M.
Foucault
Hablar de la locura puede resultar tan apasionante como escabroso, tan salvaje como sensible, tan peligroso como divino, tan soberbio como romántico. Arriesgarse a la locura como un acto consciente puede asemejarse a un terrible acto de libertad ¿pero quien puede decidir volverse loco?.
Lo arbitrario de la locura es lo que nos movió a realizar este cuarto número de la revista, ese despotismo de la historia que de a poco nos fue haciendo cómplices y verdugos, testigos de biografías locas que aceptamos sin otro remedio que el de nuestras propias dudas. Y nuestras vacilaciones no fueron remedio para nada, las dudas rebotaban siempre entre las paredes de nuestra anatomía cerebral sin que pudieran resolverse.
Nos cansamos de leer Guy de Maupassant, a Silvia Plath, a Ezra Pound; de ver pinturas de Dalí (un experto simulador de la locura), de Vang Gogh, o de El Bosco; escuchar a Shumman o a Charly García. Locuras disímiles las de ellos, algunas más abstractas, más tangibles, más indefinidas, pero todos, de alguna forma, considerados locos socialmente. El artista ‘loco’ tiene un prestigio difícil de razonar, quizás, dada precisamente por la exigencia de la diferencia, nos atrae aquella mirada inédita capaz de ofrecernos la verificación de nuestras intuiciones sobre una realidad asimilada como conocida.
Ante nuestros sentidos, nunca pudimos disociar la genialidad de la locura ¿son genios los locos? ¿Son locos los genios?. Porque existe la sensibilidad existe la locura, quien no siente hasta sangrar no puede sufrir las pasiones terrenales con tanta fuerza. La sensibilidad que atormenta a los ‘enfermos mentales’ los vuelve especiales: genios en su lectura más vulgar.
El psiquiatra e historiador del arte, Hans Prinzhorn, demostró que los artistas dementes son artistas en estado natural, sin corromperse por la influencia de la sociedad, sin tabúes culturales. La pregunta que surge entonces ¿es la educación la que nos vuelve locos?. Por el mismo camino, Foucault nos dice que la locura no se puede encontrar en estado salvaje, que ella no existe sino en una sociedad, no existe por fuera de las formas de la sensibilidad que la aíslan.
Los surrealistas, por su parte, confrontaron a la imaginación con la razón, sosteniendo que los sueños y la locura funcionaban como un campo magnético para que se despertara la libertad absoluta, que estaba “liberada” al control de la razón.
No intentaremos responder aquellas preguntas que desde hace siglos flotan en la historia, pero sí intentaremos aproximarnos a los refugios de la locura: el cine, la literatura, la música, espacios desde siempre habitados por lunáticos, dementes, locos, chiflados, alienados, trastornados, ¿enfermos?. Encontraremos más respuestas que preguntas, lo que nos dice que la locura es aun una temática por cuyos costados valdrá la pena divagar.
Las preguntas y respuestas navegarán en todo este número de Posta Data, casi como botellas al mar, casi como un juego que proponemos en el cual el lector optará por unirlas deliberadamente. A una tarea difícil nos encomendamos, pero creemos que vale la pena, vale la espera, vale el intento.
Los
locos son los olvidados del mundo, por eso intentamos este tímido
rescate, como una botella al mar, como una post data urgente.

