque negro para nuestros cuatro
ojos atónitos, - a una playa para dos niños fieles, - a
una casa musical para nuestra clara simpatía, - yo te
encontraré.
Que no haya aquí abajo más que un
anciano solo, calmo y hermoso, rodeado de un "lujo inaudito",
- y yo estaré a tus pies.
Que yo haya cumplido todos tus
recuerdos, - que yo sea aquella que sabe darte garrote, - yo te
ahogaré.
Cuando somos muy fuertes, - ¿quién
retrocede?, cuando estamos muy alegres, - ¿quién hace
el ridículo? Cuando somos muy malvados, - ¿qué
harían con nosotros? Engalanaos, bailad, reíd. - Nunca
podré arrojar el Amor por la ventana.
- ¡Compañera
mía, mendiga, niña monstruo!, qué poco te
importan estas desdichadas y estas artimañas, y mis apuros.
Únete a nosotros con tu voz imposible, ¡tu voz!, único
adulador de esta vil desesperanza.
OBREROS
¡Oh
aquella cálida mañana de febrero! El Sur inoportuno
vino a reavivar nuestros recuerdos de indigentes absurdos, nuestra
joven miseria.
Henrika vestía una falda de algodón a
cuadros blancos y marrones, que debió llevarse en el siglo
pasado, una cofia con cintas, y un pañuelo de seda. Aquello
era mucho más triste que un duelo. Dábamos una vuelta
por las afueras. El tiempo estaba nublado y aquel viento del Sur
excitaba todos los infames olores de los jardines asolados y de los
prados resecos.
Aquello no debía fatigar a mi mujer tanto
como a mí. En un charco dejado por la inundación del
mes anterior en un sendero bastante alto, me hizo reparar en unos
pececillos diminutos.
La ciudad, con sus humos y sus ruidos
laborales, nos seguía desde muy lejos por los caminos. ¡Oh
el otro mundo, la morada bendecida por el cielo y las umbrías!
El Sur me recordaba los miserables incidentes de mi infancia, mis
desesperaciones estivales, la horrible cantidad de fuerza y de
ciencia que el destino siempre mantuvo alejada de mí. ¡No!,
no pasaremos el verano en este avaro país donde nunca seremos
más que unos novios huérfanos. Quiero que este brazo
endurecido deje de tirar de una querida imagen.
¡Pequeña
vigilia de embriaguez, santa, aunque sólo fuera por la máscara
con la que nos gratificaste! ¡Te afirmamos, método! No
hemos olvidado que ayer glorificabas cada una de nuestras edades.
Tenemos fe en el veneno. Sabemos dar nuestra vida entera todos
los días.Voici le temps des Assassins: Este es el tiempo de
los ASESINOS.
MARINA
Los
carros de plata y de cobre -
Las proas de acero y de plata -
Baten
la espuma, -
Alzan las cepas de las zarzas.
Las corrientes de
la landa
Y las roderas inmensas del reflujo
Corren
circularmente hacia el este,
Hacia los pilares del bosque, -
Hacia
los fustes de la escollera,
Cuyo ángulo golpean torbellinos
de luz.
VEINTE
AÑOS
Las
voces instructivas exiliadas... La ingenuidad física
amargamente sosegada... -Adagio - ¡Ah!, el egoísmo
infinito de la adolescencia, el optimismo estudioso: ¡qué
lleno de flores estaba aquel verano el mundo! Las canciones y las
formas agonizando... - ¡Un coro, para calmar la impotencia y la
ausencia! Un coro de cristales, de melodías nocturnas... En
efecto, pronto han de zozobrar los nervios.
DEMOCRACIA
"La
bandera avanza hacia el paisaje inmundo, y nuestra jerga ahoga el
tambor.
"En los centros alimentaremos la prostitución
más cínica. Aplastaremos las revueltas lógicas.
"¡En
los países de pimienta y destemplanza! - al servicio de las
más monstruosas explotaciones industriales o militares.
