Sonrisa pluvial
Mirando fotos y recuerdos me entretengo. Esas formas garigoleadas que me acercan a un remanso de paz, o incluso a una hipnosis sustancial; me encantaría que fuera el momento del encuentro, que se repitieran los brincos de antaño donde sacudía el lomo sin tanto problema, sin que nadie se diera cuenta, donde lo único que bastaba es que fuera bueno… e invisible.
Nadie podría saberlo, a menos que yo lo contara. Y eso, es ya un buen momento. Basta ya de hablar en verso, que la rima me desgasta y no deja concentrar a mi cerebro. Como iba diciendo, -proseguimos-: poseer esa mente fantasía, llena de poesía sin recatos ni recuentos, se ha malogrado gracias a las fuerzas de mi amor, de ese profundo hombre encantado de conocerme, que se embrolla en mis mechones de cabello cantando y danzando a un fiel vapuleo.
Su sonrisa singular e inigualable; sus ojos llenos de vida, oscuros como mis intenciones en su cuerpo, destilando las caricias que hemos visto juntos derretirse a cada instante sin remedio; las letras y los espacios sobrando, esos movimientos concluidos, y los ojos entrecerrados y las piernas entumidas. ¿¡Yo qué sé del clima y de los cerros!? Ahora se acerca y me dice: tengo ganas de pescado. Es así como comienza nuestra vuelta a ese mar que se ha vuelto a embravecer. ¡Me encanta verlo sonreír!
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