Mar
El mar se precipita en incesantes oleadas sobre la arena suave de la playa a oscuras. Nuestros cuerpos de quince años, oleaje que da el relevo a su eterno vaivén.
Era nuestro juego el atrevimiento, tratar de explorar desconocidos territorios bajo su ropa. Ellas jugaban a ser pudorosas, sabían que no podíamos escapar. Dios miraba complaciente, escondido tras la luna. El sacerdote, en misa de soleados domingos, reñía malhumorado a los indecentes de las noches de arena, mirándonos mientras reíamos entre nosotros. Se delataba. Todos teníamos arena en los zapatos. También Dios (“a imagen y semejanza”), y el sacerdote, siempre escondido entre las dunas.
A los diecisiete fui yo el sacerdote de una religión de diosas, leyendo los textos sagrados de sus blancos pechos, calientes, lejos de la frialdad de aquella vez de niño en el museo. Entre sus piernas, sorprendidas me miraban aspirar el aroma sagrado de su incienso. El ritual, meter dos dedos en aquel agua bendita, dejarse penetrar por el olor santo. A lo largo del día, acudir con recogimiento a aquellos dedos, aspirar el incienso que mantenía el cuerpo en la gracia.
Un día, por fin mi alma se fundió con el mar, se elevó, ascendió al reino de los cielos. Sus gemidos eran el sonido del mar. Los cuerpos subiendo, bajando con las olas. La noche en calma. La luna naranja. El mar incitando a un ritmo suave. Los ojos de mi pecho hormigueando. Volar. Su cuerpo brillante, encendido por la luna, el sudor. El ojo extasiado en cada curvatura de su pecho. La brisa erizando su espalda, su pelo ardiendo, amazona que trota sobre este joven corcel.
La luna es blanca de nuevo. Ha cesado el oleaje. Calma. Me posee esa religión, única defensa contingente contra la muerte. Su rito sagrado: amanecer aferrándome al doble cáliz de salvación.
|