"Adiós
a los de aquí, a cualquier sitio. Reclutas de buena voluntad,
nuestra filosofía será feroz; ignorantes para la
ciencia, taimados para el bienestar; que reviente el mundo que
avanza. Ésta es la verdadera marcha. Adelante, ¡en
camino!"
"Inventé
el color de las vocales ! ... Ordené la forma y el movimiento
y me jactaba de haber inventado, mediante ritmos instintivos, un
verbo poético accesible, un día u otro, a todos los
sentidos."
LAS
VOCALES
A
negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales,
diré
algún día vuestros nacimientos latentes:
A, negro
corsé velludo de las moscas brillantes
que zumban alrededor
de hedores crueles,
golfos
de sombra ; E, candor de los vapores y de las tiendas,
lanzas de
los glaciares orgullosos, reyes blancos, escalofríos de
umbelas;
I, púrpura, sangre escupida, risa de labios
bellos
en la cólera o en las borracheras penitentes;
U,
ciclos, vibraciones divinas de los mares verdosos,
paz de las
dehesas sembradas de animales, paz de las arrugas
que la alquimia
imprime en las grandes frentes estudiosas;
O,
supremo clarín lleno de estridencias extrañas,
silencios
atravesados por mundos y por ángeles:
-O el Omega, ¡rayo
violeta de sus ojos!
A
ELLA
En
el invierno viajaremos en un vagón de tren
con asientos
azules.
Seremos felices. Habrá un nido de besos
oculto
en los rincones.
Cerrarán sus ojos para no ver los
gestos
en las últimas sombras,
esos monstruos huidizos,
multitudes oscuras
de demonios y lobos.
Y luego en tu
mejilla sentirás un rasguño...
un beso muy pequeño
como una araña suave
correrá por tu cuello...
Y
me dirás: «¡búscala!», reclinando tu
cara
-y tardaremos mucho en hallar esa araña,
por demás
indiscreta.
EL
BARCO EBRIO
Mientras
descendía por ríos impasibles,
sentí
que los sirgadores ya no me guiaban:
pieles-rojas
chillones los habían tomado por diana
tras
clavarlos desnudos en postes de colores.
Ya
no me preocupaba tripulación alguna,
portador
de trigo flamenco o de algodón inglés.
Cuando
aquel jaleo acabó y con el mis hmbres de sirgar,
los
ríos me permitieron descender adonde yo quería.
En
los chapoteos furiosos de las mareas,
yo,
el invierno pasado, más sordo que el cerebro de un niño,
¡corrí!
Y las penínsulas desamarradas
jamás
experimentaron alborotos más triunfantes.
La
tempestad bendijo mis desvelos marítimos.
Más
ligero que un corcho, bailé sobre las olas
que
llaman arrolladoras a sus eternas de víctimas,
durante
diez noches, ¡sin añorar el ojo necio de los fanales!
Más
dulce que, para los niños, la pulpa de las manzanas acidas,
el
agua verde penetró mi casco de abeto
y
me lavó las manchas de los vinos azules
y de los
vómitos, dispersando las anclas y las garcias.
Y
desde entonces me sumergí en el Poema
de
la Mar, infundido por astros, lactescente,
devorando
los azures verdes; donde, como flotación pálida
y
embelesada, un ahogado pensativo a veces desciende;
donde,
tiñendo de pronto los azules, delirios
y
ritmos lentos bajo las rutilaciones del día,
¡más
fuertes que el alcohol, más vastos que nuestras liras,
fermentan
las rubias amarguras del amor!
Yo
conozco los cielos que estallan en relámpagos, y las trombas
y
las resacas, y las corrientes; conozco el atardecer,
el
alba exaltada igual que una multitud de palomas,
¡y
he visto algunas veces lo que el hombre creyó ver!
