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Editorial

Al origen

La redacción


Quizás sea la confirmación de las teorías evolucionistas que ubican el inicio de la vida y de todas las especies justo ahí, otorgando a Darwin y a sus seguidores el reconocimiento postergado.

Tal vez sea por su majestuosidad, por su grandeza, porque cubre casi tres cuartas partes de la superficie de nuestra gran casa, a la que en proporción asemeja a nuestro propio cuerpo.

Cabe también la posibilidad que sea el recuerdo de historias de pescadores que sucumben ante su furor y de otros que pasaron de los peces a las almas, siguiendo a aquel que caminaba sobre las aguas y multiplicó sustancia para compartir a los hombres de buena voluntad.

Posiblemente por la belleza de la gran variedad de especies que la habitan en una armonía que no se rompe ni siquiera al paso de los grandes depredadores, convirtiendo en una danza perfecta lo que en otro hábitat sería destrucción y muerte.

Pudiera ser también el vaivén de sus olas, que se acercan y se van después de besos cortos como en la canción que hace cuatro décadas diera fama al catalán, y caricias largas, de grandes brazos que abrazan, de movimientos que emulan a los de los amantes, que se hacen el amor lo mismo cadenciosa que intempestivamente, que reposan y vuelven al ataque, y, haciendo honor a don Camilo, buscan el cobijo de la noche para sus escarceos.

Será la combinación de estos factores, de todos ellos, de unos pocos, o de ninguno, el caso es que el mar, la playa, la arena y el sol, la inmensidad, la tempestad que antecede a la calma, son todos ellos por sí mismos factor que llaman a escudriñar de nuevo al interior, que llaman a volver al origen, a volver al mar.