¡He
visto el sol poniente manchado de horrores místicos,
iluminando
los largos coágulos violetas,
y,
semejantes a esos actores de antiguos dramas,
las
olas rodando a lo lejos su batir de postigos!
¡Soñé
la verde noche de nieves deslumbrantes,
beso
lento que ascendía a los ojos de los mares,
la
circulación de las savias inauditas
y
el despertar azul y amarillo de los fósforos sonoros!
¡Seguí,
durante meses enteros, igual que manadas
histéricas,
el oleaje al asalto de los arrecifes,
sin
pensar que los pies luminosos de las Marías
pudiesen
forzar el hocico de los océanos asmáticos!
¡Sabed
que embestí increíbles Floridas,
mezclando
con las flores ojos de panteras con pieles
de
hombre, arcos iris estendidos como bridas
bajo
el horizonte de los mares, con glaucos tropeles!
¡He
visto fermentar las enormes marismas, tramapas,
en
cuyos juncos se pudre un Leviatán!
¡Hundimientos
de aguas en medio de las bonanzas,
y
las lejanías callendo en cataras hacia los abismos!
¡Glaciares,
soles de plata, olas de nácar, cielos de brasas!
¡Horribles
varaderos en el fondo de los golfos oscuros
donde
las serpientes gigantes devoradas por las pilgas
caen,
de los árboles retorcidos, en negros perfumes!
Me
hubiese gustado mostrar a los niños esas doradas
del
azul oleaje, esos peces de oro, esos peces cantarines.
Espumas
de flores me acunaron al abandonar la rada
e
inefables vientos me alaron por instantes.
A
veces, mártir cansado de polares zonas,
la
mar cuyo sollozo atenuaba mi balanceo
izaba
hacia mí sus flores sombrias de amarillas
ventosas
y yo permanecía como una mujer arrodillada...
Casi
isla, balanceando en la borda las querellas
y
los excrementos de los pájaros chillones de ojos claros,
¡bogaba,
mientras por mis frágiles ataduras
descendian
a dormir los ahogados, reculando!
Yo,
barco perdido bajo la cabellera de las ensenadas,
arrojado
por el huracán al éter sin un pájaro,
yo,
cuyo armazón ebrio de agua no hubieran rescatado
ni
los Remolcadores ni los veleros de las Hansas;
libre,
humeando, provisto de brumas violetas,
yo
que perforaba el cielo enrojecido como si fuese un muro,
que
llevo confitura exquisita para los buenos poetas,
líquenes
de sol y azules hastios;
yo
que corría manchado de lúnulas eléctricas,
yo,
tabla loca, escoltado por negros hipocampos,
cuando
los meses de julio hundían a garrotazos
los
cielos ultramarinos en los ardientes embudos;
yo
que tembaba oyendo gemir a cincuenta leguas
el
celo de los Behemonts y los Maelstroms espesos,
arriando
sin cesar los azules inmoviles,
¡añoro
la Europa de las viejas murallas!
¡He
visto archipiélagos siderales e islas
cuyos
cielos delirantes están abiertos al navegante!
¿Es
en estas noches sin fondo donde duermes y te exilias,
oh
millon de pájaros de oro, oh futuro Vigor?
¡Pero,
en verdad, lloré demasiado! Las albas son desoladoras.
Toda
luna es atroz y todo sol es amargo:
el acre
amor me llenó de embriagador torpor.
¡Oh,
que mi quilla estalle! ¡Que me hunda en el mar!
Si
algún agua deseo de Europa es la charca
negra
y fría donde, hacia el crepúsculo ungido,
un
niño, en cuclillas, lleno de tristezas, suelta
un
barco frágil como una mariposa de mayo.
Ya
no puedo, bañando por vuestra languidez, olas,
seguir
la estela de los cargueros de algodón
ni
atravesar el orgullo de las banderas y los gallardetes
ni
nadar bajo los ojos horrilbles de los pontones.
(version
a partir de la traduccion de Anibal Nuñez)
SOL
Y CARNE
¡Si
volviera el tiempo, el tiempo que fue!
Porque el hombre ha
terminado, el hombre
representó ya todos sus papeles.
En
el gran día, fatigado de romper los ídolos,
resucitará,
libre de todos sus dioses,
y, como es del cielo, escrutará
los cielos.
El ideal, el pensamiento invencible, eterno,
todo
el dios que vive bajo su arcilla carnal
se alzará, se
alzará, arderá bajo su frente.
Y cuando le veas
sondear el inmenso horizonte,
vencedor de los viejos yugos, libre
de todo miedo,
te acercarás a darle la santa
redención.
Espléndida, radiante, del seno de los
mares,
tú surgirás, derramando sobre el Universo
con
sonrisa infinita el amor infinito,
el mundo vibrará como
una inmensa lira
bajo el estremecimiento de un beso inmenso…
El
mundo tiene sed de amor: tú la apaciguarás,
¡oh
esplendor de la carne! , ¡oh esplendor ideal
¡Oh
renuevo de amor, triunfal aurora
en la que doblegando a sus pies
los dioses y los héroes,
la blanca Calpigia y el pequeño
Eros cubiertos con
nieve de las rosas
las mujeres y las flores
su bellos pies cerrados!
Versión
de L.S.
LOS
CUERVOS
Señor, cuando se hielan
los
prados; cuando en las aldeas asoladas
se
han callado los ángelus...
sobre
la naturaleza defoliada
haz
que desciendan de los cielos
los
deliciosos, los queridos cuervos.
Extraño
ejército de severos gritos.
los
vientos fríos atacan vuestros nidos.
A lo
largo de los ríos amarillos,
en
los caminos de los viejos
calvarios,
en las fosas y trincheras,
¡dispersaros!
¡Juntaros!
Por
millares, en los campos de Francia,
donde
duermen los muertos
de
antes de ayer, ¡dad vueltas y más vueltas
en
el invierno para que recapacito todo transeúnte!
¡Sé,
pues, el pregonero del deber,
oh,
nuestro fúnebre pájaro negro!
Pero,
santos del cielo en las alturas de los robles
(perdidos
mástiles en la noche encantada),
dejad
los ruiseñores de mayo para aquellos
que,
en el fondo del bosque y en la hierba
de
donde no se puede huir, ha encadenado
la
derrota prevista.
EL MAL
Mientras
los escupitajos rojos de la metralla
silban todo el día en
el infinito del cielo azul;
mientras escarlatas o verdes, junto al
rey burlón
se desploman en masa los batallones bajo el
fuego;
mientras
una espantosa locura machaca
y hace de cien millares de hombres
una pila humeante
- ¡Pobres Muertos!, en el verano, en la
yerba, en tu alegría,
¡Oh, Naturaleza!, tú que
hiciste a estos hombres santamente-,
Hay
un Dios que se ríe de las telas adamascadas
de los altares,
del incienso, de los grandes cálices de oro;
un Dios que
con el balanceo de los hossanas se duerme
y
sólo se despierta cuando algunas madres, recogidas
en su
angustia y llorando bajo su vieja toca negra,
le dan una perra
gorda liada en su pañuelo.
ORACION
DE LA TARDE
Como a un ángel que afeitan, vivo siempre
sentado,
empuñando algún
vaso de profundas estrías;
doblado el hipogastrio, miro
cómo han zarpado
del puerto de mi pipa tenues
espirales...
Cual cálida inmundicia que un palomar ha
hollado,
me abrasan dulcemente múltiples fantasías
y
es mi corazón triste, árbol ensangrentado
por las
amarillentas resinas doradas y sombrías.
Cuando agoto
mis sueños de bebedor asiduo
de cuarenta cuartillos, sin
ningún sobresalto
me recojo y expulso el ácido
residuo.
Tierno como el Señor del cedro y los
hisopos,
meo hacia el cielo oscuro, muy lejos y muy alto,
con
venia y beneplácito de los heliotropos.
SUEÑO
PARA EL INVIERNO
A ella
En el
invierno iremos en un vagoncito rosa
con almohadones
azules.
Estaremos bien. Un nido de besos locos reposa
en cada
una de las blandas esquinas.
Cerrarás los ojos para no
ver a través del cristal
hacer señas las sombras de
la noche;
esas ariscas monstruosidades, populacho
de
negros lobos y negros demonios.
Después sentirás
tu mejilla rozada.
Un leve beso, como una loca araña,
te
correrá por el cuello.
Y me dirás: «Busca»,
inclinando la cabeza;
y dedicaremos nuestro tiempo a
encontrar
ese animalito que viaja mucho.
Juventud
con pereza
a todo sometida,
por delicadeza
perdí
hasta mi vida.
¡Que venga el tiempo donde
los corazones
se corresponden!
Me dije: ¡ya deja!,
que no puedan
mirarte:
y sin la promesa
de dichas gigantes.
¡Que no
puedan pararte,
del retiro apartarte!
Esperé tanto
tiempo,
que ahora sólo olvido;
temores, sufrimientos
al
cielo se han ido.
La sed malsana llena
y oscurece mis
venas.
Así la pradera
que al olvido engaña,
crecida
y florida
de incienso y cizaña,
en la melodía
hosca
de cien sucias moscas.
¡Ah! Las mil
viudeces
del alma sufridora,
que no tiene más preces
que
a Nuestra Señora!
¿Quién reza en su agonía
a
la virgen María?
Juventud con pereza
a todo
sometida,
por delicadeza
perdí hasta mi vida.
¡Que
venga el tiempo donde
los corazones se corresponden!
Mi
triste corazón babea a popa,
mi
corazón lleno de caporal:
le escupen cucharadas de sopa,
mi
triste corazón babea a popa:
entre las burlas de la
tropa
que suelta una risa general,
mi triste corazón
babea a popa,
mi corazón lleno de caporal.
Itifálicos
y soldadescos,
sus insultos lo han depravado.
Por la tarde
dibujan frescos
itifálicos y soldadescos.
Oleajes
abracadabrantescos
tomen mi corazón, que sea
salvado.
itifálicos y soldadescos,
¡sus insultos
lo han depravado!
Cuando sus chicotes hayan concluido,
¿cómo
actuar oh corazón robado?
Se oirán báquicos
estribillos,
cuando sus chicotes hayan concluido
tendré
estomacales desvaríos:
si mi triste corazón es
humillado:
cuando sus chicotes hayan concluido,
¿cómo
actuar oh corazón robado?
(Itifalicos: Con el falo
erecto, empalmados).
Picados de
viruelas, cubiertos de verrugas,
con sus
verdes ojeras, sus dedos sarmentosos,
la coronilla ornada de
costras y de arrugas
cual las eflorescencias de los muros
ruinosos.
En idilio epiléptico han logrado injertar
su
osamenta a los grandes esqueletos oscuros
de las sillas; ni un día
han podido apartar
los pies de los barrotes raquíticos y
duros.
Con el temblor doliente de sapos que tiritan,
los
vejetes están al asiento trenzados,
junto al balcón
en donde las nieves se marchitan
o entra el sol que los pone tan
apergaminados.
Y con ellos los sórdidos sillones
condescienden;
cede la paja sucia cuando alguno se sienta;
las
almas de los idos días de sol se encienden
en las trenzas
de espigas donde el grano fermenta.
Y sus dedos pianistas van
ensayando a solas,
debajo del asiento, redobles de
tambor,
mientras oyen gotear las tristes barcarolas
y sus
chollas oscilan con balances de amor.
¡No hagáis
que se levanten! Sucede algo espantoso;
se yerguen y enfurruñan
cual gatos acosados,
y entreabre sus omóplatos el berrinche
rabioso
que infla sus pantalones con frunces ahuecados.
En
la paredes dan son sus cabezas mondas
y arrastran los torcidos
monstruosos piececillos.
Llevan unos botones como pupilas
hondas
que fascinan las nuestras en los negros
pasillos.
Invisible, su mano se complace, homicida.
Se
filtra en su mirada el veneno feroz
de los ojos pacientes de la
perra tundida,
y trasudamos, víctimas en el aprieto
atroz.
Se vuelven a sentar; con los puños
crispados
piensan en los que llegan y el reposo les quitan,
y
bajo los mentones secos y desmedrados
los racimos de amígdalas
se inflaman y se agitan.
Y al cerrar sus viseras el austero
letargo,
en el ensueño abrasan sillas embarazadas
y ven
proles o crías de asientos a lo largo
de mesas de despacho
por ellas rodeadas.
Flores de tinta escupen comas igual que
células
de polen, y los mecen tiernas y acurrucadas,
cual
fila de gladiolos a un vuelo de libélulas
- y excítanles
el pene espigas aristadas.
El angelote maldito
Techos azules y puertas blancas
como en domingos nocturnos;
al final de la ciudad callada
la Calle es blanca, y cae la noche.
La calle acoge casas extrañas
con persianas llenas de Ángeles.
ero, en dirección a un hito, acude
de pronto, transido y travieso,
Un Angelote negro y dudoso,
tras haber comido demasiada yuyuba.
Se hace caca, y luego se esfuma:
¡pero su maldita caca parece,
bajo la santa luna vacante,
una leve cloaca de sangre inmunda!
¡la hemos vuelto a hallar!
Arthur Rimbaud
¡La hemos vuelto a
hallar!
¿Qué?, la Eternidad.
Es la mar
mezclada
con el sol.
Alma mía eterna,
cumple tu
promesa
pese a la noche solitaria
y al día en
fuego.
Pues tú te desprendes
de los asuntos
humanos,
¡De los simples impulsos!
Vuelas según..
Nunca
la esperanza,
no hay oriente.
Ciencia y paciencia.
El
suplicio es seguro.
Ya no hay mañana,
brasas de
satén,
vuestro ardor
es el deber.
¡La hemos
vuelto a hallar!
-¿Qué?- -La Eternidad.
Es la mar
mezclada
con el sol.
Versión de
Umberto Toso
EL
BAILE DE LOS AHORCADOS
En
la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los
descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los
esqueletos de Saladín.
¡Monseñor
Belzebú tira de la corbata
de sus títeres negros,
que al cielo gesticulan,
y al darles en la frente un buen
zapatillazo
les obliga a bailar ritmos de Villancico!
Sorprendidos,
los títeres, juntan sus brazos gráciles:
como un
órgano negro, los pechos horadados ,
que antaño
damiselas gentiles abrazaban,
se rozan y entrechocan, en espantoso
amor.
¡Hurra!,
alegres danzantes que perdisteis la panza ,
trenzad vuestras
cabriolas pues el tablao es amplio,
¡Que no sepan, por Dios,
si es danza o es batalla!
¡Furioso, Belzebú rasga sus
violines!
¡Rudos
talones; nunca su sandalia se gasta!
Todos se han despojado de su
sayo de piel:
lo que queda no asusta y se ve sin escándalo.
En
sus cráneos, la nieve ha puesto un blanco gorro.
El
cuervo es la cimera de estas cabezas rotas;
cuelga un jirón
de carne de su flaca barbilla:
parecen, cuando giran en sombrías
refriegas,
rígidos paladines, con bardas de cartón.
¡Hurra!,
¡que el cierzo azuza en el vals de los huesos!
¡y la
horca negra muge cual órgano de hierro!
y responden los
lobos desde bosques morados:
rojo, en el horizonte, el cielo es un
infierno…
¡Zarandéame
a estos fúnebres capitanes
que desgranan, ladinos, con
largos dedos rotos,
un rosario de amor por sus pálidas
vértebras:
¡difuntos, que no estamos aquí en
un monasterio! .
Y
de pronto, en el centro de esta danza macabra
brinca hacia el
cielo rojo, loco, un gran esqueleto,
llevado por el ímpetu,
cual corcel se encabrita
y, al sentir en el cuello la cuerda tiesa
aún,
crispa
sus cortos dedos contra un fémur que cruje
con gritos que
recuerdan atroces carcajadas,
y, como un saltimbanqui se agita en
su caseta,
vuelve a iniciar su baile al son de la osamenta.
En
la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los
descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los
esqueletos de Saladín.
MÍSTICO
En
la pendiente del terraplén, los ángeles
cambian sus
túnicas de lana en los pastos de acero
y de
esmeralda.
Prados de llamas saltan hasta la cima del
Mamelón.
A la izquierda, la tierra del borde está pisoteada
Por
todos los homicidios y todas las batallas, y todos
Los ruidos
desastrosos siguen su curva. Detrás del borde
De la
derecha, la línea de los orientes, de los
Progresos.
Y,
mientras, la franja superior del tablero está
Formada por
el rumor giratorio y saltante de las caracolas
Marinas y de las
noches humanas.
La dulzura florida de las estrellas y del cielo y
de todo
lo demás desciende ante el terraplén, como
una cesta
-contra nuestro rostro-, y forma el abismo
fragante y
azul allá abajo.
el
sueño de bismark
Más allá de que el
texto sea bueno o no, recuerda el espíritu del adolescente
Rimbaud que simpatizó con la Comuna.
Es
el atardecer. Bajo su tienda de campaña, lleno de silencio y
de sueño, Bismarck, un sueño sobre el mapa de Francia,
medita. De su inmensa pipa escapa un hilillo azul.
Bismarck
medita. Su pequeño índice ganchudo anda, sobre el papel
vitela, del Rhin al Mosela, del Mosela al Sena. Imperceptiblemente
con la uña rasga el papel alrededor de Estrasburgo: pasa más
allá.
En Sarrebruck, en Wissembourg, en Woerth, en Sedán,
tiembla, el dedito ganchudo: acaricia Nancy, rasguña Bitche y
Phalsbourg, raya Metz, traza sobre las fronteras pequeñas
líneas quebradas –y se detiene...
¡Bismarck ha
cubierto triunfante con su índice la Alsacia y la Lorraine !
¡Oh! ¡Qué delirios de avaro bajo su cráneo
amarillo! ¡Qué deliciosas nubes de humo exhala su pipa
venturosa!... Bismarck medita. ¡Vaya! Un grueso punto negro
para detener el índice bullicioso. Es París. Entonces,
la uñita malvada, raya, raya el papel, aquí y allá,
rabioso, al fin, por detenerse... El dedo queda allí, mitad
plegado, inmóvil.
¡París, París! El
buen hombre ha soñado tanto con los ojos abiertos que la
somnolencia se apodera de él: su frente se inclina hacia el
papel. Maquinalmente, la hornilla de la pipa escapa de sus labios y
cae sobre el innoble punto negro...
¡Huy! Povero.
Abandonando su pobre cabeza, su nariz, la nariz de M. Otto de
Bismarck se ha hundido en la hornilla ardiente... ¡Huy!
¡Povero! ¡Va povero! En la hornilla incandescente de la
pipa... ¡Huy! ¡Povero! El índice está sobre
París... ¡Terminado el sueño glorioso!
¡Esta
nariz del viejo primer canciller era tan fina, tan espiritual, tan
feliz! ¡Escondan, escondan esta nariz!...
Y bien, querido
mío, cuando, para compartir el plato de col fermentada real,
usted entre de nuevo a palacio
(líneas faltantes)
¡Y
he allí! ¡Habría que soñar despierto!